El Brexit ha cambiado la imagen que teníamos del Reino Unido. Sencillamente lo ha traído al mundo de los mortales, donde habitamos los continentales. Nunca fui un mitómano, lo que me libró de devociones vergonzantes, no de otros sonrojos, lamentablemente, pero es una evidencia que su sistema político viene despertando envidias desde hace doscientos años por su estabilidad y capacidad para adaptarse y perdurar. Nosotros, los españoles, sin ir más lejos, hemos encontrado allí inspiración muchas veces y en alguna ocasión lo tratamos de imitar, aunque con escasa fortuna porque lo que resultó fue, más bien, una caricatura. Me refiero al experimento de Cánovas en el último cuarto del XIX, con la noble intención de plantar de modo estable un parlamentarismo civilizado en nuestro país por la vía de un bipartidismo que, al traducirlo del inglés, quedó artificioso y chirriante. Es sabido que los implantes no suelen prosperar sólo con buena voluntad. Curiosamente, luego, sin proponérnoslo, nos salió uno, la mar de majo, en la primera etapa de nuestra democracia que recién hemos arrojado a la basura (el bipartidismo, no la democracia… por ahora).
Cuando se firmaron los Tratados de Roma, allá por los cincuenta, los británicos lo esquivaron con gesto displicente ‒alguien más cheli que yo diría que hicieron la cobra a los firmantes‒. Ya Churchill en un famoso discurso nada más terminada la guerra había sugerido la creación de unos Estados Unidos de Europa en los que Inglaterra debía reservarse la tarea de observar y ayudar desde el otro lado del canal pero sin participar ‒nueva versión del splendid isolation decimonónico‒. Pero, la vida es dura, y en los sesenta ya estaban llamando a la puerta de la CEE, tan pronto comprendieron que el artilugio que comandaban en el continente en forma de unión aduanera (la EFTA, hoy reducida a Islandia, Noruega, Liechtenstein y Suiza) no satisfacía sus expectativas. La economía manda más que el orgullo. Precisamente el orgullo sufrió bastante aquellos años en los que Europa ignoraba los aldabonazos británicos por la negativa francesa a abrirles la puerta ‒De Gaulle se cobraba viejas facturas, pensábamos entonces, o los conocía muy bien, pensamos ahora‒.
Tan pronto se les abrió la puerta adoptaron el papel de china en el zapato. En lugar de adaptarse a los modos y aspiraciones de Europa, nunca cejaron en el empeño de que Europa se adaptara a sus afanes e intereses. La entrada la había facilitado la inicial táctica comunitaria de empezar la unión por la economía; en realidad los británicos esperaban que se limitara a eso. Su presencia en las instituciones supuso un freno a los compromisos netamente políticos, se refirieran a la constitución interna de la Unión o a sus relaciones con el exterior, y aquellas decisiones económicas que implicaban acercamiento político, como la moneda única, si no las bloquearon fue porque obtuvieron la exención. La situación ha sido cada vez más incómoda ya que los avances en la unión económica reclamaban imperiosamente mayores compromisos políticos. Eso, unido a la crisis determinó la formación de una opinión euroescéptica en amplios sectores de la población, cultivada con éxito por el populismo de moda, a la que un mandatario con problemas e irresponsabilidad, Cameron, abrió la puerta del referéndum, instrumento que siempre está en la agenda de cualquier demagogo que se precie.
Nadie puede en este momento, en que se amplía una y otra vez el plazo para la salida, cuál va a ser el resultado final, pero sí se pueden extraer conclusiones que nos dicta la experiencia: que el comportamiento del Reino Unido nunca fue leal; que el retraso en la unión política es en buena medida achacable a la actitud reticente, cuando no obstruccionista de los británicos; que la salida va a ser costosa para todos, pero ellos van a tener que sumar el descrédito de su imagen, que pasa de deslumbrante a ridícula por el espectáculo que están dando sus políticos bajo las cubiertas del falso gótico de su parlamento y fuera de ellas; que (no hay mal que por bien no venga) dar dos pasos adelante y uno hacia atrás ha permitido debatir hasta la saciedad, no tomar decisiones precipitadas y una maduración que, por ser lenta, puede ser más sólida. Amen.
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13 abr 2019
12 dic 2017
Nuevas tecnologías
Vivimos una autentica e inquietante rebelión de los tontos. Nunca incomodó que se revolvieran confundidos con los demás. A nadie se le ocurrió jamás resaltar tal suceso porque era obvio y no tenía trascendencia alguna, de hecho vivimos mezclados para lo bueno y para lo malo. Sin embargo el desarrollo tecnológico les ha puesto en las manos un juguete deslumbrantes, tanto que pocos son los que se resisten a usarlo, hasta el punto de que hoy ya lo hegemonizan por completo y no parece que, de momento, el asunto sea reversible. Por supuesto, me refiero a las redes sociales, que hacen posibles las nuevas tecnologías.
Cuando hablo de tontos no me refiero a aquellos que han sido
diagnosticados por sus bajas capacidades cognitivas sino a ese maremágnum de
individuos que sobreviven más o menos como todo el mundo, a veces con éxito,
incluso mucho éxito. De hecho se confunden con la masa, pero los podemos
detectar en muy diversas situaciones: por ejemplo, son los que hacen imposibles
las reuniones de vecinos, los que conducen lanzando sin medida toda suerte de
improperios contra los que comparten el uso de la vía pública, los que tienen
soluciones deslumbrantemente simples y asequibles para todo tipo de problemas. Son
los que, hasta ahora, momento de irrupción de las nuevas tecnologías, venían
utilizando como púlpito de preferencia la barra de bar. Muchos habréis
identificado ya a vuestro cuñado… puede ser. De hecho están muy cerca, tanto
que podemos ser uno de nosotros…, precisamente, la cualidad más notable de los
tontos es que no saben que lo son.
Determinados saltos tecnológicos tuvieron en el pasado
consecuencias enormes. El invento de la escritura impulsó el comercio y aceleró
el progreso de manera desconocida hasta entonces, cambiando la faz del mundo;
el uso del papel facilitó más la difusión del Islam que los ejércitos del
califa, rompiendo la unidad del mundo conocido y sembrando la semilla de un
nueva civilización; la imprenta fue la mejor arma en manos del protestantismo
para su éxito y difusión en Occidente, con todo lo que eso supuso si hacemos
caso a algunos historiadores que lo consideran la condición para el definitivo
éxito del capitalismo (Weber). Hoy las redes sociales están permitiendo que las
penosas cogitaciones de los tontos, que antes apenas alcanzaban la puerta del
bar, difícilmente las páginas de un libro, más fácil un micrófono o una cámara,
logren ahora una difusión global, se conviertan en mayoritarias (trending topic) y eleven a su autores a
líderes de opinión (influencer),
aunque lo publicado apenas rebase la calidad intelectiva de un rebuzno.
Como en las otras ocasiones reseñadas las consecuencias a
largo plazo son inimaginables desde aquí, desde nuestros principios del siglo
XXI. No obstante ya se nos alcanzan algunas sumamente inquietantes, dada la
responsabilidad que se les imputa en ciertas decisiones políticas o cambios,
tomadas o acaecidos recientemente, en el mundo democrático, a saber: éxito sorpresivo
del Brexit, que marca la irrupción imparable de los iletrados en uno de los
países más cultos de Europa; triunfo impensable de Trump, ejemplar prototípico
de tonto; nuevos populismos, que se valen de las tecnologías novedosas como los
fascismos históricos se valieron del micrófono (Hitler, Mussolini);
independentismos, si los distinguimos de la amplia especie de los populismos,
etc.
Hemos soportado la hegemonía de las aristocracias, los
nobles, la burguesía, las clases medias, pero, la verdad, nunca pensamos en los
tontos como categoría social susceptible de alcanzar el poder. Sin embargo, ahí
los tenemos, las nuevas tecnologías han puesto en sus manos un arma cargada de
futuro, que diría el poeta, precisamente cuando yo ya no estoy para mucho
trote. Por favor paren esto que me bajo.
29 jun 2016
Después de la lluvia
Cameron, siguiendo la tradición de los premiers británicos en los últimos trescientos años, no ha devuelto
Gibraltar, pero puede haber regalado a Rajoy quinientos mil votos. El Brexit ha
hundido la bolsa, ha relanzado la prima de riesgo, pero también puede haber
hecho temblar la mano de votantes de Ciudadanos y de Podemos y conducirlas a
opciones más tradicionales, cargándose de paso la credibilidad de los
fabricadores de encuestas, la poca que conservaban. Si fuera cierto el regalo
tampoco habría que agradecérselo porque no parece producto de su generosidad
sino más bien de su estulticia. Entre paréntesis: para entender el
comportamiento del primer ministro es muy recomendable releer Las leyes fundamentales de la estupidez
humana, que Carlo M. Cipolla incluyó
en aquel delicioso Allegro ma non tropo.
27 jun 2016
Splendid Isolation
![]() |
| Reina Victoria (1837-1901) |
En tiempos modernos ‒la historiografía británica no
distingue, como la continental, la Edad Contemporánea de la Moderna‒ y muy particularmente en el XIX, la
política del Reino Unido respecto de Europa estuvo definida por un espléndido aislamiento, expresión en
la que el adjetivo, espléndido, era decisivo. Exhibía la gloria del Imperio y
marcaba un punto de superioridad respecto del continente que los ingleses nunca
pudieron ni quisieron ocultar. El afán por conservar antiguallas, otra
característica de su idiosincrasia, quizás les haya tendido una trampa porque
queriendo resucitar aquel espléndido aislamiento puede que sólo hayan podido
rescatar aislamiento. Me refiero naturalmente al Brexit.
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