13 nov 2020

Los puentes



Buda y Pest fueron durante siglos dos ciudades separadas por el Danubio, en alguna ocasión pertenecientes a entidades políticas distintas, hasta que en 1873 se construyera el primer puente permanente (Széchenyi o Puente de las Cadenas), desde entonces las dos ciudades se fusionaron y pasaron a ser el Budapest que hoy conocemos. Es lo que tienen los puentes, sirven para unir; sin embargo, hay quien se empeña en dinamitarlos porque los perciben como una amenaza.

Es la pulsión de la tribu (¡Viva el Betis manque pierda!). Y por eso la política, que se ha convertido en el espejo de la risa de la vida normal, nos regala con espectáculos surrealistas como el que nos ofreció el Congreso en el debate de los presupuestos. Bendito sea. 

Un sector del gobierno (dejo a la astucia del lector, si lo hubiere, la tarea de identificarlo) hizo esfuerzos sobrehumanos por alejar de la tentación de votar sí a un sector de la oposición proclive al acuerdo ¿Quién quiere adversarios políticos con horribles inclinaciones al entendimiento? Donde se ponga un enemigo malencarado que se quiten las oposiciones dialogantes ¿Cómo si no justificar las políticas excluyentes salidas de una minoría radical como necesaria política de gobierno? Pero además, no son de la tribu y no hay que dar explicaciones sino volar el puente. Mientras, el otro sector del gobierno o callaba para que no le diera la risa o se daba a una cortesía hueca con palabritas de las que se lleva un soplo.
 
Malos tiempos para los puentes, es la hora de las iglesias y los rufianes. O sea, de rancios dogmas disruptivos y del engaño como sistema… y de aquello de «Pedro, sobre esta piedra edificaré mi iglesia». Palabra de Dios.

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