10 feb 2019

EL PÉNDULO


Hace tan sólo unos años teníamos la certeza de caminar hacia un mundo globalizado: los estados nacionales que se fraguaron en el occidente a la salida del medievo y que el imperialismo y la colonización extendió por todo el orbe nos parecían haber llegado a un ocaso tranquilo; los procesos de integración económica, mercados comunes, zonas de libre cambio, uniones aduaneras, emergían como setas en otoño y diluían las fronteras, reliquias de tiempos menos felices; las instituciones internacionales, políticas, jurídicas, económicas, culturales… parecían estar creando una estructura global para el mundo futuro, pero que ya estaba a la vuelta de la esquina; incluso los movimientos atiglobalización, que periódicamente estallaban en convulsiones populares (Seatle 1999, Praga 2000, Barcelona 2001…) levantaban acta de que el proceso globalizador era un hecho, al parecer imparable. Unos se felicitaban, otros se alarmaban ante los cambios, pero nadie podía negarlos. Pese a las discrepancias, por todas partes se respiraba el optimismo de los nuevos tiempos en construcción.

En una década escasa el panorama ha cambiado sustancialmente: muchos procesos de integración han fracasado, están estancados o viven situaciones de crisis alarmantes (UE); por todas partes los estados nacionales se rearman ideológicamente resucitando doctrinas nacionalistas por cuya reaparición nadie hubiera apostado un céntimo ayer mismo; la manía identitaria, grotesca contrafigura de la globalización, amenaza incluso la integridad de estados seculares; y, para colmo, proliferan los mandatarios perturbados, encumbrados por electores no menos enloquecidos, hasta en lo que fue el corazón y el cerebro del mundo occidental en al menos dos tercios del pasado siglo. El péndulo ha cambiado de sentido y ahora regresa arruinando las esperanzas que se habían levantado, quizás imprudentemente. Como entonces pero a la inversa, pese a las discrepancias, por todas partes se respira el pesimismo de los nuevos tiempos en destrucción.

Entre un momento y el otro una gran crisis económica, que no acaba de convertirse en recuerdo, es el único elemento visible (o es tan evidente que deja en sombras a los demás posibles) que pueda cargar con las sospechas en la responsabilidad del cambio de sentido. Lo cierto es que la inquietud social y política no parece sino uno de los últimos latigazos de la conmoción económica. Lo que es más difícil de entrever es el paisaje después de la lluvia(1) que nos legarán los tiempos porque las tribulaciones del presente lo velan por completo. Por su parte, los falsos profetas no hacen sino enturbiarlo más. De hecho, como las profecías se construyen con los materiales del presente, las prospecciones del futuro que se nos ofrecen tienen sin excepción los tintes oscuros de la distopía. Nos cantó Dante que en las puertas del infierno lucía la divisa: Abandonad toda esperanza y, como del averno no cabe imaginar nada constructivo, quizá aquel frontispicio se había levantado con materiales reutilizados de los derribos que han ocasionado los golpes de péndulo de la historia, como éste que nos tocó vivir. En alguna escombrera yacería el lema; en alguna otra acabarán los emblemas de hoy, despojados ya de las esperanzas y los impulsos vitales que los crearon. Material arqueológico.
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(1)La ilustración que encabeza este texto es Europa después de la lluvia de Max Ernst. Una visión onírica de la Europa de posguerra.

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