Con frecuencia he señalado que “la nación” o “el pueblo” son
ficciones y he denunciado el abuso que se hace de ellas con
habitual desparpajo y sin justificación suficiente. Sin embargo es preciso
decir a continuación que son ficciones, a lo que se ve, necesarias para
sustentar el entramado jurídico constitucional preciso para armar una
democracia. Si echamos un vistazo a las constituciones españolas desde 1812 a
1978 veremos que todas las que presentan una orientación progresista: 1812,
1837, 1869, 1931, 1978, residencian el poder, la soberanía, en la nación o el
pueblo españoles. En realidad ese es el primer dato que se considera para
homologarlas como democráticas.
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7 ene 2016
1 oct 2014
Hablemos claro
Los eufemismos tienen la función de orillar expresiones
políticamente incorrectas o que han evolucionado hasta convertirse en
inconvenientes. Así los decimonónicos ministerios de la guerra pasaron a denominarse
del ejército y, más tarde, de defensa; lo hicieron con la misma velocidad que
la guerra perdía su prístino prestigio – de única actividad honorable para un
noble en el Medievo a plaga generada por genocidas oportunistas− y fue ganando
posiciones la paz en la mentalidad colectiva. Naturalmente el proceso de
paulatino protagonismo de la ciudadanía en la política no es ajeno al cambio,
pero eso es otro asunto; la cuestión es que una institución cuyo fin era prepararse
para la guerra devino impresentable, a no ser que fuera sólo para defenderse.
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