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26 abr 2017

¿Quo vadis, PSOE

La gente de mi edad hemos visto los últimos destellos de la utopía comunista, el motor imprescindible que impulsó al «movimiento obrero», para desmoronarse inmediatamente después aplastada a la par por la realidad que venía del otro lado del «telón» y el escepticismo ciudadano, de éste lado, de que fuera compatible con la democracia liberal, esa que nadie ha logrado demostrar que no sea la única democracia posible, la misma que a esas alturas había logrado más adeptos que el problemático «paraíso proletario»
«…cuando llegó el Estado del bienestar y la “clase obrera” adquirió derechos civiles y sociales, la muralla que el comunismo histórico había construido con esa roca [la “conciencia obrera”] fue derribada por el capitalismo…» José Luis Pardo, Estudios del malestar. Barcelona 2016, pg. 270
Ahora son los socialistas los que hacen agua en todas partes. Lograron éxitos impagables a lo largo del siglo pasado en el proyecto de avanzar hacia la igualdad y la ampliación de derechos sin abandonar el seno del capitalismo, que había logrado cotas históricas de desarrollo convirtiéndolo en bienestar social.

1 dic 2016

Las últimas utopías

El siglo XX comenzó con la gran oportunidad de la utopía comunista (1917), definitivamente derrumbada a principios de los noventa, y ha terminado con la muerte de Fidel Castro, símbolo de la utopía caribeña que vivió con respiración asistida desde la crisis de los misiles y en franca agonía desde los 90 —la revolución viajaba del septentrión al trópico pero prendiendo con credibilidad sólo en la periferia del sistema—. Únicamente la supervivencia del Comandante permitía, por el valor de los símbolos, considerarla viva aún. Los comunismos asiáticos son zombis que mueven a temor y a risa, como es propio de estas fantásticas criaturas, pero nadie en su sano juicio los vería como portadores de una promesa liberadora e igualitaria.

12 mar 2016

A vueltas con Podemos


Hay un canon marxista, como lo hay cristiano, de donde es posible extraer inagotablemente citas sobre una verdadera infinidad de cuestiones. Ofrezco hoy esta joya nada desconocida y seguramente utilizada con frecuencia en estos últimos años a propósito del 15M y Podemos. Su autor es Lenin y la obra La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo: «El pequeñoburgués "enfurecido" [indignado?] por los horrores del capitalismo es un fenómeno social propio, como el anarquismo, de todos los países capitalistas. La inconstancia de estas veleidades revolucionarias, su esterilidad, su facilidad de cambiarse rápidamente en sumisión, en apatía, en imaginaciones fantásticas, hasta en un entusiasmo "furioso", por tal o cual tendencia burguesa "de moda", son universalmente conocidas»

6 nov 2014

Lo que el muro nos enseñó

Checkpoint Charlie. 1961
La historia la escriben los vencedores, después a los historiadores les lleva siglos reescribirla deshaciendo entuertos y no siempre lo logran satisfactoriamente.

5 mar 2012

Igualdad y crecimiento


La igualdad no tiene buena prensa. En tiempos históricos sugerir que todos los hombres éramos iguales podía ser un insulto y, desde luego, algo siempre políticamente incorrecto. El Evangelio nos había hecho a todos hijos de Dios, pero no iguales; es más, predicaba la iglesia resignación a los pobres porque, si había desigualdad, Dios la habría querido y era pecado de soberbia intentar deshacer su voluntad. La revolución burguesa, que elevó la igualdad por primera vez a la categoría de valor social fundamental, le adjudico como símbolo el color blanco (el azul a la libertad y el rojo a la fraternidad) que es un no color; en cualquier caso se refería a la igualdad ante la ley, pero nada más. Fue preciso que los últimos de la fila decidieran ganar su futuro por sí mismos para que la igualdad, sin peros, se convirtiera en bandera plausible. Sólo plausible, que no realizada, ya que la revolución obrera terminó en fiasco tanto en Europa como en Asia, en donde la permanencia en el poder del Partido Comunista Chino ha dejado de  significar algo en lo que a justicia social se refiere.

Si en el pasado la desigualdad se aceptaba como natural, fruto del capricho de los dioses, de las responsabilidades de los antepasados, de la de uno mismo en vidas anteriores, o, en nuestra cultura religiosa, de la voluntad inescrutable de Dios, hoy se justifica y defiende considerándola motor de la economía. Para los economistas ortodoxos, que los ricos ganen cada vez más tiene ventajas para todos: en primer lugar, porque es un acicate insustituible para el esfuerzo y la inventiva requeridos para la prosperidad individual y social; después, porque provoca la acumulación de capital en manos de quien sabe invertirlo. La injusticia, por la desigualdad derivada, es un daño colateral; pero, también es justo el premio para los que saben encontrar el éxito. Reza pues, el aserto capitalista tradicional que la desigualdad es más eficiente.

Planteadas así las cosas sólo cabe demostrar que no es verdad que sea más eficiente, o que la eficiencia no es el máximo valor. Yo no me siento capaz de demostrar casi nada, pero sí de plantear algunas dudas.

La realidad nos muestra que los países más prósperos y que con más holgura están haciendo frente a la crisis son aquellos que tienen sociedades más igualitarias (nórdicos). Pero hay más, un estudio reciente (David A. Moss y Robert Reich) ha puesto de manifiesto que 1928 y 2007 son los dos años en que mayor fue la desigualdad de rentas en USA, justo en vísperas de los dos crack más monumentales de su historia. De hecho no necesitamos a ningún gurú de la economía para entender que el aumento de las clases medias (igualación social) aumenta el consumo y mueve la economía productiva, mientras que el enriquecimiento extra de los ricos, no,  porque sus excedentes de capital van a parar a la especulación, ya que poco más pueden consumir, y en la especulación financiera se dan rendimientos máximos. Corroborando esto, uno de esos gurús, Martin Wolf, ha afirmado recientemente desde su plataforma en Financial Times que la desigualdad no sólo es injusta, sino también ineficiente.

Valga lo anterior sin salirnos del marco del capitalismo al uso.

En los antiguos países comunistas la igualdad de rentas era notable, porque el abanico salarial estaba muy cerrado y no cabían grandes ingresos por actividades privadas. De hecho, esto generaba el problema de la falta de estímulos en los trabajadores, lo que se intentó combatir con el estajanovismo, que tuvo cierto éxito mientras duró el ardor revolucionario de los primeros momentos. Después la relajación en la productividad y la falta de innovaciones por la inexistencia de la competencia fueron creciendo y se convirtieron en un lastre para poder seguir el ritmo de los países capitalistas. Probablemente fue la causa principal de su hundimiento final.

Puestos a competir un sistema con el otro, el capitalista, basado en la acumulación de capital en pocas manos, fue más eficiente, y el comunista, centrado en la máxima igualdad de rentas,  desapareció.

La cuestión es: ¿Qué preferimos, la eficiencia económica o la justicia social? La eficiencia del capitalismo lleva a un crecimiento espectacular (el propio Marx lo reconoció en las primeras páginas del Manifiesto...), pero: 1) polariza la sociedad entre ricos y pobres por mucho que mantengamos la vigilancia; 2) el crecimiento no puede evitar las crisis, en las que aumenta desmesuradamente el sufrimiento de los desfavorecidos; y 3) tan acelerado como el crecimiento es el agotamiento de los recursos y la degradación del medio, hasta el punto de que, ya en los años 70, ante el presentimiento de una catástrofe ecuménica, se propuso el crecimiento cero.

Así pues, si la solución es frenar el crecimiento, principal virtud del sistema, ¿por qué no optar por otro socialmente justo, pero que “adolece” de un crecimiento mesurado? La respuesta es obvia: porque nos lavaron el cerebro y porque, aunque hayamos resistido el fregado, no tenemos los recursos o ignoramos las tácticas para imponer nuestros intereses. El dilema de siempre.

21 nov 2010

Homenaje a Ibrahim Serfaty

La izquierda no vive sus mejores momentos, por eso es especialmente lamentable la desaparición de luchadores que se han agotado en la anterior generación sin tener el consuelo de ver una esperanza de futuro. Es el caso de Ibrahim Serfaty que murió el 18 en Marraquech, con escasa repercusión en la prensa española a pesar del protagonismo de Marruecos en las noticias y debates del día. Fue un judío marroquí de ascendencia sefardí que destacó por su oposición al régimen despótico de Hasan II, aunque ya antes su libertad se resintió por la lucha contra el colonialismo francés. Llegó a ostentar el poco deseable record africano de años de cárcel por razones políticas, después de Mandela. Al fin, en los años 90, la presión internacional empujó al monarca alauí a hacer gala de su despótica generosidad excarcelándolo, aunque privado de la nacionalidad marroquí y obligándolo al exilio. Se dijo entonces que habría salido antes de haber pedido perdón al rey: al parecer la dignidad de los ciudadanos marroquís es incompatible con la de su soberano. Militó en el partido comunista hasta que la actitud contemporizadora de éste le indujo a crear su propio grupo (Ila l-Amam) pero nunca traicionó su pensamiento. Fue partidario de un Estado palestino, solía decir: «Iré a Palestina cuando tenga un Estado, después pasaré a ver a mis amigos judíos que se encuentran en Israel». En el contencioso del Sahara Occidental se mostró partidario de la autodeterminación de los saharauis proponiendo una federación con Marruecos como solución del conflicto. Ser judío y antisionista, marroquí y defensor de la autodeterminación saharaui no es común y, desde luego dice mucho de su opción por la racionalidad y el sentido común. En el 2000 Mohamed VI, entre las medidas de gracia del comienzo de su reinado y como anuncio de una política más liberal, le devolvió la nacionalidad y permitió su regreso. Enfermo ha residido en Marraquech hasta morir a los 84 años.

La izquierda está en retroceso en todas partes, pero en el mundo árabe parece haber desaparecido casi por completo barrida por la inundación islamista que monopoliza por todas partes el favor popular. Hubo un momento en que un socialismo peculiar coloreaba los primeros regímenes laicos, republicanos y nacionalistas: el nasserismo egipcio y el baasismo sirio fueron buenos ejemplos, pero no los únicos; quedaron reducidos a la nada por la evolución política propia y mundial. Militantes izquierdistas lucharon codo con codo con el chiismo iraní para destronar al sha, pero nada más lograrse el objetivo fueron masacrados por el nuevo régimen teocrático. En Palestina siguen vivos los movimientos comunistas y laicos, pero ya vemos el progreso de Hamás en Gaza y la creciente hegemonía de Hezbolá en Líbano. Desde el Líbano a Marruecos los movimientos comunistas oscilaron de la influencia soviética a la maoísta y se enfrentaron o colaboraron, según las circunstancias con el nacionalismo y el islamismo, pero mostraron vitalidad y parecía que futuro, desde los años sesenta a los ochenta. La implosión de la URSS y la transformación de China los dejó huérfanos y el crecimiento del islamismo, como respuesta a Occidente los ha reducido a la mínima expresión; hoy, casi desaparecidos del escenario, han dejado de ser noticia, pese a que, como ayer, son una de las pocas esperanzas de laicidad y democratización de la zona.

En el mes de octubre y por iniciativa del Partido Comunista Libanés se reunieron en Beirut todos los partidos comunistas de la región (mashrek y magreb: oriente y occidente árabes) en un intento de dar vida y unidad al movimiento. Están por ver los frutos, pero los problemas, elección de aliados y cómo hacer frente a la inundación islamista, no parecen fáciles. La presión USA en la zona no es el menor problema, ya que por un reflejo histórico comprensible, la gran potencia sigue viendo en ellos más peligro que en las fuerzas tradicionales y nacionalistas, a pesar de los recientes desmentidos de la realidad y las acciones bélicas que ha provocado y están aún en marcha.

La desaparición de Serfaty es casi un símbolo, pero, sacudiéndonos la melancolía, conviene recordar a un luchador incansable que no triunfó en sus objetivos pero que se ganó el respeto y la admiración de todos los que luchan por los derechos y la democracia.