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6 jul 2019

Lecciones para formar gobierno



Hace un par de semanas me confesaba perplejo por la parálisis presidencial, hoy sigo en el mismo estado aunque un grado, un escalón, una pizca más… no sé cómo se mide la perplejidad. Pero ya no por el entumecimiento en las funciones presidenciales (a todo se acostumbra uno) sino por otras razones, algunas de las cuales  expongo enseguida a ver si viéndolas escritas me inunda la objetividad y descubro por fin si es mi cerebro o es el de los demás. Estoy preparado para cualquier cosa. 

Que el presidente en funciones quiere gobernar solo (solo con el PSOE) no lo he descubierto yo, lo ha dicho él y lo sabe todo el mundo; que tiene escasos (insuficientes) diputados es otra verdad incontrovertible; que se ha reunido con Iglesias y le ha dicho «No me mires que miran que nos miramos, no nos miremos, cuando no nos miren nos miraremos» (seguramente usando otros términos, pero tal cual) tampoco es falso; que el interpelado está mosca y el personal inquieto y expectante es obvio, más porque 123 y 40 son 163, o sea, todavía una miseria si la meta son 176; que por mucho que miremos por arriba y por debajo de los escaños, que no ocupen PP, Cs o Vox, ya no quedan más que un inocente o dos y el resto se lo reparten secesionistas confesos de diferente ralea pero igual sustancia, que diría un metafísico (profesión de la que cada vez estamos más necesitados); que tiene anunciado, el personal asumido y sus compis del PSOE tragado, que nunca pactó ni pactará con la chusma del secesionismo, pero que si le regalan los votos… pues que a nadie le amarga un dulce.

Como estoy en modo no sectario y ante la expectativa de alcanzar la objetividad anhelada no añadiré glosa alguna a lo expuesto, ni inocente ni malintencionada. Continúo.

El aspirante a líder de la oposición, por el momento tercero en el escalafón, también ha hecho cosas feas: quiere ser segundo y lo peor es que no deja de decirlo, metiendo ruido para que acabemos creyendo que ya lo es, cuando no pasa de simple antojo, molesto por lo ansioso, eso sí; por amor a la simetría (Rivera es muy suyo con la estética) le ha preguntado a Sánchez que 'qué es lo que no ha entendido del no', y le replican que sólo esperan que haga lo que ya hizo el PSOE con Rajoy, abstenerse en su investidura, pero se callan que aquello fue después de la defenestración de Sánchez, precisamente por haberse encasquillado en el 'no es no'; cerrando el círculo Cs se niega a negociar con Vox, pero si éste quiere apoyar las coaliciones PP - Cs… pues que a nadie le amarga un dulce... y que si algún compi no traga pues que ahí está la puerta, Nart, Toni.

Terminaba el párrafo anterior y escuchaba en la tele que en Navarra ya teníamos un principio de acuerdo PSN-Geroa bai-Podemos-IE, a los que Bildu regalará sus votos (imprescindibles) pero sin que nadie (faltaría más) negocie con ellos… ¿A quién le amarga un dulce?

Bueno, la política es así, pero digo yo ¿A qué viene entonces la demonización mediática de Cs? ¡Todos contra el impostor! Puestos unos y otros en los platillos de la balanza de la impostura, la irresponsabilidad, la doblez y el cinismo ¿Por qué lado caería? ¿Por el de Sánchez o por el de Rivera? Entonces ¿a qué viene el guirigay?

Tranquilo, no soy yo, son los demás.

20 jun 2019

GANANDO TIEMPO

Estoy un tanto perplejo con la inactividad de Pedro Sánchez tras su victoria electoral. Puede ser una percepción torcida por mis prejuicios sobre el personaje, eso que llaman los expertos sesgos cognitivos, pero lo comparo con su predecesor después de que aquel ganara sus últimas elecciones y no aprecio ni un ápice de mayor diligencia por confeccionar un gobierno viable, si acaso un punto menos, aunque era Rajoy el que gozaba de fama de vago, de sentarse a verlas venir. En los debates mediáticos que tratan el asunto a diario durante horas interminables oigo a algunos periodistas áulicos justificar la inacción del presidente in pectore, o en funciones, como una estrategia para “ganar tiempo”, y mi confusión crece: “ganar” o “perder” el tiempo ¿Cuál es la diferencia? Seguramente dependerá del punto de vista, como tantas cosas.

Hemos visto como después de un largo impasse Sánchez se ponía en movimiento, por un instante, recibiendo en la Moncloa a algunos líderes (los no manchados por la incorrección política a la moda, que hoy excluye a Podemos, incluye a Vox y mantiene una sospechosa ambigüedad con el secesionismo). La sorpresa es que lo ha hecho como el Rey, como un acto protocolario, un ritual de cara a la galería, no un intento real de cotejar intereses encaminado a la formación de gobierno, para, a continuación, ensimismarse otra vez en la meditación ¿ganando tiempo? ¿perdiendo el tiempo?. Como de esas reuniones no salió nada, entre otras cosas porque él nada ofreció, salvo la predicción de la tranquilidad de espíritu de que gozarían si le permitían gobernar, da la impresión de que sólo quería justificarse ¿Para qué? Eso es lo que asusta, que no lo sabemos… tanto si él bien que lo sabe, como si él tampoco lo sabe.

Desde que se conocieron los resultados de las elecciones generales–autonómicas– locales–europeas me pareció que la clave para una primera evaluación del complejo evento estaba en Navarra. Ya comienzan a revelarse consecuencias y no pintan bien (entendiendo por no pintar bien la consolidación de los secesionistas en el poder navarro). Un servidor piensa que el mayor peligro que puede sufrir un país es que cada vez más ciudadanos pongan en cuestión su integridad territorial, y la expansión del secesionismo, descarado en Cataluña (no en el pasado), soterrado y silencioso en el País Vasco (en el presente) muestran que eso es lo que está ocurriendo. No olvidemos que la presión del nacionalismo vasco logró colar en la Constitución un artículo (Disposición transitoria cuarta) que permite la anexión de Navarra a Euskadi y que si eso ocurriera haría por fin viable la independencia del País Vasco, hoy problemática por su exigüidad territorial y demográfica. Entonces veríamos donde quedaba la “prudencia” y el “buen hacer” del PNV, el partido kalós kai agazós (καλός καί ἀγαθός) de nuestro panorama político, según el papanatismo mediático mayoritario.

Navarra nos revela el camino que seguirá Sánchez si no me equivoco demasiado: demonización de las “tres derechas” (ninguna de las cuales ha puesto en cuestión la Constitución, la existencia de España tal y como la conocemos/disfrutamos/padecemos, ni el proyecto europeo); aproximación a populistas de izquierda y secesionistas (todos los cuales han cuestionado la legitimidad democrática de la Constitución y la integridad territorial del Estado, y, algunos, la UE por capitalista); justificación ante el partido, que lo defenestró hace nada por lo mismo (la querencia hacia el populismo izquierdoso y el secesionismo), y justificación ante sus votantes, abducidos o perplejos (en todo caso pasmados), con la escuálida entrevista que mantuvo con los candidatos a opositores o aliados. Y aquí habrá que reconocer que, por las razones que sean, porque son más tontos que él, porque les cogió con el pie cambiado, porque absortos por intereses a corto no ven el horizonte, por lo que sea, repito, se lo han puesto muy fácil, especialmente Ciudadanos, cuyo futuro, me temo, se jugó en esta mano.

Ganar o perder tiempo, esa no es la cuestión.

1 may 2019

EL DÍA DESPUÉS

Estamos en el día después. Es el día en que se echan las culpas del fracaso a la ley D´Hont, a los ganadores, que han vendido humo, y a los partidos emergentes de la misma onda que han sembrado confusión y dividido a los votantes. Antes, en otros lugares o, quizás, en una situación soñada, era el día de los mea culpa y de las dimisiones. También es el día en que los periodistas incrementan la matraca a los electos, y a los sufridos electores, sobre con quién van a pactar o con quién no pactarán en ningún caso. Lamentablemente todos los días después de todas las elecciones son lo mismo, así que, inevitablemente, es un día aburrido. Pero, no me quejo, soy de los que piensan que en política el aburrimiento es la mejor situación posible. Por eso la democracia es tan tediosa, excepto cuando se pone en peligro.

25 abr 2019

CONFESIONES DE UN ELECTOR

Otra vez a las urnas. Dicen que es la fiesta de la democracia pero lo cierto es que no hay elecciones que no nos pongan a cavilar. Hasta a la víspera la llamamos día de reflexión, suspendiéndose por ley todo ruido propagandístico para que las cogitaciones (me apetece usar el palabro por lo que se parece a retortijones) se desarrollen sin malignas manipulaciones alienantes. Luego, pese a tantas facilidades, pocos serán los que puedan dar cuenta fiel de su voto y sus porqués. Por mi parte la cosa está por fin clara y la cuento sin tardar.

2 mar 2019

A PROPÓSITO DE LA DEMOCRACIA, EL POPULISMO, LA IDIOTEZ Y EL MERCADO



El dilema al que se enfrenta el político profesional honesto está expresado sintética y sabiamente en una frase del presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker: Sabemos exactamente lo que debemos hacer; lo que no sabemos es cómo salir reelegidos si lo hacemos. La ventaja del político populista reside en reducir el problema a cómo salir elegido. La desaparición de la primera parte de la contradicción ha podido producirse por debilidad de la conciencia o por ignorancia, o sea, simple estupidez, cualidad cuya abundancia nunca hay que infravalorar (abusando quizás del argumento de autoridad recordaré que Einstein dijo en cierta ocasión: Sólo hay dos cosas infinitas, el Universo y la estupidez humana, y de la primera no estamos seguros). De lo anterior se deduce, obviando la digresión sobre el genio de la física y la idiocia ciudadana, la enorme superioridad, se entiende que política, del candidato populista, pues la política no atiende a la estatura moral o la profundidad de la sabiduría sino a la capacidad de triunfo. El mercado político no premiará al político profesional honesto porque sus costes para compaginar ambos términos de la oposición son enormes, mientras que el populista los ha reducido casi a la nada.

Pero… seamos sinceros por una vez: tanto el intelecto como la conciencia, si es que ambas cosas se pueden separar, no funcionan sin deformaciones o desviaciones, sesgos cognitivos en la jerga psicológica, o emociones que alteran una elección lógica o un comportamiento correcto según la razón. Ningún individuo humano escapa a esta realidad que es parte de su condición y que seguramente la madre naturaleza habrá ido labrando y fijando en el equipamiento de la especie a lo largo de millones de años, con el prodigioso instrumento de la selección natural y finalidades que aún se nos escapan. Lo cierto es que las acciones colectivas, como la elección de representantes, no tienen por qué estar más condicionadas por la excelencia lógica y racional o por la “limpieza de corazón” que nuestras pulsiones cotidianas consideradas individualmente, y marcadas, si no determinadas, por aquellos sesgos y emociones que las hacen tan poco fiables.

Para colmo de males las instituciones tampoco colaboran. El mercado y sus leyes han venido creciendo en importancia a lo largo de los últimos siglos hasta el punto de ocupar un lugar central en nuestra sociedad, pero también en nuestro imaginario, hasta el punto de que hoy lo vemos todo a través de su prisma. La democracia liberal ha acabado configurándose según sus leyes: la oferta, la demanda, la libre competencia, etc. Pero si en los mercados realmente existentes es difícil encontrar una situación en la que los agentes gocen de absoluta libertad, los consumidores estén perfectamente informados, todos actúen según sus intereses objetivos y, en consecuencia, la competencia sea perfecta; en la política, por todo lo que se insinúa arriba y mucho más ni siquiera insinuado, es prácticamente imposible y el objetivo declarado de la democracia, que es el de elegir a los representantes más capacitados y virtuosos, resulta ser una broma de mal gusto. Lástima que cualquier otro sistema al margen de la democracia liberal sea una burla trágica, como largamente nos ha demostrado la experiencia.

Llegados a este punto Mr. Churchill tomaría la palabra para rematar con ironía: La democracia es la peor forma de gobierno que conozco si exceptuamos a todas las demás.
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NOTA.- Esta reflexión, o como quiera que se la llame, se entiende mejor leyendo la conferencia de Félix Ovejero ¿Idiotas o ciudadanos?, publicada en Claves de la Razón Práctica, nº 184.


26 feb 2019

EL SUEÑO DE LA POLÍTICA (TAMBIÉN) PRODUCE MOSTRUOS

Ensor - Dos esqueletos se disputan un hombre ahorcado

Si hemos de hacer caso a los políticos en liza en estas elecciones tendremos que elegir entre una pandilla de traidores, vendepatrias, ineptos, granujas, trepadores, hipócritas, fachas… Sabíamos, por la lógica de las cosas no porque nos adornen superpoderes intelectivos, que estas cualidades se reparten aleatoriamente entre los componentes de cualquier ciudadanía y que a los políticos se les aplican con más frecuencia por la tendencia de todo hijo de vecino a culpar de sus problemas a quien ostenta algún poder, eludiendo así su propia responsabilidad o, simplemente, porque es cómodo y siempre encuentra audiencia. Lo que choca es que los afectados por tan malvada costumbre la hayan comprado para aplicarla sin excepción y sin pausa a todos sus oponentes, produciendo la sensación de que las cualidades personales de los candidatos son aterradoras y de que los partidos son maquinarias infernales dedicadas a promover en exclusiva las carreras políticas de sus miembros al margen de cualquier consideración ética y a distancia astronómica de los intereses verdaderos de los ciudadanos, de los que, por cierto, todos hablan para lamentar que están a la intemperie y sin que a ninguno, de los otros, le importe un comino. Parece que todos los partidos hubieran acabado por adoptar el mismo programa, a saber: desalojar, o alejar lo más posible del poder a los oponentes, dada la peligrosidad letal de sus intenciones, dejando en un segundo término lo que siempre entendimos por programa. 


El populismo que nos invade parece estar alcanzando sus últimos objetivos: se ha contagiado a todos, demostración palmaria de que nadie era inmune; la propia clase política se autodescalifica al culparse unos a otros de haber corrompido sus objetivos originarios; se demoniza la negociación y el pacto, como si parlamento no tuviera nada que ver con parlamentar, que no es sino hablar para zanjar diferencias; y, en fin, empieza a desaparecer cualquier esperanza de regeneración desde la política. Es el momento del gran populista, el gran hermano que, como el Comandante de la canción (el nuestro era general), llegue y mande parar (Y en eso llegó Fidel/ y se acabó la diversión/Llegó el comandante y mandó parar). 

Digo que es el momento, no que vaya a ocurrir. Afortunadamente no hay comandantes ni generales a la vista y por otra parte desde hace tiempo (nos lo dijo Marx) sabemos que la historia siempre ocurre dos veces: la primera como una gran tragedia, la segunda como una miserable farsa. 

Si he de ser sincero me alivia que se haya pasado el tiempo de la tragedia, estamos en el de la repetición, pero me deprime profundamente que nos espere una payasada infame. De hecho, juraría que ya estamos viendo el introito.

16 feb 2019

Ante las elecciones (abril 2019)


La política española ha entrado en un proceso de centrifugación, o sea, de huida del centro, donde hasta hoy siempre se había dicho que se ganaban las elecciones. Sin embargo, desde hace algún tiempo la atracción de la periferia es tan fuerte que parece arrastrar a todos los partidos sin excepción. Las alianzas, tácitas o explícitas, que antes se gestaban en el centro ahora ni se intentan, se buscan los socios en los extremos. Hay, no sólo un proceso, sino también, y sobre todo, un afán de radicalización evidentes.

El hecho de que a los dos grandes partidos que antes se alternaban en el poder le salieran competidores creíbles, por la izquierda al de izquierdas y por la derecha al de derechas, ha tenido el curioso efecto de que ambos se han apresurado a neutralizarlos asumiendo parte de sus propuestas, aliándose con ellos e incluso emulándolos, en un intento de escapar a la crítica que los acusaba de ser indistinguibles entre sí. Una actitud incomprensible sin presuponer mala conciencia en los protagonistas. Sin duda la crítica podía hacerse y, asimismo, aceptar esa mala conciencia (autocrítica si queremos ser benevolentes) pero también es claro (los hechos son reveladores) que hemos salido de Málaga para entrar en Malagón: la aparición de los nuevos partidos lo primero que ha generado es radicalización ¿Se impondrá después con nitidez el efecto positivo, la ampliación de opciones, la claridad y diferenciación de propuestas, sobre el negativo señalado arriba?

En la izquierda Podemos, uno de los noveles en liza, se pulveriza ya porque las múltiples partículas de su composición comienzan a desagregarse conforme la dirección va revelando cada vez más claramente su querencia leninista, perdiendo progresivamente el atractivo de sus comienzos entre tantos de sus seguidores, politizados, seguramente, sólo por las circunstancias de aquel momento. Quizá el PSOE, que parecía agonizar por el deterioro interno, el desgaste por la derecha (Cs) y por la izquierda (Podemos), frene su caída por el alivio que proporciona la crisis podemita y porque Cs parece mostrar ahora más apetito por los votantes de derechas que de izquierdas. Está por ver el efecto de los ocho meses de Sánchez en la Moncloa: para unos ha sido alarmante y revelador su comportamiento con el secesionismo; para otros habría sido una muestra de la actitud dialogante que se le reclamaba a Rajoy. No lo sabremos hasta el 28 de Abril cuando se abran las urnas.

El PP tiene el problema añadido de tener que hacer frente (ahora le toca a él) a una erosión bilateral en plena efervescencia: por su lado más reaccionario, Vox, y por el más liberal, Cs. Una situación que amenaza con su jibarización, con reducirlo a una opción exclusivamente democristiana, suponiendo que el escándalo por la corrupción le haya dejado algún seguidor de esta tendencia.

El papel de Cs es equívoco: empezó a destacar como una fuerza de centro de carácter socio-liberal y revisionista en lo territorial autonómico, pero últimamente se ha decantado más por la derecha (¿A causa de la ambigüedad de la izquierda con el secesionismo o porque se imponen sus genes liberales?), lo que introduce un factor de complejidad. Desde luego, hasta ahora su crecimiento según las encuestas, que no desmienten las elecciones celebradas, es constante, aunque más lento de lo que a todas luces anhelan sus dirigentes. ¿No les conducirá la impaciencia a alguna situación irreversible, quizá a una definitiva decantación en el ecosistema de la derecha, de lo que ya se le acusa y de la que no pueda regresar?

Las elecciones convierten en candentes los interrogantes que se han planteado y abre otros, como el de si la convocatoria funcionará como acelerador de la centrifugadora o lo contrario. De lo que no parece plantear dudas es que el resultado no arreglará gran cosa porque no habrá una mayoría clara y el secesionismo no remitirá, dos problemas capitales del momento para los que no se atisban soluciones. Hemos entrado en un periodo de gobiernos frágiles con dificultades para cubrir la legislatura, gobiernos de meses al estilo italiano. Los que anhelaban el cese del cuasibipartidismo que hemos disfrutado/sufrido desde la desaparición de UCD seguramente no pensaban en este efecto, tan común, por cierto, en los sistemas parlamentarios, aunque se apliquen mecanismos electorales y constitucionales para evitarlo, como ocurre en nuestro ordenamiento.