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21 jun 2010

Esquilache en la morería

Leopoldo di Gregorio, marchese di Squillace, fue uno de los personajes ilustrados de la corte de Carlos III, que el monarca trajo consigo de Italia, donde había sido rey de Nápoles antes que de España. Ocupó varias secretarías (ministerios) desde las que legisló abundantemente para modernizar al país y a Madrid, en la que emprendió obras de saneamiento, alumbrado y urbanizadoras. Su afán reformista le llevó hasta intentar cambiar los hábitos vestimentarios de los madrileños (obsoletos, favorecedores del anonimato y, por ello, proclives al delito), por decreto; para vencer resistencias apostó en las calles sastres que auxiliados por alguaciles cortaban las capas de los mosqueados viandantes hasta la altura requerida y cosían las alas de los chambergos convirtiéndolos en sombreros de tres picos. El populacho, ignorante, hambriento por la crisis de subsistencias y escamado por las medidas, se dejó azuzar por el clero y los nobles que temían y detestaban a los reformadores y la cosa desembocó en un peligroso motín (1766). Esquilache fue destituido y expulsado de España; pero el rey, cuando por fin recobró la iniciativa, expulsó a los jesuitas y concedió honores y nuevos cargos al italiano, para entonces la nueva moda se había impuesto y las largas capas y los sombreros de ala ancha (a la chamberga) eran ya historia.

Hoy cualquier concejal se siente Esquilache, o esquilachea , y hasta al ponderado y muy comedido ministro de justicia se le han visto maneras ante la contemplación de los velos de nuestras inmigradas musulmanas. La cuestión tiene dos puntos curiosos, por no decir intrigantes: 1) si uno va a Marruecos (Rabat, Casablanca, Fez…) apenas si ve más mujeres con velo que aquí, pareciera que sólo emigran las que usan la dichosa prenda; 2) velos integrales o burkas no se ven por nuestras calles en absoluto y, sin embargo, en todos los ayuntamientos se ha despertado un celo extraordinario para prohibirlos. Misterios de la naturaleza humana, o de los velos, pero que a mí me tienen desvelado.

Más misterios. Mi abuela Benicia, que lucía el tradicional moño, siempre se ponía un pañuelo en la cabeza si salía a la calle y puedo asegurar que lo más cerca que estuvo nunca de un musulmán fue en las fiestas de moros y cristianos de su pueblo (era de la comarca de Baza). Es posible que yo tenga la memoria alterada, pero creo recordar que en mi niñez el uso del pañuelo entre las mujeres españolas, incluidas las mocitas en edad de merecer, que se decía entonces, era muy frecuente (os invito a que veáis películas de los cuarenta, cincuenta y hasta sesenta, no sólo españolas, podéis incluir italianas, por ejemplo); de acuerdo que era otro look, pero pañuelos eran aquellos y pañuelos son estos. La prenda tradicional más típica de la mujer española, la mantilla, es un velo para cubrir la cabeza. No he hablado de las monjas, pero existían y existen. Hace tiempo que no voy por las iglesias más que de turismo, pero recuerdo, si la memoria no me está gastando malas pasadas, que para las mujeres era obligado el uso del velo en tales recintos. Me admira que las musulmanas veladas causen tanto escándalo, quizá nos estamos creyendo suecos, o yo soy la reencarnación de un fulano sudanés y me he hecho un lío con las dos memorias.

Decía antes que por aquí no se ven velos integrales o burkas, he mentido: en Marbella es frecuente toparse con mujeres en grupos numerosos, ataviadas como fantasmas, que salen de compras pastoreadas por intimidadores guardaespaldas, son los harenes de los jeques o príncipes árabes que pululan por la Costa del Sol; pero esto, misteriosamente, nunca ha escandalizado a nadie y por eso a mí ni se me había ocurrido mentarlo; por consecuencia, en éste lugar no hay esquilaches (al jeque Abdullah, que ha comprado estos días el Malaga Club de Fútbol, nadie le ha preguntado cuantas jequesas tiene –espero que se diga así– ni como las viste).

Está claro: como esto está tan oscuro, lo mejor será que antes de manifestar una opinión sobre el particular deberíamos pasar alguna prueba de la hipocresía, el racismo o el sentido común, o las tres ¿Las hay?
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5 may 2010

Tribulaciones... (4)

Si a la abuela Benita alguien le hubiera prohibido ponerse su pañolón habría armado la de Dios es Cristo. Es normal que si se le prohíbe a las musulmanas se arme la de Alah no es Mahoma, dicho sea con todo el respeto y la mayor ortodoxia, creo.

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Anteayer, como aquel que dice, los germanos eran los barbaros; ayer mismo confirmaron que seguían siéndolo; hoy griegos, romanos y cartagineses, escuchamos sus consejos, acatamos sus invectivas y esperamos babeando que la Merkel decida abrir el bolso. La de vueltas que da el mundo.

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Los fondos de inversión son un invento maravilloso por democrático: todos podemos participar en ellos y nutrir nuestra bolsa chupando la sangre a los ciudadanos indiscriminadamente, o sea, a nosotros mismos. El mercado ha logrado el movimiento continuo. La ruina de Grecia, la taquicardia española y el acoso al euro son daños colaterales que en nada enturbian la gloria del artilugio.

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Zapatero invitó a Rajoy a charlar sobre algunas cosillas de economía que nos tienen preocupados.

–Buenos días.

–Buenas tardes.

Al salir de la reunión Rajoy ha expuesto ante la prensa lo que le ha dicho al presidente. A renglón seguido Zapatero ha explicado a los mismos periodistas lo que le ha dicho al jefe de la oposición. No tenemos información de si alguno ha escuchado algo, lo que sí sabemos es que esto es lo que se ha llamado siempre un diálogo de besugos.

–Buenas tardes.

–Buenos días.

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Inquirir los motivos de Dios, me dijo un sacerdote, es pecado de soberbia; indagar los motivos del mercado, lo averigüé yo solo, es simple estupidez. En ambos casos la sumisión permite la supervivencia; asumir el dogma y oficiar la liturgia pertinente, la paz del espíritu y la prosperidad del cuerpo.

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28 abr 2010

Tribulaciones... (3)

Siempre hay una primera vez. La de Franco fue en 1920 cuando siendo coronel legionario mandó fusilar a un soldado porque no sólo no se comió las lentejas del rancho sino que se las estampó al teniente en la cara. Lo cuenta su primo Franco Salgado-Araujo; otro primo suyo, De la Puente Bahamonde, comandante del aeropuerto de Tetuán (1936), no pudo contar nada: fue fusilado por no unirse a los rebeldes; en este caso Franco tuvo el detallazo de renunciar por un día al mando para no firmar la sentencia. Ya no lo paró nadie de este mundo, ni del otro, hasta que fusiló a los cinco últimos, tres meses antes de que la única que no perdona acabara con él.
No es que quiera dar la murga con la memoria histórica es que hoy tengo lentejas.


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Digan lo que digan ni los cangrejos caminan hacia atrás, lo hacen de lado, por chulería, porque el cuerpo se lo pide o vaya Vd. a saber por qué, pero nunca hacia atrás. Somos nosotros los únicos que lo hacemos sin siquiera despeinarnos: una francesa de nacimiento, convertida al islam, se ha puesto un nikab con el que no se le ven ni las pestañas y se ha casado con un fulano nacionalizado que tiene otras tres mujeres. La detuvo la policía por conducir envuelta en demasiados trapos y se supo el pastel. ¿Cuál será el desenlace? ¿Se quitará el nikab para conducir, o el cuarto de marido del que disfruta le prohibirá coger el coche? Me inclino por esta última solución, más coherente con el síndrome del cangrejo.


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El hiyab no plantea problemas de tráfico rodado, pero sí de tránsito por las aulas. Preocupados los profes porque los/las adolescentes mostraran respeto en los lugares públicos y cerrados manteniendo desnuda la cabeza, como ha sido tradición entre nosotros, elaboraron reglamentos que impedían toda clase de tocados. ¿Quién iba a pensar en un conflicto entre normas y conciencias por tal motivo? Pero ahí está Najwa y su hiyab. Aunque tendría algunas preguntas que hacer a su papá, a su mamá, al instituto y a ella misma, me atrevo a afirmar que esto es una solemne majadería: por la incapacidad de los padres, que no saben que es lo mejor para que su hija se eduque sin traumas; por la torpeza del centro que olvidó que el reglamento sirve para evitar problemas, no para crearlos; por el empecinamiento de la niña, adolescente ella, que no valora la trascendencia social de su interés personal; por mi personal estupidez que estoy perdiendo el tiempo tratando esta bobada.

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