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14 feb 2021

Política y teatro

 


Después de la guerra del 14 se puso en cuestión la diplomacia secreta. Se consideró que los acuerdos y alianzas suscritos por los estados de modo confidencial habían sido un factor determinante en el mecanismo que arrastró a los países europeos a entrar en la contienda uno tras otro después de estallar el conflicto serbio austriaco tras el magnicidio de Sarajevo. El primero de los 14 puntos elaborados por W. Wilson para la firma de la paz rezaba: 1. Convenios abiertos y no diplomacia secreta en el futuro. Y para que a las palabras no se las llevara el viento se creaba la Sociedad de Naciones ‒precedente de la ONU‒, marco en el que habría de desarrollarse la diplomacia de la nueva era bajo los preceptos de la democracia. Desgraciadamente la SN resultó un fiasco y a las palabras, como tantas veces, se las volvió a llevar el viento. Pero también es verdad que del fuego siempre quedan rescoldos: hoy no se entenderían alianzas como la Entente o la Triple Alianza sin el conocimiento y el asentimiento de los ciudadanos respectivos a través de sus representantes y, por tanto, con publicidad en la totalidad de sus términos. Eso no significa que la diplomacia no requiera discreción en su tarea, de hecho es incompatible con la publicidad, al menos hasta que los acuerdos hayan fraguado. Ninguna estrategia negociadora puede sobrevivir si se la somete prematuramente al escrutinio público. La hiperdemocracia que reclaman los populismos a la moda están convirtiendo respetables instituciones políticas en desafortunados performances que sólo logran lo contrario de lo que se debería buscar: la confrontación y la radicalidad.


Hace unos días hemos visto como Borrell, Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores, reprochaba al ministro de exteriores de Rusia ante las cámaras de televisión el caso Navalni con el resultado de obtener una respuesta airada que no supo contrarrestar. Si la intención del alto representante era agriar las relaciones con Rusia y de paso ponerse en ridículo ha tenido un éxito fulminante, pero para eso no se necesita un especialista en asuntos exteriores; si el objetivo era lograr en Rusia un avance para los derechos humanos o mejorar la situación de Navalni el fracaso es evidente. Sergei Lavrov, el ministro ruso, incluso ha insinuado la posibilidad de romper relaciones con la UE porque “Rusia no las necesita”, dijo. Evidencia que se pondría de manifiesto si se consumara la amenaza porque con toda probabilidad ninguno de los países miembros respondería con una acción equivalente, por la cuenta que les trae y porque la “Unión” Europea aún está en mantillas, con lo que sólo se habría conseguido una pérdida de relevancia para el proyecto común, que tantos se empeñan conscientemente o por su torpeza en que siga siendo proyecto.


¿Cómo es posible un error de este calibre en un personaje de las cualidades y calidades de Josep Borrell? Sólo se explica por la necesidad que debió sentir de hacer pública la superioridad moral de la UE, lo que anuló la consciencia de sus obligaciones como responsable de la diplomacia europea. La llamada del escenario que la demagogia que nos invade ha inoculado hasta en los que la despreciamos. El mismo fenómeno que ha convertido al parlamento ‒hablo ahora de España‒ y al entramado político en general en un teatro bufo, exasperante y aburrido.


13 nov 2020

Los puentes



Buda y Pest fueron durante siglos dos ciudades separadas por el Danubio, en alguna ocasión pertenecientes a entidades políticas distintas, hasta que en 1873 se construyera el primer puente permanente (Széchenyi o Puente de las Cadenas), desde entonces las dos ciudades se fusionaron y pasaron a ser el Budapest que hoy conocemos. Es lo que tienen los puentes, sirven para unir; sin embargo, hay quien se empeña en dinamitarlos porque los perciben como una amenaza.

Es la pulsión de la tribu (¡Viva el Betis manque pierda!). Y por eso la política, que se ha convertido en el espejo de la risa de la vida normal, nos regala con espectáculos surrealistas como el que nos ofreció el Congreso en el debate de los presupuestos. Bendito sea. 

Un sector del gobierno (dejo a la astucia del lector, si lo hubiere, la tarea de identificarlo) hizo esfuerzos sobrehumanos por alejar de la tentación de votar sí a un sector de la oposición proclive al acuerdo ¿Quién quiere adversarios políticos con horribles inclinaciones al entendimiento? Donde se ponga un enemigo malencarado que se quiten las oposiciones dialogantes ¿Cómo si no justificar las políticas excluyentes salidas de una minoría radical como necesaria política de gobierno? Pero además, no son de la tribu y no hay que dar explicaciones sino volar el puente. Mientras, el otro sector del gobierno o callaba para que no le diera la risa o se daba a una cortesía hueca con palabritas de las que se lleva un soplo.
 
Malos tiempos para los puentes, es la hora de las iglesias y los rufianes. O sea, de rancios dogmas disruptivos y del engaño como sistema… y de aquello de «Pedro, sobre esta piedra edificaré mi iglesia». Palabra de Dios.

6 jul 2019

Lecciones para formar gobierno



Hace un par de semanas me confesaba perplejo por la parálisis presidencial, hoy sigo en el mismo estado aunque un grado, un escalón, una pizca más… no sé cómo se mide la perplejidad. Pero ya no por el entumecimiento en las funciones presidenciales (a todo se acostumbra uno) sino por otras razones, algunas de las cuales  expongo enseguida a ver si viéndolas escritas me inunda la objetividad y descubro por fin si es mi cerebro o es el de los demás. Estoy preparado para cualquier cosa. 

Que el presidente en funciones quiere gobernar solo (solo con el PSOE) no lo he descubierto yo, lo ha dicho él y lo sabe todo el mundo; que tiene escasos (insuficientes) diputados es otra verdad incontrovertible; que se ha reunido con Iglesias y le ha dicho «No me mires que miran que nos miramos, no nos miremos, cuando no nos miren nos miraremos» (seguramente usando otros términos, pero tal cual) tampoco es falso; que el interpelado está mosca y el personal inquieto y expectante es obvio, más porque 123 y 40 son 163, o sea, todavía una miseria si la meta son 176; que por mucho que miremos por arriba y por debajo de los escaños, que no ocupen PP, Cs o Vox, ya no quedan más que un inocente o dos y el resto se lo reparten secesionistas confesos de diferente ralea pero igual sustancia, que diría un metafísico (profesión de la que cada vez estamos más necesitados); que tiene anunciado, el personal asumido y sus compis del PSOE tragado, que nunca pactó ni pactará con la chusma del secesionismo, pero que si le regalan los votos… pues que a nadie le amarga un dulce.

Como estoy en modo no sectario y ante la expectativa de alcanzar la objetividad anhelada no añadiré glosa alguna a lo expuesto, ni inocente ni malintencionada. Continúo.

El aspirante a líder de la oposición, por el momento tercero en el escalafón, también ha hecho cosas feas: quiere ser segundo y lo peor es que no deja de decirlo, metiendo ruido para que acabemos creyendo que ya lo es, cuando no pasa de simple antojo, molesto por lo ansioso, eso sí; por amor a la simetría (Rivera es muy suyo con la estética) le ha preguntado a Sánchez que 'qué es lo que no ha entendido del no', y le replican que sólo esperan que haga lo que ya hizo el PSOE con Rajoy, abstenerse en su investidura, pero se callan que aquello fue después de la defenestración de Sánchez, precisamente por haberse encasquillado en el 'no es no'; cerrando el círculo Cs se niega a negociar con Vox, pero si éste quiere apoyar las coaliciones PP - Cs… pues que a nadie le amarga un dulce... y que si algún compi no traga pues que ahí está la puerta, Nart, Toni.

Terminaba el párrafo anterior y escuchaba en la tele que en Navarra ya teníamos un principio de acuerdo PSN-Geroa bai-Podemos-IE, a los que Bildu regalará sus votos (imprescindibles) pero sin que nadie (faltaría más) negocie con ellos… ¿A quién le amarga un dulce?

Bueno, la política es así, pero digo yo ¿A qué viene entonces la demonización mediática de Cs? ¡Todos contra el impostor! Puestos unos y otros en los platillos de la balanza de la impostura, la irresponsabilidad, la doblez y el cinismo ¿Por qué lado caería? ¿Por el de Sánchez o por el de Rivera? Entonces ¿a qué viene el guirigay?

Tranquilo, no soy yo, son los demás.

20 jun 2019

GANANDO TIEMPO

Estoy un tanto perplejo con la inactividad de Pedro Sánchez tras su victoria electoral. Puede ser una percepción torcida por mis prejuicios sobre el personaje, eso que llaman los expertos sesgos cognitivos, pero lo comparo con su predecesor después de que aquel ganara sus últimas elecciones y no aprecio ni un ápice de mayor diligencia por confeccionar un gobierno viable, si acaso un punto menos, aunque era Rajoy el que gozaba de fama de vago, de sentarse a verlas venir. En los debates mediáticos que tratan el asunto a diario durante horas interminables oigo a algunos periodistas áulicos justificar la inacción del presidente in pectore, o en funciones, como una estrategia para “ganar tiempo”, y mi confusión crece: “ganar” o “perder” el tiempo ¿Cuál es la diferencia? Seguramente dependerá del punto de vista, como tantas cosas.

Hemos visto como después de un largo impasse Sánchez se ponía en movimiento, por un instante, recibiendo en la Moncloa a algunos líderes (los no manchados por la incorrección política a la moda, que hoy excluye a Podemos, incluye a Vox y mantiene una sospechosa ambigüedad con el secesionismo). La sorpresa es que lo ha hecho como el Rey, como un acto protocolario, un ritual de cara a la galería, no un intento real de cotejar intereses encaminado a la formación de gobierno, para, a continuación, ensimismarse otra vez en la meditación ¿ganando tiempo? ¿perdiendo el tiempo?. Como de esas reuniones no salió nada, entre otras cosas porque él nada ofreció, salvo la predicción de la tranquilidad de espíritu de que gozarían si le permitían gobernar, da la impresión de que sólo quería justificarse ¿Para qué? Eso es lo que asusta, que no lo sabemos… tanto si él bien que lo sabe, como si él tampoco lo sabe.

Desde que se conocieron los resultados de las elecciones generales–autonómicas– locales–europeas me pareció que la clave para una primera evaluación del complejo evento estaba en Navarra. Ya comienzan a revelarse consecuencias y no pintan bien (entendiendo por no pintar bien la consolidación de los secesionistas en el poder navarro). Un servidor piensa que el mayor peligro que puede sufrir un país es que cada vez más ciudadanos pongan en cuestión su integridad territorial, y la expansión del secesionismo, descarado en Cataluña (no en el pasado), soterrado y silencioso en el País Vasco (en el presente) muestran que eso es lo que está ocurriendo. No olvidemos que la presión del nacionalismo vasco logró colar en la Constitución un artículo (Disposición transitoria cuarta) que permite la anexión de Navarra a Euskadi y que si eso ocurriera haría por fin viable la independencia del País Vasco, hoy problemática por su exigüidad territorial y demográfica. Entonces veríamos donde quedaba la “prudencia” y el “buen hacer” del PNV, el partido kalós kai agazós (καλός καί ἀγαθός) de nuestro panorama político, según el papanatismo mediático mayoritario.

Navarra nos revela el camino que seguirá Sánchez si no me equivoco demasiado: demonización de las “tres derechas” (ninguna de las cuales ha puesto en cuestión la Constitución, la existencia de España tal y como la conocemos/disfrutamos/padecemos, ni el proyecto europeo); aproximación a populistas de izquierda y secesionistas (todos los cuales han cuestionado la legitimidad democrática de la Constitución y la integridad territorial del Estado, y, algunos, la UE por capitalista); justificación ante el partido, que lo defenestró hace nada por lo mismo (la querencia hacia el populismo izquierdoso y el secesionismo), y justificación ante sus votantes, abducidos o perplejos (en todo caso pasmados), con la escuálida entrevista que mantuvo con los candidatos a opositores o aliados. Y aquí habrá que reconocer que, por las razones que sean, porque son más tontos que él, porque les cogió con el pie cambiado, porque absortos por intereses a corto no ven el horizonte, por lo que sea, repito, se lo han puesto muy fácil, especialmente Ciudadanos, cuyo futuro, me temo, se jugó en esta mano.

Ganar o perder tiempo, esa no es la cuestión.

1 may 2019

EL DÍA DESPUÉS

Estamos en el día después. Es el día en que se echan las culpas del fracaso a la ley D´Hont, a los ganadores, que han vendido humo, y a los partidos emergentes de la misma onda que han sembrado confusión y dividido a los votantes. Antes, en otros lugares o, quizás, en una situación soñada, era el día de los mea culpa y de las dimisiones. También es el día en que los periodistas incrementan la matraca a los electos, y a los sufridos electores, sobre con quién van a pactar o con quién no pactarán en ningún caso. Lamentablemente todos los días después de todas las elecciones son lo mismo, así que, inevitablemente, es un día aburrido. Pero, no me quejo, soy de los que piensan que en política el aburrimiento es la mejor situación posible. Por eso la democracia es tan tediosa, excepto cuando se pone en peligro.

25 abr 2019

CONFESIONES DE UN ELECTOR

Otra vez a las urnas. Dicen que es la fiesta de la democracia pero lo cierto es que no hay elecciones que no nos pongan a cavilar. Hasta a la víspera la llamamos día de reflexión, suspendiéndose por ley todo ruido propagandístico para que las cogitaciones (me apetece usar el palabro por lo que se parece a retortijones) se desarrollen sin malignas manipulaciones alienantes. Luego, pese a tantas facilidades, pocos serán los que puedan dar cuenta fiel de su voto y sus porqués. Por mi parte la cosa está por fin clara y la cuento sin tardar.

5 abr 2019

POPULISMO A LA MEXICANA

AMLO-Trump. Caricatura en Twiter
El indeginismo es un movimiento que, especialmente en México pero también en otros países latinoamericanos, reivindica los valores indígenas, pero que con frecuencia se utiliza como demanda nacionalista frente a los supuestos agravios de la colonización. En este sentido, y con todos los colores del populismo demagógico, ha sido utilizado recientemente por el presidente López Obrador al exigir en carta dirigida al rey de España la petición de perdón a la nación mexicana por lo acaecido en la “conquista”, de la que hará pronto 500 años. El suceso y la efemérides han sacado a la palestra aquellos episodios, afortunados, infamantes o gloriosos según perspectivas, pero, sin duda, trascendentes para todos. Conviene, también a todos, abandonar la demagogia y centrarnos en la historia, en la que, como en cualquier disciplina científica, hemos de mantener atadas en corto emociones y sentimientos para dar oportunidad a la razón. La concepción de la historia como un eterno combate entre héroes y villanos es vieja e inservible; puede ser útil como arma, si es la agresión lo que se busca, pero no como instrumento de conocimiento, mucho menos porque en ella los papeles son intercambiables, a tenor de quién haga el relato.

Pierre Vilar, el famoso hispanista francés, ha dejado escrito, parafraseando a Lenin que el “imperialismo español en América” sería “la última etapa del feudalismo”. En el caso de la colonización hispánica hay que tener en cuenta, para entenderla, el universo mental en el que se mueven sus protagonista que es el del feudalismo tardío, o la modernidad temprana, si se quiere; y por supuesto las construcciones sociales, jurídicas… etc. en las que forzosamente actúan, no solo el estado de las tecnologías entre contendientes. La presencia castellana en América y la conquista (finales del XV y primera mitad del XVI) fue el primer episodio de la colonización europea: adelantó en más de un siglo a la británica, por ejemplo, ya en pleno desarrollo del capitalismo inicial. Juzgarla con parámetros del siglo XXI es un ejercicio inútil, si no malicioso.

John H. Elliott, conocidísimo hispanista inglés, ha hecho un reciente estudio de historia comparada, una de sus especialidades, entre el imperio español y el británico: Imperios del mundo atlántico. España y Gran Bretaña en América, 1492-1830. Madrid, 2006. De él el español no sale ni mucho menos malparado. Sin entrar en el detalle de las diferencias que se explican por las distintas y complejas circunstancias, baste con señalar el reconocimiento de la superioridad moral de la acción de España, aunque solo sea porque generó una interesante polémica interna sobre la legitimidad de la conquista y el trato a los indios, que dio lugar a una acción legislativa (Leyes de Indias), de las cuales, la polémica y la legislación, ni de algo parecido, encontramos rastro en las otras potencias colonizadoras europeas de la época.

Matthew Restall, historiador británico, ha publicado Los siete mitos de la conquista española de América. Barcelona, 2004. Ya en el título puede apreciarse el afán revisionista que lo mueve, aunque tal intención no afecte gran cosa al mundo académico, que tiene ya descontados tales mitos en gran medida. En el libro se manejan, en general, las fuentes españolas e indígenas con profundidad e inteligencia sin perder por eso el carácter de best seller histórico al alcance del gran público. El autor es uno de esos historiadores afortunados que saben llegar al profano en la materia sin perder rigor científico. Los siete mitos o ficciones son: 1) el mito de los hombres excepcionales ; 2) la creencia de que la conquista fue realizada por los ejércitos regulares de España (aquí); 3) el mito del conquistador blanco, en referencia a la presencia de la numerosa participación de indígenas en las acciones contra aztecas, incas, etc. que relativizan el protagonismo español y sugieren la guerra civil, de la que los conquistadores sacan provecho para sus intereses; 4) el mito de que la conquista se completó en la 1ª mitad del XVI; 5) el mito de la comunicación y el fallo comunicativo entre españoles e indígenas; 6) la falacia del exterminio indígena; y 7) el mito de la superioridad española. El prestigio crítico de Restall es un acicate para su lectura que resulta sin duda provechosa para el tema que nos ocupa.

Podría proponer más lecturas sugerentes para el tema, como quizás otro best seller reciente: Imperiofobia y leyenda negra. De Roca Barea (Madrid 1918), Que dedica amplio espacio a la acción en América, pero sería a costa de la extensión deseada para este artículo.

Es obvio que la iniciativa de López Obrador no hace nada por la historia; probablemente tampoco por la política, si hemos de hacer caso al historiador y escritor mexicano Enrique Krauze, que en un reciente artículo en El País exponía el riesgo de que, con tan inoportuna y absurda demanda, se rompa una tradición de acercamiento y comprensión entre España y México que dura ya ochenta años.

2 mar 2019

A PROPÓSITO DE LA DEMOCRACIA, EL POPULISMO, LA IDIOTEZ Y EL MERCADO



El dilema al que se enfrenta el político profesional honesto está expresado sintética y sabiamente en una frase del presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker: Sabemos exactamente lo que debemos hacer; lo que no sabemos es cómo salir reelegidos si lo hacemos. La ventaja del político populista reside en reducir el problema a cómo salir elegido. La desaparición de la primera parte de la contradicción ha podido producirse por debilidad de la conciencia o por ignorancia, o sea, simple estupidez, cualidad cuya abundancia nunca hay que infravalorar (abusando quizás del argumento de autoridad recordaré que Einstein dijo en cierta ocasión: Sólo hay dos cosas infinitas, el Universo y la estupidez humana, y de la primera no estamos seguros). De lo anterior se deduce, obviando la digresión sobre el genio de la física y la idiocia ciudadana, la enorme superioridad, se entiende que política, del candidato populista, pues la política no atiende a la estatura moral o la profundidad de la sabiduría sino a la capacidad de triunfo. El mercado político no premiará al político profesional honesto porque sus costes para compaginar ambos términos de la oposición son enormes, mientras que el populista los ha reducido casi a la nada.

Pero… seamos sinceros por una vez: tanto el intelecto como la conciencia, si es que ambas cosas se pueden separar, no funcionan sin deformaciones o desviaciones, sesgos cognitivos en la jerga psicológica, o emociones que alteran una elección lógica o un comportamiento correcto según la razón. Ningún individuo humano escapa a esta realidad que es parte de su condición y que seguramente la madre naturaleza habrá ido labrando y fijando en el equipamiento de la especie a lo largo de millones de años, con el prodigioso instrumento de la selección natural y finalidades que aún se nos escapan. Lo cierto es que las acciones colectivas, como la elección de representantes, no tienen por qué estar más condicionadas por la excelencia lógica y racional o por la “limpieza de corazón” que nuestras pulsiones cotidianas consideradas individualmente, y marcadas, si no determinadas, por aquellos sesgos y emociones que las hacen tan poco fiables.

Para colmo de males las instituciones tampoco colaboran. El mercado y sus leyes han venido creciendo en importancia a lo largo de los últimos siglos hasta el punto de ocupar un lugar central en nuestra sociedad, pero también en nuestro imaginario, hasta el punto de que hoy lo vemos todo a través de su prisma. La democracia liberal ha acabado configurándose según sus leyes: la oferta, la demanda, la libre competencia, etc. Pero si en los mercados realmente existentes es difícil encontrar una situación en la que los agentes gocen de absoluta libertad, los consumidores estén perfectamente informados, todos actúen según sus intereses objetivos y, en consecuencia, la competencia sea perfecta; en la política, por todo lo que se insinúa arriba y mucho más ni siquiera insinuado, es prácticamente imposible y el objetivo declarado de la democracia, que es el de elegir a los representantes más capacitados y virtuosos, resulta ser una broma de mal gusto. Lástima que cualquier otro sistema al margen de la democracia liberal sea una burla trágica, como largamente nos ha demostrado la experiencia.

Llegados a este punto Mr. Churchill tomaría la palabra para rematar con ironía: La democracia es la peor forma de gobierno que conozco si exceptuamos a todas las demás.
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NOTA.- Esta reflexión, o como quiera que se la llame, se entiende mejor leyendo la conferencia de Félix Ovejero ¿Idiotas o ciudadanos?, publicada en Claves de la Razón Práctica, nº 184.


16 feb 2019

Ante las elecciones (abril 2019)


La política española ha entrado en un proceso de centrifugación, o sea, de huida del centro, donde hasta hoy siempre se había dicho que se ganaban las elecciones. Sin embargo, desde hace algún tiempo la atracción de la periferia es tan fuerte que parece arrastrar a todos los partidos sin excepción. Las alianzas, tácitas o explícitas, que antes se gestaban en el centro ahora ni se intentan, se buscan los socios en los extremos. Hay, no sólo un proceso, sino también, y sobre todo, un afán de radicalización evidentes.

El hecho de que a los dos grandes partidos que antes se alternaban en el poder le salieran competidores creíbles, por la izquierda al de izquierdas y por la derecha al de derechas, ha tenido el curioso efecto de que ambos se han apresurado a neutralizarlos asumiendo parte de sus propuestas, aliándose con ellos e incluso emulándolos, en un intento de escapar a la crítica que los acusaba de ser indistinguibles entre sí. Una actitud incomprensible sin presuponer mala conciencia en los protagonistas. Sin duda la crítica podía hacerse y, asimismo, aceptar esa mala conciencia (autocrítica si queremos ser benevolentes) pero también es claro (los hechos son reveladores) que hemos salido de Málaga para entrar en Malagón: la aparición de los nuevos partidos lo primero que ha generado es radicalización ¿Se impondrá después con nitidez el efecto positivo, la ampliación de opciones, la claridad y diferenciación de propuestas, sobre el negativo señalado arriba?

En la izquierda Podemos, uno de los noveles en liza, se pulveriza ya porque las múltiples partículas de su composición comienzan a desagregarse conforme la dirección va revelando cada vez más claramente su querencia leninista, perdiendo progresivamente el atractivo de sus comienzos entre tantos de sus seguidores, politizados, seguramente, sólo por las circunstancias de aquel momento. Quizá el PSOE, que parecía agonizar por el deterioro interno, el desgaste por la derecha (Cs) y por la izquierda (Podemos), frene su caída por el alivio que proporciona la crisis podemita y porque Cs parece mostrar ahora más apetito por los votantes de derechas que de izquierdas. Está por ver el efecto de los ocho meses de Sánchez en la Moncloa: para unos ha sido alarmante y revelador su comportamiento con el secesionismo; para otros habría sido una muestra de la actitud dialogante que se le reclamaba a Rajoy. No lo sabremos hasta el 28 de Abril cuando se abran las urnas.

El PP tiene el problema añadido de tener que hacer frente (ahora le toca a él) a una erosión bilateral en plena efervescencia: por su lado más reaccionario, Vox, y por el más liberal, Cs. Una situación que amenaza con su jibarización, con reducirlo a una opción exclusivamente democristiana, suponiendo que el escándalo por la corrupción le haya dejado algún seguidor de esta tendencia.

El papel de Cs es equívoco: empezó a destacar como una fuerza de centro de carácter socio-liberal y revisionista en lo territorial autonómico, pero últimamente se ha decantado más por la derecha (¿A causa de la ambigüedad de la izquierda con el secesionismo o porque se imponen sus genes liberales?), lo que introduce un factor de complejidad. Desde luego, hasta ahora su crecimiento según las encuestas, que no desmienten las elecciones celebradas, es constante, aunque más lento de lo que a todas luces anhelan sus dirigentes. ¿No les conducirá la impaciencia a alguna situación irreversible, quizá a una definitiva decantación en el ecosistema de la derecha, de lo que ya se le acusa y de la que no pueda regresar?

Las elecciones convierten en candentes los interrogantes que se han planteado y abre otros, como el de si la convocatoria funcionará como acelerador de la centrifugadora o lo contrario. De lo que no parece plantear dudas es que el resultado no arreglará gran cosa porque no habrá una mayoría clara y el secesionismo no remitirá, dos problemas capitales del momento para los que no se atisban soluciones. Hemos entrado en un periodo de gobiernos frágiles con dificultades para cubrir la legislatura, gobiernos de meses al estilo italiano. Los que anhelaban el cese del cuasibipartidismo que hemos disfrutado/sufrido desde la desaparición de UCD seguramente no pensaban en este efecto, tan común, por cierto, en los sistemas parlamentarios, aunque se apliquen mecanismos electorales y constitucionales para evitarlo, como ocurre en nuestro ordenamiento.

10 feb 2019

EL PÉNDULO


Hace tan sólo unos años teníamos la certeza de caminar hacia un mundo globalizado: los estados nacionales que se fraguaron en el occidente a la salida del medievo y que el imperialismo y la colonización extendió por todo el orbe nos parecían haber llegado a un ocaso tranquilo; los procesos de integración económica, mercados comunes, zonas de libre cambio, uniones aduaneras, emergían como setas en otoño y diluían las fronteras, reliquias de tiempos menos felices; las instituciones internacionales, políticas, jurídicas, económicas, culturales… parecían estar creando una estructura global para el mundo futuro, pero que ya estaba a la vuelta de la esquina; incluso los movimientos atiglobalización, que periódicamente estallaban en convulsiones populares (Seatle 1999, Praga 2000, Barcelona 2001…) levantaban acta de que el proceso globalizador era un hecho, al parecer imparable. Unos se felicitaban, otros se alarmaban ante los cambios, pero nadie podía negarlos. Pese a las discrepancias, por todas partes se respiraba el optimismo de los nuevos tiempos en construcción.

En una década escasa el panorama ha cambiado sustancialmente: muchos procesos de integración han fracasado, están estancados o viven situaciones de crisis alarmantes (UE); por todas partes los estados nacionales se rearman ideológicamente resucitando doctrinas nacionalistas por cuya reaparición nadie hubiera apostado un céntimo ayer mismo; la manía identitaria, grotesca contrafigura de la globalización, amenaza incluso la integridad de estados seculares; y, para colmo, proliferan los mandatarios perturbados, encumbrados por electores no menos enloquecidos, hasta en lo que fue el corazón y el cerebro del mundo occidental en al menos dos tercios del pasado siglo. El péndulo ha cambiado de sentido y ahora regresa arruinando las esperanzas que se habían levantado, quizás imprudentemente. Como entonces pero a la inversa, pese a las discrepancias, por todas partes se respira el pesimismo de los nuevos tiempos en destrucción.

Entre un momento y el otro una gran crisis económica, que no acaba de convertirse en recuerdo, es el único elemento visible (o es tan evidente que deja en sombras a los demás posibles) que pueda cargar con las sospechas en la responsabilidad del cambio de sentido. Lo cierto es que la inquietud social y política no parece sino uno de los últimos latigazos de la conmoción económica. Lo que es más difícil de entrever es el paisaje después de la lluvia(1) que nos legarán los tiempos porque las tribulaciones del presente lo velan por completo. Por su parte, los falsos profetas no hacen sino enturbiarlo más. De hecho, como las profecías se construyen con los materiales del presente, las prospecciones del futuro que se nos ofrecen tienen sin excepción los tintes oscuros de la distopía. Nos cantó Dante que en las puertas del infierno lucía la divisa: Abandonad toda esperanza y, como del averno no cabe imaginar nada constructivo, quizá aquel frontispicio se había levantado con materiales reutilizados de los derribos que han ocasionado los golpes de péndulo de la historia, como éste que nos tocó vivir. En alguna escombrera yacería el lema; en alguna otra acabarán los emblemas de hoy, despojados ya de las esperanzas y los impulsos vitales que los crearon. Material arqueológico.
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(1)La ilustración que encabeza este texto es Europa después de la lluvia de Max Ernst. Una visión onírica de la Europa de posguerra.

4 feb 2019

¿La democracia en peligro?


El presente nunca tuvo buena prensa: o añoramos el pasado («Cualquier tiempo pasado fue mejor») o anhelamos el futuro, aunque sea un poco sombrío («…y tan alta vida espero/ que muero porque no muero»). Eso decían los clásicos, y porque en nuestros días sigue siendo un hábito de lo más común, merece la pena romper una lanza por hogaño. Por ejemplo: está de moda rasgarse las vestiduras y clamar por la democracia que muchos ven en peligro inminente de desaparición; otros, por lo menos yo mismo, pensamos que es más significativo destacar la general (global, habría que decir) convicción de que es el mejor y más deseable sistema político.

Podemos no estar contentos con lo que ocurre en el mundo, incluso estar alarmados por la deriva de tantas cosas (que cada cual ponga aquí sus fantasmas favoritos), pero es innegable que la democracia se considera un valor, por lo que casi todos los regímenes que son y han sido desde hace más de un siglo la reclaman para sí, a veces con algún sospechoso apellido (democracia orgánica decía el franquismo, democracias populares los comunismos de posguerra, bolivariana en la Venezuela de hoy…) o con su nombre de toda la vida, sin acompañamiento pero con extraños contenidos discriminadores, teocráticos, despóticos, autocráticos, etc., etc. La cosa (la ascensión a los cielos de la democracia) empezó con la derrota de los totalitarismos fascistas en 1945 (el prólogo lo había puesto el prestigio que alcanzó USA tras la Gran Guerra) y dio un salto de gigante con la implosión de la Unión Soviética cuando terminaba el siglo.

No había sido siempre así. El sistema que pusieran en práctica los atenienses del siglo V antes de nuestra era, no con demasiado éxito, habría que decir (en sentido estricto no duró mucho más de 40 años, aunque algunos la remonten hasta Clístenes), fue considerado aberrante y contra natura en su propio tiempo histórico (Platón), por supuesto también después y a lo largo de muchos siglos. Con la excepción de algunas experiencias urbanas en la Baja Edad Media, relacionadas con la efervescencia mercantil de aquel momento y que, tirando de generosidad, podemos calificar de democráticas, no volvió a aparecer hasta finales del XVIII en América del Norte, adornada ya con el imprescindible suplemento de los derechos humanos (por mucho que entonces sólo alcanzaran de lleno a los varones y a los que tenían color de piel no demasiado oscuro). Después penetró lentamente, con muchas dificultades y alternativas, en los regímenes republicanos y parlamentarios de todo Occidente, perfeccionándose en el camino y consolidando, puliendo y ampliando los derechos.

Pero, todavía en el XIX la iglesia católica abominaba públicamente en púlpitos y encíclicas papales del parlamentarismo, el liberalismo y la democracia porque para ella eran un evidente contradiós. La izquierda por su parte luchaba abiertamente por la destrucción de la democracia, a la que aplicaba el calificativo de burguesa, para establecer una dictadura del proletariado y cuando algunos de entre ellos comenzaron a aceptar la lucha parlamentaria para introducir reformas en el capitalismo en lugar de optar por la revolución fueron tildados de reformistas, revisionistas y socialdemócratas con toda la carga peyorativa posible y antes de que esas palabras se convirtieran en respetables. Ya en el XX los fascismos alardeaban sin tapujos de utilizar los derechos que proporcionaba la democracia para destruirla, a la vez que ironizaban con aquello de que «morir por la democracia es como morir por el sistema métrico decimal» por si cabía alguna duda de su desprecio por tal sistema.

Hoy es tan políticamente incorrecto proclamarse antidemócrata que no existe formación política alguna que lo haga. Tanto las iglesias como los partidos de extrema derecha o extrema izquierda ocultan como pueden sus instintos totalitarios utilizando sin rubor un lenguaje extraído de los arsenales democráticos. Nuevos populismos que difuminan la frontera entre democracia y demagogia (vocablo con que los griegos designaban la pretensión o práctica de conducir a la ciudadanía como a un rebaño). Son constructores de trampas, rediles dialécticos, para que incautos de todas las tendencias extraídos de la masa de descontentos y frustrados, que producen profusamente los momentos de crisis, queden atrapados, engrosando un rebaño que confunde el balido con la protesta. Cuando triunfan en las urnas y se encaraman en el poder hacen lo posible por mantener apariencias democráticas, corrompiendo sus formas pero conservando trazas, vestigios que sostengan la ficción. El muestrario en nuestros días es numeroso, disperso y variopinto: Venezuela, Turquía, Israel, Rusia… Incluso es posible encontrarlos en el seno de la UE: Polonia, Hungría… Muchos de esos países nunca disfrutaron la democracia o la vivieron tutelada, mutilada o de escasa calidad. En realidad hoy el peligro consiste más en la degradación, la erosión y la corrupción del sistema, que no es poco, que en su desaparición.

La democracia es ahora un concepto político que ha escalado los altares, de donde será difícil apearlo. Así sea.

15 ene 2019

¿Hacia un nuevo paradigma político?


Madeleine Albright, que fuera Secretaria de Estado con Clinton, sostiene en un reciente libro(1) que la eclosión del fascismo en los años 20 y 30 del siglo pasado se produjo por un hundimiento del centro político consecuencia a su vez de las frustraciones por el desenlace de la Gran Guerra y la crisis económica. Ambas catástrofes debilitaron y fustigaron a las clases medias, fundamento social del centro y la estabilidad.

Durante el XIX el recién estrenado parlamentarismo español se debatió entre dos extremos que apenas creían en él: aspirando unos a frenarlo y los otros a superarlo. El problema tenía una raíz social, la debilidad de las clases medias. Los políticos de la Restauración (Cánovas) pusieron sus ojos en el Reino Unido que secularmente exhibía una envidiable estabilidad turnando en el poder a sus dos grandes partidos (whigs y torys), pero no pensaron en el fundamento social del fenómeno: la enorme solidez de las clases medias en Inglaterra, consecuencia de una evolución económica peculiar. El intento de trasladar el mecanismo político sin más como si se tratara de un problema de mecánica política o de educación ciudadana resultó un fracaso rotundo(2). Cambiar los protocolos políticos es fácil, transformar la sociedad es privilegio de la economía y otra multitud de factores que se fraguan en el devenir histórico y que por su complejidad se nos presentan como caóticos o azarosos.

En el declive del XX la Transición se benefició del desarrollismo de los últimos tiempos del franquismo, arrastrado por una marea europea en esa dirección, pero que transformó a la sociedad en profundidad ‒en la presentación de la ley de Reforma Política, que abrió el camino de la Transición, dijo Suárez que se proponía «elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal»‒. La sociedad, efectivamente, estaba cambiando y las sinergias que aportaron la democracia y el consenso político (Constitución, Pactos de la Moncloa…) hicieron el resto. Fueron aquellas nuevas estructuras sociales consolidadas, engrosadas y pulidas por los beneficios de la integración en Europa las que permitieron sostener un sistema de dos partidos hegemónicos ‒hoy calificado como bipartidismo con un sentido fuertemente peyorativo‒ durante casi cuarenta años, el periodo de estabilidad y paz más largo del que haya disfrutado España desde hacía doscientos años.

La crisis que se inició con el crac financiero del otoño de 2007 vino a cambiarlo todo. Es sabido que las crisis económicas profundas, crisis sistémicas, provocan a corto plazo trastornos sociales graves y a medio consecuencias políticas imprevisibles, a veces revolucionarias. Un encadenamiento lógico si bien se piensa(3). El caso es que  la crisis golpeó terriblemente a las clases medias engrosadas por cuantiosos contingentes obreros que las políticas socialdemócratas y la bonanza económica habían desclasado por elevación. La frustración subsiguiente produjo el desprestigio generalizado de la política y de los protagonistas del bipartidismo, de sindicatos e instituciones, propició la explosión del independentismo catalán, radicalizó, en fin, las posiciones políticas. En poco tiempo el centro se ha debilitado amenazando un derrumbamiento y en los extremos han surgido opciones populistas de diverso signo.

El encadenamiento de sucesos dan imagen de inevitabilidad, pero la torpeza política, perfectamente evitable, ha tenido su peso: en Cataluña ha sido evidente la mostrenca, tardía y, al fin, tibia respuesta al desafío independentista por parte del gobierno del PP, en contraste con los afectados desplantes anteriores, lo que unido a la ambigüedad de la izquierda con el problema identitario ha sembrado desconcierto entre los diezmados seguidores de uno y otro lado; por otra parte, la inoportuna resurrección del fantasma de Franco con, la todavía semifallida, inhumación de su cadaver, el nuevo pico de inmigración ilegal y la ofensiva contra la lacra del machismo han dado combustible a la extrema derecha.

Esperemos que no se cronifique la inestabilidad, como parece haber ocurrido en Italia y otros lugares, y encontremos las claves de un nuevo paradigma político que nos permita seguir avanzando sin salir del camino de la democracia avanzada en cualquier curva, de lo que nos advierte Albright en su oportunísimo libro
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1 Fascismo. Una advertencia. Paidós, 201
2 El régimen de la Restauración estableció un turno de dos partidos (Conservador y Liberal) artificialmente, copia grotesca y corrupta del británico
3. «No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia». Karl Marx, Contribución a la crítica de la economía política (1859)

12 dic 2017

Nuevas tecnologías


Vivimos una autentica e inquietante rebelión de los tontos. Nunca incomodó que se revolvieran confundidos con los demás. A nadie se le ocurrió jamás resaltar tal suceso porque era obvio y no tenía trascendencia alguna, de hecho vivimos mezclados para lo bueno y para lo malo. Sin embargo el desarrollo tecnológico les ha puesto en las manos un juguete deslumbrantes, tanto que pocos son los que se resisten a usarlo, hasta el punto de que hoy ya lo hegemonizan por completo y no parece que, de momento, el asunto sea reversible. Por supuesto, me refiero a las redes sociales, que hacen posibles las nuevas tecnologías.

Cuando hablo de tontos no me refiero a aquellos que han sido diagnosticados por sus bajas capacidades cognitivas sino a ese maremágnum de individuos que sobreviven más o menos como todo el mundo, a veces con éxito, incluso mucho éxito. De hecho se confunden con la masa, pero los podemos detectar en muy diversas situaciones: por ejemplo, son los que hacen imposibles las reuniones de vecinos, los que conducen lanzando sin medida toda suerte de improperios contra los que comparten el uso de la vía pública, los que tienen soluciones deslumbrantemente simples y asequibles para todo tipo de problemas. Son los que, hasta ahora, momento de irrupción de las nuevas tecnologías, venían utilizando como púlpito de preferencia la barra de bar. Muchos habréis identificado ya a vuestro cuñado… puede ser. De hecho están muy cerca, tanto que podemos ser uno de nosotros…, precisamente, la cualidad más notable de los tontos es que no saben que lo son.

Determinados saltos tecnológicos tuvieron en el pasado consecuencias enormes. El invento de la escritura impulsó el comercio y aceleró el progreso de manera desconocida hasta entonces, cambiando la faz del mundo; el uso del papel facilitó más la difusión del Islam que los ejércitos del califa, rompiendo la unidad del mundo conocido y sembrando la semilla de un nueva civilización; la imprenta fue la mejor arma en manos del protestantismo para su éxito y difusión en Occidente, con todo lo que eso supuso si hacemos caso a algunos historiadores que lo consideran la condición para el definitivo éxito del capitalismo (Weber). Hoy las redes sociales están permitiendo que las penosas cogitaciones de los tontos, que antes apenas alcanzaban la puerta del bar, difícilmente las páginas de un libro, más fácil un micrófono o una cámara, logren ahora una difusión global, se conviertan en mayoritarias (trending topic) y eleven a su autores a líderes de opinión (influencer), aunque lo publicado apenas rebase la calidad intelectiva de un rebuzno.

Como en las otras ocasiones reseñadas las consecuencias a largo plazo son inimaginables desde aquí, desde nuestros principios del siglo XXI. No obstante ya se nos alcanzan algunas sumamente inquietantes, dada la responsabilidad que se les imputa en ciertas decisiones políticas o cambios, tomadas o acaecidos recientemente, en el mundo democrático, a saber: éxito sorpresivo del Brexit, que marca la irrupción imparable de los iletrados en uno de los países más cultos de Europa; triunfo impensable de Trump, ejemplar prototípico de tonto; nuevos populismos, que se valen de las tecnologías novedosas como los fascismos históricos se valieron del micrófono (Hitler, Mussolini); independentismos, si los distinguimos de la amplia especie de los populismos, etc.

Hemos soportado la hegemonía de las aristocracias, los nobles, la burguesía, las clases medias, pero, la verdad, nunca pensamos en los tontos como categoría social susceptible de alcanzar el poder. Sin embargo, ahí los tenemos, las nuevas tecnologías han puesto en sus manos un arma cargada de futuro, que diría el poeta, precisamente cuando yo ya no estoy para mucho trote. Por favor paren esto que me bajo.

11 jun 2017

Democracia, emoción y racionalidad


En la toma de decisiones de todos los individuos la racionalidad juega un papel más bien modesto, son las emociones las que nos impulsan. A posteriori tratamos luego de justificar lo hecho con toda suerte de argumentos racionales, tanto más sofisticados y ajustados a la cuestión cuanto más nos las demos de intelectuales y racionalistas. El resultado podemos situarlo después como causa de la acción sin que se nos mueva un músculo de la cara. En realidad la razón lo que tiene es prestigio (nos definimos como animales racionales), pero, en la práctica, mucho más éxito como coartada que como motor o guía efectiva. Por eso hay tanta distancia entre predicar y dar trigo, tantas grietas en eso que llamamos coherencia, o sea, concordancia entre el discurso, interno o externo, y el camino que realmente transitamos. Casi todo el esfuerzo intelectual se nos va en disimular distancias y encubrir grietas.

19 abr 2017

Suicidios democráticos


Cuenta F. Savater en un reciente artículo en el País que la asamblea ateniense votó en una ocasión una moción que proponía abandonar la democracia. Sin duda la realidad conseguida no estaba a la altura de sus sueños. Y es que la democracia no hace milagros. Con toda probababilidad el bienestar (económico) no es hijo de la democracia sino a la inversa. No es que en Occidente se hayan conseguido las máximas cotas de bienestar porque se han practicado políticas democráticas, sino al revés, aunque es cierto que la democracia puede dar a continuación pinceladas nada despreciables. En los setenta, al comienzo mismo de la Transición, en una asamblea de jornaleros alguien aseguró que la democracia iba a acabar con el paro de inmediato; aún recuerdo las caras de los concurrentes cuando insinué que eso podía no ser necesariamente así. Con democracia o sin ella los problemas persisten si no se aplican los remedios adecuados; incluso con ella puede que tengamos que soportar con frecuencia irritante a mandatarios mediocres, conflictos internos insistentes y, desde luego, por la propia naturaleza del sistema, los problemas se hacen más visibles. Sin embargo, nos proporciona algo que no podemos encontrar de ninguna otra manera en sociedad: la completa dignidad de ciudadanos. La contrapartida es la participación y la responsabilidad de elegir. Ambas pueden ser duras. Ninguna es un juego.

1 dic 2016

Las últimas utopías

El siglo XX comenzó con la gran oportunidad de la utopía comunista (1917), definitivamente derrumbada a principios de los noventa, y ha terminado con la muerte de Fidel Castro, símbolo de la utopía caribeña que vivió con respiración asistida desde la crisis de los misiles y en franca agonía desde los 90 —la revolución viajaba del septentrión al trópico pero prendiendo con credibilidad sólo en la periferia del sistema—. Únicamente la supervivencia del Comandante permitía, por el valor de los símbolos, considerarla viva aún. Los comunismos asiáticos son zombis que mueven a temor y a risa, como es propio de estas fantásticas criaturas, pero nadie en su sano juicio los vería como portadores de una promesa liberadora e igualitaria.

25 nov 2016

Rita, Lynch y Robespierre

Dice el DRAE que linchar es ejecutar sin proceso y tumultuariamente a un sospechoso o a un reo. El origen del término es menos claro porque hay dudas sobre si procede del nombre de un despótico señor irlandés del XVII o de un plantador virginiano, luchador por la independencia en los finales del XVIII, Charles Lynch, que aplicó la justicia de modo expeditivo a personas que no habían pasado por otro tribunal que el de su estrecha conciencia. El cine americano nos ha familiarizado con la costumbre, que en el far west o en lo que hoy se suele denominar la América profunda fue práctica común sobre cuatreros, negros, etc.

12 nov 2016

Demagogias y populismos

La democracia también puede ser tiránica. Sin el imperio de los derechos individuales y el respeto sagrado a las minorías la democracia se manifiesta como una tiranía de la mayoría. Así la percibieron y denunciaron algunos antiguos notables (Platón, Aristóteles…), aunque ellos no acertaron a echar de menos los derechos ni de los individuos ni de las minorías, se limitaban a constatar que no había color entre el gobierno de los ilustrados (minoría) y el del populacho ignorante (mayoría). Por eso clamaban contra la demagogia de los politicastros de la época que conducían al pueblo como un rebaño, que es lo que significa la palabra, invirtiendo los términos de la democracia. El perfecto demagogo debe convencer a los apacentados de que se mueven por  iniciativa propia, siguiendo sus propios intereses y sin que nadie los arree.

5 nov 2016

La culpa fue del chachachá

Descubrí hace tiempo que el cielo y el infierno no existen. Fue una deducción lógica después de llegar a la conclusión de que no hay buenos y malos, que todo es una artimaña para entretener y domesticar a los niños. El conflicto está en nuestro interior, no afuera. Sé que hay muchísimos adultos que siguen creyendo en la existencia de estas dos categorías humanas, pero todo tiene una explicación, o varias: 1) la madurez no es una cosa que se alcanza necesariamente, hay niños tan bien educados que jamás dejan de serlo; 2) después de emplearlas para atar corto a los infantes es fácil descubrir lo útiles que resultan en nuestra vida cotidiana para demonizar a los que nos molestan al tiempo que nos justificamos… si ellos son los malos nosotros seremos los buenos; 3) simplificar la realidad es siempre una necesidad dada nuestra cortedad intelectual para comprender el mundo tal cual es.

5 oct 2016

Bobocracia


En Memorias de África cuando la baronesa von Blixen decide levantar una escuela para educar a los niños kikuyu, cuyos padres trabajan en la plantación, el anciano jefe de tribu que tiene que dar el consentimiento hace una muesca con su cuchillo en un pilar del aula para indicar que sólo los niños que no alcancen esa altura podrán asistir a las clases. Ante la sorpresa de Karem, la baronesa, Farah, su criado somalí, le explica que el jefe tiene razón porque si se educaran niños mayores sabrían más que él y podrían cuestionar su jefatura. Alta política, como la que se practica en la dirección de cualquier partido. Lo que tiene de bueno estudiar a los pueblos primitivos es que podemos vernos en ellos sin los tapujos de la civilización.