Mostrando las entradas para la consulta reflexiones sobre la democracia (1) ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta reflexiones sobre la democracia (1) ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

29 nov 2010

Reflexiones sobre la democracia (7). Capitalismo

El pensamiento dominante, en cualquier situación y en cualquier momento, tiene la particularidad de presentar sus presupuestos ideológicos como inevitables y necesarios, debilitando las posiciones alternativas, que se perciben como radicalismos peligrosos o, en el mejor de los casos, como extravagancias ridículas. Lo que llamamos pensamiento único no es más que una fórmula de ideología dominante en el terreno económico y sociopolítico de hoy. Sus presupuestos básicos consisten en considerar que capitalismo, liberalismo y democracia son conceptos convergentes y prácticamente intercambiables. Sin embargo, sus mutuas relaciones se han mostrado, históricamente y en la actualidad, más frecuentemente como conflictivas que como concordantes.

Sobre liberalismo y democracia escribí en otro lugar(1) El capitalismo, por su parte, muestra evidentes contradicciones con el liberalismo. Adam Smith advertía de que la concentración de poder económico «es a la sociedad económica lo que el despotismo a la sociedad política»; pero, «el capital no ha cesado de concentrarse […] por el juego incesante de las fusiones y adquisiciones, bajo la presión de las finanzas»(2). Por su propia condición y por su exigencia de libre concurrencia y competencia, el liberalismo económico acelera la concentración capitalista que, a su vez, mina el liberalismo político en sus médula, deteriorando el principio de igualdad de los ciudadanos ante la ley, ya que propone un Estado mínimo, que ha de enfrentarse en la defensa de los derechos ciudadanos a un monstruo, los propietarios del capital, que crece en tamaño y poder sin cesar. Una contradicción que lo aboca a la autodestrucción y que genera, en situaciones de estrés político, latigazos de autoritarismo (medidas de orden público en Francia, USA, Rusia, hoy en Brasil, etc.).

Las crisis de los años finales del XIX y principios del XX (1929) produjeron la primera gran ruptura entre capitalismo y democracia: fascismo, nazismo, franquismo, formulas capitalistas que reniegan airadamente del liberalismo y la democracia; surgidas de un movimiento de defensa del sistema económico que se sentía amenazado por el progreso del comunismo, su coartada; en ellas el dirigismo económico y el autoritarismo político se combina con el mantenimiento del capitalismo. La geopolítica que surgió de la segunda guerra mundial y las luchas sociales, que venían de más atrás, produjeron la primera gran luna de miel del capitalismo y la democracia, bajo la fórmula keynesiana, que se prolongó algunas décadas y alumbró el Estado del bienestar, pero a la que la globalización, comandada por el neoliberalismo, y la crisis, efecto de su propia irrupción, han puesto fin en estos años.

La globalización neoliberal da la impresión de hacer triunfar por todos los rincones del mundo a la democracia, cuando en realidad sólo promueve a la democracia formal ya que a la vez que la difunde la vacía de contenido; por una parte, con la proliferación y crecimiento de instituciones supranacionales (FMI, BM, OMC, BCE, G20…, situadas fuera del control democrático directo) y, por otra, con la movilidad del capital, que los Estados son incapaces de contrarrestar con éxito; ambas herramientas minan la sustancia de las instituciones democráticas (soberanía popular), conservando sólo sus aspectos formales. La supuesta convergencia o identificación entre capitalismo (organización de la economía), liberalismo (organización del Estado) y democracia (soberanía), de la que alardea el pensamiento único, no es más que una situación en la que el capital, dotado de nuevas y poderosas armas se impondría sobre el Estado, liberal en lo económico, conservando las instituciones democráticas reducidas a su fachada. Negro panorama del que sólo se podrá salir desenmascarando y superando los presupuestos de la ideología dominante, el pensamiento único, o lo que es lo mismo, escapando de la jaula en que el capital ha metido al mundo con el señuelo de la globalización.


_____________________

1.Reflexiones sobre la democracia (1). Origen.

2.Thomas Coutrot: Capitalisme contre démocratie. En http://www.journaldumauss.net/

______________________

La serie Reflexiones sobe la democracia:

(1). Orígenes
(2). Laicismo
(3). Economía
(4). El Estado
(5). Nacionalismo
(6). Populismo
(7). Capitalismo

8 jun 2008

Reflexiones sobre la democracia (1). Origen.

·
Si preguntamos a cualquiera por cuál cree que es el origen de la democracia es muy probable que nos hable de Grecia, de las ciudades estado (πολείς) y concretamente de la Atenas del siglo V a. C. Sin embargo, las diferencias entre las democracias actuales y la ateniense son sustanciales, aparte de que no se ve un hilo conductor que nos relacione, a lo largo de los 25 siglos de distancia, a la una con las otras.

Formalmente hay tres diferencias importantes: la democracia griega era directa, no conocía el principio de representación inevitable en nuestros estados de millones de ciudadanos; además desconocían los derechos humanos, cuestión decisiva que eleva sobre cualquier otra experiencia política a las democracias de hoy; por último, los ciudadanos atenienses con derechos políticos eran una minoría (¿10%?) una vez excluidas las mujeres, los esclavos y los metecos (población originaria de otras ciudades).

Sabemos que la palabra democracia viene de «demos» (pueblo) y «kratós» (poder), pero el vocablo «demos» era ya en el siglo V a. de C. un neologismo formado por la fusión de las palabras «demiurgos» (artesano) y «geomoros» (campesino), lo que nos pone sobre la pista de que fue el dominio y la alianza de artesanos y campesinos (pequeños propietarios) lo que forzó la democracia. No voy a entrar aquí en cómo lograron tal hegemonía; lo cierto es que cuando las relaciones de trabajo y las formas sociales propias de las ciudades-estado esclavistas desaparecen, se volatilizan con ellas sus logros “democráticos”.

Con la pértiga que usamos los historiadores para estos menesteres, damos un salto de vértigo y nos situamos a finales del XVIII. La revolución liberal burguesa, que llevaría al terreno político el ascenso social y ecocómico de la burguesía en detrimento de la nobleza, impuso el predominio del individuo y el principio de ciudadanía, puestos de manifiesto en las declaraciones de derechos y con la división de poderes; pero reservó el ejercicio efectivo del poder para una aristocracia, más o menos amplia, en la que entraba la antigua nobleza y la nueva burguesía, excluyendo a las clases inferiores, las más numerosas, mediante el uso del sufragio restringido. El liberalismo renegaba de la democracia. La palabra misma tenía unas connotaciones claramente peyorativas para los liberales, los revolucionarios de entonces.

Hay que esperar a 1838 para que se materialicen las primeras reclamaciones incuestionablemente democráticas (sufragio universal: el principio de un hombre un voto; ni se hablaba aún de la mujer). ¿Quién lo protagoniza? El movimiento obrero; son los trabajadores británicos los primeros que sentirán la necesidad de la participación política en igualdad de condiciones para todos; más concretamente el Movimiento Cartista, llamado así por la «Carta del Pueblo» que se redactó para una marcha de obreros, con la finalidad de ser entregada al Parlamento de Londres como una petición.

Conclusión: la democracia que conocemos tiene su origen en la lucha de clases del XIX y, más concretamente, en el movimiento obrero, hijo no deseado de la revolución burguesa, que, a su vez, no es sino la manifestación social y política de una revolución tecnológica –revolución industrial– y económica –libre mercado– que asentó las relaciones de trabajo sobre nuevas bases. Nada que ver con la democracia griega, producto de otra formación social, propia de su tiempo.

Solo Blog - Top Sites

10 jun 2008

Reflexiones sobre la democracia (2). Laicismo.

·
He aquí a María Auxiliadora, tal y como la imaginara Don Bosco. Ésta, y no otra, de la multitud de vírgenes que pueblan los municipios de este país, es la que se ha hecho con la alcaldía (no sé si perpetua u honoraria) de Morón de la Frontera. Un suceso entre freaky y casposo del tenor a que nos está acostumbrando la jerarquía y la feligresía católica en estos tiempos que empezábamos a imaginar modernos.


Hay ideas difíciles para algunas cabezas; nada más complicado que hacer comprender la necesidad democrática de la laicidad a muchos católicos y, sin embargo, "el laicismo no es una opción institucional entre otras: es tan inseparable de la democracia como el sufragio universal" [1].

En efecto, relaciono y resumo las tesis que definen un Estado democrático y, por ende, laico, extraídas de otro excelente ensayo de Savater[2]:1) los dogmas se transforman en creencias particulares, que han perdido su obligatoriedad pero ganando en seguridad ya que la neutralidad del Estado protege a unas frente a otras; 2) las creencias religiosas son un derecho asumido libremente por los ciudadanos, no un deber que pueda imponerse a nadie; 3) las religiones pueden decretar qué actitudes o comportamientos son pecado, pero sobre los delitos y las penas sólo puede entender el Estado, y al revés, si un comportamiento es delito, lo será aunque la religión correspondiente no lo penalice, es la sociedad laica la que marca los límites de lo legal; 4) sólo lo verificable –aquello que sostiene la comunidad científica como tal– y lo civilmente establecido como válido para todos es lo que debe ser impartido en la escuela pública.

Vivir en un Estado laico significa que a nadie se le puede imponer una religión, pero también que a nadie se le puede impedir practicar la suya. Es en las sociedades que no reconocen el principio de laicidad donde no están garantizados los derechos de todos los creyentes, salvo de los que son mayoría o detentan el poder.

A los grandes principios expuestos unas líneas más arriba se opone una realidad con mil y una pequeñas, o no tan pequeñas, violaciones de esas máximas: acciones como la de la corporación de Morón, los símbolos religiosos en actos oficiales y centros institucionales del Estado, las ceremonias religiosas como actos solemnes de las instituciones, la exhibición de la fe religiosa del Jefe del Estado y su familia en actos oficiales, la enseñanza de la religión en la escuela pública o concertada, el trato fiscal preferente de la Iglesia Católica, la existencia del Concordato, la mención que en la Constitución se hace del catolicismo. Todo ello constituyen anomalías –por ser generoso con las palabras– en un Estado democrático.

Muchas de estas situaciones pueden parecernos, sobre todo si las contemplamos aisladamente, intrascendentes; pero su número y su contumacia, desafiando años de discurrir democrático deberían ponernos en guardia sobre la intención de quienes las sostienen, que parecen querer poner a prueba la tolerancia de los demás, justamente los que, en otros tiempos, sufrieron su absoluta intolerancia.


[1] F.Savater. Diccionario del ciudadano sin miedo a saber. Ariel 2007.
[2] La vida eterna. Ariel. 2007.

18 mar 2014

Reflexiones sobre la democracia (10)

Mucha gente se siente cómoda con regímenes autoritarios o dictatoriales. Los que hemos vivido en uno de ellos tantos años guardamos memoria de la conformidad, identificación y hasta entusiasmo con que una, me atrevería a decir, mayoría de compatriotas se manifestaba a diario. Cierto que la ausencia de crítica, el adoctrinamiento y los aparatos represivos contribuían poderosamente a mantener la situación; pero, era perceptible, en el fondo de las conciencias, la comodidad con que se aceptaba la situación y, consecuentemente, la incomodidad y la inquietud con que muchísimos enfrentaron los primeros zarandeos democratizadores procedieran del propio régimen o de la oposición, hasta entonces clandestina.