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10 nov 2014

¿Es sostenible la sostenibilidad?

El Sol, la estrella de la que dependemos absolutamente, es un horno nuclear que algún día agotará su combustible. En ese momento todo el sistema solar habrá colapsado. El mismo pronóstico se puede hacer extensible a la Galaxia. Cualquier estudiante de secundaria sabe que el segundo principio de la termodinámica, que constata el inevitable crecimiento de la entropía, pronostica la muerte térmica del Universo. Podemos asegurar que nada hay sostenible en el Mundo, ni siquiera el propio Universo, incurso en un derroche descomunal de sus propios recursos. No sabemos si existen otros universos, despreciando la semántica del vocablo −la física es lo que tiene−, pero éste parece tener los ‘días’ contados, según todos los indicios.

23 abr 2013

¿Calentamiento global?


En la segunda mitad de los 50 era un adolescente. Por entonces me había aficionado a la lectura y devoraba cualquier cosa que cayera en mis manos, por supuesto también la prensa. Ciertos titulares leídos en aquel tiempo los he conservado en la memoria como se conservan olores, imágenes lejanas sin que sepamos muy bien por qué. Recuerdo con nitidez algunos que anunciaban la proximidad de un periodo glacial, dado que el clima se había recrudecido en la mitad del siglo y, según los cálculos de los paleoclimatólogos, ya tocaba una nueva glaciación, suponiendo que el ritmo  temporal de las anteriores continuara. Hoy no sólo se ha alejado tal perspectiva sino que se habla de calentamiento global.

10 ago 2010

La destrucción de la Costa del Sol

El vertido en el Golfo de Méjico, los incendios en Rusia, son catástrofes sobre el medio ambiente que nos conmocionan; sin embargo, estos episodios esporádicos, auténticos cataclismos por sí mismos, que dejan cicatrices durante años, se superan con más facilidad que la huella transformadora del lento discurrir de las actividades que genera el crecimiento económico. Las catástrofes puntuales se deben a errores de cálculo, a la desidia o a la falta de prevención, alarman las conciencias y, pasado el paroxismo de la destrucción, se ponen medios para recuperar la situación anterior, lo que, con fortuna, puede lograrse. Sin embargo, la degradación más lenta que sobre el medio genera la lucha por mejorar las codiciones vida, por el progreso económico, no se percibe hasta pasadas generaciones y la recuperación, con frecuencia, se hace imposible. Los ejemplos de estas catástrofes sostenidas en el tiempo e irreversibles son numerosísimos y no se limitan a nuestra época; lo difícil sería escoger alguno entre tantos tan aleccionadores, pero la reciente y mediática estancia de M. Obama en la Costa del Sol1 me mueve a hablar de ella.
La costa del Mediterráneo andaluz ha sufrido históricamente varios envites en su degradación, hasta el horror presente. Primero fue la desforestación, proceso que duró varios siglos pero que tuvo dos causas distintas, ambas relacionadas con la industria: la construcción naval que requería enormes cantidades de madera y que fue un cáncer para todas las regiones costeras del Antiguo Régimen; la industria del hierro, ya que, aunque muchos lo ignoren, los primeros altos hornos que se instalaron en España estuvieron en la costa de Málaga. El hierro procedía de la Sierra de Marbella, pero se carecía de carbón y las pésimas comunicaciones, que ni para eso se mejoraron, hacía imposible traerlo de Sierra Morena, a poco más de 100 km., así que se recurrió a la madera con las consecuencias lógicas: mala calidad del metal, baja productividad, pero también deforestación galopante. Naturalmente, cuando la fachada del norte peninsular estuvo disponible para esa actividad, las ferrerías malagueñas cerraron, dejando el recuerdo y la destrucción.

A partir de los años cincuenta del siglo XX comenzó la sistemática devastación de la franja costera en aras del turismo. La nueva actividad prometía convertir a la zona en Jauja, por lo que el capitalismo más salvaje se adueño de la situación. La construcción, prácticamente sin freno, lo invadió todo: pequeñas llanuras costeras, deltas y cauces de los ríos, cornisas y laderas de las sierras que asoman al mar, hasta las mismas playas, hundiendo los cimientos en sus arenas. Hoteles, puertos deportivos, urbanizaciones de chalets, bloques de apartamentos y la más reciente perversión de los adosados y los campos de golf. Todo tan caótico que después de muchas décadas de boom turístico la abarrotadísima carretera de la costa aún no se había convertido en autovía, y a nadie se le ocurrió trazar una línea ferroviaria que uniera todos los puntos de la costa. Las infraestructuras son altamente deficientes, pero lo peor, lo dramático, es que la costa ha desaparecido bajo millones de toneladas de cemento y las playas originales tienen dificultades para mantenerse porque la construcción de puertos deportivos, espigones y otros elementos, han cambiado el perfil costero y las corrientes, por lo que necesitan aportes de arena anuales en cantidad creciente. Nadie que conociera la región antes de la debacle sería capaz de reconocerla hoy. Pero no es la añoranza, sino la fealdad de la zona de explotación más antigua (Torremolinos, Benalmádena, Fuengirola e incluso Marbella) lo que invita a las lágrimas.

La costa oriental se vio menos afectada por el turismo o lo ha sido más tardíamente, así que los efectos son menos negativos; para compensar, en Almería se descubrió otro El Dorado, la nueva agricultura, que ha convertido a una de las provincias más pobres de España en una de las más prósperas, aunque a cambio de cubrirse de un mar de plásticos y de arruinar sus acuíferos esquilmados o salinizados por la sobrexplotación.

En conjunto un paraíso climático y paisajístico, convertido en un infierno de cemento y plástico de fealdad infinita, pero que, sin embargo, sigue atrayendo turistas que parecen disfrutar del clima y de los oasis kitsch de los hoteles y urbanizaciones. ¿Cómo revertir la situación? La verdad es que hay pocas esperanzas. Pueden arreglarse cosas, algo se está haciendo, pero una solución integral es, a estas alturas, imposible. Una catástrofe lenta, camuflada tras la máscara del progreso, que ha empobrecido la prometedora variedad económica de la región y que ha convertido en artificial un bello paisaje original; más grave, mucho más grave que los incendios que asfixian Moscú o los millones de barriles vertidos en el Golfo.

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Ver el informe de Green Peace Destrucción a toda costa, recientemente publicado (julio, 2010).

1 Costa del Sol es una marca comercial que se ha convertido en denominación geográfica a causa de su éxito.
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21 may 2009

Un equilibrio frágil

Vivimos en un planeta al que una portentosa serie de casualidades ha convertido en un solar apto para la vida e incluso para que nuestra especie se sienta cómoda, pero esa situación es inestable y parece frágil. En el sistema solar sólo una estrecha franja, en la que se halla la Tierra (ecósfera) reúne condiciones. Permanecer en esa zona es una condición primaria, pero no la única: hace tiempo que sabemos que el clima ha oscilado en la tierra de tal modo que se ha situado en varias ocasiones al límite de lo tolerable para la vida hasta el punto de producirse varias extinciones masivas de especies, en algún caso hasta del 95% (en el Pérmico, cuando se formó un solo continente, Pangea, mucho antes de extinguirse los dinosaurios en el Cretácico quizá por el efecto invernadero que produjo la caída de un meteorito); las oscilaciones térmicas se han hecho más frecuentes en los últimos tiempos (último millón de años), produciendo una alternancia de períodos fríos (c.10ºC) y cálidos (c.15ºC). A la especie humana le ha tocado vivir este tiempo precisamente, entre periodos glaciares e interglaciares; los últimos 10.000 años, los de la civilización, se corresponden con un periodo cálido interglaciar. Dentro de la tendencia general del planeta al enfriamiento desde hace cientos de millones de años, el fin próximo de la interglaciación que vivimos anuncia un nuevo enfriamiento y, sin embargo estamos preocupados por el calentamiento global.

Las causas de tanta inconstancia en el mantenimiento de las temperaturas parecen estar en algunas irregularidades en la inclinación del eje y en la órbita terrestre, razones astronómicas. Pero además la geología es fundamental en el clima: la distribución de los continentes y que la circulación de las aguas oceánicas tengan abierto o no el acceso a los polos determina altas o bajas temperaturas respectivamente; ya hemos visto lo ocurrido cuando todas las tierras se reunieron en un continente en el Pérmico. Sin embargo el tiempo geológico y el nuestro tienen ritmos muy dispares, por eso no podemos verlo como una amenaza.

La biota (conjunto de la flora y fauna) también es capaz de alterar las condiciones químicas y climáticas. Sabemos que el abundante oxígeno que contiene nuestra atmósfera es un producto de desecho de determinadas bacterias que lo produjeron en cantidades ingentes, pero gracias a ellas estamos aquí contando o leyendo esto. Muchas algas producen dimetilsulfuro, un gas que al reaccionar con el oxígeno permite que se condense vapor de agua haciendo el efecto de sembrador de nubes, las cuales al hacerse abundantes impiden que llegue la radiación solar al suelo, produciendo un enfriamiento y, a su vez, una reducción de las algas; pero al disminuir éstas, disminuirán también las nubes y subirán las temperaturas permitiendo que empiece un nuevo ciclo. En este caso, el bucle tiene la virtud de funcionar como un termostato que mantiene las temperaturas constantes. Este fenómeno lo utilizó Lovelock para explicar su teoría llamada Hipótesis Gaia (Gea en castellano), que pretende que los organismos vivos, sin saberlo, crean las condiciones necesarias para su permanencia neutralizando las alteraciones climáticas o químicas que les serían desfavorables.

Hay una especie, la nuestra, que ha proliferado tanto y tiene tal capacidad de adaptación que ha invadido casi todos los nichos del planeta, con la excepción de la Antártida, algunos desiertos, los restos de selvas ecuatoriales que subsisten y la alta montaña; las zonas templadas las ocupa con densidades altísimas; ha modificado de tal forma el medio que salvo en las zonas indicadas ha creado por todas partes un nuevo paisaje; ha manipulado la flora y la fauna seleccionando y modificando las especies que le son útiles y eliminando las que le estorban convirtiéndose en el principal destructor de la biodiversidad; aprendió a utilizar la energía de otras especies y recientemente a obtenerla de los recursos fósiles almacenados durante miles de millones de años de la historia terrestre, liberando a la atmosfera cantidades inmensas de CO2. La modificación del paisaje, la proliferación de los desechos y la alteración de la composición de la atmósfera son herramientas tan poderosas que están generando un cambio climático hacia un calentamiento de consecuencias imprevisibles.

La desaparición de algunas culturas o civilizaciones se produjo por una catástrofe ecológica, inducida o no por su propio desarrollo ¿Nos espera el mismo futuro pero a escala global, como corresponde a la nuestra? Desde cualquier punto de vista el impacto de la humanidad sobre la biosfera carece de precedentes

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26 abr 2009

La confusión de los transgénicos


En los años 80 se consiguió la producción y comercialización de insulina humana a base de aislar y cortar el gen responsable, que se insertó en la bacteria Eschericia coli, cultivándola después para obtener muchas de ellas y extraerles la insulina producida. El avance consistió en que ya no es necesario utilizar la de las vacas y cerdos, evitando los problemas de incompatibilidad que acarreaba y, lo que no es menor ventaja, se ha producido un abaratamiento drástico del producto. Nadie desde ningún punto de vista rechazaría hoy este avance vital para millones de diabéticos, y, sin embargo, es un producto transgénico, logrado mediante la manipulación que permite la ingeniería genética, de forma idéntica a como se opera en los cultivos modificados.
Los transgénicos están presentes en otras ramas de la medicina: vacuna de la hepatitis B, hormona del crecimiento, eritoproyetina, anticuerpos monoclonales, anticoagulantes, factores de la coagulación, etc.; por no hablar de los ratones y ratas de laboratorio transgénicos para lograr una mayor semejanza con los humanos, en la lucha contra muchas enfermedades, como el cáncer.[i] No sé de nadie que esté en contra de estos procesos y logros extraordinarios por muy transgénicos que sean los productos y las cobayas.
Hace unos 10.000 años aprendió el hombre a controlar el ciclo vital de plantas y animales, es decir inventó o descubrió la agricultura y la ganadería. Desde entonces la casi totalidad de las tierras habitables han sido drásticamente modificadas, miles y miles de especies de plantas y animales han desaparecido y otras han sido modificadas hasta resultar irreconocibles. Todo ello por la mano del hombre, sin siquiera conocer los mecanismos que ponía en marcha con su acción, sólo por la necesidad de asegurarse la subsistencia. Desde los años 80 sabemos hacer lo mismo que hemos hecho a lo largo de siglos, pero con conocimiento de causa, en una sola acción y con mucha mayor eficacia y alcance, mediante las técnicas de ingeniería genética. Significa incrementar la productividad y la eficiencia de modo hasta ahora impensable. Es cierto que puede afectar a la biodiversidad, como lo hizo la agricultura y la ganadería desde siempre, pero no parece tener fundamento el temor a la ingestión de organismos modificados, que ni en la teoría ni en la práctica tiene justificación. No se ha documentado ni un solo caso de trastornos, malformación o enfermedad por causa de transgénicos, sin embargo conocemos de sobra la masacre del hambre y lo pernicioso de los pesticidas, terrenos ambos en los que aquellos pueden ayudar sustancialmente.
¿Por qué entonces el temor y la animadversión desatada contra los transgénicos? ¿Por qué las campañas y movilizaciones? ¿Por qué las prohibiciones de algunos Estados?
En primer lugar, existe hoy una desconfianza profunda hacia la ciencia, producto, sin duda, de la ignorancia: recientemente se ha hecho pública una encuesta que muestra que sólo el 53.4% de los españoles cree que la ciencia trae más beneficios que perjuicios. Los movimientos conservacionistas, que realizan una tarea insustituible, no están exentos de sectarismo, demagogia y fundamentalismo y, hoy, sustituyen a la antigua izquierda, desprestigiada y desmovilizada, en la lucha contra el sistema, movilizando a las masas, pero mezclando argumentos de la izquierda tradicional con el conservacionismo, que les es propio, creando una confusión, según parece, buscada. Las ONGs conservacionistas tienen en el espacio público y en la movilización la garantía de su subsistencia, pero los científicos sólo hablan a través de las revistas especializadas, fuera del alcance del gran público, siempre serán aquellas las que obtengan el favor popular. Para colmo, muchos gobiernos están hoy fuertemente marcados por la ola de populismo y parecen gobernar a golpe de encuesta, aceptando cualquier sugerencia que haya alcanzado suficiente popularidad, lo que, dicho sea de paso, no es más democracia sino más demagogia.
Entre la ignorancia y la confusión de objetivos nos encontramos rechazando a los transgénicos cuando en realidad lo que queremos es impedir el poder de las transnacionales gigantes (Monsanto). Pero la lucha pura y cruda contra el capitalismo (multinacionales explotadoras con fines sólo economicistas) y sus instrumentos jurídicos (derechos de propiedad) no movilizan, es mejor añadirles un toque de conservacionismo, que está de moda y queda muy bien. Sin embargo, utilizar la ignorancia y generar confusión no es revolucionario, más bien todo lo contrario. También hay ingenuidad: en los comienzos de la revolución industrial los obreros confundieron la querencia explotadora del capitalismo con los efectos de las nuevas tecnologías y emprendieron una lucha feroz contra las máquinas (ludismo) ¿No estamos en una reedición del mismo problema, ampliado por la omnipresencia de los medios?


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[i] La información sobre este párrafo, y alguna otra la obtuve de Transgénicos que salvan vidas de Esther Samper.





1 ago 2008

Transgénicos

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Las innovaciones siempre motivan desconfianza, salvo en aquellas personas que, por una especial configuración de su personalidad cuya causa desconozco, adoran todo aquello que puede calificarse de novedoso. Son dos formas contrapuestas de encarar los cambios, pero yo creo que la primera expresa un reflejo natural de nuestra especie, quizá de todas, porque la costumbre, lo conocido, genera seguridad en nuestro espíritu y al revés. Aún así ha habido épocas más proclives que otras a aceptar las novedades. En las últimas décadas del XIX la fe en las ciencias y en el progreso tecnológico alcanzó su punto álgido, se entreveía una utopía en la que la humanidad se libraba de las lacras que la habían esclavizado durante milenios, gracias a su concurso. Pero, nada más pasar el siglo, en la primera guerra mundial, se aplicaron para la destrucción los grandes avances de la investigación y los progresos técnicos, como nunca antes ocurriera; en la segunda y, sobre todo, en la posguerra –Guerra fría–, ciencia y tecnología se pusieron plenamente al servicio de la política de confrontación: el sueño se transformó en pesadilla, los avances científicos parecían estar destinados a la destrucción global. Y… aquellos polvos trajeron estos lodos: ahora los avances de la investigación generan siempre un movimiento reflejo de desconfianza. El pensamiento y los movimientos conservacionistas se han enfrentado con frecuencia a los científicos, y estos encuentran dificultades para hacer llegar a la opinión pública la bondad y la necesidad de su trabajo.

Uno de los dominios de las ciencias protagonistas de los avances más espectaculares de nuestro tiempo es la biología. La ingeniería genética va a revolucionar, si la dejan, la agricultura, y puede en no mucho tiempo erradicar plagas, multiplicar rendimientos, extender los cultivos a zonas ahora incultas, por citar sólo algunas de sus posibilidades. Algo se ha conseguido ya, pero en medio de una lucha titánica con la desconfianza y el recelo. Los cultivos modificados genéticamente, los transgénicos, están teniendo entre muchos de los grupos conservacionistas el mismo rechazo que las iglesias oponen, con argumentos morales o teológicos, a los avances biológicos en la reproducción humana o para la lucha y prevención de algunas enfermedades.
No importa que minuciosos y repetidos estudios traten de convencer de la inocuidad para la salud de tales cultivos; hay, parece, algo más que la necesidad de argumentos racionales. Además permanentemente se agregan nuevos motivos para el rechazo: empobrecimiento de la biodiversidad, como si en los milenios de agricultura no hubiéramos alterado, eliminado, seleccionado miles de especies; entrega a las multinacionales del control de la agricultura por el domino sobre las patentes, como si el sector no estuviera ya en manos de multinacionales – sin el permiso de Cargill, Bunge y Archer Daniel Midland Company no se mueve ya un grano de cereal en el mundo–. Los problemas de biodiversidad habrá que atajarlos con otros planes y, por supuesto, la concentración de capital y sus nefastos efectos nada tienen que ver con la biología.

Estoy convencido que el tiempo hará triunfar a la sensatez y, sin que desaparezca la oposición ecologista que será un acicate para un mejor control de posibles excesos, los cultivos modificados genéticamente proliferarán y espero contribuyan decisivamente a erradicar la subalimentación y el hambre en tantas áreas. En estos momentos la crisis de precios de los productos alimentarios ha actualizado el debate en los dos frentes, el del comercio –ronda de Doha de la OMC– y el de la viabilidad de los transgénicos, ¿sacaremos algo en claro? Estemos atentos.

20 jul 2008

La hipótesis Gaia

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… eso significa que Gaia es una especie de conciencia colectiva -dijo Pelorat.
Trevize asintió.
- Ya lo había deducido... En ese caso, Bliss, ¿quién gobierna este mundo?
- Se gobierna a sí mismo. Esos árboles crecen espontáneamente. Sólo se multiplican hasta el punto necesario para sustituir a aquellos que han muerto. Los seres humanos recogen las manzanas que necesitan; otros animales, incluidos los insectos, comen su parte... y sólo su parte. [...] Llueve cuando es necesario y a veces llueve copiosamente cuando es necesario, y a veces hay un largo período de sequía, cuando es necesario. [...]
En su propio cuerpo, ¿no saben las distintas células lo que deben hacer?
[…]
- ¡Pero esto es fantástico! Está diciendo que el planeta es un superorganismo y que usted es una célula de ese superorganismo.
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ISAAC ASIMOV: "Los límites de la Fundación"
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En 1965 la NASA encargó al científico James Lovelock un estudio sobre las posibilidades de vida en Marte. De la observación del planeta vecino y de la Tierra, hogar de la vida, nació en la mente de Lovelock[*] una idea que desarrollaría después en forma de una teoría científica que vio la luz en 1969 con el nombre de teoría o hipótesis Gaia, por la diosa griega Gea o Gaia, y que, como vemos, Asimov utilizó en el último volumen de su tetralogía La Fundación.

La hipótesis plantea que la atmósfera y la capa superficial de la Tierra, la biosfera, se comporta como un organismo capaz de crear y mantener en el Planeta las condiciones adecuadas para su existencia; así que, frente al pensamiento tradicional de que la vida necesitó unas condiciones medioambientales muy estrictas para su nacimiento y proliferación, asegura que ésta fomenta por sí misma las condiciones que le son favorables, su propio habitat. y es capaz de mantenerlas incluso en circunstancias muy adversas. No concibe la naturaleza como algo estático a lo que las criaturas se van adaptando por un proceso de evolución (Darwin), sino algo dinámico que la vida va creando y cambiando en su beneficio; aunque eso no significa que rechace el darwinismo.

Lovelock se detiene en tres elementos en los que basa su hipótesis: la temperatura de la Tierra, la composición química de la atmósfera y la salinidad de los mares. Asegura que la radiación solar era mucho más débil que ahora en los comienzos de la vida (un 30% menos) lo que hubiera mantenido a la tierra en estado de congelación, sin embargo la temperatura se ha sostenido en un rango de valores bastante estrecho que ha permitido la vida, para ello seguramente se valió de una capa de dióxido de carbono y amoniaco que arroparon a la Tierra justo lo que necesitaba. Cuando fue aumentando la radiación la proliferación de organismos “devoradores” de amoniaco y dióxido de carbono permitieron mantener las temperaturas en valores aceptables. La composición química de la atmósfera es una rareza en el sistema solar y según Lovelock no es esa circunstancia la que permite la vida sino que es la vida la que la ha creado y la mantiene en su beneficio: elevadas proporciones de nitrógeno y oxígeno y muy escasas de dióxido de carbono. La vida actúa manipulando diariamente la atmósfera para mantenerla en su estado ideal. La acidez, por los procesos de oxidación que se generan, debería ser mucho más elevada de lo que es, sin embargo se mantiene en un Ph neutro (Ph8) porque los seres vivos con sus metabolismos generan enormes cantidades de amoniaco, sustancia muy alcalina, que neutraliza la acidez. Algo parecido ocurre con la salinidad de los mares, que se mantiene en valores que permiten la vida en ellos a pesar de que los ríos arrastran sales de los continentes que depositan diariamente en los mares, lo que debería haber hecho aumentar la salinidad hasta cantidades insoportables.

Otros investigadores han criticado con dureza esta hipótesis por considerarla pseudocientífica, imposible de comprobar empíricamente y teleológica. En realidad contiene un matiz místico, si no se interpreta metafóricamente, que la invalida científicamente; pero sin duda resulta atractiva y podría tener valor si se expresa como una relación dialéctica entre la naturaleza inerte y la vida que explicaría el equilibrio sostenido más allá de lo que parece razonable si se tienen en cuenta a ambos por separado.

Recientemente Lovelock ha profetizado una catastrofe ecológica por el daño que están sufriendo las partes más sensibles de Gaia que son claves, según su construcción teórica, para el mantenimiento del equilibrio necesario: las plataformas continentales, que con sus cálidas aguas permiten la proliferación de algas, y las selvas tropicales, ambas fundamentales para sostener respectivamente la temperatura del Planeta y la adecuada composición de la atmosfera. Como complemento necesario proclama la necesidad de recurrir a la energía nuclear –considera poco realista el recurso a las energías renobables– y el abandono de los combustibles fósiles, lo que ha producido escándalo en medios ecologistas que en otro tiempo lo tuvieron por un apostol.
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Un artículo interesante sobre la teoría se puede encontrar en la siguiente dirección:
http://www.espinoso.org/biblioteca/HipotesisGaia.htm
Para encontrar argumentos en contra, esta otra dirección:
http://biocab.org/Teoria_Gaia.html
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[*] Lovelock trabajó en el diseño de instrumentos para detectar vida en Marte que llevó la nave Viking; ideó un método para identificar los clorofluorocarbonados (CFCs) en la atmósfera, responsables de la destrucción del ozono; inventó el microondas.

4 jul 2008

Capitalismo y biocombustibles

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El asunto de los aniversarios no es mi fuerte, se me pasan todos. Hace un par de meses fue el Día de la Tierra y me enteré hoy; afortunadamente el Planeta no sólo tiene un día sino que además le han concedido un año entero y ese es éste en el que estamos. Bien, pues acogiéndome a la celebración tocaré una cuestión que está levantando una gran polvareda: los biocombustibles.

No soy un experto en el tema, ni muchísimo menos, pero observo con escándalo que hay otros más ignorantes que pontifican a favor o en contra con argumentos a todas luces falaces. Yo sólo haré alguna reflexión con la modestia que me impone el desconocimiento del problema.

Ha surgido el recurso a utilizar la biomasa para producir etanol o biodiesel susceptibles de ser utilizados como combustible por dos imperativos: el primero, la liberación de CO2 –aparte otras sustancias–, responsable principal del efecto invernadero, con el consumo de combustibles fósiles; en segundo lugar, en países con dificultades económicas, para liberarse de la factura del petróleo (Brasil), aunque luego se haya extendido a otros más poderosos (USA).

He leído argumentos en contra de la utilización de biocombustibles alegando que su utilización produce casi tanto CO2 como el petróleo, el gas o el carbón. Esto es cierto pero la cuestión es otra: el dióxido de carbono que genera ya lo había absorbido la planta de la atmósfera previamente, de manera que forma parte del ciclo natural, no rompe equilibrio alguno; los hidrocarburos y el carbón son fósiles, es decir, se produjeron a partir de la biomasa hace mucho tiempo –en el carbonífero hace 300 millones de años–, cuando el CO2 era mucho más abundante que ahora en la atmósfera; liberarlo de golpe con la combustión de miles de millones de toneladas anuales de carburantes supone romper por completo el equilibrio a que había llegado la naturaleza. Eso es lo que estamos haciendo en este momento.

El gran problema que ha empezado últimamente a ponerse de manifiesto es el efecto que está teniendo o puede tener sobre el precio de los alimentos básicos y la pobreza en el mundo. Cuando se empezó a hablar de biocombustibles se pensó que, aparte los efectos benéficos sobre la contaminación, se podía esperar una reactivación del sector agrícola y una fuente de ingresos para los países subdesarrollados. No era un pensamiento incorrecto, aunque sí ingenuo, porque el capitalismo acabaría por meter la garra y desviar los beneficios, no hacia los pobres o los sectores deprimidos, sino hacía los grandes inversores y los poderes financieros de siempre. Lo que está ocurriendo, según parece, es que: 1. en países ricos (USA) se subvenciona el cultivo de cereal para biocombustibles, desviándolo del mercado tradicional de la alimentación y elevando su precio; 2. en todas partes se están dedicando buenas tierras de cultivo a este menester, bajo la financiación de multinacionales, restándolas a la producción de alimentos, con la consiguiente subida de precios de éstos; 3. en Brasil se está roturando la selva para producir caña –de la que se obtiene etanol– disminuyendo precisamente la capacidad de absorción de anhídrido carbónico, que constituye el gran valor ecológico de la Amazonía; 4. los bosques de Asia e Insulindia sufren un proceso similar con la caña o el aceite de palma.

En el capitalismo la empresa tiene un objetivo que es prioritario, le va en ello su subsistencia: el máximo beneficio. Si los poderes del Estado, o de los organismos supranacionales, no priorizan otros valores mediante la legislación adecuada y la planificación precisa, la ley del beneficio “corromperá” cualquier progreso, convirtiéndolo en fuente de ingresos para los inversores, que, como es natural, no son los pobres de este mundo.

20 jun 2008

Disputa en el Ártico

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El Océano Glaciar Ártico, que veis en el mapa batimétrico, es el más pequeño de los océanos (14.100.000 km2) y además muy cerrado, sus límites están perfectamente definidos. En estos tiempos está de moda; el casquete de hielo polar que lo cubre, con un espesor de unos tres o cuatro metros, está en trance de desaparición: según estimaciones pueden haber desaparecido ya unos cuatro mil millones de toneladas de hielo; quizás lo esté haciendo a una velocidad de un 8% anual. El calentamiento del planeta, cualesquiera que sean las causas, hará que en una generación podamos navegar en verano por el mismísimo polo norte sin que nos estorben los hielos: la banquisa habrá desaparecido por lo menos en los meses estivales, como ocurre en el Antártico, sólo que allí está bordeando a una tierra continental.

Triste panorama que produce zozobra en cualquier espíritu sensible. Pero hay por ahí un cruel refrán que dice: no hay mal que por bien no venga. Más que lamentaciones por la catástrofe lo que se oye es el griterío de los que esperan sacar provecho de la nueva situación, ya que al retirarse los hielos dejan al descubierto un tesoro. Los países limítrofes han comenzado a disputar por la propiedad de los fondos marinos que parecen encerrar ingentes cantidades de hidrocarburos y minerales y por el control de las posibles rutas que quedarán expeditas inmediatamente y que tendrán un valor económico y estratégico incalculable.

La voz de alarma saltó cuando Rusia colocó una bandera de titanio, para evitar la corrosión marina, a 4.000 m de profundidad, en una expedición en la que se valió de batiscafos con los que extraía muestras del fondo marino que demostraran que era prolongación de la plataforma continental siberiana. La cuestión es que el derecho marítimo vigente reconoce la propiedad de los fondos hasta doscientas millas de la costa para la explotación económica, pero mucho más si se trata de la plataforma continental (Convención de la ONU sobre Derecho del Mar de 1982, que, por cierto, USA no ha ratificado aún).

La cuestión de las rutas no es menos conflictiva. Existen dos posibles: la del NO (en amarillo en el mapa) quedó practicable por primera vez en la historia en el verano pasado. El Canadá pretende su control, para lo que está construyendo un puerto y base militar en la isla de Baffin, a lo que se opone EE.UU. La ruta del NE todavía requiere el uso de rompehielos en algún tramo, como se ve en el mapa, y en su casi totalidad discurre por aguas rusas.

Existen otros muchos litigios de límites entre los países ribereños, que hasta ahora no han tenido trascendencia pero que a partir de este momento se pueden convertir en muy importantes. El mes pasado se reunieron en conferencia, aunque con la ausencia protestada de Suecia, Finlandia e Islandia, en Ilulissat, Groenlandia, sin que al parecer hayan llegado a mayor acuerdo que el de postergar las soluciones hasta la conferencia de la ONU sobre el tema, prevista para 2020. Ni que decir tiene que otros de los insatisfechos son los grupos ecologistas y las asociaciones de aborígenes.

No deja de ser irónico que la pérdida de los hielos, seguramente por los excesos en la combustión de petróleo, de lugar a una mayor extracción y a la apertura de nuevas rutas que incrementarán su consumo.