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29 dic 2013

Ocio y negocio. El mito de la laboriosidad catalana y la holganza andaluza

Los latinos utilizaban el término negotium, que es la negación de otium (ocio), para expresar un quehacer o trabajo. Recurrir a una expresión negativa no es una casualidad sino el reflejo de una cultura que entendía propia de esclavos y libertos cualquier actividad productiva. En el otium se educaban las clases poderosas, como en Grecia, y de él salieron desde tantos logros del arte o la filosofía hasta las empresas militares que construyeron un imperio. El cristianismo no cambió nada al introducir la idea del trabajo como castigo por el pecado original.

28 mar 2012

Elecciones andaluzas


La etapa más complicada para el gobierno andaluz fueron los años del gobierno de Aznar. La peculiar topografía psíquica del presidente del PP sometió a la comunidad a una especie de cuarentena, por decirlo suavemente, consecuencia de haber quedado como el único gran bastión del socialismo. Las circunstancias eran muy diferentes a las de hoy: en 1996 Izquierda Unida, dirigida por un líder con aires proféticos, estaba mucho más empeñada en derribar al PSOE de Felipe González que en construir algo positivo. Conviene recordar que en la generales de ese año, que dieron el gobierno a Aznar, la suma de escaños del PSOE e IU era de 162 mientras que el PP sólo obtuvo 156, sin embargo a nadie se le ocurrió sumarlos, pese a las enormes dificultades que tuvieron los conservadores para convencer a los nacionalistas catalanes y vascos de que les apoyaran. La “dulce derrota” de los socialistas consistió más en que se sentían internamente derrotados que en el veredicto de las urnas, que había dado una clara mayoría a la izquierda.

Afortunadamente para los andaluces de hoy ninguno de los dos partidos de la izquierda está dirigido por un líder carismático, ni a nivel nacional ni regional, y es una suerte que ni el posible subidón de uno ni la probable depresión del otro se trasladen a las negociaciones políticas. Cuando falta el carisma hay que echar mano de la racionalidad. Bendita sea.

Es de suponer que el gobierno que surja de las negociaciones PSOE-IU tampoco lo va a tener fácil en esta ocasión. No tanto por la inquina de un presidente (Rajoy no es Aznar) como por el hecho de que está llamada a convertirse en un experimento sobre si es posible oponerse a la política monocorde que impera en España y Europa en este momento y, todo ello, sin que el posible aislamiento en que caiga no le cause más problemas de los que pretenda resolver. Es evidente que para eso se requiere mucha inteligencia política y cálculo preciso. Ni de una cosa ni de otra han dado excesivas muestras un PSOE andaluz cansado de gobernar, minado por mil y una corruptelas y fragmentado por vendettas personales y de facción; ni una IU poco cohesionada internamente y gravemente debilitada por las pérdidas hemorrágicas de su mejor militancia, frustrada, cansada y desorientada.

En cualquier caso los resultados de las elecciones en Andalucía y su consecuencia, que hoy nadie discute, la formación de un gobierno progresista, han supuesto una inyección de moral para la izquierda. El resultado de las urnas puede hacer reflexionar a muchos sobre que no hay derrota más contundente que aquella que nace de nuestro interno convencimiento. El desenlace de las generales de 1996 parece una buena muestra de ello: un Felipe González exhausto por el acoso y derribo a que había sido sometido en su última legislatura, desmoralizado por la corrupción en el seno de su partido, ofuscado por prejuicios, odios y resentimientos contra IU, sin capacidad para ofrecer alternativas, se vio avocado a reconocer la derrota antes de que se produjera realmente. Su partido, fascinado durante años por el carisma del líder, fue incapaz de reaccionar ante su hundimiento.

Hoy en Andalucía se abre una esperanza. Seamos conscientes de que hay enormes dificultades, pero esperemos lo mejor.

28 feb 2012

28 F


Hoy es el día de Andalucía y me apetece escribir sobre algunos equívocos en torno a su presunta esencia nacional que se han difundido intencionadamente con la acción positiva de algunos y la apatía o permisividad de otros, pero que por falsear la historia sólo contribuyen al oscurantismo y a la superstición política. Lo hago desde la autoridad que me da el haber nacido y vivido toda mi vida en esta región y el recelo que me provocan los mitos que se utilizan como cimiento de construcciones políticas.

Como todos sabemos el nombre de Andalucía deriva de al-Ándalus, denominación árabe de la península en tiempos históricos. El problema está en el origen del término árabe, ya que en época clásica se la denominó Iberia (griegos) o Hispania (púnicos y romanos). Opiniones recientes lo hacen proceder de Atlántida (Atlantis > adlandis > alandlus > al-Andalus), por una corrupción del nombre de la ignota tierra extremo occidental del mito platónico.

Lo curioso es que tal denominación nunca se utilizó para designar un territorio que coincidiera más o menos con la actual región andaluza, ni antes de 1492 ni después; hay que esperar al S. XIX para ello. Y es así, en parte, porque ni durante la época islámica (VIII al XV) ni en los siglos XVI, XVII o XVIII constituyó nunca una unidad administrativa, ni reino, ni región, ni provincia. Hay que remontarse bastante más de mil años, ahí es nada, para encontrar una provincia romana que coincida groso modo con la actual comunidad: la Bética. Marcar una línea de continuidad que salve el foso de 1.100 años entre una fecha y la otra es, a todas luces un exceso.

Un ministro de la regente Mª Cristina en los años treinta del siglo diecinueve, Javier de Burgos, emprendió una reorganización territorial del Estado con criterios centralizadores y racionalistas, como en Francia, fuente de inspiración del liberalismo español. Ese fue el origen de las provincias. Se diseñaron con dimensiones parecidas y adoptaron el nombre de la ciudad donde residiría el delegado gubernativo, la capital. De esta forma desparecía, por ejemplo, el antiguo Principado de Cataluña sustituido, para disgusto de los catalanistas,  por cuatro provincias, pero también el Reino de Sevilla o el de Granada divididos en tres cada uno, etc. Sin embargo, como la reforma debió parecer muy radical, se optó por superponer a las provincias otra estructura regional que no tendría más función que un supuesto tributo a la historia. Consecuencia de este arreglo entre innovación y tradición fue que se agruparan las provincias del antiguo reino de Sevilla, junto a las del de Granada, más Córdoba y Jaén que antes eran otros dos reinos, bajo la denominación de Andalucía, aunque esta palabra se venía utilizando durante el XVIII para designar sólo al reino de Sevilla, con Córdoba y Jaén ocasionalmente, es decir, la cuenca del Guadalquivir, más la del Odiel–Tinto hasta la frontera del Guadiana. Conviene señalar que aunque las provincias fueron unidades administrativas, las regiones no lo fueron nunca y jamás tuvieron institución alguna de carácter oficial, pero algunas, Cataluña, País Vasco o Galicia, sirvieron de alivio a los nacionalismos locales porque conservaron un recuerdo histórico sentido por la población. No así en Andalucía donde los habitantes del reino de Granada y del de Sevilla no nos consta que se sintieran parte de una misma unidad; no en balde el valle del Guadalquivir se había incorporado a Castilla en la primera mitad del XIII, mientras que el Reino de Granada lo hizo a finales del XV, lo que había producido una evolución diferente.

Remontar el origen de Andalucía a la Bética romana no es más que pura fantasía, como creo haber mostrado, por mucho que se haga así en textos escolares o de otro tipo. Como es fantasía pretender que aquí floreció una civilización protohistórica, Tartesos, para convertirla en la cultura ancestral autóctona. Hoy parece que lo que se ha tomado por huellas de la supuesta civilización no son más (y nada menos) que restos fenicios; que la fabulosa ciudad de Tartesos no se encuentra porque nunca existió; que todo el asunto es fruto de la ansiedad y la imaginación de un famoso arqueólogo que ambicionaba un hallazgo sonado como el de Troya.

Pongamos los pies en el suelo. Celebremos si nos place un día de Andalucía pero sin fantasías históricas, porque no las necesitamos. Como tampoco es necesaria la retórica de la “patria andaluza” que creara Blas Infante en un delirio entre infantil y mesiánico que le llevó, entre otras iniciativas, a diseñar una bandera con los colores de los Omeyas, ahí es nada, y los demás símbolos que suelen utilizar las naciones.

La inflación de patrias que hoy parece estar de moda, no solo en España, contiene demasiados elementos corrosivos sin aportar beneficio visible, como para verla sin recelo. Al menos, que no se basen en el manido recurso de falsear la historia, que de eso ya estamos de vuelta. Por fortuna la fecha que celebramos no tiene nada que ver con ningún suceso fantasmagórico, sino con el día que los andaluces reclamaron en la calle, más o menos inducidos por circunstancias coyunturales, la autonomía plena.

30 mar 2010

Vivir Semana Santa

Reconozco que soy un poco atravesado, como se dice por aquí, y las celebraciones populares y masivas desactivan por completo mis deseos de festejo, si es que la edad me dejó alguno; pero, poneos en mi lugar, vivir en Málaga en Semana Santa no es fácil. Los esforzados cofrades (esforzados por el denuedo con que nos hacen antipáticos estos primeros días primaverales) no se percatan de que los verdaderos penitentes somos los que no queremos en modo alguno castigar nuestros cuerpos ni nuestros espíritus con el festival gore que nos ofrecen sin dejarnos el mínimo resquicio de escape.

¿Qué decir de la Semana Santa? Insistir en que rememora los atávicos ritos de fertilidad propios del equinocio primaveral, que no otra cosa es el sacrificio de una víctima que con su sangre renueva la vida, efecto simbolizado en su propia resurrección, no es ni novedoso ni sirve de consuelo. Hoy, cuando hace tiempo que perdimos todo contacto con la naturaleza y nuestros hijos aprenden en la escuela qué es sembrar, cultivar y cosechar, o para ver un burro han de ir al zoológico, un ritual así se nos presenta como surrealista. ¿Por qué se sigue haciendo? Hay una razón comercial que a nadie hay que explicar, por obvia; luego, está aquello de las señas de identidad; por último, cómo no, una porción de sentimiento religioso, tan confuso, caótico e ininteligible que no cabría en la teología más loca, pero ante el que, al parecer, hay que inclinarse porque comparte dos adjetivos sacralizados: popular y religioso, ahí es nada.

Dejar algo en manos del pueblo tiene sus riesgos. La iglesia oficial siempre ha tenido una incómoda convivencia con las celebraciones populares de Semana Santa, pero al final, aunque dando con disimulo la espalda, como avergonzada de su propia obra, acaba consintiendo; quien algo quiere algo le cuesta y mantener la hegemonía espiritual de la colectividad (que también genera réditos menos sutiles) tiene un precio a pagar, aunque éste sea la corrupción de las verdades vertebradoras del credo, de cuya pureza dicen ser responsables. La idolatría, la más evidente de las desviaciones de estos días de Pascua, eclosiona en la devoción a las imágenes, más numerosas que variadas (pasos, en la denominación tradicional, por su origen dramático), que se acompaña de acciones sorprendentes: desde la canción que entonan los legionarios (los de verdad, no los de Cristo) proclamándose novios de la muerte mientras hacen piruetas con sus armas en la estela de un Cristo muerto, reducido a papel de figurante, al Gaudeamus igitur que, por no ser menos, cantan los cofrades de la hermandad de Estudiantes, que, si lo son, no saben que la canción habla del disfrute de la vida y de la nada que nos espera tras ella (¿por qué quitarían el latín del currículum escolar?). Todo un festival de castizo surrealismo. Las imágenes se visten, engalanan y enjoyan con inusitada riqueza; se las traslada de los templos donde permanecen durante el año a las casas de las hermandades donde hay espacio suficiente para montar gigantescos tronos sobre los que procesionarán, sin desmerecer un ápice de lo que harían con sus ídolos en la Babilonia de hace miles de años nuestros ancestros mesopotámicos. La truculencia barroca de las escenas de pasión representadas alcanza los límites de lo soportable con un abuso de cruces y de sangre que mana de heridas infringidas por látigos, espinas, clavos… que se prolonga en la representación del dolor y la angustia de la Madre con un corazón también atravesado por puñales o espinas. Un recrearse en la sangre que sólo se ve en los espectáculos gore alimentadores del morbo que al parecer yace en el fondo de nuestra alma, supongo que en unos más que en otros.

Casticismo, surrealismo y truculencia que hoy ha alcanzado una dimensión comercial y política de dimensiones jamás imaginadas. En el primer caso, atrayendo legiones de turistas que completan la percepción de España que les proporcionó el espectáculo taurino, mientras nutren con su gasto bolsillos particulares y arcas públicas; en el segundo, con la entrega incondicional de la ciudad a las bandas organizadas de meapilas o capillitas y con la inmersión de políticos de todo pelaje en el circo escatológico, por sus habilidades populistas o porque no dan para más (véase como perla última el proyecto parlamentario de Gordillo, el Lenin de Marinaleda, sobre la virgen Macarena y su indumentaria; como si a mí, votante de izquierdas, un suponer, me importasen un carajo los aditamentos que le cuelguen a una imagen).

Como lo oís, vivir en Andalucía en Semana Santa es un coñazo, con perdón de feministas y bien hablados.
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28 feb 2010

Reflexión para el Día de Andalucía


Hace exactamente treinta años (28 febrero 1980) se celebró el referéndum por la autonomía de Andalucía. En el proceso de la transición española fue un suceso singular que revistió caracteres épicos, y en la memoria de los andaluces que lo vivieron se recuerda así, una de las claves para entender la evolución política de la región desde aquellos días hasta hoy. Épico porque fue la única comunidad que accedió a la autonomía por este procedimiento y porque el gobierno de la nación (UCD), aunque no podía negarlo, por su constitucionalidad indudable, estuvo en contra, promoviendo la abstención que en la práctica equivalía al no (para ganar el referéndum se requería mayoría absoluta en cada provincia, no de los votos emitidos, sino del censo), amén de otras famosas artimañas, que, por conocidas, no expongo ahora.
El Título VIII de la Constitución traza un diseño territorial que el discurrir de la realidad política ha superado, sin que el articulado concebido en su momento por los legisladores haya sido modificado. Ningún otro apartado del texto constitucional parece hoy más obsoleto e inútil que éste, hasta el punto de parecer incompresible, leído desde aquí y confrontado con la realidad presente. Los constituyentes idearon una descentralización asimétrica: la idea era que las regiones consideradas nacionalidades históricas (las que tuvieron estatuto de autonomía con la II República), todas ellas con lenguas propias, tuvieran un acceso rápido y más profundo a la autonomía; para el resto se estableció una autonomía menor; pero, como no parecía muy democrático negar el mismo nivel a las demás si lo reclamaban, se estableció un camino tortuoso y difícil para desalentar cualquier intento. Naturalmente se trataba de dar satisfacción por este procedimiento a los nacionalismos vasco y catalán, básicamente.
En un tiempo mínimo, y sin que nadie lo previera, todo el tinglado descentralizador tan trabajosamente consensuado y minuciosamente expuesto saltó por los aires. Curiosamente, una vez alumbrado el nuevo proceso rompedor, casi todas las formaciones políticas subieron al carro como un solo hombre en un intento de hacerlo suyo, y, por demostrar liderazgo, lo llevaron a sus últimas consecuencias; quien no lo hizo o anduvo remiso sufrió duras secuelas. Así, el caso andaluz fue determinante para la conversión del proceso autonómico en laberíntico.
Como el alma humana es compleja, y mucho más cuando se mueve colectivamente, nunca sabremos si el empecinamiento, el valor, la gesta de los andaluces superando tantas trabas como se le pusieron, fue un sentimiento positivo de colectividad en busca de autogobierno, una sensación también colectiva de agravio comparativo alimentada por un histórico resentimiento hacia regiones más afortunadas que parecían ser tratadas privilegiadamente, o cuál fue la proporción en la mezcla de ambos y, quizá, algún otro componente que ahora se me escapa. Lo cierto es que Andalucía logró la autonomía plena contra todas las previsiones y ante la perplejidad del gobierno y de sí misma, porque superó en los resultados de la consulta a las nacionalidades históricas en plena formación autonómica. A partir de ese momento todo cambió en el proceso autonómico: por una parte, las autoridades se apresuraron a asegurar el máximo nivel para todas («para todos café»), y, por otra, vascos y catalanes emprendieron una pugna por romper ese techo. En la reciente revisión estatutaria (¡todavía sin conclusión!) se ha repetido el mismo esquema: avance catalán y seguimiento, pisándole los talones, de Andalucía y otras Comunidades. La sensación que perciben los ciudadanos no nacionalistas es que estamos ante un proceso perverso que no tiene fin; a la vez, los nacionalistas perciben que siempre hay cotas que alcanzar para ellos, arteramente hurtadas por el centralismo.
Ante los fastos en la celebración del día de Andalucía, la exaltación de la autonomía y hasta de la patria andaluza y sus logros, no puedo por menos que reflexionar si acaso sin la “hazaña” del referéndum andaluz no habríamos tenido la espiral en la que estamos insertos; si acaso no era más acertada la idea de la asimetría; si acaso las partidos que renunciaron en su momento a una tarea pedagógica, que alguien debió hacer, sucumbieron a la tentación del populismo.
Nunca lo sabremos con certeza, pero no deberíamos dejar de analizarlo por si, a lo mejor, pudiéramos encontrarle aplicación al ejercicio.

21 feb 2010

Vamos a contar mentiras

En la canción infantil las liebres corrían por el mar, por el monte las sardinas y de los ciruelos, cargaditos de manzanas, caían avellanas; pero nadie se tomaba en serio sus estrofas, antes bien, a todos los que la cantaban se les veía divertidos con el despropósito; en cambio, la política, que se expresa tantas veces con estrofas no menos absurdas, exige seriedad y hasta solemne circunspección. Es lo que ocurre con los mitos que florecen (cultivados con esmero y desprecio de la verdad) a propósito de los fastos que homenajean a las nuevas nacionalidades, las cuales han proliferado en nuestro país como los hongos en el otoño. El 28 celebraremos el día de Andalucía; la tercera palabra de su Estatuto es nacionalidad: «Andalucía, como nacionalidad histórica…» dice, ¡faltaría más! ¿Qué se habrán creído los catalanes?

Cuando me enteré que mi región era una nación, o nacionalidad, no acabo de distinguir, se me erizó el vello de emoción, como buen patriota, y me puse sin tardanza a investigar en sus orígenes, sin duda perdidos en la noche de los tiempos, o, por lo menos, en la noche de algunas mentes, en cualquier caso en la oscuridad.

Cuando nos proponemos husmear en el ADN de una nación lo primero que hay que desentrañar es el nombre. Todos sabemos que los musulmanes llamaban al-Ándalus al territorio que ocuparon en la Península y que éste se fue reduciendo con el transcurrir de los siglos de manera que a principios del XIII comprendía el tercio sur peninsular, algo más que la Andalucía actual; después de las campañas de Fernando III y Alfonso X quedó reducido al reino de Granada, para el que en lo sucesivo se usaría esta denominación, no la de al-Ándalus o Andalucía, que se utilizó para designar al antiguo reino de Sevilla y ocasionalmente Córdoba y Jaén. En los siglos siguientes, todo el Antiguo Régimen, Andalucía fue siempre el valle del Guadalquivir, o incluso sólo el bajo Guadalquivir, las Béticas constituían el Reino de Granada, antes y después de la conquista (1492). El desmantelamiento del Antiguo Régimen en el XIX supuso también una nueva organización territorial, más racional. Se usó, como no, el modelo francés de provincias homogéneas territorialmente (la idea era que se pudiera ir a la capital en un día de viaje desde cualquier punto), pero se procuraron conservar, sin demasiada precisión, las denominaciones históricas, por lo que a las provincias se superpusieron las regiones, sin ningún valor administrativo ni político. El creador del invento fue Javier de Burgos, ministro de la regente Mª Cristina, que en 1833 dividió el Reino de Sevilla en tres provincias (Huelva, Sevilla, Cádiz), el de Granada en otras tres (Málaga, Granada, Almería) y degradando de reinos a provincias a Córdoba y Jaén, las sumó a las anteriores y denominó al conjunto Andalucía, que aparecía así por primera vez en la historia.

Nunca antes Andalucía constituyó una unidad política o administrativa a menos que nos remontemos a la época romana en que fue provincia con el nombre de Bética y capital en Itálica y Córdoba sucesivamente, con fronteras parecidas a las actuales, porque geográficamente está bien delimitada por el mar y Sierra Morena. Pero durante toda la Edad Media y la Moderna, casi doce siglos ¡ahí es nada! Andalucía no existió ni siquiera como denominación geográfica, época en la que precisamente se fraguaron las nacionalidades modernas. Y hay que tener en cuenta que en el XIX y el XX sólo fue un nombre, sin una sola institución política o administrativa común a las ocho provincias.

Quizás la esencia de la nacionalidad no esté en el nombre, ni en las fronteras, ni en instituciones prenacionales. Desde luego tampoco está en la lengua, porque aquí se hablaron las ibéricas, el latín, el árabe y el castellano sucesivamente como en la mayor parte de la Península (y a mucha honra, diría yo). Algunos nacionalistas vascos hablan de peculiaridades étnicas, pero, la verdad, yo preferiría que no tuviéramos de eso. Entonces ¿dónde están las raíces de esa nacionalidad que 25 prohombres(¿?), que no representaban a nadie, reunidos en el casino de Ronda un día de enero de 1918 creyeron entrever y para la que crearon una bandera (sacada del baúl de la historia) y un escudo (sacado del baúl de los mitos)? Pues si queréis que os diga, yo contestaría con el estribillo de la canción a la que pedí prestado el nombre: tralará, tralará

Post scriptum: debo decir que aunque no soy rociero, ni me divierte la estomagante autosatisfacción de los sevillanos, ni participo, pobre de mí, de la saturadora gracia de Cai, me considero andaluz: por algo nací en Jaén, me empapé lentamente durante mi adolescencia y primera juventud de la mala follá de Graná y disfruto hoy de Málaga junto a un montonazo de guiris. He dicho.