29 dic 2013
Ocio y negocio. El mito de la laboriosidad catalana y la holganza andaluza
28 mar 2012
Elecciones andaluzas
28 feb 2012
28 F
30 mar 2010
Vivir Semana Santa
¿Qué decir de la Semana Santa? Insistir en que rememora los atávicos ritos de fertilidad propios del equinocio primaveral, que no otra cosa es el sacrificio de una víctima que con su sangre renueva la vida, efecto simbolizado en su propia resurrección, no es ni novedoso ni sirve de consuelo. Hoy, cuando hace tiempo que perdimos todo contacto con la naturaleza y nuestros hijos aprenden en la escuela qué es sembrar, cultivar y cosechar, o para ver un burro han de ir al zoológico, un ritual así se nos presenta como surrealista. ¿Por qué se sigue haciendo? Hay una razón comercial que a nadie hay que explicar, por obvia; luego, está aquello de las señas de identidad; por último, cómo no, una porción de sentimiento religioso, tan confuso, caótico e ininteligible que no cabría en la teología más loca, pero ante el que, al parecer, hay que inclinarse porque comparte dos adjetivos sacralizados: popular y religioso, ahí es nada.
Dejar algo en manos del pueblo tiene sus riesgos. La iglesia oficial siempre ha tenido una incómoda convivencia con las celebraciones populares de Semana Santa, pero al final, aunque dando con disimulo la espalda, como avergonzada de su propia obra, acaba consintiendo; quien algo quiere algo le cuesta y mantener la hegemonía espiritual de la colectividad (que también genera réditos menos sutiles) tiene un precio a pagar, aunque éste sea la corrupción de las verdades vertebradoras del credo, de cuya pureza dicen ser responsables. La idolatría, la más evidente de las desviaciones de estos días de Pascua, eclosiona en la devoción a las imágenes, más numerosas que variadas (pasos, en la denominación tradicional, por su origen dramático), que se acompaña de acciones sorprendentes: desde la canción que entonan los legionarios (los de verdad, no los de Cristo) proclamándose novios de la muerte mientras hacen piruetas con sus armas en la estela de un Cristo muerto, reducido a papel de figurante, al Gaudeamus igitur que, por no ser menos, cantan los cofrades de la hermandad de Estudiantes, que, si lo son, no saben que la canción habla del disfrute de la vida y de la nada que nos espera tras ella (¿por qué quitarían el latín del currículum escolar?). Todo un festival de castizo surrealismo. Las imágenes se visten, engalanan y enjoyan con inusitada riqueza; se las traslada de los templos donde permanecen durante el año a las casas de las hermandades donde hay espacio suficiente para montar gigantescos tronos sobre los que procesionarán, sin desmerecer un ápice de lo que harían con sus ídolos en la Babilonia de hace miles de años nuestros ancestros mesopotámicos. La truculencia barroca de las escenas de pasión representadas alcanza los límites de lo soportable con un abuso de cruces y de sangre que mana de heridas infringidas por látigos, espinas, clavos… que se prolonga en la representación del dolor y la angustia de la Madre con un corazón también atravesado por puñales o espinas. Un recrearse en la sangre que sólo se ve en los espectáculos gore alimentadores del morbo que al parecer yace en el fondo de nuestra alma, supongo que en unos más que en otros.
Casticismo, surrealismo y truculencia que hoy ha alcanzado una dimensión comercial y política de dimensiones jamás imaginadas. En el primer caso, atrayendo legiones de turistas que completan la percepción de España que les proporcionó el espectáculo taurino, mientras nutren con su gasto bolsillos particulares y arcas públicas; en el segundo, con la entrega incondicional de la ciudad a las bandas organizadas de meapilas o capillitas y con la inmersión de políticos de todo pelaje en el circo escatológico, por sus habilidades populistas o porque no dan para más (véase como perla última el proyecto parlamentario de Gordillo, el Lenin de Marinaleda, sobre la virgen Macarena y su indumentaria; como si a mí, votante de izquierdas, un suponer, me importasen un carajo los aditamentos que le cuelguen a una imagen).
Como lo oís, vivir en Andalucía en Semana Santa es un coñazo, con perdón de feministas y bien hablados.
28 feb 2010
Reflexión para el Día de Andalucía
21 feb 2010
Vamos a contar mentiras
En la canción infantil las liebres corrían por el mar, por el monte las sardinas y de los ciruelos, cargaditos de manzanas, caían avellanas; pero nadie se tomaba en serio sus estrofas, antes bien, a todos los que la cantaban se les veía divertidos con el despropósito; en cambio, la política, que se expresa tantas veces con estrofas no menos absurdas, exige seriedad y hasta solemne circunspección. Es lo que ocurre con los mitos que florecen (cultivados con esmero y desprecio de la verdad) a propósito de los fastos que homenajean a las nuevas nacionalidades, las cuales han proliferado en nuestro país como los hongos en el otoño. El 28 celebraremos el día de Andalucía; la tercera palabra de su Estatuto es nacionalidad: «Andalucía, como nacionalidad histórica…» dice, ¡faltaría más! ¿Qué se habrán creído los catalanes?
Cuando me enteré que mi región era una nación, o nacionalidad, no acabo de distinguir, se me erizó el vello de emoción, como buen patriota, y me puse sin tardanza a investigar en sus orígenes, sin duda perdidos en la noche de los tiempos, o, por lo menos, en la noche de algunas mentes, en cualquier caso en la oscuridad.
Cuando nos proponemos husmear en el ADN de una nación lo primero que hay que desentrañar es el nombre. Todos sabemos que los musulmanes llamaban al-Ándalus al territorio que ocuparon en la Península y que éste se fue reduciendo con el transcurrir de los siglos de manera que a principios del XIII comprendía el tercio sur peninsular, algo más que la Andalucía actual; después de las campañas de Fernando III y Alfonso X quedó reducido al reino de Granada, para el que en lo sucesivo se usaría esta denominación, no la de al-Ándalus o Andalucía, que se utilizó para designar al antiguo reino de Sevilla y ocasionalmente Córdoba y Jaén. En los siglos siguientes, todo el Antiguo Régimen, Andalucía fue siempre el valle del Guadalquivir, o incluso sólo el bajo Guadalquivir, las Béticas constituían el Reino de Granada, antes y después de la conquista (1492). El desmantelamiento del Antiguo Régimen en el XIX supuso también una nueva organización territorial, más racional. Se usó, como no, el modelo francés de provincias homogéneas territorialmente (la idea era que se pudiera ir a la capital en un día de viaje desde cualquier punto), pero se procuraron conservar, sin demasiada precisión, las denominaciones históricas, por lo que a las provincias se superpusieron las regiones, sin ningún valor administrativo ni político. El creador del invento fue Javier de Burgos, ministro de la regente Mª Cristina, que en 1833 dividió el Reino de Sevilla en tres provincias (Huelva, Sevilla, Cádiz), el de Granada en otras tres (Málaga, Granada, Almería) y degradando de reinos a provincias a Córdoba y Jaén, las sumó a las anteriores y denominó al conjunto Andalucía, que aparecía así por primera vez en la historia.
Nunca antes Andalucía constituyó una unidad política o administrativa a menos que nos remontemos a la época romana en que fue provincia con el nombre de Bética y capital en Itálica y Córdoba sucesivamente, con fronteras parecidas a las actuales, porque geográficamente está bien delimitada por el mar y Sierra Morena. Pero durante toda la Edad Media y la Moderna, casi doce siglos ¡ahí es nada! Andalucía no existió ni siquiera como denominación geográfica, época en la que precisamente se fraguaron las nacionalidades modernas. Y hay que tener en cuenta que en el XIX y el XX sólo fue un nombre, sin una sola institución política o administrativa común a las ocho provincias.
Quizás la esencia de la nacionalidad no esté en el nombre, ni en las fronteras, ni en instituciones prenacionales. Desde luego tampoco está en la lengua, porque aquí se hablaron las ibéricas, el latín, el árabe y el castellano sucesivamente como en la mayor parte de la Península (y a mucha honra, diría yo). Algunos nacionalistas vascos hablan de peculiaridades étnicas, pero, la verdad, yo preferiría que no tuviéramos de eso. Entonces ¿dónde están las raíces de esa nacionalidad que 25 prohombres(¿?), que no representaban a nadie, reunidos en el casino de Ronda un día de enero de 1918 creyeron entrever y para la que crearon una bandera (sacada del baúl de la historia) y un escudo (sacado del baúl de los mitos)? Pues si queréis que os diga, yo contestaría con el estribillo de la canción a la que pedí prestado el nombre: tralará, tralará
Post scriptum: debo decir que aunque no soy rociero, ni me divierte la estomagante autosatisfacción de los sevillanos, ni participo, pobre de mí, de la saturadora gracia de Cai, me considero andaluz: por algo nací en Jaén, me empapé lentamente durante mi adolescencia y primera juventud de la mala follá de Graná y disfruto hoy de Málaga junto a un montonazo de guiris. He dicho.


