Hoy cualquier concejal se siente Esquilache, o esquilachea , y hasta al ponderado y muy comedido ministro de justicia se le han visto maneras ante la contemplación de los velos de nuestras inmigradas musulmanas. La cuestión tiene dos puntos curiosos, por no decir intrigantes: 1) si uno va a Marruecos (Rabat, Casablanca, Fez…) apenas si ve más mujeres con velo que aquí, pareciera que sólo emigran las que usan la dichosa prenda; 2) velos integrales o burkas no se ven por nuestras calles en absoluto y, sin embargo, en todos los ayuntamientos se ha despertado un celo extraordinario para prohibirlos. Misterios de la naturaleza humana, o de los velos, pero que a mí me tienen desvelado.
Más misterios. Mi abuela Benicia, que lucía el tradicional moño, siempre se ponía un pañuelo en la cabeza si salía a la calle y puedo asegurar que lo más cerca que estuvo nunca de un musulmán fue en las fiestas de moros y cristianos de su pueblo (era de la comarca de Baza). Es posible que yo tenga la memoria alterada, pero creo recordar que en mi niñez el uso del pañuelo entre las mujeres españolas, incluidas las mocitas en edad de merecer, que se decía entonces, era muy frecuente (os invito a que veáis películas de los cuarenta, cincuenta y hasta sesenta, no sólo españolas, podéis incluir italianas, por ejemplo); de acuerdo que era otro look, pero pañuelos eran aquellos y pañuelos son estos. La prenda tradicional más típica de la mujer española, la mantilla, es un velo para cubrir la cabeza. No he hablado de las monjas, pero existían y existen. Hace tiempo que no voy por las iglesias más que de turismo, pero recuerdo, si la memoria no me está gastando malas pasadas, que para las mujeres era obligado el uso del velo en tales recintos. Me admira que las musulmanas veladas causen tanto escándalo, quizá nos estamos creyendo suecos, o yo soy la reencarnación de un fulano sudanés y me he hecho un lío con las dos memorias.
Decía antes que por aquí no se ven velos integrales o burkas, he mentido: en Marbella es frecuente toparse con mujeres en grupos numerosos, ataviadas como fantasmas, que salen de compras pastoreadas por intimidadores guardaespaldas, son los harenes de los jeques o príncipes árabes que pululan por la Costa del Sol; pero esto, misteriosamente, nunca ha escandalizado a nadie y por eso a mí ni se me había ocurrido mentarlo; por consecuencia, en éste lugar no hay esquilaches (al jeque Abdullah, que ha comprado estos días el Malaga Club de Fútbol, nadie le ha preguntado cuantas jequesas tiene –espero que se diga así– ni como las viste).
Está claro: como esto está tan oscuro, lo mejor será que antes de manifestar una opinión sobre el particular deberíamos pasar alguna prueba de la hipocresía, el racismo o el sentido común, o las tres ¿Las hay?
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