El siglo XX comenzó con la gran oportunidad de la utopía
comunista (1917), definitivamente derrumbada a principios de los noventa, y ha
terminado con la muerte de Fidel Castro,
símbolo de la utopía caribeña que vivió con respiración asistida desde la
crisis de los misiles y en franca agonía desde los 90 —la revolución viajaba
del septentrión al trópico pero prendiendo con credibilidad sólo en la
periferia del sistema—. Únicamente la supervivencia del Comandante permitía,
por el valor de los símbolos, considerarla viva aún. Los comunismos asiáticos
son zombis que mueven a temor y a risa, como es propio de estas fantásticas criaturas,
pero nadie en su sano juicio los vería como portadores de una promesa
liberadora e igualitaria.