Somos los hombres (hombres y las mujeres, faltaría más) los
que hacemos la historia, pero sin querer. Quiero decir que no somos conscientes
del suceso, y cuando alguno aparece en escena con la intención de escribirla
con sus hazañas lo que normalmente le sale es un hazmerreír —cuando se haga la
historia del ridículo el texto ocupará más volúmenes que la Enciclopedia Británica—;
pasar de la candidez del inconsciente a la intencionalidad consciente tiene
esos costes.
Desde que leyera, hace muchas décadas, a B. Farrigton, Ciencia y política en el mundo antiguo,
guardo un considerable recelo por el platonismo y sus aledaños. Anteponer el
mundo de las ideas a la realidad no es sólo una doctrina filosófica más sino el
más insidioso instrumento para lograr y conseguir el poder de unos pocos sobre
la inmensa mayoría. Pura reacción contra el movimiento democrático que
conmocionaba a Atenas en su tiempo, pero que demostró tener cargas de
profundidad de acción retardada que atacaría, andando el tiempo, el progreso
científico y promocionaría, dándoles armas intelectuales, a las religiones (judaísmo,
cristianismo, islamismo) que oscurecieron la antigüedad en su tránsito al
medievo, absolutamente dominado por ellas.
La batalla de Podemos no se libra contra la derecha sino en
el seno de la izquierda. El objetivo a abatir es el PSOE, como lo fuera el
intento fallido de tiempos de Anguita.
Están en su derecho si están convencidos, como parece, de que el liderazgo
socialista hace más daño que otra cosa y ya se prolongó demasiado. Me atrevería
a decir, incluso, que la prepotencia y soberbia de que hacen gala algunos de los
dirigentes de la nueva formación no desmerecen de las que usó el PSOE en el
trato con los que se situaban a su izquierda, desde los comienzos de la
Transición hasta ayer mismo, cuando se veían a sí mismos como la única
izquierda y a los demás como payasos. También es cierto que desde el primer
momento de acceder a la Moncloa en los 80 emprendió una política de asunción
del neoliberalismo, como algo inevitable, y de alineamiento estratégico, en lo
que quedaba de Guerra Fría, que contradecían los presupuestos del discurso con
los que había accedido al poder. Que a posteriori sea valorado este rumbo como
acierto o error dependerá de la ideología del observador; que sea considerado
una traición o no, del papel que asignemos a los partidos (pedagógico, de
liderazgo o sólo transmisor de una supuesta voluntad popular); en todo caso, en
los comicios subsiguientes siempre se pueden exigir responsabilidades, y lo
cierto es que sólo apareció una contestación significativa después de 2010 con la crisis económica.
Hay un canon
marxista, como lo hay cristiano, de donde es posible extraer inagotablemente citas
sobre una verdadera infinidad de cuestiones. Ofrezco hoy esta joya nada
desconocida y seguramente utilizada con frecuencia en estos últimos años a propósito
del 15M y Podemos. Su autor es Lenin y la obra La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo: «El
pequeñoburgués "enfurecido" [indignado?] por los horrores del
capitalismo es un fenómeno social propio, como el anarquismo, de todos los
países capitalistas. La inconstancia de estas veleidades revolucionarias, su
esterilidad, su facilidad de cambiarse rápidamente en sumisión, en apatía, en
imaginaciones fantásticas, hasta en un entusiasmo "furioso", por tal
o cual tendencia burguesa "de moda", son universalmente conocidas»
La física tiene reglas inmutables: ningún cuerpo puede
ocupar al mismo tiempo el lugar de otro, según la ley de impenetrabilidad, que
no requiere mayores explicaciones porque se puede percibir y aceptar
intuitivamente sin gran esfuerzo intelectual. En política, por el contrario,
parece no haber nada inmutable, pero, así y todo, en la geografía partidaria esta ley se cumple siempre. El feroz combate por
el centro que se libra entre todos los partidos que aspiran en serio a
conquistar el poder es demostración palpable.
Es difícil abrir un periódico sin que pueda uno leer aquello
de que la CUP, con sus exigencias radicales, es el único partido coherente del
batiburrillo político catalán. Lo mismo podía decirse del primer Podemos. Lo
mismo se ha dicho siempre de cualquier radicalismo. Desde una proposición que
no ve más solución que hacer tabla rasa, no dejar ni las raíces, cualquier
solución que se base en el consenso, la negociación o el respeto a posiciones
no concordantes y a los caminos ya transitados, son sólo componendas, cuando no
corruptelas o traiciones. Nada más fácil que ser coherente cuando sólo se
atiende a un constructo ideológico abstracto, por mucho que sus partidarios
aleguen que nace de un análisis previo y, por supuesto, certero de la realidad.
El cabeza de lista de la candidatura que lideró Podemos en
Cataluña para el 27S había votado Sí - Sí en la consulta del 9N no porque fuera
independentista sino porque ‘se lo pedía el cuerpo’. Hay otros izquierdistas
que lo hicieron no porque fueran nacionalistas sino por ser independentistas. Parece
que la casuística es amplia y yo que, según parece, sólo conozco a la izquierda
trasnochada, voy descubriendo los casos poco a poco, la imaginación no me da ya
para mucho.
Syriza y ANEL juntos en el gobierno griego son piedra de
escándalo para muchos que no entienden como pueden aliarse un partido de
izquierda radical y otro de derechas no menos extremista. La sorpresa es
legítima, pero ¿no hemos visto en el peronismo convivir facciones de extrema
izquierda (Montoneros) con otras de ultra derecha (Triple A)? ¿Acaso no han coincidido Marine Le Pen (FN) y
J. L. Melenchón (Parti de Gauche) en la defensa de Syriza y contra la UE? Los
ejemplos se pueden multiplicar.
En mi ya larga vida de elector impenitente rara vez he
depositado mi voto con la esperanza de que alguien, o algunos, salieran
elegidos; más bien podría decir que lo hacía con la esperanza de que los elegidos
por mí no lo fueran por la mayoría y, como mucho, sólo rozaran poder o,
simplemente, les permitiera seguir presentes. Nunca supe qué me daba más miedo:
que ganaran los otros o que lo hicieran los míos; desde luego, si vencían los otros
siempre podía uno indignarse y despotricar a gusto.
Soy uno de los que se equivocaron. El 15M me pareció un
movimiento de la indignación incapaz de generar una propuesta política
organizada y coherente. Ha transcurrido algún tiempo pero el resultado está
ahí: Podemos es ya la gran amenaza
para la derecha y para la izquierda parlamentaria y la gran esperanza de una
masa de ciudadanos frustrados, empobrecidos, indignados, hasta ahora,
desesperanzados. Un grupo de universitarios izquierdistas han sabido encauzar y
dar forma política a aquel movimiento, en el que estuvieron presentes y no
sabemos bien hasta qué punto contribuyeron a su gestación y desarrollo.
En 1981 ganó en Francia la presidencia F.
Miterrand, llevando a los socialistas al poder después de un largo dominio de
la derecha. En el debate que generó recuerdo que una cuestión peliaguda era si nacionalizaría
o no a la banca junto a otros sectores estratégicos. Año y medio después ganaba
en España Felipe González, trasladando a España las especulaciones. Se vio en
seguida que no era tan fiero el león como lo pintaban: ni el francés
nacionalizó la banca ni González expropió otra cosa que la explosiva Rumasa de
Ruiz Mateos; de hecho, Boyer, ministro de economía, aplicó desde el comienzo
una política socio-liberal. Lo cierto era: por una parte, que en los programas
los socialistas ejercían de tales y la opinión pública se alarmaba menos de eso
que de que incumplieran sus promesas; por otra, que el mundo anglosajón, que
todavía dirigía el cotarro universal, había elegido ya la vía neoliberal, marcando
a todos el camino.
Nos trajo Jordi Évole en su programa la voz y la imagen de
Mujica, presidente de Uruguay. Por si acaso no estaba convencido ya, su
presencia me confirmó en la idea de que hay que mirar a América si queremos ver
una izquierda viva, capaz de afrontar los nuevos tiempos. Cierto que a veces sus perfiles se difuminan enterrados en la hojarasca populista que crece en su entorno
y en su propio corazón; pero existe, lo que no es posible afirmar con
rotundidad en otras latitudes.
Los partidos que hoy
utilizamos, o nos utilizan, según opiniones, poco tienen que ver con sus antepasados
decimonónicos, época en la que se consolidaron y difundieron como útiles
instrumentos de los nuevos regímenes parlamentarios de linaje burgués. Eran
entonces apenas lugares de encuentro entre sensibilidades ideológicas afines
y/o intereses coincidentes. Muchas veces nacidos de tertulias y mantenidos y
difundidos en torno a un periódico, pero sin más disciplina interna que la
imprescindible para mantener los intereses comunes y la obligada lealtad.
Ninguna otra estructura partidaria.
Cuando, por efecto del
marxismo, las masas obreras decidieron entrar en los templos parlamentarios, lo
hicieron como elefante en cacharrería poniendo patas arriba los usos de las
clases bienpensantes que hasta entonces monopolizaban la lucha política a la
que habían dotado de reglas, como a cualquier confrontación entre caballeros.
Algunos de los efectos fueron un cambio drástico en la fisonomía y
funcionalidad de los partidos y de las cámaras.
El reciente desenlace de las
elecciones generales nos ha puesto a todos a pensar, incluso a los socialistas.
Desde luego, no hay que esperar gran cosa de una actividad a la que nos
entregamos sin el entreno necesario. En este país tal tarea nunca gozó de
especial prestigio, como muestra aquella terrible anécdota en que Fernando VII,
rey castizo donde los haya, dijo con orgullo manifiesto: Lejos de mí la funesta manía de pensar. A renglón seguido restauraba
la Inquisición y masacraba a los liberales, que previamente la habían abolido,
y todo ello mientras buena parte de sus súbditos (antepasados nuestros)
amenizaban el cotarro al grito de vivan
las cadenas, que tampoco está mal. Trapos sucios de una historia a la que se
dirigen mis pensamientos con una querencia sospechosa cada vez que me pongo a cavilar.
¿Deformación profesional o imperativos de una edad para la que el futuro ya no
es más que el abismo? Igual da. El caso es que no pocas veces encontramos en
ella las claves del presente, y si no, legítimo consuelo.
En esta ocasión la he recorrido (a
la historia) en busca de los momentos en que la izquierda ejerció el poder y he
confirmado, una vez más, que España siempre fue gobernada por la derecha salvo
momentos fugaces y contados, condicionados siempre por accidente o causa
excepcional.
Cien años atrás reinaba el
abuelo del actual monarca con ministerios siempre de derechas, alternando con
otros de derechas, y si no, con más de derechas. No desvarío, es que lo que no
era de derechas, conservadores, liberales, moderados o ultras, quedaban, no ya
fuera del gobierno, sino fuera del sistema. Precisamente la presión sobre el
sistema se hizo tan fuerte que para salvarlo se recurrió a la dictadura
(1923/30) populista y protofascista de Primo de Rivera. No fue una solución
sino un fracaso que arruinó el régimen de la constitución moderada (denominación
histórica de la derecha conservadora) de
1876 y de la monarquía.
En 1931 se abre el ciclo
republicano con gobiernos de izquierda burguesa, resultado de la reacción
frente a la deriva escandalosamente antidemocrática de la monarquía y por la
conmoción de su desplome.Pese a su
moderación (de la izquierda) y a la magnitud de la catástrofe que la había
llevado al poder sólo lo mantuvieron dos años escasos. Cuando lo recuperó en
1936, en una situación prerrevolucionaria, aún los socialistas sólo se asomaban
al poder en algún ministerio y fue preciso que estallara la guerra para que
alcanzaran la presidencia del gobierno (Largo Caballero).
Del 36/39 al 75 la derecha en su
advocación fascista señoreó el país gracias a la limpieza y pulido que le
sirvieron en bandeja sus dos históricos instrumentos, el ejército y la Iglesia, con la
colaboración impagable de otros ardorosos voluntarios, por ejemplo, la judicatura.
Como el dictador fue longevo, a
su muerte, algunos avisados colaboradores del nefasto régimen ya tenían en
mente, y quizás en borrador, la transición hacia un sistema que por lo menos no
les sonrojase cada vez que pasaran la frontera. La poca izquierda que había
sobrevivido, más la que se había gestado en los últimos años fue incapaz de
convencer a los súbditos/ciudadanos de las bondades de la ruptura y se vio
forzada a acomodar el paso al de los franquistas reconvertidos: es la transición,
tan celebrada, y el santificado consenso.
Hubo que esperar al
desmoronamiento de la UCD y a que los nostálgicos herederos de aquellos que
gritaban casi dos siglos atras vivan las cadenas,
protagonizaran el chusco (que pudo ser trágico) espectáculo de Tejero, Armada,
Milán y cía. para que el PSOE alcanzara el poder (1982). Lo insólito es que lo
pudiera mantener durante casi catorce años. ¿Podría ser por su gestión moderada
y por el inveterado respeto de nuestra ciudadanía a quien detente el poder? La
segunda vez en este ciclo se produjo sorpresivamente tras el trágico atentado
islamista de Madrid y la escandalosa gestión que de él hiciera el gobierno
Aznar en los días finales de la campaña electoral.
Golpes, atentados catastróficos,
desmoronamiento del adversario, siempre situaciones excepcionales. Sin duda, será
por eso que la derecha no ve la normalidad más que cuando ellos gobiernan, que lo que hay que hacer coincide punto por
punto con lo que ellos hacen y que esto no es sino lo que Dios manda.
Por otra parte, quizá también
tenga algo de verdad aquello de que la izquierda se corrompe con el poder (al
fin y a la postre izquierda implica cambio y el ejercicio del poder invita a
actitudes conservadoras), lo que no tiene que suponer que deba conformarse con
la oposición, sino que tienen que estudiar nuevas maneras de ejercerlo.
Estudiar no quiere decir inventar, puede que ya estén escritas desde hace
tiempo y sólo sea necesario releer y actualizar.
La revolución francesa popularizó el simbolismo de los tres colores que incorporó a su bandera y hoy es la combinación más extendida entre las enseñas nacionales de occidente: el azul representa la libertad, el blanco la igualdad y el rojo la fraternidad, las tres palabras o conceptos del famoso eslogan revolucionario. Si el azul se convirtió en el color identificativo de los liberales que hicieron hincapié en la libertad, el rojo pasó a distinguir a la izquierda ya que su valor definitorio fue siempre la solidaridad. Si se busca la esencia de la izquierda, aquí se ha de hallar: solidaridad, fraternidad; podrá adoptar muchas formas pero si utiliza como leitmotiv la solidaridad, eso es izquierda.
Analicemos un caso concreto. La cuestión de las pensiones se ha puesto de actualidad por las cargas de profundidad y las amenazas que sobre el sistema público se lanzan desde el mundo liberal, con estudios supuestamente científicos y análisis que apuestan por su insostenibilidad a medio plazo, incluso por considerarlo intrínsecamente injusto, y por las presiones desde los mercados e instancias de poder político y económico dominadas por esa ideología.
¿Cuál es la visión del problema desde el liberalismo? Sin libertad individual no hay iniciativa ni responsabilidad, sin libertad de mercado la economía no funciona con eficiencia. Sentadas estas premisas se sigue que cada cual debería de, mediante el ahorro, ir construyendo su propio plan de pensiones; el mercado, atento a las demandas que surgen de la sociedad, ofertará productos (fondos de inversión, seguros, etc.) estructurados y elaborados por expertos cuya finalidad será maximizar los beneficios del patrimonio que se va acumulando. De esta forma se cubren varios objetivos deseables: satisfacer una demanda, producir seguridad, estimular el ahorro imprescindible para la buena marcha de la economía, premiar la previsión y responsabilidad individuales penalizando la incuria y el despilfarro y crear negocio, generando empleos, beneficios… crecimiento. El Estado debe preocuparse sólo, y nada menos, de que todo se haga dentro de las buenas prácticas mercantiles. El discurso liberal es tan hermoso y limpio que dan ganas de matar a besos a Adam Smith. El azul se justifica porque es el color del cielo y esto tiene toda la pinta de un paraíso, de donde lógicamente se han apartado los réprobos, como en todo paraíso que se precie, aunque sean mayoría.
Un sistema público es antes que nada universal, así que nadie queda fuera de cobertura; establece máximos y mínimos en las pensiones de modo que se cierra, tanto como se quiera, el abanico de rentas, reduciendo las diferencias llamativas o injustas (aquí y ahora estamos en uno a cinco, entre mínima y máxima); por último, en el caso español, los trabajadores de hoy pagan las pensiones de los de ayer y las suyas las pagarán los de mañana, asegurando la supervivencia del sistema por el crecimiento y el aumento de la productividad. En los tres casos, el fundamento es la solidaridad: entre clases en los dos primeros, entre generaciones en la última. Naturalmente en caso de una profunda y prolongada crisis el sistema puede sentirse amenazado (el nuestro, pese a la que está cayendo, se mantiene sano), pero es que al privado se la abrirían tales agujeros que quedaría en nada. Los fondos de pensiones USA, en donde no existe sistema público, además de mantener grandes bolsas de no protegidos, mueven ingentes cantidades de capital que permanentemente agitan las aguas de la especulación y han sido en buena parte actores en la catástrofe financiera que nos acosa.
Se ha puesto de moda pensar que la oposición izquierda derecha es cosa del pasado, que la actualidad ha superado esa dicotomía, que solo los carcamales que nos aproximamos al siglo seguimos apegados a tales apolilladas definiciones, que sólo se dan en el cielo de la teoría. Pues a mí me parece claro que un sistema público de pensiones como el descrito tiene el marchamo de la izquierda, y el privado, de la derecha. Que nos inclinemos por uno o por otro no querrá decir que seamos de esa cuerda, pero sí que nos habremos manifestado un poco azules o un poco rojos.
Todo empezó con aquella canción de Roberto Carlos que decía en una de sus estrofas: Yo quisiera ser civilizado como los animales, ejemplo del pesimismo a la moda sobre el género humano. Me chirriaba el mensaje, y ni aún ahora, cuando caben pocas dudas sobre nuestra responsabilidad en el cambio climático y ninguna sobre la de unos pocos en la pobreza de la mayoría, dejo de tener la esperanza de un cambio muy positivo en las generaciones próximas. Pensé muchas veces en la frase incongruente de la canción, que, seguramente, estaba concebida como un aldabonazo para despertar conciencias, pero que a mí no lograba sonarme más que como una concesión a la irracionalidad.
No me avergüenza usar términos como izquierdas y derechas, a los que algunos parecen haberles cogido alergia; por eso empiezo diciendo que el pesimismo es de derechas. Si el futuro se ve negro ¡Virgencita, que me quede como estoy! En el pasado la Iglesia puso música y letra a estos temores construyendo una ideología según la cual los humanos habían demostrado su incapacidad para construir un futuro habitable y, por eso, lo pone en manos de Dios, sin el cual nada podemos. No cabe mayor pesimismo y mayor desconfianza en la humanidad. Los que hablan de humanismo cristiano no saben lo que dicen. La ilustración fue una reacción frente a este panorama, una recuperación del humanismo, pero cargando las tintas, seguramente como rechazo a la idea de pueblo de Dios, en el individualismo: la economía no es más que el resultado del interés personal actuando libremente; la política el resultado de la confluencia civilizada y normalizada de ideas e intereses personales: el egoísmo como motor de la civilización. La única concesión a lo colectivo es el Estado-nación (mutación de los bienes patrimoniales de las antiguas familias reinantes, con sus siervos y súbditos convertidos en ciudadanos). En ellos, en su interior, se desarrolla una cierta solidaridad, que, a veces, sirve para enmascarar la feroz explotación que ejerce la minoría que controla los aparatos del Estado, utilizando la coartada del interés nacional; pero, entre ellos, en el exterior, la competencia y el egoísmo se manifiesta crudamente, con descaro, con violencia.
El intento de superación de esta situación lo protagoniza la izquierda, la única ideología que piensa en el futuro, no como una repetición del presente o como un regreso al Limbo, sino como algo nuevo por construir en donde se hayan superado las contradicciones del presente. Puro optimismo. La utopía, que es para este mundo, y nuestra responsabilidad, no una gracia divina, utiliza como combustible solidaridad y fraternidad en lugar de egoísmo. Como los ilustrados, tiene fe en el hombre, pero el éxito lo espera de la cooperación, no de la competencia. Quizá por eso sus detractores la vieron como una nueva religión.
Las palabras están gastadas. Lo están izquierda y derecha, bastante solidaridad, mucho fraternidad. Quizá nos resulte más cómodo hablar de empatía, que no está contaminada políticamente y expresa lo mismo con un toque psico muy a la moda. Pues bien, el tiempo presente, si por algo se caracteriza, aparte los consabidos dramas y amenazas de futuro, es por una eclosión de empatía universal. Jamás antes el género humano se sintió tan uno y hermanado, ya nadie discute si los negros o las mujeres tienen alma, si los pobres merecen derechos políticos o si los niños son algo más que un proyecto de persona. Incluso se extiende la empatía a los demás seres vivos, a todo el entorno terrestre. Por primera vez existe una conciencia universal de unidad. Para convencerse no se necesitan complicadas argumentaciones, basta con un poco de reflexión sobre el presente y una mirada al pasado.
El espíritu humano cuenta pues con los útiles precisos, resultado de una evolución cultural que los ha diseñado y pulido adecuadamente. Pero la realidad es que nos encontramos en un mundo que nos parece abarrotado, a punto de reventar, exhausto por una explotación insolidaria, enfermo por un trato irresponsable. Además de espíritu necesitamos tecnología. No hay revolución (de las buenas, de las que hacen avanzar) sin un salto tecnológico. Es preciso liberarse del uso de energías sucias; el petróleo fue factor de progreso, pero hoy es una condena segura. El hallazgo de más reservas en el Ártico es una pésima noticia. Las ecoenergías y la fusión nuclear podrían ser la solución.
Con una nueva herramienta energética (ya a las puertas) y la empatía recién estrenada y en estado de prueba, el futuro es nuestro. Los jóvenes de hoy serán sus constructores. El nuevo mundo estará plagado de errores, contradicciones y sinsentidos, pero es que la historia no se acabará más que con el hombre.
Yo me declaro optimista histórico, es decir, de izquierdas.