Mostrando entradas con la etiqueta revolución. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta revolución. Mostrar todas las entradas

21 mar 2015

¿Qué hacer?

En la acción política se puede optar por la gestión o por la revolución. Como es natural, los habrá convencidos de una alternativa o de la otra, también quien prefiera, sin poner patas arriba todo el tinglado, aplicar reformas que hagan más habitable el sistema. Se supone que la izquierda, cuanto más nítida, más claramente se situará en la segunda opción. La derecha se sitúa en la primera. El éxito de la socialdemocracia consistió en aceptar el sistema pero reformándolo desde dentro. Conforme los partidos socialistas iban descubriendo y aplicando estos nuevos objetivos, dejaban a su izquierda grupos radicales fieles a las metas revolucionarias, los comunistas. Pero con el tiempo estos también evolucionaron ante la constatación objetiva del alejamiento de las posibilidades revolucionarias. El eurocomunismo nacido en Italia y asumido calurosamente en España por el PCE fue, más que una nueva teoría política, un certificado de conversión al reformismo. Por primera vez los comunistas optaban por la gestión y las reformas con la esperanza de desembocar algún día en el paisaje que antes se proponía construir la revolución de una tacada. No hay que decir que la dialéctica democrática y el bienestar que generan las reformas hacen imposible ver algún día ese paisaje, que, por otra parte, para entonces ha dejado de ser atractivo para la mayoría.

20 may 2014

La izquierda posible


Nos trajo Jordi Évole en su programa la voz y la imagen de Mujica, presidente de Uruguay. Por si acaso no estaba convencido ya, su presencia me confirmó en la idea de que hay que mirar a América si queremos ver una izquierda viva, capaz de afrontar los nuevos tiempos. Cierto que a veces sus perfiles se difuminan enterrados en la hojarasca populista que crece en su entorno y en su propio corazón; pero existe, lo que no es posible afirmar con rotundidad en otras latitudes.

5 dic 2012

Otra parida mental a propósito de la crisis


No está en nuestras manos cambiar las leyes físicas que rigen el Mundo, bastante hacemos con intentar conocerlas y comprenderlas. En eso estamos. Los humanos además de estar inmersos en este marco físico somos seres sociales y culturales; es decir, necesitamos cooperar para algo más que la procreación y la crianza, y el resultado de nuestras experiencias vitales, individuales y colectivas, se acumulan formando un acervo cultural que se transmite de generación en generación, transformando nuestro modo de vida y a nosotros mismos. Tenemos historia.

En las relaciones de cooperación/competencia entre individuos y entre grupos y con el medio del que obtenemos recursos se establecen hábitos que se transforman en normas que las regulan. Sin embargo, estas leyes no son como las del mundo físico, son contingentes y heterogéneas, son históricas, es decir, dependen de infinidad de variables que se alteran y cambian en su relación mutua (por algo son sociales) y con el paso del tiempo (por algo son históricas); muy particularmente son deudoras de las relaciones de poder entre sectores de la sociedad. Esto es la economía.

La obtención de recursos requiere unas relaciones de trabajo que han sido históricamente diferentes (esclavitud, servidumbre, capitalismo) y se han relevado unas a otras en función de la tecnología disponible y otras variables. Sin embargo, este movimiento no está predeterminado. Seamos o no conscientes de su existencia y condición puede ser alterado desde la voluntad política forzando un cambio en las relaciones de poder que, a su vez, imponga nuevas normas. A esto llamamos revolución.

Así pues, la economía es la obra del hombre, que no está sometido de manera inevitable nada más que a las leyes físicas. La dinámica de los fenómenos sociales, incluida la economía, se nos presenta como caótica por su impredecibilidad, consecuencia de la multitud de factores que la condicionan. Una de ellos, y no el menor, es la voluntad de los individuos, emanada a su vez de un haz incontable de causalidades. Pero, por ser obra humana, es posible modificarla, detenerla, redirigirla… Lo único que puede impedirlo es la falta de un consenso suficiente. La ideología, que nos da una explicación del mundo y nos proporciona modelos para el futuro, se revela así como decisiva. Cuando las dificultades económicas se generalizan por efecto de la crisis y la ansiedad por el cambio empieza a generalizarse, todavía es necesario que en el interior de cada cual logremos separar las pulsiones que obedecen a nuestros intereses genuinos de aquellas que proceden de la ideología, asumida, aprendida por imitación de grupos hegemónicos, de los que irradiaba con el marchamo de validez universal aunque, en realidad, su utilidad se limitaba a la élite.

Es obvio que la ideología nace de los intereses; pero, en los sectores sociales no exitosos se produce un efecto de imitación de los modelos mentales de aquellos otros que sí triunfaron[i]. De esta manera contribuyen a la permanencia de un sistema que funciona en contra de sus propias necesidades. Sólo es posible desprenderse de tal rémora cuando la crisis profundiza y se alarga más de lo habitual, haciendo intolerable lo que antes parecía sólo inconveniente. Aún así, el malestar que genera la evidencia de la explotación puede quedar sólo en agitación, algaradas y frustración si no existen proyectos alternativos que una minoría consciente y organizada haya elaborado previamente, y si esa minoría no alcanza la credibilidad suficiente para impulsar y liderar. Ese fue el papel histórico de las organizaciones de la izquierda.

Podríamos concluir que: 1) las leyes de la economía que rigen la obtención de recursos, su aprovechamiento y reparto son perfectamente alterables en la proporción y sentido que deseemos; 2)  que la voluntad de cambio se genera y se altera en una amalgama de intereses y de girones de ideología de turbio origen y difícil discriminación; 3) que la espontaneidad revolucionaria encuentra fácilmente el camino del caos a menos que una vertebración orgánica aporte luz en la tarea de discernir los verdaderos intereses y las estrategias oportunas.



[i] “No exitosos” y “triunfadores” pueden ser sustituidos por “explotados” y “explotadores” en un lenguaje más explicito y sin miedo a ser calificado de ideológicamente sesgado.