29 may 2015
El poder de la oración
13 nov 2012
Huelga general
11 mar 2011
Sindicatos. Una de cal y otra de arena
Como se suele decir, todo se pega menos lo bonito. CC.OO., UGT y otros sindicatos menores acaban de lanzar el órdago de más de veinte días de huelga en fechas clave (Semana Santa, puente de mayo, etc.) para el personal de AENA, que se siente amenazado por la privatización parcial de los aeropuertos que el gobierno ha anunciado. Lamentablemente lo han hecho en el pésimo estilo repetidamente utilizado por pilotos y controladores, que tanto se asemeja a un chantaje, y que toma como rehenes a millones de usuarios ajenos a la cuestión.
Preferiría pensar que van de farol y que la huelga no se materializará; es más, apostaría a que el arreglo se tomará antes de que el daño causado al turismo sea irreversible; pero, el anuncio se ha hecho y la impresión ha sido penosísima, por lo ya llovido y por estar respaldado por organizaciones que recientemente han demostrado, en otro campo, un sentido de la responsabilidad envidiable. Igualmente me hago cargo de la gravedad de la amenaza de despidos y precarización del empleo que supondrá la entrada del capital privado en el sector, por lo que no puedo por menos que manifestar mi solidaridad con los empleados que ven peligrar su situación laboral en una coyuntura tan crítica. Están en su derecho si se movilizan para llamar a que nos solidaricemos con ellos a la vez que presionan a su empresa para obtener garantías ¿Quién podría negárselo? Pero, tienen el deber inexcusable de mostrarse a su vez solidarios con los centeneras de miles de parados que esperan como agua de mayo una mínima reactivación por la afluencia de turistas, una de las pocas actividades que no ha sido gravemente dañada en este terremoto económico. Por el contrario, en el anuncio de huelga han mostrado mucho cuidado en señalar que concentrarán su movilización en los momentos en que más pueden dañar la afluencia turística. Naturalmente ese no es su objetivo, sino presionar a la empresa que obtendrá ingresos extras por esa actividad, pero también al gobierno que tiene parte de responsabilidad en la recuperación económica y en la reducción del paro; sin embargo, despreciar el daño a los compañeros desempleados, es más, utilizarlo como elemento de presión al gobierno (contra quien en realidad va dirigida la acción) para que abandone su proyecto de privatización, le confiere el aspecto de chantaje y muestra un nivel de insolidaridad lamentable y completamente impropio de las organizaciones que respaldan la movilización. No lo haría mejor cualquier sindicato profesional.
La obligación primaria de los sindicatos es luchar por la conservación de los puestos de trabajo, pero eso incluye la lucha por la recuperación de los que se han perdido. El sindicalismo sin solidaridad (extendida a todos los trabajadores, en paro o en actividad) no merece el calificativo de clase. Para despejar las dudas, los negociadores sindicales tienen la obligación de revisar su programa de movilizaciones dándole un cariz menos insolidario y, en segundo lugar, pero no por eso menos importante, esclarecer qué se reivindica exactamente, porque hasta ahora no hemos escuchado más que declaraciones ambiguas, y si se produce algún oscurantismo no debería proceder de la parte sindical.
10 jun 2010
Sindicalismo y crisis
Hace tan sólo semanas el gobierno sostenía que no era necesaria una reforma laboral que le venían pidiendo desde distintos sectores algunos tan poco autorizados como el financiero. Ahora la impone por decreto, tras el fracaso de la mesa sindicatos patronal, alegando su inevitabilidad. Es posible que sea necesaria una reforma en este sentido; puede que una desregulación (flexibilización es el eufemismo) del factor trabajo redunde a la larga en una reducción del paro, como aseguran los adoradores del mercado libre; pero, no cabe duda de que es una medida importante en el desmantelamiento del sistema social europeo, que entre otras cosas amenaza en España con cargarse el sistema sindical, como ya ocurrió con el británico en tiempos de M. Thatcher.
El sindicalismo en nuestro país ha adolecido de su tardía recomposición, después de haber sido desmantelado por el franquismo. En realidad no logró situarse a la altura de los del entorno europeo, entre otras razones por falta de arraigo entre las clases trabajadoras (al franquismo no lo derribó ni la lucha política ni la obrera, se murió de viejo, como su fundador). Por las peculiaridades de la Transición, muy pronto desde el poder se protegió a los sindicatos legal y económicamente, como se hizo con los partidos, por entender que eran instrumentos imprescindibles en la consolidación democrática. El efecto fue sin duda positivo, pero tuvo contrapartidas: dificultad para inspirar credibilidad entre los que eran objeto de su lucha; desde su legalización se han sostenido más por la ayuda estatal que por el esfuerzo de sus defendidos; como consecuencia, muchos trabajadores los ven como un instrumento más del poder o de la administración del que esperan algo, pero con el que no se implican. Curiosamente las direcciones de los grandes sindicatos han actuado casi siempre con responsabilidad y eficacia y en muchas ocasiones han demostrado más sentido de Estado que muchos políticos o partidos, lo que es de agradecer, pero no ha contribuido a su imagen como organizaciones en defensa exclusiva de los intereses de los trabajadores.
Los sindicatos no pueden aceptar una reforma laboral que suponga un retroceso importante de las conquistas consolidadas en el pasado, el sacrificio tiene un límite, más difícil de soportar si los sectores responsables de la situación se van de rositas, como muestran todas las evidencias. Lo peor del caso es que la respuesta, la huelga general, no puede ser más que testimonial, y, por tanto, muy probablemente, un fracaso, como ha ocurrido con la de funcionarios. El callejón no tiene salida. Si en la reforma con la que chantajeaba el Gobierno se incluyen medidas para trocear la negociación colectiva y, en aras de una mayor racionalidad, se rebaja a nivel de empresa, el golpe para los sindicatos puede ser mortal.
Puede ocurrir que otro de los males que traiga la crisis sobre los trabajadores sea nada menos que el desmantelamiento de sus instrumentos de lucha y defensa de sus intereses. Otro sacrificio que en el altar del mercado está a punto de ofrendar el capital, y el Gobierno de acólito.
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