Oriente nunca defrauda, ni las romas fantasías de los occidentales pueden jamás hacerle sombra. Hay allí una desmesura en las manifestaciones del poder que cuando se traduce a Occidente queda reducida a la condición de bufonada, pero que en su medio nunca pierde el brillo y la grandiosidad que sólo la tragedia y el drama pueden transmitirnos. Edgar Allan Poe nos contó El milésimo segundo cuento de Sherezade, la milésima segunda noche en la que la astuta joven esposa del califa bagdadí cuenta como bellas y soberbias fantasías, vividas en un viaje postrero de Simbad, los avances técnicos y descubrimientos científicos de la época del autor; pero, el soberano, hechura del Medievo, encuentra tan increíble esta nueva y última narración que decide, al fin, la muerte de la reina, como sus antecesoras. Antes del comienzo del relato Poe advierte al lector de que la verdad es más extraña que la ficción.En el camino hacia la democracia real los egipcios recurren al ejército (institución que desde Naser nunca ha abandonado el poder), que disuelve el parlamento (de ficción, naturalmente) y se compromete a unas elecciones libres en no más de seis meses; mientras, se dispone a desalojar la plaza Tahrir, donde el genio del pueblo hizo el milagro. Si los revoltosos ceden la lámpara a los que nunca dejaron el poder se corre el riesgo de que el genio (de la lámpara) luzca de nuevo sus dotes de tramoyista, monte una vez más el decorado que nos confunde realidad con ficción y la cueva del tesoro vuelva a cerrarse, “actualizada” la invocación mágica que le da acceso.
Es necesario discriminar verdad y fantasía porque al estómago solo se le puede entretener con cuentos poco tiempo, el resto es la tarea de esbirros, sicarios o verdugos, como ha quedado demostrado. Nada peor que confundirlo todo.