Se habla de una generación perdida. La crisis habría
volatilizado las oportunidades y el porvenir de toda una generación que
trampeará para sostenerse durante décadas para caer en una vejez semejante a la
de nuestros abuelos. El progreso tecnológico y la globalización lucía con tonos
esperanzadores, pero resultó un espejismo. El futuro ha cambiado de color. La tecnología ha lubricado los mecanismos del
capital que se erige en campeón absoluto, y arroja a las clases medias
trabajadoras de la industria y los servicios al limbo de la inutilidad;
mientras, la globalización está logrando la igualación mundial de los que
perciben rentas del trabajo (con la excepción de la aristocracia gerencial) por
abajo, con sorpresa de ingenuos, pero según la lógica capitalista (y liberal)
más ortodoxa.