Mostrando entradas con la etiqueta capitalismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta capitalismo. Mostrar todas las entradas

1 dic 2017

Morir de éxito o el declive de la socialdemocracia

Tengo para mí que el declive de la socialdemocracia, que se evidencia ya por todas partes, tiene por causa principal el éxito. Muere de éxito. Es decir, alcanzó sus objetivos y, a estas alturas, en estas circunstancias y con aquellos mimbres ya no encuentra curro.

Es una obviedad decirlo, pero la socialdemocracia es un fenómeno propio de la modernidad: necesitaba del seno placentario que proporcionaba el liberalismo pre o protodemocrático. La existencia de una clase obrera numerosa y de ciertas libertades individuales, políticas y de mercado fueron las condiciones para que surgiera un movimiento emancipador con un proyecto de sociedad con fundamentos científicos, como el socialismo. Los numerosos precedentes que se suelen aportar, desde la antigüedad a los tiempos modernos, no son válidos sin más. Quiero decir que no es oro todo lo que reluce, porque ni Espartaco tenía un proyecto de sociedad antiesclavista ni ningún líder de los múltiples, y muchas veces sangrientos, disturbios igualitarios bajomedievales o premodernos hubiera existido fuera de la iglesia y sin el combustible de cierta mitología cristiana alimentadora de esos movimientos, que eran “pobristas” (renuncia a los bienes materiales, voluntaria o forzosa, siguiendo un supuesto mandato evangélico) más que liberadores; lo que no quita para que deban ser analizados como expresión de la lucha de clases en el esclavismo, el feudalismo o el precapitalismo.

5 abr 2016

Neoliberalismo

Dice Vargas Llosa en El liberalismo entre dos milenios: «Me considero liberal y conozco a muchas personas que lo son y a otras muchísimas más que no lo son. Pero, a lo largo de una trayectoria que comienza a ser larga, no he conocido todavía a un solo neo-liberal. ¿Qué es, cómo es, qué defiende y qué combate un neo-liberal? A diferencia del marxismo, o de los fascismos, el liberalismo, en verdad no constituye una dogmática, una ideología cerrada y autosuficiente con respuestas prefabricadas para todos los problemas sociales, sino una doctrina que, a partir de una suma relativamente reducida de principios básicos estructurados en torno a la defensa de la libertad política y de la libertad económica —es decir, de la democracia y del mercado libre— admite en su seno gran variedad de tendencias y de matices. Lo que no ha admitido nunca hasta ahora, ni admitirá en el futuro es a esa caricatura fabricada por sus enemigos con el sobrenombre de "neo-liberal”.»

6 abr 2015

Capitalismo y democracia

Escribía en el post anterior sobre democracia y capitalismo, estableciendo una vinculación entre ambos que, si no es mecánica, de causa y efecto, hay demasiados casos en contra (fascismos), sí que es algo más que histórica. Además proponía ejemplos de su presencia en otros sistemas, si bien en esos casos se percibe la inevitable presencia de clases medias mercantiles que por razones varias, que sería prolijo señalar ahora, habían proliferado y prosperado ¿No merecerían tales situaciones la consideración de protocapitalistas?.

1 abr 2015

Montesquieu vive

Existen mil y un sistemas de participación política de la ciudadanía en la cosa pública, casi tantos como instituciones o Estados. Todos se han escogido porque se consideraron los mejores para aquella situación. Otra cosa es quién o quiénes hayan sido los evaluadores. Pero es obvio que un sistema, del que se ha comprobado su eficiencia en determinado ambiente (socio-económico-cultural) no es trasplantable, sin más, a otro: después de lo visto en los últimos años muchos rezan porque Marruecos no se vea forzado a experimentar con la primavera y conserve su régimen otoñal de despotismo (¿ilustrado?) teocrático moderado con ribetes democráticos. Sé que esto suena a Montesquieu, que le vamos a hacer, pero si esperáis un poco os va a sonar más.

14 mar 2015

Malos tiempos para la épica


El triunfo incontestable del individuo es una conquista de la modernidad. Desde el Renacimiento ha ido ganando espacio hasta alcanzar hoy cotas nunca logradas en otros momentos… y subiendo. Una mirada hacia atrás que contemple la vida gregaria que anulaba la individualidad en la tribu, la gens, el gremio, la iglesia, el estamento, la casta, o la clase nos revela un panorama deplorable según nuestros parámetros actuales. Hoy es el reino del individuo, del “yo hago lo que me da la gana”, “a mí nadie me dice lo que tengo que hacer o qué creer”. Recelamos de las iglesias, de los partidos, de los sindicatos o sociedades gremiales; damos por superado el concepto de clase, y sus connotaciones solidarias y cooperativas, mientras crece el de “emprendedor” como héroe social moderno que se abre camino y consolida su posición en solitario. Quizás ningún otro elemento revela mejor el triunfo del liberalismo. Ha calado en la conciencia de las multitudes, y parece que está aquí para quedarse.
Nada que oponer. Yo estoy en el mundo y los valores de mis contemporáneos son los míos. No podría ser de otro modo. Pero por aquello del espíritu de contradicción (otra manifestación del individualismo, pero que también puede ser la picajosa deriva de una personalidad fastidiosa, sin más) no puedo sino tratar de ver el envés de valor tan valorado… si es que lo merece.

6 nov 2014

Lo que el muro nos enseñó

Checkpoint Charlie. 1961
La historia la escriben los vencedores, después a los historiadores les lleva siglos reescribirla deshaciendo entuertos y no siempre lo logran satisfactoriamente.

28 abr 2014

La flauta de Bartolo

«Uno de los principales argumentos que esgrimen los enemigos de la libertad para justificar la existencia del Estado es el de garantizar la redistribución de la renta». Con esta frase lapidaria inicia su argumentación un colaborador (P. Martínez Bernal: “Capitalismo, filantropía…”) de la página web “Instituto Juan de Mariana” de corte ultra liberal y de la que mantengo un enlace permanente en este blog (a quien le sorprenda diré que a mi edad flaquea la capacidad de asombro y este sitio me la devuelve al nivel de la infancia con el leve esfuerzo de leer unas líneas de vez en cuando). El artículo, desde este comienzo alucinante hasta el último párrafo en que loa la solidaridad y altruismo de los supermillonarios, sin que medie coacción, agradecidos por su éxito, no deja de sorprender por la simpleza de los argumentos y el entusiasmo, digno de mejor causa, con que se exponen; pero no es mi objetivo entrar a analizarlo, sino utilizarlo como ejemplo de una actitud, que yo calificaría de impúdica, y testimonio de una avalancha ideológica asfixiante.

10 nov 2013

Perdiendo el control

El despuntar del capitalismo (baja Edad Media) fue temprano y su arraigo lento, difícil y paulatino, aprovechando las contradicciones del anterior sistema y formación social (feudalismo).
 El poder de los monarcas sólo podía crecer a costa de los nobles, auténticos beneficiarios del feudalismo, pero también principales sostenedores de la monarquía. Para ello los reyes tuvieron que buscar financiación allí donde había dinero: las ciudades (burgos), hogar de la burguesía. El proceso de pactos, complejo, accidentado y titubeante acabó convirtiendo, al cabo de unos siglos, a la nueva clase en protagonista de una revolución que acabaría con las monarquías y todo el sistema feudal.

14 may 2012

Mercado y democracia

Proudhon
            “La voz de Iñaki” preguntaba en El País de hoy si sabíamos por qué no ha sido procesado ninguno de los responsables de los desaguisados económicos que padecemos, y contestaba él mismo a renglón seguido: «porque no han actuado saltándose las reglas sino cumpliéndolas». En medio de tantas lamentaciones, indignaciones y vestiduras rasgadas por presuntos robos, traiciones y culposas ambiciones, esta es la verdad que se impone: las reglas del sistema no fueron violadas.

El filósofo y político revolucionario francés Proudhon se preguntaba en un libro publicado en 1840 “¿Qué es la propiedad?” y se contestaba con la celebérrima frase “La propiedad es un robo”. En aquellos tiempos los pensadores con sensibilidad social habían detectado que el capitalismo, todavía inmaduro, ingenuo pero brutal era la causa de los males que padecía el pueblo y su espina dorsal no era otra cosa que la propiedad (propiedad privada de los medios de producción, puntualizaría más adelante Marx). Así pues el sistema, según ellos, se basaba en una expropiación convertida en legal al transformarse en leyes los métodos con que funcionaba. Esa es la operación que hicieron los gobiernos liberales que entonces regían el mundo civilizado, y lo hicieron bajo el manto y el convencimiento de que actuaban en beneficio de la modernidad y el progreso.

El mundo ha dado muchas vueltas desde entonces y el capitalismo ha sufrido transformaciones importantes que, entre otras cosas, le han permitido subsistir y triunfar sobre experimentos socialistas (comunistas) que todos conocemos. También ha sofisticado sus procedimientos y ya no muestra su cara adusta y brutal nada más que en la periferia del sistema y cuando se ve sometido a las convulsiones de las crisis, que de ningún modo ha podido erradicar porque forman parte su peculiar fisiología.

Durante el siglo XX el capitalismo atlántico se justificó presentándose como el único sustento de la democracia y los derechos. Primero derrotando manu militari a los capitalismos totalitarios que lideraba el Eje; después, aniquilando en el mercado (manu mercatori) a los socialismos autoritarios de tras el Telón. Revestido de legitimidad ética, impulsado por el viento de la historia y dueño de la legalidad vigente nada le impide ahora desprenderse de las molestas vestiduras que le impusiera la alianza con los socialismos moderados y pactistas en coyunturas más difíciles; aquellos aditamentos que le dieron el aspecto más democrático, pero que trabaron sus movimientos instintivos. En esas estamos.

La cuestión no es si alguien se saltó las reglas, que ya sabemos quién las marcó, sino si al final prevalecerá el mercado o la democracia. Y lo cierto es que, criaturas del sistema, las dos nos fascinan, pero quizá la convivencia de ambas en plenitud sea un sueño imposible.

5 mar 2012

Igualdad y crecimiento


La igualdad no tiene buena prensa. En tiempos históricos sugerir que todos los hombres éramos iguales podía ser un insulto y, desde luego, algo siempre políticamente incorrecto. El Evangelio nos había hecho a todos hijos de Dios, pero no iguales; es más, predicaba la iglesia resignación a los pobres porque, si había desigualdad, Dios la habría querido y era pecado de soberbia intentar deshacer su voluntad. La revolución burguesa, que elevó la igualdad por primera vez a la categoría de valor social fundamental, le adjudico como símbolo el color blanco (el azul a la libertad y el rojo a la fraternidad) que es un no color; en cualquier caso se refería a la igualdad ante la ley, pero nada más. Fue preciso que los últimos de la fila decidieran ganar su futuro por sí mismos para que la igualdad, sin peros, se convirtiera en bandera plausible. Sólo plausible, que no realizada, ya que la revolución obrera terminó en fiasco tanto en Europa como en Asia, en donde la permanencia en el poder del Partido Comunista Chino ha dejado de  significar algo en lo que a justicia social se refiere.

Si en el pasado la desigualdad se aceptaba como natural, fruto del capricho de los dioses, de las responsabilidades de los antepasados, de la de uno mismo en vidas anteriores, o, en nuestra cultura religiosa, de la voluntad inescrutable de Dios, hoy se justifica y defiende considerándola motor de la economía. Para los economistas ortodoxos, que los ricos ganen cada vez más tiene ventajas para todos: en primer lugar, porque es un acicate insustituible para el esfuerzo y la inventiva requeridos para la prosperidad individual y social; después, porque provoca la acumulación de capital en manos de quien sabe invertirlo. La injusticia, por la desigualdad derivada, es un daño colateral; pero, también es justo el premio para los que saben encontrar el éxito. Reza pues, el aserto capitalista tradicional que la desigualdad es más eficiente.

Planteadas así las cosas sólo cabe demostrar que no es verdad que sea más eficiente, o que la eficiencia no es el máximo valor. Yo no me siento capaz de demostrar casi nada, pero sí de plantear algunas dudas.

La realidad nos muestra que los países más prósperos y que con más holgura están haciendo frente a la crisis son aquellos que tienen sociedades más igualitarias (nórdicos). Pero hay más, un estudio reciente (David A. Moss y Robert Reich) ha puesto de manifiesto que 1928 y 2007 son los dos años en que mayor fue la desigualdad de rentas en USA, justo en vísperas de los dos crack más monumentales de su historia. De hecho no necesitamos a ningún gurú de la economía para entender que el aumento de las clases medias (igualación social) aumenta el consumo y mueve la economía productiva, mientras que el enriquecimiento extra de los ricos, no,  porque sus excedentes de capital van a parar a la especulación, ya que poco más pueden consumir, y en la especulación financiera se dan rendimientos máximos. Corroborando esto, uno de esos gurús, Martin Wolf, ha afirmado recientemente desde su plataforma en Financial Times que la desigualdad no sólo es injusta, sino también ineficiente.

Valga lo anterior sin salirnos del marco del capitalismo al uso.

En los antiguos países comunistas la igualdad de rentas era notable, porque el abanico salarial estaba muy cerrado y no cabían grandes ingresos por actividades privadas. De hecho, esto generaba el problema de la falta de estímulos en los trabajadores, lo que se intentó combatir con el estajanovismo, que tuvo cierto éxito mientras duró el ardor revolucionario de los primeros momentos. Después la relajación en la productividad y la falta de innovaciones por la inexistencia de la competencia fueron creciendo y se convirtieron en un lastre para poder seguir el ritmo de los países capitalistas. Probablemente fue la causa principal de su hundimiento final.

Puestos a competir un sistema con el otro, el capitalista, basado en la acumulación de capital en pocas manos, fue más eficiente, y el comunista, centrado en la máxima igualdad de rentas,  desapareció.

La cuestión es: ¿Qué preferimos, la eficiencia económica o la justicia social? La eficiencia del capitalismo lleva a un crecimiento espectacular (el propio Marx lo reconoció en las primeras páginas del Manifiesto...), pero: 1) polariza la sociedad entre ricos y pobres por mucho que mantengamos la vigilancia; 2) el crecimiento no puede evitar las crisis, en las que aumenta desmesuradamente el sufrimiento de los desfavorecidos; y 3) tan acelerado como el crecimiento es el agotamiento de los recursos y la degradación del medio, hasta el punto de que, ya en los años 70, ante el presentimiento de una catástrofe ecuménica, se propuso el crecimiento cero.

Así pues, si la solución es frenar el crecimiento, principal virtud del sistema, ¿por qué no optar por otro socialmente justo, pero que “adolece” de un crecimiento mesurado? La respuesta es obvia: porque nos lavaron el cerebro y porque, aunque hayamos resistido el fregado, no tenemos los recursos o ignoramos las tácticas para imponer nuestros intereses. El dilema de siempre.

26 may 2011

La nueva aristocracia

Todavía queda algún carcamal de la vieja aristocracia de sangre a quien se le puede seguir rastro en los medios de comunicación, entre ellos, los miembros de las agonizantes y paródicas monarquías europeas. Su papel histórico terminó hace mucho tiempo, sustituidos por una aristocracia del dinero arraigada en la burguesía cuyo señorío se ha extendido al menos durante los dos últimos siglos. Capitanes de empresa que con su esfuerzo personal y los capitales acumulados por la explotación de ejércitos de trabajadores, marcaron el rumbo de la sociedad que hegemonizaron y crearon una casta que, aunque su poder residía en el dinero, estaba vinculada económica y emocionalmente a sus empresas, de modo parecido a como la antigua nobleza lo estuvo a sus tierras. No pocos dejaron sus apellidos a las corporaciones que crearon y que hicieron prosperar, hoy convertidas frecuentemente en multinacionales, como antes los topónimos se trocaban en apellidos para los nobles.


Pero esta clase también ha pasado. El anonimato del capital ha ido vaciando de vestigios familiares a las entidades, que a veces conservan el nombre sólo por razones de márquetin. Es cada vez más raro ver esforzados capitalistas que dirijan sus negocios con una visión de futuro, como una empresa familiar, asociando su éxito al de aquella. Conforme las finanzas se han ido colocando a la cabeza de la economía desplazando de las posiciones hegemónicas al comercio y a la industria, una clase de expertos, salidos de los centros educativos de excelencia, ha ido desplazando a los antiguos empresarios. Son una clase de asalariados de lujo, cuya vinculación con la empresa se reduce al contrato que ambos firmaron.

Las sociedades anónimas se inventaron porque las necesidades de innovación tecnológica a que avocaba la competencia sobrepasaban con mucho las posibilidades de autofinanciación y era preciso atraer capital. Al principio, a los antiguos propietarios les resultó fácil mantener la mayor porción que les permitiera controlar los consejos de administración; pero, el proceso de incremento de presión financiera acabó por expulsarlos y fueron paulatinamente sustituidos por ejecutivos expertos. Los nuevos líderes son asalariados con valores y prácticas muy diferentes de las de los antiguos propietarios, pero también alejados de los intereses del resto del asalariado con el que no comparten prácticamente nada. Su éxito consiste en el crecimiento de los beneficios de la empresa a corto o muy corto plazo, lo que enriquecerá su currículo para justificar nuevas remuneraciones que fijan ellos mismos (bonus millonarios o blindajes en sus contratos), o para saltar a otra posición mejor, en la empresa o fuera de ella. Las perspectivas a medio o largo plazo le traen sin cuidado; desprecian cualquier obligación social de la empresa que lastre mínimamente su crecimiento o sus resultados en el mercado de valores; ignoran cualquier admonición que reclame garantías ecológicas o éticas, a menos que puedan ser utilizadas en sus campañas de promoción; hacen méritos expulsando al paro o a la jubilación anticipada a miles de sus subordinados, lo que explican como estrategias de incremento de la productividad e innovación; se imponen con autoridad incontestable sobre accionistas y usuarios; saltan de la empresa a la política y viceversa alegando no estar contaminados ideológicamente y exhibiendo sólo sus credenciales de expertos gestores, y desde la administración pública y los organismos internacionales legislan y aplican políticas que favorecen sus intereses de grupo; comparten una misma ideología elaborada y difundida desde foros internacionales (escuela de Viena,  que condenó el marxismo; escuela de Chicago, que renegó del keynesianismo), entroncada con el más rancio liberalismo, al que han consagrado como pensamiento único.

Son una nueva clase social con su capa alta y su caballería. La nueva aristocracia.

16 may 2011

Palabras como armas

Ahora llamamos mercados a lo que siempre conocimos como capitalismo o capital. Hemos caído en la trampa todos, incluso los que vocean a los incautos para que no pisen sin mirar, por si los cepos. Mercado es una palabra técnica, política o ideológicamente aséptica; nadie, en su sano juicio y mínimamente informado, se puede situar frente a él, sería algo así como rechazar la gravedad. Capitalismo, en cambio, denota ideología; es un vocablo que delata con su simple enunciado la posibilidad de una alternativa. ¡Qué peligro el del lenguaje! Aquí nos tienes, a los presuntos rojeras, los denostados progres, aprendiendo, asimilando y usando la lengua del enemigo. Luego, cuando uno se pone a elucubrar, a poner argumentos en el oído o ante la vista de nuestros interlocutores, empezamos a hacernos un lío con términos que han cambiado de significado, conceptos para los que no encontramos la palabra que los vista con precisión porque las que usamos tiempo atrás fueron desechadas como ropa pasada de moda, y acabamos por confundir el continente y el contenido, la forma y la sustancia.

El médico debe separar los síntomas de la enfermedad, pero cuando se pone a tratarla combate también a los primeros, a veces tiene que conformarse sólo con eso. Las, o los, feministas saben muy bien que por cambiar el género de algunas palabras no se consigue la igualdad, pero obligarse a modificarlas transforma actitudes y puntos de vista, prepara las mentes para asumir otros cambios más profundos y necesarios. Las palabras hacen a veces de caballo de Troya obligándonos, al hacerlas nuestras, a derribar estructuras que impedían su paso y por donde se colarán sin problemas los invasores. La expresión los mercados es un caballo de Troya del liberalismo al uso.

La división del trabajo genera el mercado. En una sociedad tan evolucionada y compleja como la nuestra el mercado es inevitable y necesario, pero las formas que ha adoptado a lo largo de la historia son muchas, y, sin duda, su evolución no ha terminado. Una de ellas es el mercado liberal (más abstracción que realidad), que tiende a imponerse como regulador universal de la economía y, por extensión, de la vida social, para lo que precisa de toda la libertad. Éste es el mercado capitalista liberal, el que se nos muestra como mercado por antonomasia, como el mercado.

Se trata de una trampa semántica: a costa de hablar de los mercados, en lugar de los mercados capitalistas o el capitalismo, se nos antoja la situación ajena a cualquier modelo ideológico y acabamos por aceptarla como ineludible. El primer paso lo hemos dado ya al convertirse la expresión en algo de uso corriente entre los que hablamos y escribimos sobre la cuestión, sin distinción ideológica. Mea culpa.

29 nov 2010

Reflexiones sobre la democracia (7). Capitalismo

El pensamiento dominante, en cualquier situación y en cualquier momento, tiene la particularidad de presentar sus presupuestos ideológicos como inevitables y necesarios, debilitando las posiciones alternativas, que se perciben como radicalismos peligrosos o, en el mejor de los casos, como extravagancias ridículas. Lo que llamamos pensamiento único no es más que una fórmula de ideología dominante en el terreno económico y sociopolítico de hoy. Sus presupuestos básicos consisten en considerar que capitalismo, liberalismo y democracia son conceptos convergentes y prácticamente intercambiables. Sin embargo, sus mutuas relaciones se han mostrado, históricamente y en la actualidad, más frecuentemente como conflictivas que como concordantes.

Sobre liberalismo y democracia escribí en otro lugar(1) El capitalismo, por su parte, muestra evidentes contradicciones con el liberalismo. Adam Smith advertía de que la concentración de poder económico «es a la sociedad económica lo que el despotismo a la sociedad política»; pero, «el capital no ha cesado de concentrarse […] por el juego incesante de las fusiones y adquisiciones, bajo la presión de las finanzas»(2). Por su propia condición y por su exigencia de libre concurrencia y competencia, el liberalismo económico acelera la concentración capitalista que, a su vez, mina el liberalismo político en sus médula, deteriorando el principio de igualdad de los ciudadanos ante la ley, ya que propone un Estado mínimo, que ha de enfrentarse en la defensa de los derechos ciudadanos a un monstruo, los propietarios del capital, que crece en tamaño y poder sin cesar. Una contradicción que lo aboca a la autodestrucción y que genera, en situaciones de estrés político, latigazos de autoritarismo (medidas de orden público en Francia, USA, Rusia, hoy en Brasil, etc.).

Las crisis de los años finales del XIX y principios del XX (1929) produjeron la primera gran ruptura entre capitalismo y democracia: fascismo, nazismo, franquismo, formulas capitalistas que reniegan airadamente del liberalismo y la democracia; surgidas de un movimiento de defensa del sistema económico que se sentía amenazado por el progreso del comunismo, su coartada; en ellas el dirigismo económico y el autoritarismo político se combina con el mantenimiento del capitalismo. La geopolítica que surgió de la segunda guerra mundial y las luchas sociales, que venían de más atrás, produjeron la primera gran luna de miel del capitalismo y la democracia, bajo la fórmula keynesiana, que se prolongó algunas décadas y alumbró el Estado del bienestar, pero a la que la globalización, comandada por el neoliberalismo, y la crisis, efecto de su propia irrupción, han puesto fin en estos años.

La globalización neoliberal da la impresión de hacer triunfar por todos los rincones del mundo a la democracia, cuando en realidad sólo promueve a la democracia formal ya que a la vez que la difunde la vacía de contenido; por una parte, con la proliferación y crecimiento de instituciones supranacionales (FMI, BM, OMC, BCE, G20…, situadas fuera del control democrático directo) y, por otra, con la movilidad del capital, que los Estados son incapaces de contrarrestar con éxito; ambas herramientas minan la sustancia de las instituciones democráticas (soberanía popular), conservando sólo sus aspectos formales. La supuesta convergencia o identificación entre capitalismo (organización de la economía), liberalismo (organización del Estado) y democracia (soberanía), de la que alardea el pensamiento único, no es más que una situación en la que el capital, dotado de nuevas y poderosas armas se impondría sobre el Estado, liberal en lo económico, conservando las instituciones democráticas reducidas a su fachada. Negro panorama del que sólo se podrá salir desenmascarando y superando los presupuestos de la ideología dominante, el pensamiento único, o lo que es lo mismo, escapando de la jaula en que el capital ha metido al mundo con el señuelo de la globalización.


_____________________

1.Reflexiones sobre la democracia (1). Origen.

2.Thomas Coutrot: Capitalisme contre démocratie. En http://www.journaldumauss.net/

______________________

La serie Reflexiones sobe la democracia:

(1). Orígenes
(2). Laicismo
(3). Economía
(4). El Estado
(5). Nacionalismo
(6). Populismo
(7). Capitalismo

11 sept 2010

Los ricos, los pobres, la crisis y Marx

Que los ricos sean más ricos no tiene para la economía general ningún efecto beneficioso. El incremento de sus ingresos no genera un aumento similar de la demanda porque su consumo era ya elevado y la mayor parte de este aumento irá a paraísos fiscales, áreas con sistemas bancarios opacos, inversiones especulativas (hedge funds), etc. De hecho las entidades financieras cuentan con empleados (administradores de grandes fortunas) cuya misión es precisamente buscarles acomodo de este tipo. Si, por el contrario el incremento beneficiara a las rentas del trabajo, es decir a las clases medias y bajas, los efectos sobre la economía serían inmediatos y espectaculares, porque los beneficiaros elevarían el consumo de forma instantánea en todas sus formas, demandando más y mejores productos alimenticios , vestido, vivienda, educación, viajes… en fin, mercaderías y servicios de todo tipo; al tiempo, la parte del incremento de la renta que se destinara al ahorro serviría para financiar las actividades económicas que el aumento de la demanda estimula, ya que este excedente, por sus peculiares características, difícilmente tomaría la vía de la inversión especulativa o los paraísos fiscales. Así pues, la distribución de la renta no es sólo un principio de justicia social sino también una garantía para mantener viva la demanda y por tanto el crecimiento económico y la prosperidad general. Los países más prósperos del mundo son aquellos en los que las diferencias de renta son menores.

Durante el siglo XX, desde la gran crisis de los años 30, en los países que fueron en seguida denominados desarrollados, se produjo una progresiva distribución de la renta, reduciendo el porcentaje que correspondía al capital y aumentando el que procedía del trabajo. Las medidas keynesianas y socialdemócratas estimularon el proceso y fueron las responsables de una sociedad económicamente dinámica y envidiable por su equidad. Las crisis de los 70 y 80 produjeron un cambio del paradigma económico, promovido políticamente por Reagan y Teacher en USA y Europa respectivamente, que fueron, más pronto o más tarde, imitados en todas partes. El desquiciamiento del poder sindical, la desregulación de los mercados financieros y el abandono de los instrumentos de intervención en la economía empezaron en seguida a hacer sentir sus efectos: uno de ellos fue remontar la crisis y emprender un nuevo proceso de crecimiento; otro, incrementar paulatinamente el porcentaje de renta para el capital en perjuicio del trabajo, es decir, una polarización de la riqueza, una regresión en las políticas de distribución de la renta. Proporcionalmente las clases que obtenían sus rentas del trabajo se empobrecieron, fenómeno que quedaba enmascarado por la incorporación de la mujer al trabajo (en todas partes, no sólo en España), que incrementaba notablemente los ingresos familiares y el gasto (por tanto también la demanda); otro recurso fue el endeudamiento, facilitado por el hiperdesarrollo de los instrumentos financieros y la irresistible incitación del mercado.

Más de veinte años de política neoliberal han permitido concentrar más y más riqueza en manos de unos pocos, extraída, naturalmente, tanto del excedente que aportaba el crecimiento como de las rentas del trabajo, es decir, empobreciendo a las clases medias y trabajadoras, que, además, han resultado endeudadas en proporción nunca conocida. En estas circunstancias, el pinchazo de la burbuja financiera ha tenido como consecuencia casi instantánea una drástica reducción de la demanda en la que estamos insertos hace ya más de dos años. No podía ser de otro modo ya que las clases de las que dependería el aumento del consumo han perdido sus ingresos y están fuertemente endeudadas. Para colmo, las medidas de los gobiernos para atajar sus desequilibrios presupuestarios son restrictivas, es decir lastran el crecimiento. La respuesta ciudadana, que en otras circunstancias podría ser brutal, está lastrada también porque los instrumentos sindicales fueron desarticulados por la acción consciente de los gobiernos al principio del proceso, o se anquilosaron por la falsa prosperidad de que disfrutamos durante años.

Y se me ha ocurrido a mí recordar, viejo izquierdista desfasado, que cuando Marx analizaba las crisis del capitalismo  y las explicaba como crisis de subconsumo parecía estar pensando en ésta. A ver si vamos a tener que desempolvar El Capital…

_________________

He basado este artículo en el de Vicenç Navarro en Attac España: La causa de la crisis, cuya lectura recomiendo, por su calidad y porque aporta datos numéricos que yo he obviado.



11 feb 2010

El "pelotazo" global

Hablar de conspiraciónes no está de moda, corre uno el riesgo de que lo descalifiquen por ser de esos ignorantes o malintencionados que se atienen a cualquier teoría conspirativa, renunciando a un análisis racional de la situación, por comodidad propia o porque la tendencia natural de todos a la comodidad promete una fácil aceptación. Sin embargo, la conspiración ha existido, existe y existirá. En el mundo de las finanzas se conspira para especular, es decir, para obtener un provecho extraordinario que de otro modo sería altamente improbable.

En el mercado financiero han cobrado una fama singular los hedge funds, fondos especulativos de alto riesgo, pero que, por lo mismo, prometen beneficios extraordinarios. Un “ilustre” patrón de hedge funds, el multimillonario Soros, puso en marcha en 1992 una auténtica conspiración para sacar a la Libra esterlina del sistema monetario europeo, para lo cual empleó varios miles de millones de dólares, logrando su objetivo. En los días pasados (del 6 al 9 de febrero) los traders (operadores en los mercados financieros por cuenta de las corporaciones: bancos, fondos, etc.) han movido casi ocho mil millones de dólares apostando por la caída del Euro (unos 40.000 contratos), según cuenta el Financial Times. La caída de la deuda pública griega y la subida de las primas que cobran los seguros que la garantizan (para la griega se han triplicado) han sido otros tantos objetivos. La deuda española ha sido un blanco secundario, o está en cartera para convertirse en prioritario. Como es sabido y demuestra la aventura de Soros con Inglaterra, cuando se apuesta por la caída de un objetivo financiero, la propia apuesta puede provocar la caída.

Seguramente tanto Grecia como España, u otros que pudieran agregarse, no son la diana sino el instrumento, el norte parece ser el Euro al que se está tensando a ver cuánto es capaz de aguantar. La finalidad no es oscura, sino transparente como el agua, a saber: ingresar beneficios extraordinarios para los hedge founds y los que están tras ellos. Que haya además otros fines, como la inflada vanidad de Soros por haber hecho saltar a la banca inglesa, es sólo anecdótico y no debería hacernos perder la perspectiva. Lo cierto es que el poder financiero permanece intacto y que, mientras los gobiernos se esfuerzan por sacarnos del pozo –a los especuladores que lo abrieron también–, estos continúan su juego, como si nada hubiera pasado, apostando por nuestra ruina, con lo cual esperan llenar su bolsa.

Llamar conspiración a este tinglado no me parece inapropiado, si acaso, más bien benévolo.

La mayor parte de los datos que aporto (y algo más) los obtuve del artículo (Rumeurs, paris irrationnels : les spéculateurs attisent l'affolement des marchés) publicado por Le Monde el día 9 y firmado por Gatinois, Michel y de Vergés.




30 jul 2009

El futuro de la izquierda

En El Capital, y en otras obras, Marx analizó las contradicciones internas del capitalismo que, a la postre, auguraba, habrían de acabar con él. El mensaje revolucionario que creó consistía en acelerar y provocar el colapso. Entendía que sin el concurso revolucionario de los trabajadores el sistema podría orillar sus contradicciones más graves y perpetuarse evolucionando en una dirección no prevista. Al fin, es lo que ocurrió: la revolución, que tendría que haber sido universal, se produjo sólo en la periferia del sistema –la Rusia semifeudal del 17 y la China agraria del 49–, dando lugar a una caricatura del comunismo que después de enquistar durante seis decenios acabó por implosionar. No resistió el contacto con un capitalismo renovado que había logrado aunar un crecimiento espectacular con la elevación del nivel de vida de los trabajadores, entre los que la conciencia de clase se diluyó. La libre competencia en el mundo occidental generaba un crecimiento tecnológico y de la productividad que al comunismo burocrático del Este se le hacía imposible alcanzar a golpe de decreto.

El colapso inevitable del “socialismo real” produjo el desconcierto en la izquierda, de hecho ya confundida desde hacía tiempo por las insuficiencias democráticas del sistema y por los éxitos del capitalismo. En realidad el capitalismo con la “ayuda” de la presión sindical y del reformismo socialdemócrata había logrado una síntesis que lo situó en un nuevo nivel.

Las contradicciones, sin embargo, subsistieron, transformadas unas, enmascaradas otras, agravadas algunas: hemos visto como las finanzas se han apoderado del control de la economía operando con ubicuidad desde cualquier punto del Planeta, mientras las industrias emigran al Tercer Mundo donde hoy reside el nuevo proletariado, tan desprotegido como en los peores tiempos de la revolución industrial; los trabajadores del centro, transmutados en clases medias, han asumido la ilusión de haber superado la explotación, pero conviven con un lumpen subsidiado y masas de inmigrantes desarraigados, desclasados y sin derechos; la concentración del capital sigue su curso, creando corporaciones gigantescas mediante absorciones, fusiones y opas que cuestionan la autonomía y la propia existencia de los estados; la producción creciente impone un consumismo acelerado que desafía el equilibrio natural del Planeta agotando recursos irremplazables y degradando y contaminando el medio de modo probablemente irreversible.

La crisis sobrevenida en el momento en que parecía que nada ni nadie podría detener la maquinaria triunfal del capitalismo ha puesto en cuestión su fortaleza, su coherencia y sus procedimientos. Por un momento han vuelto a sonar en los foros económicos los nombres de Keynes y hasta de Marx y Engels, y, sin embargo, la izquierda política no se ha distinguido en nada sobre las soluciones a aplicar, e incluso está siendo derrotada en los comicios en todas partes por un electorado que confía más en la derecha para que lo saque de la depresión; la única izquierda que parece prosperar es el penoso populismo latinoamericano y el P.C.CH en funciones de trader. Nadie parece esperar ni desear una alternativa real. Ante tal situación, sin duda, el capital tomará nota, como ha hecho tantas veces en condiciones mucho peores, y aplicará algunas reformas que hará que a la recuperación de la actividad nos encontremos con un sistema, que será el mismo, pero que el lavado de cara sufrido nos permitirá aplicarle algún calificativo novedoso, y otra vez la locura.

Sin duda la izquierda seguirá teniendo un papel, pero en poco parece que se vaya a diferenciar del de los últimos años; es decir, un papel subsidiario, tocando poder de vez en cuando, aquí y allá, faltaría más; con programitas sociales que bien podrían basarse en la Rerum novarum, y alguna cuestión sobre costumbres, entreverada de derechos, que resultan tan espectaculares: escandalizan a los de enfrente y entusiasman a los de acá.

¿Cabe esperar algo más? Quizá no. El personal no parece demandar gran cosa en este sentido y en este momento, a pesar de que los tiempos son recios, que diría un clásico. ¿Tenemos pues la izquierda que nos merecemos? Probablemente sí. La verdad es que últimamente había abandonado incluso el papel de mosca cojonera… el capital hasta había dejado de mover el rabo… Algunos nos daríamos con un canto en los dientes porque lo recuperara.

Bueno, es un futuro.
_________________

25 jun 2009

La Renta Básica de Ciudadanía

Hay pobres porque hay ricos; o, lo que es lo mismo, la riqueza necesita de la pobreza para existir. Los ricos lo saben porque no son imbéciles y, cuando lo son, lo presienten; por eso les huele a chamusquina cualquier política de promoción social, por eso son de derechas. Adam Smith, el apóstol del liberalismo, mil veces prostituido por los suyos, calculó con afán científico la cantidad de pobres que se necesitaban para sostener la existencia de un rico propietario: «Cuando hay grandes propiedades hay grandes desigualdades. Por cada hombre muy rico debe haber al menos quinientos pobres» (La riqueza de las naciones, 1776). No sé si la proporción habrá cambiado, pero sí sé que la relación entre los salarios altos (hoy muchos ricos son asalariados) y los bajos rebasan esa cifra de quinientos.


Que la pobreza es una situación de injusticia no necesita argumentos, aunque haya aún algunos apegados a la explicación (muy americana, por cierto) del fracaso personal, del perdedor. No cabe duda tampoco de que los países que en la segunda mitad del siglo pasado construyeron el Estado de bienestar estuvieron más cerca que nunca nadie de erradicarla. Sin embargo, jamás se ha ido más allá de leyes protectoras, de subsidiar determinadas situaciones, de proporcionar servicios básicos gratuitos, etc. Hoy, después de la ridícula debacle del neoliberalismo, necesitamos dar un paso adelante, no ya recuperar el Estado de bienestar, sino algo más. Se trataría de reconocer el derecho de todo ciudadano a percibir una renta incondicional, independiente de su género, estado civil, situación familiar, riqueza o cualquier otra consideración; una renta de subsistencia que, en la máxima situación de desamparo en que pudiera caer, le permita subsistir dignamente. Hay que contemplarla como un derecho, no como un subsidio o una ayuda para pobres o desvalidos de algún tipo, por eso deben percibirla todos sin ninguna condición de edad o de situación socioeconómica.

Existen muchas críticas a esta propuesta, que no es tan nueva como podría creerse (las primeras formulaciones datan del S.XVIII), pero la que más interesa desmontar es la que asegura que es económicamente inviable. Existen varios estudios, uno de ellos el que realizaron en 2005 ARCARONS, J., BOSO, À., NOGUERA, J.A. y RAVENTÓS, D., a propósito de su viabilidad en Cataluña. Según ellos mediante una reforma en profundidad del IRPF, que establezca un tipo único (57,5%) y la exención de un tramo hasta alcanzar la cuantía de la Renta Básica, se podrían garantizar 5.400 € para los adultos y 2.700 € para los menores, manteniendo un nivel similar de cotización al de hoy salvo para las rentas más altas, que se elevaría algo[i]. Naturalmente la Renta Básica sustituiría a cualquier otra renta, subsidio o pensión pública inferior a ella.

Otra crítica que surge a primera vista, casi de modo automático, es que pocos estarían interesados en trabajar. Conviene cuidar de que no la hacemos desde el prejuicio, no sea que nos ocurra como a Trichet, Ordoñez y tantos altos ejecutivos, que sienten y manifiestan, un día sí y otro también, la necesidad de flexibilizar el mercado laboral, desde sus empleos blindados con leyes o millones de euros y sin que se les mueva un músculo de la cara; o como a muchos burgueses decimonónicos que les costaba pensar que subir los salarios a los obreros sirviera para otra cosa que para que pasaran más tiempo en la taberna o el prostíbulo. Lo cierto es que en el Estado de Alaska existe ya, financiada con un fondo soberano que se alimenta de los excedentes de la explotación de hidrocarburos, y no ocurrió nada de eso. De todos modos pienso que seguramente habría que soportar un cierto nivel de holgazanería por algunos individuos, pero nada que no hayamos visto y tolerado desde siempre entre los ricos.

La Renta Básica de Ciudadanía sería el primer intento serio de erradicación de la pobreza desde la dignidad republicana (seguramente también de la riqueza excesiva). En suma, un paso en la dirección de la justicia. No me extenderé en analizar los múltiples beneficios que aportaría, por ejemplo para la autonomía de los jóvenes y las mujeres, por no hacer interminable este post. Os dejo a vosotros la tarea como un buen ejercicio de imaginación solidaria.
_______________________
[i] Una explicación más detallada aquí.

22 jun 2009

El capitalismo convaleciente

El capitalismo ha sido el sistema económico capaz de crear más riqueza en la historia de la humanidad. En su forma de capitalismo industrial amenazó con incinerar en el proceso de producción masiva de mercaderías a la ingente masa del proletariado sobre la que se sustentaba. Marx vio que una contradicción tan importante acabaría con él, y si los trabajadores tomaban conciencia y eran capaces de utilizarla en su provecho podrían liderar un cambio de sistema hacia una sociedad igualitaria y justa. La última parte del XIX y la primera del XX ha sido el escenario temporal de esta epopeya. En todos los momentos críticos que se presentaron en esos largos cien años pareció que el capitalismo corría peligro de muerte, la alternativa comunista era una realidad palpable, para muchos aterradora, para otros esperanzadora.


Hoy, otro momento crítico, las cosas se presentan de distinto modo. Nadie pone en cuestión el capitalismo por dos razones básicas: 1) el sistema logró ir superando algunas de sus más peligrosas contradicciones; 2) el comunismo se desprestigio en la delirante experiencia en que desembocó la revolución soviética. La presión del movimiento obrero, la deriva de parte del marxismo hacia el reformismo socialdemócrata y la propia iniciativa y capacidad de supervivencia del capitalismo se combinaron para acabar con la explotación brutal de los trabajadores –incorporándolos al sistema como consumidores además de cómo productores– y crear una sociedad de bienestar, que tuvo momentos de esplendor hace más de una década y que se convirtió en la sociedad más próspera, más justa, democrática y libre que haya existido jamás. Como esta experiencia se ha dado en el ámbito del libre mercado en el momento en que el comunismo agonizaba en medio de un colapso nada heroico, es difícil pensar en una alternativa al sistema hacia esta dirección.

Desde los gobiernos, de derechas o socialistas, las políticas que se están aplicando no difieren gran cosa, todos han optado por modelos keynesianos de intervención y de estimulo de la demanda, procurando no desmantelar lo que queda del estado de bienestar, mermado por la pasada ofensiva neoliberal, que la favorece. Las diferencias están más en el énfasis que se ponga en cada cosa o que a cada uno le interesa mostrar. La derecha española desde la oposición, en cambio, apoyada por algunas instituciones importantes (Banco de España), insiste una y otra vez en la reducción de impuestos y en la reforma del mercado laboral, recetas manidas del liberalismo, que ellos mismos se cuidarían de no aplicar si obtuvieran el gobierno.

Sólo desde la izquierda no parlamentaria, muchas veces procedentes de movimientos ciudadanos sin estructura de partidos, se están planteando propuestas novedosas, valientes y algunas muy atractivas. Me refiero a ATTAC que lleva años proponiendo el desmantelamiento de los paraísos fiscales, recogida en las últimas cumbres mundiales, aunque aún no se han visto acciones concretas, y la aplicación de una tasa mundial sobre las transferencias de capital, en un intento de humanizar la globalización domesticándola. Otra muy interesante, que en España ha sido elevada al Parlamento por IU y ERC, pero que ha surgido en otros movimientos (Red Renta Básica –RRB–, Basic Income Earth Network –BIEN–), es la implantación de una renta básica incondicional para todos y cada uno de los ciudadanos, incluidos los menores, que haría real el ejercicio de la ciudadanía sin que la pobreza lo convierta en una entelequia.

Estas propuestas reciben siempre la crítica de ser utópicas, pero todas ellas están estudiadas con detalle por expertos y la verdad es que tienen pocos flecos por controlar. No hay utopía, sino deseo de cambio y trabajo positivo y eficiente. Solo falta que les prestemos mayor atención. En el próximo post me propongo exponer los fundamentos de la Renta Básica de Ciudadanía.

______________________
La ilustración es de Bartolomé Seguí.

26 abr 2009

La confusión de los transgénicos


En los años 80 se consiguió la producción y comercialización de insulina humana a base de aislar y cortar el gen responsable, que se insertó en la bacteria Eschericia coli, cultivándola después para obtener muchas de ellas y extraerles la insulina producida. El avance consistió en que ya no es necesario utilizar la de las vacas y cerdos, evitando los problemas de incompatibilidad que acarreaba y, lo que no es menor ventaja, se ha producido un abaratamiento drástico del producto. Nadie desde ningún punto de vista rechazaría hoy este avance vital para millones de diabéticos, y, sin embargo, es un producto transgénico, logrado mediante la manipulación que permite la ingeniería genética, de forma idéntica a como se opera en los cultivos modificados.
Los transgénicos están presentes en otras ramas de la medicina: vacuna de la hepatitis B, hormona del crecimiento, eritoproyetina, anticuerpos monoclonales, anticoagulantes, factores de la coagulación, etc.; por no hablar de los ratones y ratas de laboratorio transgénicos para lograr una mayor semejanza con los humanos, en la lucha contra muchas enfermedades, como el cáncer.[i] No sé de nadie que esté en contra de estos procesos y logros extraordinarios por muy transgénicos que sean los productos y las cobayas.
Hace unos 10.000 años aprendió el hombre a controlar el ciclo vital de plantas y animales, es decir inventó o descubrió la agricultura y la ganadería. Desde entonces la casi totalidad de las tierras habitables han sido drásticamente modificadas, miles y miles de especies de plantas y animales han desaparecido y otras han sido modificadas hasta resultar irreconocibles. Todo ello por la mano del hombre, sin siquiera conocer los mecanismos que ponía en marcha con su acción, sólo por la necesidad de asegurarse la subsistencia. Desde los años 80 sabemos hacer lo mismo que hemos hecho a lo largo de siglos, pero con conocimiento de causa, en una sola acción y con mucha mayor eficacia y alcance, mediante las técnicas de ingeniería genética. Significa incrementar la productividad y la eficiencia de modo hasta ahora impensable. Es cierto que puede afectar a la biodiversidad, como lo hizo la agricultura y la ganadería desde siempre, pero no parece tener fundamento el temor a la ingestión de organismos modificados, que ni en la teoría ni en la práctica tiene justificación. No se ha documentado ni un solo caso de trastornos, malformación o enfermedad por causa de transgénicos, sin embargo conocemos de sobra la masacre del hambre y lo pernicioso de los pesticidas, terrenos ambos en los que aquellos pueden ayudar sustancialmente.
¿Por qué entonces el temor y la animadversión desatada contra los transgénicos? ¿Por qué las campañas y movilizaciones? ¿Por qué las prohibiciones de algunos Estados?
En primer lugar, existe hoy una desconfianza profunda hacia la ciencia, producto, sin duda, de la ignorancia: recientemente se ha hecho pública una encuesta que muestra que sólo el 53.4% de los españoles cree que la ciencia trae más beneficios que perjuicios. Los movimientos conservacionistas, que realizan una tarea insustituible, no están exentos de sectarismo, demagogia y fundamentalismo y, hoy, sustituyen a la antigua izquierda, desprestigiada y desmovilizada, en la lucha contra el sistema, movilizando a las masas, pero mezclando argumentos de la izquierda tradicional con el conservacionismo, que les es propio, creando una confusión, según parece, buscada. Las ONGs conservacionistas tienen en el espacio público y en la movilización la garantía de su subsistencia, pero los científicos sólo hablan a través de las revistas especializadas, fuera del alcance del gran público, siempre serán aquellas las que obtengan el favor popular. Para colmo, muchos gobiernos están hoy fuertemente marcados por la ola de populismo y parecen gobernar a golpe de encuesta, aceptando cualquier sugerencia que haya alcanzado suficiente popularidad, lo que, dicho sea de paso, no es más democracia sino más demagogia.
Entre la ignorancia y la confusión de objetivos nos encontramos rechazando a los transgénicos cuando en realidad lo que queremos es impedir el poder de las transnacionales gigantes (Monsanto). Pero la lucha pura y cruda contra el capitalismo (multinacionales explotadoras con fines sólo economicistas) y sus instrumentos jurídicos (derechos de propiedad) no movilizan, es mejor añadirles un toque de conservacionismo, que está de moda y queda muy bien. Sin embargo, utilizar la ignorancia y generar confusión no es revolucionario, más bien todo lo contrario. También hay ingenuidad: en los comienzos de la revolución industrial los obreros confundieron la querencia explotadora del capitalismo con los efectos de las nuevas tecnologías y emprendieron una lucha feroz contra las máquinas (ludismo) ¿No estamos en una reedición del mismo problema, ampliado por la omnipresencia de los medios?


______________________________
[i] La información sobre este párrafo, y alguna otra la obtuve de Transgénicos que salvan vidas de Esther Samper.





2 abr 2009

La tentación proteccionista

Pueden resultarnos chocantes las permanentes admoniciones contra el proteccionismo ante los debates pasados, en curso y por llegar para salir de la crisis. Al fin y al cabo proteccionismo no es otra cosa que anteponer los intereses nacionales. Ángela Merkel ha dado a entender que es su objetivo prioritario y, cada vez más, es lo que se desprende de la opinión de un sector de la prensa (ayer mismo en en el programa de TVE, 59 segundos); sin embargo, mi punto de vista es que las enseñanzas de la historia justifican los temores ante esa posible deriva.

En 1933 tuvo lugar en Londres una conferencia, semejante a la actual, para tratar de buscar acuerdos que permitiera remontar la crisis iniciada con el crack financiero de 1929. El fracaso fue rotundo. En Italia y Alemania se habían instalado ya el fascismo y el nazismo, respectivamente, con sus programas ultranacionalistas y autárquicos; con ellos pretendían medrar obteniendo los mercados necesarios (lebensraum o «espacio vital») manu militari si fuera preciso. La Unión Soviética, aislada del resto, no estaba interesada en la pervivencia del capitalismo y aplicaba sus planes socializadores al margen de cualquier acuerdo internacional. El resto no consiguió los consensos mínimos para romper el ensimismamiento económico y la dinámica proteccionista. Seis años después la lógica del proteccionismo a ultranza y del nacionalismo sumía al mundo en el incendio de la guerra (1939-45). Y no es que no hubiera experiencia.

Diecinueve años antes de la malograda conferencia había comenzado la Gran Guerra (1914-18) en cuyos orígenes encontró Lenin las contradicciones internas del capitalismo imperialista (Imperialismo, fase superior del capitalismo). En efecto, la lucha por los mercados, que Alemania combinaba con un fuerte proteccionismo y el dominio de lo más sustancioso del mercado internacional acaparado por el Reino Unido dentro de su imperio casi universal y sus exigencias de librecambio en el exterior, contenían, como se demostró, la agresividad potencial suficiente como para hacer saltar la precaria convivencia internacional en un conflicto sin precedentes por su magnitud y consecuencias. Sin embargo la guerra se cerró en falso tras la rendición de Alemania y no se pusieron soluciones para las verdaderas causas, que no eran sino económicas: los ciudadanos y sus mandatarios estaban cegados por el espejismo del nacionalismo. La lección no se aprendió.

Hoy la situación es diferente, las dos guerras quedan lejos y hemos aprendido mucho de su análisis, pero la tentación de recurrir al proteccionismo y al nacionalismo, que se vende con facilidad a la opinión pública, está viva. Habría que andar con pies de plomo.