No sé si siento admiración o miedo ante esas personas que
piensan y siempre pensaron lo mismo, que ni la edad ni las demás circunstancias
personales o ambientales les hicieron desviarse del camino que descubrieron en
los comienzos. Imagino, en el caso de la edad, que la experiencia ha ido
ratificando una tras otra las conclusiones de sus pensamientos. Eso es
admirable sobre todo si comprobamos, como no podía ser de otra manera, que
estos pensadores monolíticos se encuentran en cualquier punto de la rosa de los
vientos ideológicos, lo que, si seguimos los preceptos de la lógica (no son
verdad a la vez una cosa y su contraria), induce a concluir que sufren algún tipo
de error en el proceso evaluador de su experiencia. Es muy posible que esas
personas no existan, que no sean sino la imagen que queremos proyectar en el
escenario del teatro/mundo y que, a fuer de representarla, la hemos asumido
como propia, ocultando las contradicciones internas salutífera o
conflictivamente. Quiero decir que algunos lo hacen tan eficientemente que
redunda para ellos en salud y tranquilidad, pero que cuando la artimaña es
chapucera conduce al conflicto interno, a la perplejidad y a la incertidumbre. Si
fuera así, casi con certeza yo estoy entre estos últimos.
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6 jul 2015
11 mar 2014
¿Existe una cultura europea?
¿Existe
una cultura europea? Si la respuesta fuese afirmativa ¿Cómo definirla o describirla?
En este momento en que la construcción de una unión europea parece imparable (a
pesar de la crisis y porque al superarla es de prever un salto adelante) estas preguntas
son pertinentes.
Cuenta la mitología clásica que Europa era una princesa
fenicia, semita según nuestros esquemas etno-históricos de hoy, que fue raptada
por Zeus. Se había mostrado ante ella como un manso toro blanco, pero tan
pronto la ingenua muchacha se encaramó confiada en su lomo emprendió la carrera
que ya no detuvo hasta llegar a Creta.
21 nov 2012
¿De quién fiarse?
La troika, ese organismo surgido
con la crisis de la deuda griega, portuguesa, etc., compuesto por los países acreedores
de la eurozona (todos), el BCE y el FMI, cosechó anoche su enésimo fracaso al
no ser capaz, de nuevo, de llegar a un acuerdo sobre las urgentísimas
necesidades financieras de Grecia. En medio del bosque de tecnicismos con que
los negociadores suelen enmascarar la realidad uno puede distinguir algunas
verdades: 1) que el FMI ha mantenido una postura que podríamos calificar de
comprensiva (¿Quién que haya seguido en el pasado, nada lejano, sus posiciones
ante la crisis latinoamericana podría creerlo?), proponiendo una quita, sin la
cual estima que Grecia es incapaz de pagar la deuda; 2) que los países de la
eurozona se niegan a la quita (es lo único en que están de acuerdo) y exigen
más recortes para garantizar el pago íntegro ¿Qué países de la eurozona?: Alemania,
¡Francia!, ¡¡Italia!!, ¡¡¡España!!! Visto lo cual la postura del BCE me parece
irrelevante, aunque no he llagado a leerla, seguramente porque el impacto de lo
anterior me había incapacitado para entender nada más.
Debe ser cosa de los políticos y
los banqueros, pensé. Al fin y al cabo la cumbre está compuesta en exclusiva
por especímenes de ambas especies, y… ya se sabe. La ciudadanía está hasta el
coco de unos y de otros y lo demuestra a diario, manifestándose en privado y
colectivamente, en los medios y en la calle. Lo que nos lleva a concluir,
parafraseando el conocido chiste de las moscas, que no puede ser que millones
de personas estén equivocadas a un tiempo.
Lo que pasa es que a renglón
seguido leo que las posturas no cambiarán hasta que no se celebren las
elecciones alemanas (esto se dice mucho, así que también será verdad), porque
Merkel, que, como todo el mundo sabe, es quien maneja la batuta, no quiere
arriesgarse a que sus paisanos la boten del gobierno por haber cedido ante los
lloriqueos de los griegos, portugueses, españoles y demás irresponsables
despilfarradores. Se deduce de lo anterior que una vez celebrados los comicios
y ya sin la presión ciudadana, el acuerdo será posible. ¡Claro! Es que la
democracia representativa, que dicen que ya no funciona, todavía es capaz de prescindir
de un gobernante no deseado aunque sea cada cuatro años. Deduzco que si no
hubiera elecciones y las decisiones emanaran directamente y en cada momento del
paisanaje, como dicen muchos que debe ser, es obvio que no habría que esperar a
nada, ¡ya se habría condenado a Grecia definitivamente hace mucho!
Que alguien me explique ¿De
quién no hay que fiarse? ¿De los políticos? ¿De los banqueros? ¿De los paisanos?
Empiezo a pensar que de quien no debo fiarme en absoluto es de mí mismo.
Si hubiera alguno de fiar pediría
hora al psiquiatra.
22 feb 2012
Se vende Estado, muy reformado
En los tiempos de la
reunificación de Alemania uno de mis vecinos habituales de vacaciones, empresario alemán, sin
hacer la mínima concesión al sentimentalismo por la caída del muro, me dijo:
«Hemos comprado a Alemania del Este». Deduje entonces que sus dificultades con
nuestro idioma no le habían facilitado la expresión de lo que pensaba. Ahora
estoy convencido de que sabía muy bien lo que decía. Ayer un grupo
sindicado del que Alemania es el alma,
pero del que formamos parte, si bien como palmeros, ha comprado ciertos
derechos sobre Grecia.
Habíamos pensado que la creación
de la UE había cambiado a Europa, que ya a nosotros no podían pasarnos las
cosas que habíamos visto en el pasado; por ejemplo, que un país perdiera su
soberanía o se viera mediatizado por otros al no poder atender a su deuda, o
que su moneda se viera zarandeada por la especulación o ciertos intereses
políticos económicos hasta convertirla
en papel inservible. La solidaridad entre los socios lo haría imposible. Cierto
que algunas cosas han cambiado, pero sólo para que las que de verdad importan no
cambien, según el famoso principio lampedusiano.
Los que defienden las tesis y
las actitudes del actual gobierno alemán argumentan que de no actuar así,
aparte de no salvarse Grecia, serían Alemania, Francia… las que acabarían
mediatizadas por… ¿USA? ¿Algún o algunos países emergentes? Y entonces ¿qué
quedaría de la UE?
Puede que lleven razón; pero,
eso demuestra que la economía, los mercados, los poderes financieros, o como
quiera que debamos llamarlos, señorean el Mundo y han sometido con descaro (en
situaciones de emergencia no valen disimulos) a la política, es decir a la
democracia, a la voluntad popular. En otras palabras, que nada cambió, aunque
pareciera que había cambiado todo.
Tan es así que, escarbando un
poco, descubrimos que el litigio no es entre estados, ni siquiera entre algunos
de ellos y el mercado, esa entidad sin rostro, pese a lo que la superficie
parecía decirnos, y es que se invocan en vano, otra vez, los nombres de las
naciones. La lucha verdadera se libra entre unas clases que operan desde sus
fortalezas de acero y cristal (la Citiy,
Wall Street…), con nombres y rostros,
y la gente común, de la que se diferencian por la monumental desproporción
entre las rentas de unos y las de los otros.
En otro tiempo la burguesía
industrial ostentaba rentas insultantes para los trabajadores de sus empresas,
a los que se aplicó la denominación antigua de proletarios, porque como la
plebe de la antigua Roma, sólo poseían a su propia prole, que pudiera, explotándola,
aliviar la miseria en que les aherrojaba el trabajo industrial. También
entonces se recurrió al nombre “sagrado” de la patria para despistar y
fragmentar la marea arrolladora del movimiento obrero; con bastante éxito, todo
hay que decirlo.
En los últimos años las
diferencias de renta se han disparado de nuevo, no son ya menores que las de
aquella época. Sólo que entre los explotados ya es imposible encontrar aquel
núcleo revolucionario del proletariado, que ha perdido el nombre y, con él, la conciencia de clase, el arma que
ellos emplearon para lograr las conquistas que, con el tiempo, nos confundieron
y nos hicieron pensar que la explotación era cosa de otros tiempos.
En esta nueva, o, más bien,
rediviva situación los estados han dejado de cumplir la misión de garantes de
derechos, que, por un momento, la eclosión ciudadana les había forzado a
ejercer, para mostrar con dureza su verdadera naturaleza de siempre: herramienta
de los poderosos. Como cualquier utensilio, ellos mismos entran en la subasta.
Aquel empresario alemán de
vacaciones que decía que habían comprado a Alemania Oriental no hablaba como
alemán sino como empresario capitalista, pero sus palabras eran verdaderas y el
tiempo lo ha ratificado. Las lágrimas que se nos escaparon viendo a los
berlineses destruir el muro con sus manos también eran verdaderas pero el
tiempo las ha convertido en ingenuo sentimentalismo.
12 jun 2010
Daniel Cohn-Bendit en el Parlamento Europeo
Este video que os ofrezco hoy circula desde hace semanas por la web y muy probablemente lo habréis visto ya. Yo lo he recogido del estupendo blog de Fco. Álvarez Molina No le digas a mi madre que trabajo en bolsa, pero lo incluyo en el mío sin dudarlo porque necesitamos de vez en cuando confirmarnos en la idea de que todos los políticos no son iguales. Va a ser que somos unos mantas a la hora de elegir…
Una apasionada invectiva como la de Cohn-Bendit contra la herrumbre de las instituciones y la hipocresía y la pasividad culpables nos reconcilia con la llamada clase política y con las instituciones europeas.
No está todo perdido.
Una apasionada invectiva como la de Cohn-Bendit contra la herrumbre de las instituciones y la hipocresía y la pasividad culpables nos reconcilia con la llamada clase política y con las instituciones europeas.
No está todo perdido.
24 may 2010
Brújula para occidentales. ¿Raíces afroasiáticas en nuestra civilización?
La manía (y la necesidad) de clasificar, definir, encasillar, que llega al frenesí en el natural didactismo de la escuela, nos condiciona la visión de la realidad. Con frecuencia las palabras, las herramientas conceptuales que usamos para captar y entender el entorno, crean nuevas realidades, de modo que se hace cierta la idea de que el estudio de un hecho, lo modifica. Por eso, podemos sugerir que el pasado histórico no existe, sino más bien distintas visiones del mismo.
Los que nos autodenominamos occidentales creemos en la singularidad de nuestra civilización y en que no debe nada sustancial a aquellas que clasificamos como orientales, africanas, etc. (eludamos el hecho de que la mayoría de los países europeos son, geográficamente hablando, mas orientales que el Magreb, que, por cierto, significa el Occidente). Es más, salvo en algún caso, como el de Irán, suponemos que las culturas orientales y africanas se sustentan sobre una base étnica semita o camita, mientras que la occidental es de origen ario: tres conceptos que se crearon para clasificar lenguas (uno de ellos, camita, sin otro fundamento que agrupar a las que no encajaban en los otros dos)1; sin embargo, pasaron en seguida a designar supuestas razas, lo que no es más que una estúpida falsificación, que ha tenido un éxito monumental e injustificado.
Los griegos clásicos, libres de estos prejuicios pseudocientíficos, estaban convencidos de que una buena parte de los elementos claves de su cultura habían nacido en lo que hoy llamamos oriente o en el N. de África: Herodoto escribió que el panteón griego procedía en su casi totalidad del egipcio: desde Zeus/Amón a Atenea/Neit, pasando por Apolo/Horus. El propio alfabeto griego es una adaptación del fenicio, con la aportación de los signos vocálicos; el 40% de su léxico procede del egipcio, cananeo, fenicio, etc., sumando tantos vocablos como los de raíz indoeuropea. La ciencia griega es igualmente deudora de la egipcia: conocemos de antiguo la estancia de Pitágoras en Egipto y, hoy, que su famoso teorema era conocido en Egipto porque aparece en uno de los problemas del Papiro Ahmes (Papiro Rhind); el papel central que Platón daba a la geometría en el conocimiento racional (Nadie entre que no sepa geometría, se dice que rezaba en el frontispicio de la Academia) es de origen egipcio y muchos de los logros que se atribuyen a Arquímedes, Eudoxo, etc., y que culminaron en la escuela de geometría de Euclides en Alejandría (Egipto) tienen igual presencia en el Rhind y otros papiros muchos años antes, según parece; de la medicina y de la astronomía se puede decir otro tanto.2
De los griegos se puede inferir que recopilaron este saber con el que protagonizaron un auténtico renacimiento y liberaron a la filosofía y a la ciencia (indisociables en la época) del hermetismo y el carácter esotérico que tuvo en Egipto; pero, si bien no siempre señalaron en los casos particulares la paternidad de sus logros, si que reconocieron en general el magisterio foráneo, especialmente egipcio. La observación de un mapa histórico del Mediterráneo oriental nos muestra una imbricación de las poblaciones griegas y las semíticas y egipcias; lo absurdo hubiera sido un desarrollo a espaldas unas de otras: las ciudades griegas de Asia Menor fueron las protagonistas de la eclosión del pensamiento científico (VII y VI a.C.) y Alejandría en Egipto vivió el último esplendor helenístico antes de que agonizara la antigüedad (IV y V d.C.).
La historia de Grecia nos la han explicado a golpe de invasión, cómo no: invasión de los aqueos, invasión de los dorios… siempre viniendo del Norte, nada que ver con el mundo mediterráneo. Cuando se profundiza mínimamente, nos sorprende la debilidad de los argumentos que sostienen esta hipótesis, pero salva algo fundamental, a saber: que el origen de la civilización griega, germen a su vez de la civilización occidental, nada tiene que ver con África y Oriente, que, en todo caso, fueron más o menos helenizados en algún momento. Faltaría más.
En 1987 el historiador británico Martín Bernal publicó Atenea negra. Las raíces afroasiáticas de la civilización3, levantando una monumental polémica. Sostiene que la explicación (“modelo antiguo”) que vinculaba a Grecia con África comenzó a romperse a partir del interés que Lutero puso en el griego por la nueva traducción de la Biblia; en el XVIII los alemanes se miraban ya en Grecia como en un espejo (sin unidad política pero con excelencia cultural) y W. Humboldt, fundador de la universidad de Berlín (1793), al trazar las grandes líneas del sistema educativo, colocó en su centro el estudio de la antigüedad griega; en el XIX la guerra de Grecia con Turquía por la independencia fue un revulsivo en las conciencias europeas, identificadas con los helenos frente al Islam, sentimiento reforzado por el movimiento romántico (Byron, Shelley); en seguida, este sentir se reforzaría con la eclosión racista que, por la lengua indoeuropea, vincularía a los griegos con la raza aria, como los germanos. El círculo estaba cerrado, los griegos trascenderían su condición mediterránea para constituirse en padres del mundo occidental. La historiografía acuñó desde entonces un prototipo cultural exento de contaminación semita o camita, ario puro; unos fantasmales helenos de rizos dorados y ojos claros, tal y como vivían en las mentes germánicas: la Grecia que se nos ha inculcado a todos los europeos en la escuela. El libro de Martín Bernal rompe con esta mistificación historiográfica y por eso es excelente.
_______________
1 Racismo y pensamiento moderno: el ejemplo de la invención de los camitas. J. M. CABEZAS. Univ. Barcelona.
2 Síntesis sistemática de la filosofía africana. NKOGO ONDÓ. Barcelona, 2005.
3 La edición en castellano de Ed. Crítica está agotada.
Los que nos autodenominamos occidentales creemos en la singularidad de nuestra civilización y en que no debe nada sustancial a aquellas que clasificamos como orientales, africanas, etc. (eludamos el hecho de que la mayoría de los países europeos son, geográficamente hablando, mas orientales que el Magreb, que, por cierto, significa el Occidente). Es más, salvo en algún caso, como el de Irán, suponemos que las culturas orientales y africanas se sustentan sobre una base étnica semita o camita, mientras que la occidental es de origen ario: tres conceptos que se crearon para clasificar lenguas (uno de ellos, camita, sin otro fundamento que agrupar a las que no encajaban en los otros dos)1; sin embargo, pasaron en seguida a designar supuestas razas, lo que no es más que una estúpida falsificación, que ha tenido un éxito monumental e injustificado.
Los griegos clásicos, libres de estos prejuicios pseudocientíficos, estaban convencidos de que una buena parte de los elementos claves de su cultura habían nacido en lo que hoy llamamos oriente o en el N. de África: Herodoto escribió que el panteón griego procedía en su casi totalidad del egipcio: desde Zeus/Amón a Atenea/Neit, pasando por Apolo/Horus. El propio alfabeto griego es una adaptación del fenicio, con la aportación de los signos vocálicos; el 40% de su léxico procede del egipcio, cananeo, fenicio, etc., sumando tantos vocablos como los de raíz indoeuropea. La ciencia griega es igualmente deudora de la egipcia: conocemos de antiguo la estancia de Pitágoras en Egipto y, hoy, que su famoso teorema era conocido en Egipto porque aparece en uno de los problemas del Papiro Ahmes (Papiro Rhind); el papel central que Platón daba a la geometría en el conocimiento racional (Nadie entre que no sepa geometría, se dice que rezaba en el frontispicio de la Academia) es de origen egipcio y muchos de los logros que se atribuyen a Arquímedes, Eudoxo, etc., y que culminaron en la escuela de geometría de Euclides en Alejandría (Egipto) tienen igual presencia en el Rhind y otros papiros muchos años antes, según parece; de la medicina y de la astronomía se puede decir otro tanto.2
De los griegos se puede inferir que recopilaron este saber con el que protagonizaron un auténtico renacimiento y liberaron a la filosofía y a la ciencia (indisociables en la época) del hermetismo y el carácter esotérico que tuvo en Egipto; pero, si bien no siempre señalaron en los casos particulares la paternidad de sus logros, si que reconocieron en general el magisterio foráneo, especialmente egipcio. La observación de un mapa histórico del Mediterráneo oriental nos muestra una imbricación de las poblaciones griegas y las semíticas y egipcias; lo absurdo hubiera sido un desarrollo a espaldas unas de otras: las ciudades griegas de Asia Menor fueron las protagonistas de la eclosión del pensamiento científico (VII y VI a.C.) y Alejandría en Egipto vivió el último esplendor helenístico antes de que agonizara la antigüedad (IV y V d.C.).
La historia de Grecia nos la han explicado a golpe de invasión, cómo no: invasión de los aqueos, invasión de los dorios… siempre viniendo del Norte, nada que ver con el mundo mediterráneo. Cuando se profundiza mínimamente, nos sorprende la debilidad de los argumentos que sostienen esta hipótesis, pero salva algo fundamental, a saber: que el origen de la civilización griega, germen a su vez de la civilización occidental, nada tiene que ver con África y Oriente, que, en todo caso, fueron más o menos helenizados en algún momento. Faltaría más.
En 1987 el historiador británico Martín Bernal publicó Atenea negra. Las raíces afroasiáticas de la civilización3, levantando una monumental polémica. Sostiene que la explicación (“modelo antiguo”) que vinculaba a Grecia con África comenzó a romperse a partir del interés que Lutero puso en el griego por la nueva traducción de la Biblia; en el XVIII los alemanes se miraban ya en Grecia como en un espejo (sin unidad política pero con excelencia cultural) y W. Humboldt, fundador de la universidad de Berlín (1793), al trazar las grandes líneas del sistema educativo, colocó en su centro el estudio de la antigüedad griega; en el XIX la guerra de Grecia con Turquía por la independencia fue un revulsivo en las conciencias europeas, identificadas con los helenos frente al Islam, sentimiento reforzado por el movimiento romántico (Byron, Shelley); en seguida, este sentir se reforzaría con la eclosión racista que, por la lengua indoeuropea, vincularía a los griegos con la raza aria, como los germanos. El círculo estaba cerrado, los griegos trascenderían su condición mediterránea para constituirse en padres del mundo occidental. La historiografía acuñó desde entonces un prototipo cultural exento de contaminación semita o camita, ario puro; unos fantasmales helenos de rizos dorados y ojos claros, tal y como vivían en las mentes germánicas: la Grecia que se nos ha inculcado a todos los europeos en la escuela. El libro de Martín Bernal rompe con esta mistificación historiográfica y por eso es excelente.
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1 Racismo y pensamiento moderno: el ejemplo de la invención de los camitas. J. M. CABEZAS. Univ. Barcelona.
2 Síntesis sistemática de la filosofía africana. NKOGO ONDÓ. Barcelona, 2005.
3 La edición en castellano de Ed. Crítica está agotada.
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