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14 feb 2011

La verdad es más extraña que la ficción

Oriente nunca defrauda, ni las romas fantasías de los occidentales pueden jamás hacerle sombra. Hay allí una desmesura en las manifestaciones del poder que cuando se traduce a Occidente queda reducida a la condición de bufonada, pero que en su medio nunca pierde el brillo y la grandiosidad que sólo la tragedia y el drama pueden transmitirnos. Edgar Allan Poe nos contó El milésimo segundo cuento de Sherezade, la milésima segunda noche en la que la astuta joven esposa del califa bagdadí cuenta como bellas y soberbias fantasías, vividas en un viaje postrero de Simbad, los avances técnicos y descubrimientos científicos de la época del autor; pero, el soberano, hechura del Medievo, encuentra tan increíble esta nueva y última narración que decide, al fin, la muerte de la reina, como sus antecesoras. Antes del comienzo del relato Poe advierte al lector de que la verdad es más extraña que la ficción.
Es realidad, no ficción, que Muammar al-Gadafi, autócrata de Libia, gobierna el país a su antojo sin poseer cargo político alguno y cuando viaja como jefe de Estado, aunque oficialmente no lo sea, lo hace con una guardia personal de treinta muchachas vírgenes. Tan real como la tonelada y media de oro con la que, según cuenta la prensa, Ben Alí y su mujer huyeron de Túnez hace unas semanas para refugiarse en Arabia; seguramente tampoco olvidaron el tinte para el pelo y la gomina de los que el dictador hacía un uso intensivo, puede que del mismo laboratorio que los que usa su homólogo de Egipto, Mubarak, defenestrado (desgraciadamente no es más que una metáfora) hace sólo dos días. En este caso lo fantástico es que, al parecer, el egipcio, en su afán de servicio incondicional al pueblo, ha acumulado una fortuna de setenta mil millones de dólares, nada menos que la mitad del PIB de su país. Ninguno de los tres cumple ya los setenta años y los tres han buscado con fruición el elixir de la eterna juventud, aunque al final no hayan tenido para contentarse más que tintes y trasplantes capilares, botox, lifting y quizá otros remedios menos visibles pero igualmente patéticos. Joven de verdad, pero tan aplicado como los anteriores a la hora de acumular tesoros ante los que palidecería la cueva de Alí Babá es el soberano marroquí, Mohamed VI, al que se le calcula una fortuna de cuarenta mil millones de euros, bastante más del doble de la actual deuda exterior de Marruecos. Podría pagarla él solito y seguiría siendo uno de los individuos más ricos del mundo. Curiosamente la propaganda del régimen le ha promocionado en su país una imagen de monarca caritativo y piadoso aplicándole el apelativo de “rey de los pobres”, sin que ni a él ni a sus consejeros se les haya alterado el color de la cara, que ya es fantástico. Su amor a los pobres lo ejerce desde su castillo residencia de las proximidades de París donde pasa la mayor parte del tiempo, mientras en Fez, Marraquech o cualquiera de las ciudades imperiales ondean las banderas que anuncian su presencia; lo que importa es el decorado.

En el camino hacia la democracia real los egipcios recurren al ejército (institución que desde Naser nunca ha abandonado el poder), que disuelve el parlamento (de ficción, naturalmente) y se compromete a unas elecciones libres en no más de seis meses; mientras, se dispone a desalojar la plaza Tahrir, donde el genio del pueblo hizo el milagro. Si los revoltosos ceden la lámpara a los que nunca dejaron el poder se corre el riesgo de que el genio (de la lámpara) luzca de nuevo sus dotes de tramoyista, monte una vez más el decorado que nos confunde realidad con ficción y la cueva del tesoro vuelva a cerrarse, “actualizada” la invocación mágica que le da acceso.

Es necesario discriminar verdad y fantasía porque al estómago solo se le puede entretener con cuentos poco tiempo, el resto es la tarea de esbirros, sicarios o verdugos, como ha quedado demostrado. Nada peor que confundirlo todo.

24 may 2010

Brújula para occidentales. ¿Raíces afroasiáticas en nuestra civilización?

La manía (y la necesidad) de clasificar, definir, encasillar, que llega al frenesí en el natural didactismo de la escuela, nos condiciona la visión de la realidad. Con frecuencia las palabras, las herramientas conceptuales que usamos para captar y entender el entorno, crean nuevas realidades, de modo que se hace cierta la idea de que el estudio de un hecho, lo modifica. Por eso, podemos sugerir que el pasado histórico no existe, sino más bien distintas visiones del mismo.

Los que nos autodenominamos occidentales creemos en la singularidad de nuestra civilización y en que no debe nada sustancial a aquellas que clasificamos como orientales, africanas, etc. (eludamos el hecho de que la mayoría de los países europeos son, geográficamente hablando, mas orientales que el Magreb, que, por cierto, significa el Occidente). Es más, salvo en algún caso, como el de Irán, suponemos que las culturas orientales y africanas se sustentan sobre una base étnica semita o camita, mientras que la occidental es de origen ario: tres conceptos que se crearon para clasificar lenguas (uno de ellos, camita, sin otro fundamento que agrupar a las que no encajaban en los otros dos)1; sin embargo, pasaron en seguida a designar supuestas razas, lo que no es más que una estúpida falsificación, que ha tenido un éxito monumental e injustificado.

Los griegos clásicos, libres de estos prejuicios pseudocientíficos, estaban convencidos de que una buena parte de los elementos claves de su cultura habían nacido en lo que hoy llamamos oriente o en el N. de África: Herodoto escribió que el panteón griego procedía en su casi totalidad del egipcio: desde Zeus/Amón a Atenea/Neit, pasando por Apolo/Horus. El propio alfabeto griego es una adaptación del fenicio, con la aportación de los signos vocálicos; el 40% de su léxico procede del egipcio, cananeo, fenicio, etc., sumando tantos vocablos como los de raíz indoeuropea. La ciencia griega es igualmente deudora de la egipcia: conocemos de antiguo la estancia de Pitágoras en Egipto y, hoy, que su famoso teorema era conocido en Egipto porque aparece en uno de los problemas del Papiro Ahmes (Papiro Rhind); el papel central que Platón daba a la geometría en el conocimiento racional (Nadie entre que no sepa geometría, se dice que rezaba en el frontispicio de la Academia) es de origen egipcio y muchos de los logros que se atribuyen a Arquímedes, Eudoxo, etc., y que culminaron en la escuela de geometría de Euclides en Alejandría (Egipto) tienen igual presencia en el Rhind y otros papiros muchos años antes, según parece; de la medicina y de la astronomía se puede decir otro tanto.2

De los griegos se puede inferir que recopilaron este saber con el que protagonizaron un auténtico renacimiento y liberaron a la filosofía y a la ciencia (indisociables en la época) del hermetismo y el carácter esotérico que tuvo en Egipto; pero, si bien no siempre señalaron en los casos particulares la paternidad de sus logros, si que reconocieron en general el magisterio foráneo, especialmente egipcio. La observación de un mapa histórico del Mediterráneo oriental nos muestra una imbricación de las poblaciones griegas y las semíticas y egipcias; lo absurdo hubiera sido un desarrollo a espaldas unas de otras: las ciudades griegas de Asia Menor fueron las protagonistas de la eclosión del pensamiento científico (VII y VI a.C.) y Alejandría en Egipto vivió el último esplendor helenístico antes de que agonizara la antigüedad (IV y V d.C.).

La historia de Grecia nos la han explicado a golpe de invasión, cómo no: invasión de los aqueos, invasión de los dorios… siempre viniendo del Norte, nada que ver con el mundo mediterráneo. Cuando se profundiza mínimamente, nos sorprende la debilidad de los argumentos que sostienen esta hipótesis, pero salva algo fundamental, a saber: que el origen de la civilización griega, germen a su vez de la civilización occidental, nada tiene que ver con África y Oriente, que, en todo caso, fueron más o menos helenizados en algún momento. Faltaría más.
En 1987 el historiador británico Martín Bernal publicó Atenea negra. Las raíces afroasiáticas de la civilización3, levantando una monumental polémica. Sostiene que la explicación (“modelo antiguo”) que vinculaba a Grecia con África comenzó a romperse a partir del interés que Lutero puso en el griego por la nueva traducción de la Biblia; en el XVIII los alemanes se miraban ya en Grecia como en un espejo (sin unidad política pero con excelencia cultural) y W. Humboldt, fundador de la universidad de Berlín (1793), al trazar las grandes líneas del sistema educativo, colocó en su centro el estudio de la antigüedad griega; en el XIX la guerra de Grecia con Turquía por la independencia fue un revulsivo en las conciencias europeas, identificadas con los helenos frente al Islam, sentimiento reforzado por el movimiento romántico (Byron, Shelley); en seguida, este sentir se reforzaría con la eclosión racista que, por la lengua indoeuropea, vincularía a los griegos con la raza aria, como los germanos. El círculo estaba cerrado, los griegos trascenderían su condición mediterránea para constituirse en padres del mundo occidental. La historiografía acuñó desde entonces un prototipo cultural exento de contaminación semita o camita, ario puro; unos fantasmales helenos de rizos dorados y ojos claros, tal y como vivían en las mentes germánicas: la Grecia que se nos ha inculcado a todos los europeos en la escuela. El libro de Martín Bernal rompe con esta mistificación historiográfica y por eso es excelente.

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1 Racismo y pensamiento moderno: el ejemplo de la invención de los camitas. J. M. CABEZAS. Univ. Barcelona.
2 Síntesis sistemática de la filosofía africana. NKOGO ONDÓ. Barcelona, 2005.
3 La edición en castellano de Ed. Crítica está agotada.

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