13 oct 2015
El bolero de la indepedencia
6 jul 2015
La funesta manía de pensar
9 may 2014
Europa en la palestra
11 mar 2014
¿Existe una cultura europea?
11 ago 2012
Convidados de piedra
8 sept 2010
...se hace camino al andar
Los antiguos griegos pasaron siglos pugnando entre sí por situarse en su mundo por encima de los vecinos; en esa agitación colonizaron el Mediterráneo y crearon una civilización incomparable de la que nos enorgullecemos, situándola en nuestros orígenes. La guerra del Peloponeso fue el desiderátum de este conflicto permanente; después de ella las polis, arruinadas, exhaustas cayeron bajo la autoridad y el poder colonizador de sus propios herederos (macedonios, romanos). Europa repitió el modelo ampliando el escenario. Desde el S.XVI se formaron los estados nacionales compitiendo sin cesar por la hegemonía continental, mientras exploraban y colonizaban el mundo. El siglo XX produjo el gran conflicto, las dos guerras mundiales –en su origen, y fundamentalmente, un conflicto europeo–, a cuya finalización todo apuntaba a una salida semejante a la griega; sin embargo, de las ruinas y por efecto de la necesidad surgieron los primeros proyectos de cooperación europea (Comunidad Europea del Carbón y del Acero, Euratom), sobre ellos se ha construido paso a paso una estructura, en ocasiones tambaleante, cuando no demasiado compleja como para no perderse en ella, pero que hoy cuenta con un espacio sin fronteras, con políticas económicas comunes (PAC), con una armonización fiscal, con una moneda única, con un Banco Central Europeo… No hay una política exterior común ni una defensa única, pero todo se andará, mientras se perfecciona y se pule lo conseguido.
El impulso fue la necesidad. Ninguna gran idea, ninguna utopía dirigió el proceso, de haberlo hecho se habría empezado por la política y el fracaso hubiera estado asegurado. Se impuso la racionalidad para superar las contradicciones de cada momento, y la racionalidad y el consenso, trabajosamente obtenido, sigue siendo la herramienta básica. Si transferimos a la Unión los elementos emocionales, el irracionalismo que han construido y sostenido a los Estados nacionales, los mismos que hoy diluyen sus contornos en el seno de la comunidad ¿no estaríamos sembrando la semilla del fracaso? De la misma manera que en democracia las creencias religiosas deben ceñirse al ámbito de lo privado, en la Unión Europea deberíamos restringir el sentir nacionalista a las antiguas fronteras –al fin y al cabo ha cumplido su papel en el tira y afloja para la obtención de consensos– y no trocarlo en uno continental, que sería operación artificiosa; de hacerlo, en lugar de fortalecer, podríamos minar o deformar un proceso que ha prosperado precisamente porque se orillaron esos elementos. A algunos no nos ilusiona una Europa convertida en una supernación, por muy federal que sea, sino algo que supere a las que la forman, trascendiéndolas. Algo nuevo que debe surgir de la experiencia diaria, de la resolución de los conflictos cotidianos a la luz de la razón y con el arma del consenso posible, sin profetas que nos diseñen caminos, por muy amenos y apetecibles que se nos presenten. Crear una conciencia nacional europea, recurriendo inevitablemente a la manipulación de la historia, no sería más que volver al error: el rechazo a la integración de Turquía nace de que algunos se han construido un concepto tal de la esencia de Europa que la descarta; la exclusión es el fluido vital, la sangre de todo nacionalismo ¿Queremos eso?
Decía al principio que ya sólo podemos caminar hacia adelante, pero a cada paso se nos presentan bifurcaciones. Para elegir la más conveniente es muy sano mirar hacia atrás y comprobar por qué hemos llegado hasta aquí y cómo con otros desvíos o atajos nunca hubiéramos alcanzado este punto. A mi juicio, el buen europeísta no es el que tiene esbozado in mente su dibujo de la futura Europa, que le sirva de meta y estímulo, sino el que está convencido de que el mosaico de Estados nacionales en salvaje competencia, que era Europa, está obsoleto y que su superación por la vía de la cooperación y la coordinación, en sus múltiples variantes, es el futuro. Es suficiente bagaje, el único que portaban los que hasta ahora han sido los constructores de la UE.
Dijo el poeta: Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.
19 ago 2010
El rapto de Europa
La ola neoliberal procedente del Atlántico anglosajón, que inundó a Europa y al mundo desde las postrimerías del siglo pasado ha sido el marco en el que ha germinado la recesión. Ella aportó los nutrientes a esta mala hierba que asfixia a Europa sin excepción, pero con más saña a las economías más débiles. El FMI, concreción orgánica y punta de lanza del neoliberalismo, se permite, no ya amenazar, sino plantar sus reales en economías europeas (con la maliciosa y bobalicona inspiración de la poderosa Alemania, en manos de un gobierno de la misma cuerda). Si pasamos revista a la situación política de Europa nos encontramos con que salvo alguna excepción (Grecia, España…) todos los gobiernos son de derechas, más próximos a las tesis del neoliberalismo que a ninguna otra. La gestión de la crisis, por tanto, se está haciendo con sus instrumentos ideológicos y técnicos. No es que no haya otras alternativas, es que no hay poderes capaces de, o dispuestos a aplicarlas. Emplear políticas contracorriente es el privilegio de países poderosos, no es el caso de Grecia ni de España, aunque sus gobiernos estuvieran convencidos de la bondad de tal actitud, que tampoco parece ser la cuestión. Las crisis pueden verse como el fracaso de aspectos más o menos importantes del sistema en curso, pero también como instrumento de consolidación del capital; de hecho no se está produciendo una retirada de posiciones por su parte (en este caso, del capital financiero) sino un mayor acoso a los Estados y a sus instrumentos de financiación, caso griego y español.
Cada europeo tiene in mente una Europa diferente, pero si algo la ha definido frente al resto del mundo, si algo ha sido envidiado por sus excelentes resultados, han sido las políticas que con mucho gasto público, altos impuestos y concertación social avalada por los legislativos, ha logrado el mejor nivel de vida y de bienestar social, conocidos en el Mundo. Mientras el modelo así logrado sirvió para desarmar de argumentos, ante propios y extraños, al mundo tras el telón, ni USA ni nadie lo puso en cuestión; pero, tan pronto como la URSS se desmoronó (incapaz de seguir ofreciendo una utopía que en buena medida Europa la vivía con libertad y democracia), su bondad pasó a ser ineficiencia, despilfarro, reglamentismo, perversión recaudatoria, y, otra vez la manida moda retro de la libertad del mercado empezó a desmantelar una por una (primero Inglaterra, después Suecia…) las más altas torres del Estado del bienestar, que había sido el horizonte utópico en el que nos embarcamos millones de europeos. Hoy las recetas para salir (dicen) de la crisis son justo lo contrario de aquello que construyó a la Europa que nos deslumbró, de modo que lo que queda de aquel modelo amenaza ruina inminente.
¿Qué Europa queremos? La que nos han robado, diría yo. ¿Quiénes? Más útil que buscar a los cacos sería saber por qué lo hemos permitido; cómo es que caímos fascinados ante la quincallería que nos ofrecían los mercaderes; cómo es que elegimos para que nos gobernaran a los testaferros que nos ofrecían mientras nos embaucaban con sus baratijas; cómo es que nos dejamos aturdir con su palabrería de charlatanes de feria antigua.
En cada país hay un gobierno, cada gobierno lo es por unas elecciones libres, los partidos, los sindicatos y las demás instituciones de la democracia siguen existiendo, nosotros seguimos conservando el derecho al voto, la capacidad de movilización, la libertad de ciudadanos. Bastaría con utilizar todo el arsenal en la dirección correcta. No hay milagros… ni desgracia que no nos hayamos construido pasito a paso. Europa sería otra si los gobiernos de cada país fueran otros, con independencia de que estén mejor o peor diseñadas las instituciones europeas. De todos nosotros depende que se consume o no el nuevo rapto de Europa.
¡Ojo! el dios de estos tiempos viene disfrazado de banquero.
11 ene 2010
Europa en el paritorio
Lo quiera uno o no nos movemos siempre en el marco de un ideario que ha ido conformando nuestra personalidad a lo largo de nuestra biografía, sepa Dios cómo y por qué. El mío ha sido el materialismo; ya sé que con esto no digo gran cosa, pero se podría resumir apuntando que defiendo la prioridad de la realidad material sobre las ideas, que me parecen subordinadas a aquella. Sin embargo, no sin cierta incomodidad, he que reconocer que hay algunas ideas capaces de crear una realidad material (otra cosa es que aquellas hayan sido previamente emanación de una situación económica, social… determinada). La idea de nación, con su delimitación territorial, con su definición humana (etnia, lengua, historia…) es una de ellas: ¿Quién iba a decir a los saharauis de hace un siglo que algunos de sus descendientes estarían hoy dispuestos a morir por unas fronteras trazadas a capricho por los colonizadores y por los conceptos de nación y estado aprendidos de los mismos y que sólo para nombrarlos habrán tenido que hacer malabares con la semántica de su léxico habitual? Pero no quiero hablar del Sáhara (se me escapó por la reciente polémica a propósito de Aminatu Haidar) sino de Europa.
Las naciones europeas apenas tuvieron una raíz más auténtica. Emergieron de la ruina del feudalismo como sustento ideológico de unas estructuras jurídicas (Estados) que convenían al capitalismo naciente. Pero hoy son una realidad incuestionable que no se puede ignorar y, por serlo, influyen en cualquiera otra realidad política en formación. Ya no marcan la punta de lanza de la modernidad, sino que son más bien un elemento de retardo, porque la economía se ha mundializado y la cultura sigue el mismo camino, mientras que las estructuras políticas se debaten entre las fórmulas consagradas por la historia, pero ya anticuadas, y las que reclama el futuro.
A la UE no la veo como un proyecto de macro estado, de superpotencia, al estilo de USA, Rusia o China con las que poder competir, sino como una fórmula que, nacida de la cooperación de estados que ceden paulatinamente soberanía, supere el propio concepto de Estado y alumbre algo nuevo, algo que opte por la paz, la cultura y el bienestar, es decir, por el progreso, en lugar de por la competición, la confrontación y el dominio. No se trata de sustituir los 27 estados por uno más grande y poderoso, sino de minimizar la materialidad de todos ellos para permitir el funcionamiento de una estructura que los sustituya con ventaja, pero que no los imite, ¿acaso no estamos escarmentados? El modelo no debería ser EE.UU. ni ninguna otra cosa existente, si no queremos caminar hacia atrás; la tecnología moderna, la economía que tan rápidamente se ha adaptado a ella, la fusión cultural, todo reclama otra cosa.
El nacionalismo es quizás el obstáculo más importante en la construcción de la nueva Europa, pero a la vez la existencia y la resistencia de los estados nacionales pueden ser paradójicamente la mejor garantía del alumbramiento de una Europa nueva. La verdadera política, la que crea nuevos escenarios de convivencia, es el producto de una dialéctica entre lo nuevo y lo viejo. Lo ideal sería contar en estos momentos con buenos parteros capaces de llevar a feliz término el suceso y que los que esperamos impacientes, si no ayudamos, por lo menos no estorbemos, y sepamos reconocer la conveniencia de lo nuevo, aunque no traiga ni los ojos del padre (al fin y al cabo bizqueaba) ni la boca de la madre (a veces torcida).



