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10 abr 2010

Tribulaciones de un ciudadano perplejo (1)

No estoy seguro, podría tratarse del síntoma de una rara patología, o quizá no, pero lo cierto es que en los últimos tiempos la perplejidad es mi estado de ánimo permanente ante la cosa pública. Puede que sólo sea aturdimiento senil, pero nada pierdo dejando constancia de turbaciones que posiblemente alivien desconciertos ajenos. Con ellas comienzo esta serie que intercalaré con las entradas habituales.

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A Garzón lo asocio siempre con unas escaleras: en los primeros tiempos de su estrellato solía darnos la prensa, escrita y audiovisual, imágenes suyas subiendo con diligencia arrolladora las de la Audiencia Nacional; en las que nos dan ahora lo veo bajándolas siempre. ¿Dónde se ha operado esta transmutación, en la realidad o sólo en mi cerebro? No sabría decir. Me temo que cuando empiecen a proporcionarnos algunas en estado de reposo sea sentado en el banquillo.

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Hace muchos años, los de mi edad lo recordarán, el cardenal Danielou murió de un infarto en un prostíbulo de París. Ni la santa omertá vaticana pudo silenciarlo entonces, aunque eran tiempos de silencio; ahora con la movida menorera del clero se me ocurre que aquel era un santo varón, al menos dejaba en paz a los niños. Si algún papa lo hubiera canonizado y ofrecido a los seminaristas como ejemplo no tendríamos estos sobresaltos de hoy.

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Monseñor González, obispo de Almería, ha dicho en una homilía a sus fieles que la Ley de muerte digna que aprobó el parlamento de Andalucía le recuerda «la tortura, el acoso criminal de los regímenes totalitarios, la pena de muerte, los enfrentamientos raciales, los genocidios y las persecuciones de cristianos». A mí todas estas barbaridades me recuerdan la historia de la Iglesia: las torturas de la inquisición, las bendiciones a la dictadura de Franco, las condenas del Santo Oficio, la complicidad en la criminal explotación colonial del Congo, las cruzadas y la matanza de cristianos de otras iglesias. En cambio la Ley de muerte digna no me recuerda nada, me pone en la pista de un futuro más humano. Uno de los dos anda mal de la cabeza… y del corazón.

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23 mar 2010

Infantes y golfantes

El papa Alejandro VI (1431-1503) era español (Rodrigo Borja) y además de papa fue papá: tuvo, si no hay error, nueve hijos, aunque no de todos se sabe quién fue la madre; de ellos Lucrecia y Cesar son los más famosos, por razones diferentes pero relacionadas, aunque ninguna demasiado edificante. Se me ocurrió empezar con él por ser paisano y tenerle más confianza, pero su comportamiento no era insólito entre las altas jerarquías de la Iglesia. No cabe pensar que el clero común tuviera mejor nivel ético. Eran otros tiempos. En los cien años que van de 1484 a 1585, seis papas tuvieron hijos ilegítimos. En años anteriores hubo algunos casados y bastantes fueron hijos de papas o de otros jerarcas de la Iglesia. Desde Trento (1545-63) y por la amenaza que suponía la revolución protestante (necesidad obliga) la Iglesia se autodisciplinó.

Eran otros tiempos. La moral aristocratizante de la época, con sus vicios y virtudes, también tenía que impregnar a la Iglesia. No hay más que ver como en los siglos siguientes la ética de las clases medias, más rígida y estricta, fue la norma entre los clérigos, que, desde entonces, se ocuparían sobre todo de que los pecadillos no se vieran. El único problema es que uno había creído siempre que era la Iglesia la que marcaba las normas de la moral (inalterables por el tiempo, que por algo es obra divina), pero según parece se trataba más bien de poner letra a la música que tocaban desde abajo. Digo yo que para ese viaje no necesitábamos alforjas.

En otros tiempos la infancia no existía, o, seguramente, como la pubertad y la adolescencia estaban por aquel entonces fuera de ella, se la veía mucho menos. Los abusos a los niños, por tanto, tampoco existían (¡ay, si pajes, grumetes o novicios hablaran!). La historia, que sólo trata de lo que existe, no ha registrado más que los manejos entre adultos; pero, de aquellos otros trajines hubo, ¿cómo dudarlo? y, además, la impunidad, que garantizaba el prestigio social del clero y la invisibilidad de las víctimas, debió ser un excelente caldo de cultivo, como se ha demostrado en Irlanda y se podrá demostrar en cualquier lugar por poco que se hurgue.

En estos tiempos la situación se ha invertido: los niños, quizá por la escasez, han sido sacralizados, y cualquiera que meta mano ahí (por ahora sólo en la bragueta, esperemos que pronto también en la cabeza) es, no solo reo de delito, sino también un pervertido; constatamos, a la par, que la infancia se ha expandido prolongándose por edades impensables años atrás.

En estos tiempos todo se vuelve contra la Iglesia. Como si no fuera poco ponerse a escribir las normas y pregonarlas por púlpitos y cátedras, ahora les exigimos que además las cumplan. Y es que, como dice Cañizares (el cardenal), hay mucha gente interesada en ocultar lo que de verdad importa, que es Dios, no lo que hagan o dejen de hacer los curas. Por su parte Benedicto (el papa) dice que lo que hay que castigar es el pecado y perdonar al pecador, y si alguien se pone bravo, agrega, habrá que recordarle que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Puede que éste sea un golpe bajo, como dicen algunos hipercríticos ganados ya por Satanás, pero, qué queréis, aquí todo anda por los bajos, los que manosean los curas y los que les están tocando ahora a ellos.