Mostrando entradas con la etiqueta crisis económica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta crisis económica. Mostrar todas las entradas

10 feb 2019

EL PÉNDULO


Hace tan sólo unos años teníamos la certeza de caminar hacia un mundo globalizado: los estados nacionales que se fraguaron en el occidente a la salida del medievo y que el imperialismo y la colonización extendió por todo el orbe nos parecían haber llegado a un ocaso tranquilo; los procesos de integración económica, mercados comunes, zonas de libre cambio, uniones aduaneras, emergían como setas en otoño y diluían las fronteras, reliquias de tiempos menos felices; las instituciones internacionales, políticas, jurídicas, económicas, culturales… parecían estar creando una estructura global para el mundo futuro, pero que ya estaba a la vuelta de la esquina; incluso los movimientos atiglobalización, que periódicamente estallaban en convulsiones populares (Seatle 1999, Praga 2000, Barcelona 2001…) levantaban acta de que el proceso globalizador era un hecho, al parecer imparable. Unos se felicitaban, otros se alarmaban ante los cambios, pero nadie podía negarlos. Pese a las discrepancias, por todas partes se respiraba el optimismo de los nuevos tiempos en construcción.

En una década escasa el panorama ha cambiado sustancialmente: muchos procesos de integración han fracasado, están estancados o viven situaciones de crisis alarmantes (UE); por todas partes los estados nacionales se rearman ideológicamente resucitando doctrinas nacionalistas por cuya reaparición nadie hubiera apostado un céntimo ayer mismo; la manía identitaria, grotesca contrafigura de la globalización, amenaza incluso la integridad de estados seculares; y, para colmo, proliferan los mandatarios perturbados, encumbrados por electores no menos enloquecidos, hasta en lo que fue el corazón y el cerebro del mundo occidental en al menos dos tercios del pasado siglo. El péndulo ha cambiado de sentido y ahora regresa arruinando las esperanzas que se habían levantado, quizás imprudentemente. Como entonces pero a la inversa, pese a las discrepancias, por todas partes se respira el pesimismo de los nuevos tiempos en destrucción.

Entre un momento y el otro una gran crisis económica, que no acaba de convertirse en recuerdo, es el único elemento visible (o es tan evidente que deja en sombras a los demás posibles) que pueda cargar con las sospechas en la responsabilidad del cambio de sentido. Lo cierto es que la inquietud social y política no parece sino uno de los últimos latigazos de la conmoción económica. Lo que es más difícil de entrever es el paisaje después de la lluvia(1) que nos legarán los tiempos porque las tribulaciones del presente lo velan por completo. Por su parte, los falsos profetas no hacen sino enturbiarlo más. De hecho, como las profecías se construyen con los materiales del presente, las prospecciones del futuro que se nos ofrecen tienen sin excepción los tintes oscuros de la distopía. Nos cantó Dante que en las puertas del infierno lucía la divisa: Abandonad toda esperanza y, como del averno no cabe imaginar nada constructivo, quizá aquel frontispicio se había levantado con materiales reutilizados de los derribos que han ocasionado los golpes de péndulo de la historia, como éste que nos tocó vivir. En alguna escombrera yacería el lema; en alguna otra acabarán los emblemas de hoy, despojados ya de las esperanzas y los impulsos vitales que los crearon. Material arqueológico.
_________________
(1)La ilustración que encabeza este texto es Europa después de la lluvia de Max Ernst. Una visión onírica de la Europa de posguerra.

11 jul 2015

La deuda griega

Los nacionalistas alemanes de antes admiraban tanto a los griegos clásicos que los imaginaron rubios, apolíneos y con los ojos azules, ancestros arios. La afición que les profesaron sólo es comparable con el desprecio que sienten ahora que los han redescubierto morenos y marrulleros, o sea mediterráneos. Y es que el amor siempre fue engañoso y poco duradero.

El siglo XX, fue de verdad violento, eso queda en su debe, pero también fue político. La política estaba en todas partes y lo organizaba, o desorganizaba (según gustos), todo. Para comprenderlo nada como recurrir al aleccionador ejemplo de cómo se trató la deuda alemana en aquel entonces y como se trata ahora la griega.

24 may 2014

La cara oscura de la globalización

El dios romano Jano tenía dos caras. Se colocaba su imagen a la entrada de los edificios simbolizando los dos aspectos de la puerta, permitir la entrada o la salida y cerrar el acceso. Pocos hechos de la actividad humana son singulares en sus efectos. La experiencia en este sentido ha acuñado la expresión popular, no hay mal que por bien no venga. Y a la inversa.

Cuando comenzó a apuntar el fenómeno de la globalización lo saludamos como un salto de civilización que erradicaría antagonismos históricos  (culturas, etnias, naciones) y lograría por fin una comunidad de la humanidad. Pocos se percataron entonces de un posible lado oscuro que fuera a enturbiar la supuesta fiesta que se anunciaba. La historia debió alertarnos: la revolución industrial, un logro que abrió la modernidad, supuso desde el principio la explotación inhumana y el descenso a los infiernos de masas de trabajadores, que necesitaron muchas generaciones para lograr una cierta seguridad y un vacilante bienestar; el descubrimiento de América, antes de mostrar sus excelencias históricas, produjo uno de los mayores genocidios conocidos, el desequilibrio del sistema monetario y la ruina financiera y después económica del descubridor y primer explotador. Para qué seguir.

22 abr 2014

Los dedos y los huéspedes

Desde hace algún tiempo las informaciones sobre el empobrecimiento progresivo del país suelen presentarnos la pobreza troceada: pobreza femenina, pobreza infantil... El asunto me llama la atención y no puedo evitar sospechas sobre alguna segunda intención oculta. Quizás como en otras ocasiónes es que simplemente los dedos se me antojan huéspedes, como solían decir los antiguos que no se manejaban demasiado bien con términos como paranoia,  conspiración o el híbrido de moda, que me resisto a escribir.

9 abr 2014

La desigualdad es injusta e ineficiente

Hace unos días escribí sobre la desigualdad y cómo ha empezado a escalar nuevas cumbres después de un periodo (1950/80) en el que alcanzó mínimos históricos, al menos en Occidente. Los revolucionarios franceses colocaron la igualdad en el centro de su eslogan (liberté, egalité, fraternité) y en el centro de la bandera (blanco). Desde luego ellos se referían más bien a la igualdad ante la ley y yo trato hoy de reflexionar sobre la igualdad económica, asunto mejor representado por la fraternité y el rojo.

31 mar 2014

La desigualdad que viene

El efecto más irritante de la crisis es el crecimiento de la desigualdad. Al tiempo que decrecen los ingresos de la inmensa mayoría (por la disminución de la actividad, el encojimiento de salarios y prestaciones sociales y el aumento disparatado del desempleo) aumentan los ingresos de una aristocracia del dinero, una exigua minoría de gestores de las grandes empresas y potentados de las finanzas; en suma, una polarización de la riqueza, a contrapelo de lo que habíamos creído que era la tendencia natural del progreso, en cuyas claves nos juzgábamos ya versados.

5 mar 2014

Mismos perros, distintos collares

En los años de tránsito del siglo pasado a éste dirigió la Reserva Federal, institución clave en la política económica de USA y el Mundo, Alan Greespan, uno de los apóstoles del neoliberalismo. En su informe anual ante el Congreso en 1997 justificó el éxito económico de su política porque estaba imponiendo «una mayor inseguridad en los trabajadores». El evangelio neoliberal se escribe en ‘neolengua’, invirtiendo la semántica al uso para desembocar en una jerga confusa a oídos del común pero transparente para sus seguidores; rara vez utiliza expresiones tan reveladoras de su verdadera sustancia como la anterior, pero, a veces, cuando sus pastores se sienten rodeados de colegas, ignoran al rebaño y pierden las formas.

Ya en los balbuceos de la nueva era en la que ahora boqueamos, el Partido Conservador Británico de Mrs. Thatcher, se planteó un cambio drástico que desmontara el dominio socialdemócrata y su criatura: el Estado del bienestar. No aspiraban a asegurar su puesto en el tradicional turno de gobierno sino a cambiar el modelo de sociedad dinamitando las posiciones que los trabajadores habían venido conquistando desde la guerra. Para ello «Thatcher lideró la flexibilización en el mercado laboral, la privatización de empresas públicas y redujo el poder de los sindicatos» (¿Suena familiar?). Los dos primeros objetivos eran imposibles sin el tercero, así que preparó la respuesta a la previsible y esperada huelga de mineros (1984/85) como un estado mayor prepara una operación militar. La confrontación fue épica, pero, por lo mismo, la derrota sindical en que desembocó tuvo proporciones de cataclismo para la clase trabajadora. A la vez que se desarticulaba el movimiento obrero se lanzaban cantos de sirena que pregonaban un novedoso capitalismo popular en el que los trabajadores podrían participar en los proyectos capitalistas, que levantaban vuelo tras la venta de las empresas estatales y la privatización de los servicios públicos, liberados de la “tiranía” y el “chantaje” sindical respectivamente. Para ello nada mejor que una desregulación financiera y una flexibilización laboral que engrasaran el sistema. La voladura del movimiento obrero en Gran Bretaña fue de tales proporciones que el Labour Party, criatura histórica de los sindicatos, acabó renegando de sus fundamentos ideológicos y concibiendo una “tercera vía”, que no era otra cosa que la aceptación del nuevo statu quo establecido por sus, antes, enemigos de clase.

En España cualquier parecido con el movimiento sindical británico sería pura y milagrosa coincidencia. Liquidado manu militari por el franquismo su resurrección fue posible por el ánimo luchador de una minoría esforzada, pero su consolidación se debió tanto como a la iniciativa popular que, por cierto, nunca se lanzó a la militancia masiva, a las políticas de promoción de las formas democráticas del Estado de la Transición.  Como en los partidos, la financiación, prebendas y subvenciones han tenido un papel importante, que, en lugar de disminuir, han crecido con el tiempo. Un pecado original que tiene mucho que ver con su descrédito actual.

Con la crisis, desencadenada precisamente por los excesos que siguieron a la desregulación de los mercados financieros, los sindicatos españoles se han visto gravemente afectados. La desindustrialización y el paro los han llevado a una situación famélica, el desprestigio de la política y los políticos les han alcanzado igualmente, porque muchos trabajadores los identifican con la clase política (el pecado original). En esas circunstancias el gobierno reaccionario de Rajoy ha podido dedicarse a desmontar minuciosamente los derechos y seguridades laborales con la reforma laboral sin prácticamente resistencia. Aquí ha sobrado cualquier épica.

Llegamos así a la receta de Thatcher, Greespan & Cia: la cuestión es que los trabajadores estén más inseguros, jurídicamente indefensos, sindicalmente huérfanos; no irán a la huelga y aceptaran cualesquiera condiciones de trabajo y de salario. Una bendición para la subida de la productividad que desde tanto tiempo vienen reclamando los economistas de la cosa. La macroeconomía está de enhorabuena.

¿Quién se acuerda ya de la lucha de clases, del proletariado y la burguesía? En un texto de Noam Chomsky he leído dos nuevos términos: precariado y plutonomía. No es ‘neolengua’ sino un intento de hacernos comprender que son los mismos perros con distintos collares.

18 feb 2014

Una generación perdida

Se habla de una generación perdida. La crisis habría volatilizado las oportunidades y el porvenir de toda una generación que trampeará para sostenerse durante décadas para caer en una vejez semejante a la de nuestros abuelos. El progreso tecnológico y la globalización lucía con tonos esperanzadores, pero resultó un espejismo. El futuro ha cambiado de color.  La tecnología ha lubricado los mecanismos del capital que se erige en campeón absoluto, y arroja a las clases medias trabajadoras de la industria y los servicios al limbo de la inutilidad; mientras, la globalización está logrando la igualación mundial de los que perciben rentas del trabajo (con la excepción de la aristocracia gerencial) por abajo, con sorpresa de ingenuos, pero según la lógica capitalista (y liberal) más ortodoxa.

1 feb 2014

Una gráfica reveladora

Del blog de Alberto Garzón, diputado de IU por Málaga he extraido la gráfica histórica de intención de voto que inserto bajo este párrafo y cuya fuente es el CIS. La serie abarca de enero del 96 a julio del 2013 y como podemos ver resulta  muy reveladora.

27 sept 2013

Trabajo y vida

El mercado tiene una lógica perversa vista desde los muy humanos intereses de los individuos que están sometidos a él. En los albores de la revolución industrial el mercado de trabajo se vio alterado por la introducción de máquinas que aumentaban significativamente la productividad. El primer impacto fue profundamente negativo para los obreros que en lugar de mejorar su situación se veían amenazados por el desempleo (cada hiladora o tejedora mecánica hacía el trabajo de decenas de peones), lo que presionó a la baja sus raquíticos salarios por la sobreabundancia de mano de obra y empeoró su situación general. Además el mercado laboral era inundado por una avalancha de gentes expulsadas del campo, en donde también había entrado la lógica capitalista. Sólo una tenaz y difícil lucha colectiva, sindical y política, logro después de varias generaciones un equilibrio y convivencia menos traumática con el avance tecnológico y los cambios de modelo económico social. Hoy la revolución industrial se nos presenta como un gigantesco salto adelante, pero sus protagonistas tuvieron otra experiencia.

9 ene 2013

La gran estafa piramidal

Cuando en la época escolar estudiábamos las leyes de la palanca se nos recordaba que Arquímedes había dicho al respecto: «Dadme un punto de apoyo y moveré el Mundo». Lamentablemente en la escuela no se estudiaban los fundamentos de la economía y el dinero, no menos fascinantes, así que nadie pudo contarnos que Rothschild, eminente banquero, había declarado: «Dadme el control del dinero y ya no importará quién haga las leyes»
Por otra parte, sin duda conocéis lo que es una estafa piramidal. Podría definirse como un proceso en el que las ganancias que obtienen los primeros inversionistas son generadas gracias al dinero aportado por ellos mismos o por otros nuevos inversores que entran por el señuelo de obtener grandes beneficios. El sistema sólo funciona mientras haya nuevas inversiones. Fue conocido como esquema Ponzi por el nombre de un inmigrante Italiano que lo hizo famoso en USA en los años 20 tras una monumental estafa. El sistema monetario actual depende en su mantenimiento del crecimiento indefinido de la deuda; es decir, que funciona como un esquema Ponzi.

5 dic 2012

Otra parida mental a propósito de la crisis


No está en nuestras manos cambiar las leyes físicas que rigen el Mundo, bastante hacemos con intentar conocerlas y comprenderlas. En eso estamos. Los humanos además de estar inmersos en este marco físico somos seres sociales y culturales; es decir, necesitamos cooperar para algo más que la procreación y la crianza, y el resultado de nuestras experiencias vitales, individuales y colectivas, se acumulan formando un acervo cultural que se transmite de generación en generación, transformando nuestro modo de vida y a nosotros mismos. Tenemos historia.

En las relaciones de cooperación/competencia entre individuos y entre grupos y con el medio del que obtenemos recursos se establecen hábitos que se transforman en normas que las regulan. Sin embargo, estas leyes no son como las del mundo físico, son contingentes y heterogéneas, son históricas, es decir, dependen de infinidad de variables que se alteran y cambian en su relación mutua (por algo son sociales) y con el paso del tiempo (por algo son históricas); muy particularmente son deudoras de las relaciones de poder entre sectores de la sociedad. Esto es la economía.

La obtención de recursos requiere unas relaciones de trabajo que han sido históricamente diferentes (esclavitud, servidumbre, capitalismo) y se han relevado unas a otras en función de la tecnología disponible y otras variables. Sin embargo, este movimiento no está predeterminado. Seamos o no conscientes de su existencia y condición puede ser alterado desde la voluntad política forzando un cambio en las relaciones de poder que, a su vez, imponga nuevas normas. A esto llamamos revolución.

Así pues, la economía es la obra del hombre, que no está sometido de manera inevitable nada más que a las leyes físicas. La dinámica de los fenómenos sociales, incluida la economía, se nos presenta como caótica por su impredecibilidad, consecuencia de la multitud de factores que la condicionan. Una de ellos, y no el menor, es la voluntad de los individuos, emanada a su vez de un haz incontable de causalidades. Pero, por ser obra humana, es posible modificarla, detenerla, redirigirla… Lo único que puede impedirlo es la falta de un consenso suficiente. La ideología, que nos da una explicación del mundo y nos proporciona modelos para el futuro, se revela así como decisiva. Cuando las dificultades económicas se generalizan por efecto de la crisis y la ansiedad por el cambio empieza a generalizarse, todavía es necesario que en el interior de cada cual logremos separar las pulsiones que obedecen a nuestros intereses genuinos de aquellas que proceden de la ideología, asumida, aprendida por imitación de grupos hegemónicos, de los que irradiaba con el marchamo de validez universal aunque, en realidad, su utilidad se limitaba a la élite.

Es obvio que la ideología nace de los intereses; pero, en los sectores sociales no exitosos se produce un efecto de imitación de los modelos mentales de aquellos otros que sí triunfaron[i]. De esta manera contribuyen a la permanencia de un sistema que funciona en contra de sus propias necesidades. Sólo es posible desprenderse de tal rémora cuando la crisis profundiza y se alarga más de lo habitual, haciendo intolerable lo que antes parecía sólo inconveniente. Aún así, el malestar que genera la evidencia de la explotación puede quedar sólo en agitación, algaradas y frustración si no existen proyectos alternativos que una minoría consciente y organizada haya elaborado previamente, y si esa minoría no alcanza la credibilidad suficiente para impulsar y liderar. Ese fue el papel histórico de las organizaciones de la izquierda.

Podríamos concluir que: 1) las leyes de la economía que rigen la obtención de recursos, su aprovechamiento y reparto son perfectamente alterables en la proporción y sentido que deseemos; 2)  que la voluntad de cambio se genera y se altera en una amalgama de intereses y de girones de ideología de turbio origen y difícil discriminación; 3) que la espontaneidad revolucionaria encuentra fácilmente el camino del caos a menos que una vertebración orgánica aporte luz en la tarea de discernir los verdaderos intereses y las estrategias oportunas.



[i] “No exitosos” y “triunfadores” pueden ser sustituidos por “explotados” y “explotadores” en un lenguaje más explicito y sin miedo a ser calificado de ideológicamente sesgado.

11 ago 2012

Convidados de piedra


«Los grandes problemas no se resolverán con discursos y decisiones tomadas por mayoría […] sino con sangre y hierro...». Fue Bismark, el canciller prusiano, a las puertas de la unificación de Alemania el autor de estas palabras. Ciertamente el objetivo de unir a la multitud de estados alemanes en uno (con la exclusión de Austria) se produjo (1871) tras la sucesión de tres crisis bélicas preparadas y dirigidas a aquel fin. Aunque convendría decir que las guerras del XIX tenían mucho de exhibición de entorchados y ruido de sables, pero en modo alguno se parecían a las confrontaciones del XX, después de que la industrialización alcanzara a la guerra.

Por las mismas fechas en Italia, la otra gran nación en busca de un estado que acogiera a todos los italianos, el pequeño rey de Piamonte, Vittorio Emanuele, jugó también sus bazas con la guerra, la diplomacia y la fascinación que ejerció sobre los demócratas revolucionarios, pero sin someterse a ningún veredicto popular, para lograr un fin semejante en su país.

Estos son dos casos notables por la entidad de los estados creados y por ser los últimos en Europa en alcanzar el estatus de estado-nación, pero lo cierto es que la historia no registra el nacimiento de ningúno de magnitud reseñable por medio del consenso y el ejercicio democrático de las mayorías.

Hoy las riendas de la unificación de Europa no están en manos de mariscales con cascos bruñidos y repujados o monarcas cubiertos de condecoraciones, galones y penachos de plumas, pasaron esos tiempos. Más bien da la sensación de que las riendas andan sueltas, pero, si acaso, son las fuerzas anónimas (o camufladas) del capital las que marcan la dirección. Tampoco el capital es un forofo de la democracia: la tolera, la bordea, la utiliza, pero si el proceso ha de hacerse en interés del capital la democracia será sólo el convidado de piedra. Tal cual en los procesos de unificación de Italia y Alemania.

La construcción de Europa avanza en la compleja dialéctica de mil fuerzas encontradas: los que quieren una Europa democrática y unida pero que, precisamente por demócratas defienden con tacañería ínfimas partículas de soberanía nacional; los que buscan ante todo una Europa que funcione, por lo que anteponen la economía a la política, pero luego echan en falta a la política que ponga a los motores en marcha; los políticos con conciencia y sentido del futuro que no consiguen hacer valer sus propuestas en un bosque de intereses y entelequias, con aquellos que se pierden y nos pierden en el populismo; en fin, el capital en su multiforme presencia que se impone con más fuerza cada día.

Es lógico ante tal confluencia de intereses contradictorios que el  normal estado de la cuestión sea el estancamiento. Sólo las situaciones críticas permiten avanzar porque para superarlas se requieren decisiones excepcionales que ignoren miedos e intereses arraigados Es aquí donde los antiguos metieron la guerra y la diplomacia, los sables y los entorchados, algo que generara un impulso arrollador, arriesgando mucho en el envite, pero que permitiera un salto adelante. Hoy la crisis que padecemos puede hacer lo mismo, generando fuerzas y recursos superadores del inmovilismo,   pero como todas las crisis, económicas, políticas o bélicas, presenta un alto grado de incertidumbre y su solución puede ir en cualquier dirección, incluso en la más inesperada. Lo que los ciudadanos no podemos permitir es que de nuevo triunfen otras fuerzas y estemos allí solamente para aplaudir el resultado final; que en el reparto de papeles nos toque el de clac, pero habiendo pagado la entrada y costeado el espectáculo.

Los convidados de piedra también son del XIX. Estos nuevos tiempos prometían otras cosas, otros modos.

13 jul 2012

La Stma. Trinidad y la política de austeridad


El dogma de la Trinidad repugna a la razón. No existe ningún recurso racional que pueda hacerlo entender y mucho menos justificar o demostrar. Sin embargo, durante siglos, trinitarios y unitarios se masacraron mutuamente por la prevalencia de sus ideas con el resultado que todos conocemos. Millones de fieles creen en él a pies juntillas y otros muchos lo aceptan sin pararse a pensarlo, porque ya algunos más sabios lo habrán hecho y porque la vida aporta otras preocupaciones perentorias. Con el siglo XXI ya en marcha, el Occidente, la parte del mundo que exportó a todas los rincones semejante galimatías pseudofilosófico, lo mantiene como parte de los cimientos de su civilización, a despecho de la universalización de la ciencia, su obra más honrosa. Asombra pero es cierto.

Ha hecho la humanidad bandera de esperpentos ideológicos de toda laya y han sido seguidos con fanatismo por muchedumbres, que en otros aspectos de sus vidas empleaban la razón de modo natural, por un mecanismo que aún nos resulta impenetrable. La convivencia entre el pensamiento mágico y el racional no se entiende desde el uno ni desde el otro, pero lo cierto es que se manifiesta cotidianamente: alguien puede invocar a la Stma.Trinidad pidiéndole cordura y sentido común para sus decisiones, por ejemplo.

En la antigüedad las religiones, fuentes arcaicas de conocimiento, fueron vivero de dogmas que gestaron banderías para imponerlos a los que no los compartían. En tiempos modernos la ciencia las ha sustituido en parte: en los siglos XIX y XX fraguó el mito de la superioridad de la “raza blanca”, nacido de la errónea observación de la historia y de hipótesis supuestamente verificadas en el ámbito de la etnología y la antropología. En realidad sólo eran maneras de enmascarar intereses. Las catástrofes derivadas de tal dogma han hecho historia, en el peor sentido posible.

En estos días que corren, castigados por la crisis más imponente que hemos conocido, pero, a la vez, más absurda -al menos para los que vinimos al mundo un año que fue llamado, y no por capricho, “el año del hambre”-, nos abate la perplejidad por poco que intentemos ver la luz en las opiniones de unos y de otros. Leo cada día en Krugman, Vicenç Navarro, Juan Torres, el joven economista y diputado Garzón y tantos otros, invectivas perfectamente fundamentadas, impecablemente construidas, contra el “dogma” neoliberal. Una manera de hacer frente a la crisis que la experiencia de situaciones pasadas y de la actual demuestran que sólo sirve para profundizarla. Justifican este empecinamiento en actitudes ideológicas, a despecho de la experiencia y del método científico, no especulativo. Me voy al otro bando, al  blog del colectivo “Instituto Juan de Mariana” que suelo leer a veces por puro masoquismo, que le vamos a hacer, y allí encuentro toda suerte de calificativos para lo que denominan la secta de Keynes, descalificaciones de aquellos que cité antes y loas al libre mercado en un nivel difícil de imaginar.

Quizás el error está en intentar averiguar en quién está la verdad cuando lo que habría que hacer es indagar cuales son los intereses subyacentes. Si los identificáramos con claridad y dado que el entramado político de que nos hemos dotado es aceptablemente democrático, no debería haber mayores problemas. Y sin embargo, los hay. Ahora que decaen las religiones hacemos un credo de una teoría, una iglesia de una escuela académica. El circo sangriento que montaran trinitarios y unitarios se ha transformado en uno, de otra manera cruento, pero igual de absurdo. El entendimiento humano sigue enredado entre la magia y la razón, como en los peores momentos, y nunca dejará de sorprendernos el empecinamiento de tantos en ideas a todas luces alejadas de la razón y el sentido común, como en aquellos tiempos en que se debatía si Dios era uno o trino, o ambas cosas a la vez.


4 jul 2012

Empresarios


Para España ésta no es solamente una crisis de la deuda. Cierto que las manifestaciones de la debacle económica han ido focalizándose en la deuda, pública y privada. Primero en la privada por su volumen (70% del total), después en la pública por la caída de los ingresos. Por último en una amalgama explosiva en la que el Estado mete dinero en los bancos para garantizar su viabilidad y los bancos compran deuda soberana que no encuentra otra demanda en los mercados. Sin embargo, repito, este no es el problema principal.

La cuestión básica es que, una vez demolido el castillo de naipes de la construcción, aquí no hay actividad económica capaz de sostener el tinglado-país. Con una cuarta parte de la población activa en paro, y creciendo, las perspectivas son desoladoras. La iniciativa privada está paralizada por la falta de demanda y la inexistencia del crédito, y la restricción brutal del gasto público profundiza cada vez más en la depresión. La coyuntura no puede ser peor.

Pero, recordando tiempos mejores, hemos de reconocer que en los momentos exultantes del subidón económico, nunca nos acercamos al pleno empleo, por el contrario, siempre mantuvimos cifras muy por debajo de la media europea. El paro forma parte de nuestra estructura económica. A mi juicio, eso demuestra que el crecimiento era impostado, e importado. Se debía más a los beneficios que se derivaban de la pertenencia a la UE (moneda única, inflación controlada, bajos tipos de interés, subvenciones…) que a una mejora de nuestra peculiar dinámica económica. Una economía incapaz de emplear a su mano de obra disponible, que carece de los instrumentos necesarios para aprovechar con eficacia un recurso tan básico, es una economía raquítica o que adolece de malformaciones graves.

Cuando en los años sesenta los trabajadores españoles marchaban a Europa por centenares de miles en busca de empleo eran fundamentalmente población expulsada del campo que no encontraba en las ciudades españolas actividad suficiente para acogerlos. Hoy son jóvenes de alta cualificación los que ponen sus ojos en los mercados de trabajo exteriores. En ambos momentos la causa es una penuria de empresas que demanden sus capacidades y las pongan en valor aquí.

La falla principal, sin minusvalorar otras, se me antoja que está en los empresarios, en su número, en su cualificación y en su condición. Por alguna razón, por muchas y complejas quizá, la condición de empresario ni ha proliferado ni ha dado los mejores ejemplares por estos lares. Podría apuntar algunas de esas razones pero temo caer en el tópico y, en todo caso, obedecería más a la intuición que al análisis bien fundamentado. El caso es que, según parece, con el estímulo del crecimiento de los últimos años su  número se multiplicó, pero, si su condición era ya históricamente poco consistente, su propagación acusó los rasgos de frivolidad y ligereza de que adolecía tradicionalmente. Más que empresarios, simples especuladores que se agitan para obtener un buen bocado, aprovechando la coyuntura, con el mínimo riesgo y esfuerzo, pero dispuestos a abandonar al menor signo de dificultad, plantando a empleados y acreedores sin más. En España hay más capitalistas conocidos por sus quiebras que por el éxito de sus empresas. Los que han acumulado un patrimonio que permite que se les aplique el calificativo de capitalistas prefieren la inversión especulativa y, en todo caso, el refugio en paraísos fiscales. El atesoramiento de siempre. Los que por su cualificación  pueden optar a la gestión de grandes empresas (la noblesse de robe de la economía) se apresuran a acumular patrimonio o asegurarse blindajes millonarios, aún a costa de la viabilidad a medio o largo plazo de las propias entidades que tienen encomendadas,  como se ha visto.

Lo más sano se encuentra entre las pequeñas empresas y autónomos en vías de transformarse en empresarios, aunque en un alto porcentaje imiten en lo que pueden los comportamientos de los grandes, como es de esperar. Las actitudes de los poderosos son el horizonte de los demás. Las tradicionales virtudes de laboriosidad, perseverancia y riesgo calculado pasaron a hacer compañía a la ropa de otras temporadas.

En el examen general de conciencia en que estamos (inducidos a la autoflagelación por nuestros socios del norte), en la búsqueda de aquellos individuos o colectivos, o de aquel defecto o tara social que más culpa ha tenido en la crisis, yo apunto una raquítica y malformada clase empresarial, atenta al enriquecimiento fulminante, pero incapaz de aprovechar con eficiencia los recursos del país.




11 jun 2012

El aluvión informativo

         El agua es imprescindible para la vida. Su ausencia, aunque sea por poco tiempo, garantiza el desierto. Sin embargo, en el nicho ecológico de nuestra especie, somos animales terrestres, por muy imprescindible que sea su concurso, también puede llegar a ser mortalmente excesiva. Le debemos la existencia, pero si se presenta inopinadamente a raudales puede quitárnosla. La democracia no es concebible sin la información. Es el agua que nutre sus tejidos, permite que se oxigene y garantiza su funcionamiento. Pero como ella, también puede ponerla en apuros cuando se presenta como una inundación, cuando discurre en exceso y sin control, cuando nuestros recursos psicológicos y nuestra formación se muestran incapaces de procesarla.
Naturalmente que hay que saberlo todo, tener acceso a cualquier información, que nadie ni nada impida la expresión de nuestras ideas y el acceso a las de cualquier otro. Lo nefasto es la repetición inmisericorde desde los medios profesionales hasta rozar la tortura; la sucesión ininterrumpida de opiniones de toda guisa a modo de avenida, de manera que nos impida discriminar; la enfatización de informaciones sensacionalistas que muevan el mercado de la noticia; la transformación radical del servicio informativo en negocio informativo, produciendo una selección escorada hacía el beneficio, donde anida el sensacionalismo y otras perversiones. Es lo que se ha convenido en llamar intoxicación informativa, aunque aquí más que como un plan que busca determinados fines es el resultado sobrevenido de la mecánica del sistema.

El maremoto informativo de hoy tiene dos nombres: el fútbol y la crisis. No me interesa el fútbol, así que no me ocuparé de él por mucho que me agobie su enfermiza ubicuidad y me torture la lluvia de palabras hueras sobre sus supuestas virtudes para hacer patria, educar a los jóvenes o solazar a todos. Me ocuparé de la crisis.

Comparemos la del 92/93 con la presente. Las cifras macroeconómicas de aquella ocasión y las de hoy son asombrosamente intrcambiables. Entramos en recesión en el 92 con un crecimiento negativo de -0,9%; la cifra del paro se situó en el 20% en ese año pero alcanzó el 24,1 en el 94; el déficit público se situó en el 7%; La deuda alcanzó el 68% del PIB y sus intereses superaron el 6%. Si no hubiera advertido que se trata de los datos de hace veinte años parecería que estoy hablando de la situación actual. Para terminar de redondear el parecido, en diciembre de 1993 el gobierno decretó la intervención de Banesto, uno de los grandes bancos del momento, abocado a la quiebra.

Ni que decir tiene que los que vivimos aquellos acontecimientos éramos conscientes de la gravedad y de la trascendencia del momento y por supuesto los medios cumplieron con su deber informativo ampliamente. Sin embargo, no recuerdo que existiera la sensación apocalíptica que vivimos ahora. La presión de la prensa, la tv y la radio no era ni tan asfixiante, ni tan monocorde como en estos momentos. Y conviene decir que entonces estábamos solos, no había más rescate posible que el del FMI que se había mostrado crudelísimo en América Latina y Asia. Cierto que contábamos con la peseta que, por cierto, fue devaluada tres veces en nueve meses y amenazó con irse al garete, pero también es verdad que, como contrapartida, hubo que soportar cifras de inflación del 20 %, extraordinariamente persistentes. Hoy contamos con el respaldo de la UE, por mucho que reneguemos desconfiados, y, desde luego, con una moneda que sigue siendo una divisa fuerte, sin vaivenes y con una inflación mínima y controlada.

Objetivamente no parece que estemos viviendo una situación peor que aquella y, sin embargo, creo que la desolación y la sensación de falta de perspectivas son mucho mayores que entonces. Algo parece tener que ver el hartazgo informativo, que desde hace poco incluyó en la ingesta preparados de todos los rincones del mundo a los que accedemos desde nuestras pantallas con sólo un clic, pero sin tener idea de cómo digerirlos.

Cuando Felipe González bajó las prestaciones por desempleo y devaluó la peseta o cuando Aznar recurrió a un préstamo privado para pagar la extraordinaria de navidad de los pensionistas ¿no hubieran deseado tener la posibilidad de aceptar un préstamo como el gestionado ayer? El insufrible debate de si es un rescate, una intervención o simplemente un préstamo es ocioso y una manifestación más de la voluntad de los medios de seguir explotando el tema, o cortina de humo con otros intereses.

Otra cosa es que el gobierno esté a la altura, que sea incapaz de eludir los empellones de unos y otros, que mienta más que parpadea o que esté mucho más preocupado por salvar la cara que por salvarnos el pellejo.


22 may 2012

El síndrome del canto del cisne


El liberalismo como toda ideología se mueve en el terreno de las ideas. Es un constructo utópico que, ni en el pasado ni en el presente se ha convertido en una realidad completa palpable. Pero sí que hemos podido sentir en determinados momentos su envite, con fuerza variable, desde el XIX. Apareció en esas fechas como una opción revolucionaria empeñada en romper las ataduras que imponía al individuo el Antiguo Régimen: las que procedían de la dictadura moral e intelectual de las iglesias; las que emanaban del ejercicio legislativo, judicial y ejecutivo de las monarquías despóticos; las que imponía la sociedad tardofeudal y gremialista.

Su momento de apogeo (segunda mitad del XIX) se quebró con las crisis de finales de siglo y principios del XX alternadas espectacularmente con las dos grandes conflagraciones mundiales. Las turbulencias de ese periodo alumbraron una sociedad más democrática en la que la hegemonía política recayó en «la coalición histórica que se construyó entre el movimiento obrero organizado y las nuevas clases medias de funcionarios, empleados de servicios y profesionales por cuenta ajena» (*). Fue el momento de la socialdemocracia,  el tiempo en que asumió la gestión del capitalismo: treinta años (1945/75) de crecimiento y redistribución de la riqueza que consolidaron los modos democráticos y los extendieron por el mundo, desacreditando a los fascismos por un lado y a los comunismos por el otro.

La erosión que en los últimos tiempos ha sufrido la base social de la socialdemocracia y la emergencia de nuevas clases: una aristocracia formada por altos gestores de empresas, una élite financiera constituida por expertos salidos de las escuelas de negocios y la burguesía tradicional reciclada que dejó de hacer ascos a las propuestas liberales que hace un siglo le parecían inaceptables (Pio IX condenó formalmente el liberalismo) produjeron un relevo en la dirección de la sociedad.

La cuestión es saber si la presente convulsión está marcando el comienzo del definitivo triunfo del neoliberalismo, que ha producido un periodo de riqueza virtual disfrutada con el embeleso del que hace un viaje al país de las maravillas (también las burbujas recién reventadas, que fueron su alimento) o si, por el contrario, es su final.

Sé, como estudioso de la historia, que las cosas se ven más claras tomando un poco de distancia, y que la consciencia tiene un cierto retardo en la percepción de la realidad; también, que los cambios nunca son completos porque se levantan utilizando el material de desecho de la construcción precedente. Todo ello dificulta el diagnóstico a los contemporáneos. Así, los socialdemócratas gobernaron con estructuras heredadas del liberalismo porque no tuvieron ocasión, ni ganas seguramente, de desmontarlas; los neoliberales lo han hecho conservando de grado o por fuerza parte del entramado del estado del bienestar. Cuando se gestó la crisis de los 70 parecía que el régimen socialdemócrata estaba en su zenit y, sin embargo, se estaba fraguando su relevo; su ocaso se ha producido en simultaneidad con el ascenso de sus sucesores. Por eso me inclino a pensar que aunque hoy parece que vivimos el triunfo definitivo del neoliberalismo puede que se trate más bien de un espejismo, de su canto de cisne. El proyecto de vertebrar la sociedad en torno al interés individual, sin más ataduras que las de la seguridad y el orden público, podría haber quedado reducido a un sueño, como tantos otros. Al fin y al cabo, ningún ideal humano ha encontrado nunca realización completa y concluyente. Esta es la esencia de la historia.

La esencia del futuro es ser una incógnita, mal que les pese a los profetas.

_________________


10 may 2012

Españoleando la crisis


El tiempo que va desde el estallido de la crisis de las “subprime” en USA y en toda Europa hasta la nacionalización de Bankia lo hemos vivido en España en una ficción: el cuento de que la banca española era sólida y no estaba afectada más que superficialmente. Los poderes públicos y financieros se han esforzado por transmitirnos esa imagen a toda costa y contra toda racionalidad generando una absoluta incomprensión de la actitud de los mercados con nuestro crédito y nuestros bancos, que se presentaba como un absurdo ensañamiento.

Nada más comenzar el problema el gobierno americano inyectó cientos de miles de millones de dólares en su sistema financiero y en toda Europa se nacionalizaron bancos empezando por el Reino Unido y sin excluir a Alemania. Hoy los bancos americanos han devuelto en buena medida la ayuda y el gobierno ha podido emprender políticas de recuperación. En Europa la inquietud, que permanece, procede hoy de los países intervenidos y de España, pero no de sus propios bancos, ya saneados. Sin embargo aquí Fernández Ordoñez, director del Banco de España, sacaba cuerpo presumiendo de previsión y de una gestión impoluta e inteligente sobre las finanzas españolas, a la vez que exhortaba, un día sí y otro también, a apretar el cinturón de los ciudadanos de grado o por fuerza, lanzando invectivas contra el gobierno, los sindicatos y el despilfarro de las administraciones y los españoles. ¿De qué se trataba? ¿De ignorancia? ¿De estupidez? ¿De desvergüenza? Y si es, como creo, de las tres, ¿En qué proporción participa cada una?

El ejercicio intelectual que consiste en preguntarse cómo estaríamos ahora si en vez de haber hecho tal cosa se hubiera hecho aquella otra ha dado lugar a un género literario que llamamos ucronías. Aunque no se puede decir que haya producido obras maestras soy aficionado a él. ¿Qué hubiera pasado si desde el primer momento se hubieran intervenido los bancos infectados y se hubiera afrontado el problema francamente?

Posiblemente, puesto que la deuda soberana no es muy alta, la desconfianza que ha producido  este último acto (por ahora dramático, esperemos que no llegue a trágico) de la crisis no se habría originado. Quizás no hubiéramos sufrido más presiones de las que sufren Francia o Alemania, ya que tampoco tuvimos aquí un gobierno circense de tipo berlusconiano. Hasta podría haber ocurrido que la agitación sobre la zona euro hubiera sido mucho menor al quedar reducido el problema a los países intervenidos hasta ahora. De paso nos habríamos ahorrado los ajustes brutales y el desmantelamiento inmisericorde de una arquitectura social de la que empezábamos a sentirnos orgullosos. Por fin, no habríamos celebrado con la prensa, prácticamente unánime, cada fusión bancaria como un éxito de la modernidad de nuestro sistema cuando no era más que una cortina de humo, una huida hacia adelante, que tenía el precio que ahora vemos, y el que no vemos, que es la oligopolización del sector.

Cuesta en este juego no buscar de inmediato a los responsables del disparate, por ignorancia, estupidez o desvergüenza, insisto. Por ahora sólo cité a uno, pero no me apetece hablar más de él, ni siquiera mal. Está Zapatero que, aunque jefe de gobierno, se declaró a sí mismo ignorante en economía (que ya es osadía, algunos con un currículum equivalente no se atreven ni a presidir la comunidad de vecinos); está Solbes el mago que hizo mutis oportunamente y permanece desaparecido, rector que era de la economía con calidad de vicepresidente; está Rato que dejó el FMI para venir a cagarla a Caja de Madrid; no nos podemos olvidar de toda la tropa de gerentes de cajas y bancos que han hecho su fortuna personal pero han hundido a las entidades que gestionaban y han amañado sistemáticamente sus balances, con los que, como se ve, sólo nos engañaron a nosotros que no a los mercados; hasta podríamos incluir a la prensa que con un espíritu sectario digno de mejor causa, rara vez se ha elevado sobre los intereses de tribu para ofrecernos un panorama verdaderamente crítico y bien fundado, como era su obligación. Una legión de ineptos, sinvergüenzas e irresponsables a los que es difícil señalar uno por uno y entre los que hay políticos, profesionales y empresarios en proporciones equivalentes.

Ando buscando un párrafo con el que cerrar este artículo pero sólo se me ocurre una palabra y de las cortas: ¡Jo!

22 feb 2012

Se vende Estado, muy reformado

En los tiempos de la reunificación de Alemania uno de mis vecinos habituales de vacaciones, empresario alemán, sin hacer la mínima concesión al sentimentalismo por la caída del muro, me dijo: «Hemos comprado a Alemania del Este». Deduje entonces que sus dificultades con nuestro idioma no le habían facilitado la expresión de lo que pensaba. Ahora estoy convencido de que sabía muy bien lo que decía. Ayer un grupo sindicado  del que Alemania es el alma, pero del que formamos parte, si bien como palmeros, ha comprado ciertos derechos sobre Grecia.

Habíamos pensado que la creación de la UE había cambiado a Europa, que ya a nosotros no podían pasarnos las cosas que habíamos visto en el pasado; por ejemplo, que un país perdiera su soberanía o se viera mediatizado por otros al no poder atender a su deuda, o que su moneda se viera zarandeada por la especulación o ciertos intereses políticos económicos  hasta convertirla en papel inservible. La solidaridad entre los socios lo haría imposible. Cierto que algunas cosas han cambiado, pero sólo para que las que de verdad importan no cambien, según el famoso principio lampedusiano.

Los que defienden las tesis y las actitudes del actual gobierno alemán argumentan que de no actuar así, aparte de no salvarse Grecia, serían Alemania, Francia… las que acabarían mediatizadas por… ¿USA? ¿Algún o algunos países emergentes? Y entonces ¿qué quedaría de la UE?

Puede que lleven razón; pero, eso demuestra que la economía, los mercados, los poderes financieros, o como quiera que debamos llamarlos, señorean el Mundo y han sometido con descaro (en situaciones de emergencia no valen disimulos) a la política, es decir a la democracia, a la voluntad popular. En otras palabras, que nada cambió, aunque pareciera que había cambiado todo.

Tan es así que, escarbando un poco, descubrimos que el litigio no es entre estados, ni siquiera entre algunos de ellos y el mercado, esa entidad sin rostro, pese a lo que la superficie parecía decirnos, y es que se invocan en vano, otra vez, los nombres de las naciones. La lucha verdadera se libra entre unas clases que operan desde sus fortalezas de acero y cristal (la Citiy, Wall Street…), con nombres y rostros, y la gente común, de la que se diferencian por la monumental desproporción entre las rentas de unos y las de los otros. 

En otro tiempo la burguesía industrial ostentaba rentas insultantes para los trabajadores de sus empresas, a los que se aplicó la denominación antigua de proletarios, porque como la plebe de la antigua Roma, sólo poseían a su propia prole, que pudiera, explotándola, aliviar la miseria en que les aherrojaba el trabajo industrial. También entonces se recurrió al nombre “sagrado” de la patria para despistar y fragmentar la marea arrolladora del movimiento obrero; con bastante éxito, todo hay que decirlo.

En los últimos años las diferencias de renta se han disparado de nuevo, no son ya menores que las de aquella época. Sólo que entre los explotados ya es imposible encontrar aquel núcleo revolucionario del proletariado, que ha perdido el nombre  y, con él, la conciencia de clase, el arma que ellos emplearon para lograr las conquistas que, con el tiempo, nos confundieron y nos hicieron pensar que la explotación era cosa de otros tiempos.

En esta nueva, o, más bien, rediviva situación los estados han dejado de cumplir la misión de garantes de derechos, que, por un momento, la eclosión ciudadana les había forzado a ejercer, para mostrar con dureza su verdadera naturaleza de siempre: herramienta de los poderosos. Como cualquier utensilio, ellos mismos entran en la subasta.

Aquel empresario alemán de vacaciones que decía que habían comprado a Alemania Oriental no hablaba como alemán sino como empresario capitalista, pero sus palabras eran verdaderas y el tiempo lo ha ratificado. Las lágrimas que se nos escaparon viendo a los berlineses destruir el muro con sus manos también eran verdaderas pero el tiempo las ha convertido en ingenuo sentimentalismo.

4 ene 2012

La economía y la física


La economía no es como la física. En economía además de tener razón o no, como en cualquier propuesta científica, se tienen intereses (en el sentido lucrativo), lo que no ocurre en física, biología, etc., al menos no de un modo tan manifiesto e inmediato El desconcierto que sentimos ante el debate de si debe combatirse el déficit prioritariamente, aunque castigue con la depresión y el paro, o de si debe atajarse la depresión a pesar del déficit, tiene como desencadenante la niebla que esparcen los intereses sobre las simples verdades científicas. Estos, además, generan actitudes políticas, toma de posiciones, lobbys… que enturbian mucho más el panorama.
Sabemos que la política no es más que la confrontación civilizada de intereses, es decir, sujeta a ciertas normas. Así pues las diferentes opciones en economía política no se dilucidan tanto en el terreno científico como en el político; o sea, dependen de qué intereses optemos por sacrificar. Y estos no son nunca individuales, sino de grupo, de clase, si escogemos la terminología desgastada, desprestigiada, también interesadamente.
Dicta la experiencia inmediata que los programas de austeridad ahondan en la crisis: después de que aparecieran algunos síntomas de recuperación, nuevas medidas restrictivas dictadas por el debilitamiento de la confianza en la deuda soberana nos ha devuelto a la peor situación. Por otro lado, todo el mundo sabe que en una crisis similar (1929) la curva no se tornó ascendente hasta que, abandonadas las medidas de austeridad,  se tomaron otras expansivas (New Deal, 1933/38). Ahora bien, una política semejante no es posible mientras no se apliquen actuaciones para sujetar y someter a los poderes financieros, que, de mantener la libertad actual, la harían imposible, como se ha visto con la crisis de la deuda. En el mantenimiento de la libertad de “los mercados” se juega la hegemonía absoluta de la burguesía financiera. El intento de salvaguardar esos intereses, más que el de resolver la situación en beneficio de la mayoría, ha hecho que se personen en los ejecutivos elementos destacados de esa  clase (Guindos, Monti, Papademos), lo que es inusual en situaciones de normalidad. Su misión no es otra que garantizar la aplicación de medidas que no pongan en riesgo el statu quo económico y social (mantenimiento de la posición relativa de su clase).
Pero, ¿por qué “los mercados” parecen actuar en contra de sus propios intereses a largo plazo al hacer imposible que se recurra a la deuda para obtener una rápida recuperación de la actividad económica? Las clases sociales, la burguesía financiera no es una excepción, tienen intereses comunes a todos sus componentes, por eso son clases, pero difícilmente logran la vertebración y organización necesarias para actuar al unísono y eliminar contradicciones (los marxistas lucharon durante décadas inacabables para lograr eso del proletariado, una clase infinitamente más numerosa y anárquica que la que nos ocupa). La actuación suicida de “los mercados” es producto de una contradicción, que se nos presenta como inevitable porque el principio base de su hegemonía es la libertad de acción, de modo que el interés por el beneficio inmediato, o de garantizarlo, se impone e imposibilita la recuperación a largo, que requiere precisamente la disciplina de los mercados, impuesta desde fuera, desde el Estado.
La burguesía financiera, nuestros señores de hoy, se debaten en una gran contradicción y luchan por superarla sin pérdidas o incluso, ¿por qué no? ganando solidez en su posición social. El problema es que los espasmos del combate amenazan con barrernos del mapa en el momento histórico en que comenzábamos a asomar cabeza (democracia, Estado del bienestar). La mala noticia es que, como en otras épocas de la historia, el común, las masas, el pueblo llano, o como quiera que llamemos a eso en donde tú y yo estamos, son fácilmente ninguneables, como demuestran los últimos acontecimientos; la buena, que las conquistas históricas se pueden perder, pero también se pueden utilizar para ganar el futuro.