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21 may 2009

Un equilibrio frágil

Vivimos en un planeta al que una portentosa serie de casualidades ha convertido en un solar apto para la vida e incluso para que nuestra especie se sienta cómoda, pero esa situación es inestable y parece frágil. En el sistema solar sólo una estrecha franja, en la que se halla la Tierra (ecósfera) reúne condiciones. Permanecer en esa zona es una condición primaria, pero no la única: hace tiempo que sabemos que el clima ha oscilado en la tierra de tal modo que se ha situado en varias ocasiones al límite de lo tolerable para la vida hasta el punto de producirse varias extinciones masivas de especies, en algún caso hasta del 95% (en el Pérmico, cuando se formó un solo continente, Pangea, mucho antes de extinguirse los dinosaurios en el Cretácico quizá por el efecto invernadero que produjo la caída de un meteorito); las oscilaciones térmicas se han hecho más frecuentes en los últimos tiempos (último millón de años), produciendo una alternancia de períodos fríos (c.10ºC) y cálidos (c.15ºC). A la especie humana le ha tocado vivir este tiempo precisamente, entre periodos glaciares e interglaciares; los últimos 10.000 años, los de la civilización, se corresponden con un periodo cálido interglaciar. Dentro de la tendencia general del planeta al enfriamiento desde hace cientos de millones de años, el fin próximo de la interglaciación que vivimos anuncia un nuevo enfriamiento y, sin embargo estamos preocupados por el calentamiento global.

Las causas de tanta inconstancia en el mantenimiento de las temperaturas parecen estar en algunas irregularidades en la inclinación del eje y en la órbita terrestre, razones astronómicas. Pero además la geología es fundamental en el clima: la distribución de los continentes y que la circulación de las aguas oceánicas tengan abierto o no el acceso a los polos determina altas o bajas temperaturas respectivamente; ya hemos visto lo ocurrido cuando todas las tierras se reunieron en un continente en el Pérmico. Sin embargo el tiempo geológico y el nuestro tienen ritmos muy dispares, por eso no podemos verlo como una amenaza.

La biota (conjunto de la flora y fauna) también es capaz de alterar las condiciones químicas y climáticas. Sabemos que el abundante oxígeno que contiene nuestra atmósfera es un producto de desecho de determinadas bacterias que lo produjeron en cantidades ingentes, pero gracias a ellas estamos aquí contando o leyendo esto. Muchas algas producen dimetilsulfuro, un gas que al reaccionar con el oxígeno permite que se condense vapor de agua haciendo el efecto de sembrador de nubes, las cuales al hacerse abundantes impiden que llegue la radiación solar al suelo, produciendo un enfriamiento y, a su vez, una reducción de las algas; pero al disminuir éstas, disminuirán también las nubes y subirán las temperaturas permitiendo que empiece un nuevo ciclo. En este caso, el bucle tiene la virtud de funcionar como un termostato que mantiene las temperaturas constantes. Este fenómeno lo utilizó Lovelock para explicar su teoría llamada Hipótesis Gaia (Gea en castellano), que pretende que los organismos vivos, sin saberlo, crean las condiciones necesarias para su permanencia neutralizando las alteraciones climáticas o químicas que les serían desfavorables.

Hay una especie, la nuestra, que ha proliferado tanto y tiene tal capacidad de adaptación que ha invadido casi todos los nichos del planeta, con la excepción de la Antártida, algunos desiertos, los restos de selvas ecuatoriales que subsisten y la alta montaña; las zonas templadas las ocupa con densidades altísimas; ha modificado de tal forma el medio que salvo en las zonas indicadas ha creado por todas partes un nuevo paisaje; ha manipulado la flora y la fauna seleccionando y modificando las especies que le son útiles y eliminando las que le estorban convirtiéndose en el principal destructor de la biodiversidad; aprendió a utilizar la energía de otras especies y recientemente a obtenerla de los recursos fósiles almacenados durante miles de millones de años de la historia terrestre, liberando a la atmosfera cantidades inmensas de CO2. La modificación del paisaje, la proliferación de los desechos y la alteración de la composición de la atmósfera son herramientas tan poderosas que están generando un cambio climático hacia un calentamiento de consecuencias imprevisibles.

La desaparición de algunas culturas o civilizaciones se produjo por una catástrofe ecológica, inducida o no por su propio desarrollo ¿Nos espera el mismo futuro pero a escala global, como corresponde a la nuestra? Desde cualquier punto de vista el impacto de la humanidad sobre la biosfera carece de precedentes

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22 ene 2009

Obama y el cambio climático

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Pocas veces se han dado circunstancias tan propicias para que tanta gente espere tanto de un mandatario recién elegido. No hay terreno de la actividad humana en el que no se tenga la esperanza de un cambio que Obama no deba intentar. El medio ambiente es uno de ellos y no de los menos necesitados. El flamante presidente ha mostrado en diversas ocasiones sensibilidad en la materia, la misma que le ha faltado a la administración saliente. Quizá por eso, a finales de diciembre, el climatólogo James Hansen ha escrito una especie de carta abierta titulada: Decir la verdad a Barak Obama – Toda la verdad. [Texto en inglés, o francés]

Hansen es un científico que ha sido denostado y ridiculizado desde que emprendió una campaña de sensibilización sobre el problema del calentamiento global, dirigiéndose al gran público y a la clase política –formó parte del equipo del candidato demócrata J. Kerry–. Los escépticos del cambio climático, que con tanta frecuencia coinciden con posiciones políticas ultraconservadoras, y la derecha chocarrera y descalificadora del progresismo en cualquiera de sus manifestaciones, lo ha crucificado de todas las formas posibles. Desde posiciones más equilibradas se le acusa de apocalíptico y desmesurado. Sin embargo el texto a que hago referencia contiene ideas que en mi modesta opinión son muy acertadas, mientras no se me argumente con mayor convicción en contra.

El problema de las emisiones de gas carbónico es decisivo –387 ppm (partes por millón) de contenido de la atmósfera en la actualidad frente a 280 ppm antes de la revolución industrial– en el calentamiento global. Para reducirlo propone la captura del CO2 a la salida de las centrales termoeléctricas y su almacenamiento, el recurso a las centrales nucleares de cuarta generación y la imposición rigurosa de una tasa por las emisiones de carbono, como soluciones ineludibles porque las considera irremplazables, a escala planetaria, por las políticas seguidas en algunos países, de ahorro energético y uso de energías renovables.

Critica duramente el uso del carbón para la producción de electricidad y la tendencia actual a incrementarlo en países emergentes con reservas y en los antiguos productores para diversificar las fuentes o escapar del dominio del petróleo. Considera su uso extremadamente pernicioso porque es la fuente energética más contaminante y que más sufrimiento ha causado a la humanidad, desde su extracción a su combustión y conversión en gas de efecto invernadero. El almacenamiento del CO2 ha de acompañarse de una política de nuclearización de China y la India con centrales de cuarta generación, considerablemente avanzadas sobre las tradicionales, en seguridad, consumo de uranio y contaminación.

El texto es largo y prolijo, muy bien argumentado y hace un llamamiento a su crítica desde posiciones científicas. Se extiende considerablemente sobre los efectos del calentamiento global, sobre lo pernicioso del carbón como fuente energética, hoy y en el pasado reciente, y la necesidad de la energía nuclear, aunque entiende que haya países que no la acepten, en contra de las propuestas del ecologismo dogmático.

En el suplemento Futuro de El País se podía leer ayer un experimento en marcha protagonizado por el buque oceanográfico alemán Polarsten, con científicos europeos e indios que pretenden sembrar una zona del Atlántico con sulfato de hierro, con lo que esperan favorecer la proliferación de la población de algas y microorganismos, aumentando así la capacidad de almacenamiento de CO2 del océano.

Espero que la administración Obama sea sensible a estas demandas y colabore e incluso lidere, como corresponde a EE.UU., este tipo de esfuerzos, recuperando el tiempo perdido por una administración tan obtusa como la que acaba de hacer mutis, a Dios gracias. Si es así, hasta podríamos disculparle el cigarrillo.

4 jul 2008

Capitalismo y biocombustibles

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El asunto de los aniversarios no es mi fuerte, se me pasan todos. Hace un par de meses fue el Día de la Tierra y me enteré hoy; afortunadamente el Planeta no sólo tiene un día sino que además le han concedido un año entero y ese es éste en el que estamos. Bien, pues acogiéndome a la celebración tocaré una cuestión que está levantando una gran polvareda: los biocombustibles.

No soy un experto en el tema, ni muchísimo menos, pero observo con escándalo que hay otros más ignorantes que pontifican a favor o en contra con argumentos a todas luces falaces. Yo sólo haré alguna reflexión con la modestia que me impone el desconocimiento del problema.

Ha surgido el recurso a utilizar la biomasa para producir etanol o biodiesel susceptibles de ser utilizados como combustible por dos imperativos: el primero, la liberación de CO2 –aparte otras sustancias–, responsable principal del efecto invernadero, con el consumo de combustibles fósiles; en segundo lugar, en países con dificultades económicas, para liberarse de la factura del petróleo (Brasil), aunque luego se haya extendido a otros más poderosos (USA).

He leído argumentos en contra de la utilización de biocombustibles alegando que su utilización produce casi tanto CO2 como el petróleo, el gas o el carbón. Esto es cierto pero la cuestión es otra: el dióxido de carbono que genera ya lo había absorbido la planta de la atmósfera previamente, de manera que forma parte del ciclo natural, no rompe equilibrio alguno; los hidrocarburos y el carbón son fósiles, es decir, se produjeron a partir de la biomasa hace mucho tiempo –en el carbonífero hace 300 millones de años–, cuando el CO2 era mucho más abundante que ahora en la atmósfera; liberarlo de golpe con la combustión de miles de millones de toneladas anuales de carburantes supone romper por completo el equilibrio a que había llegado la naturaleza. Eso es lo que estamos haciendo en este momento.

El gran problema que ha empezado últimamente a ponerse de manifiesto es el efecto que está teniendo o puede tener sobre el precio de los alimentos básicos y la pobreza en el mundo. Cuando se empezó a hablar de biocombustibles se pensó que, aparte los efectos benéficos sobre la contaminación, se podía esperar una reactivación del sector agrícola y una fuente de ingresos para los países subdesarrollados. No era un pensamiento incorrecto, aunque sí ingenuo, porque el capitalismo acabaría por meter la garra y desviar los beneficios, no hacia los pobres o los sectores deprimidos, sino hacía los grandes inversores y los poderes financieros de siempre. Lo que está ocurriendo, según parece, es que: 1. en países ricos (USA) se subvenciona el cultivo de cereal para biocombustibles, desviándolo del mercado tradicional de la alimentación y elevando su precio; 2. en todas partes se están dedicando buenas tierras de cultivo a este menester, bajo la financiación de multinacionales, restándolas a la producción de alimentos, con la consiguiente subida de precios de éstos; 3. en Brasil se está roturando la selva para producir caña –de la que se obtiene etanol– disminuyendo precisamente la capacidad de absorción de anhídrido carbónico, que constituye el gran valor ecológico de la Amazonía; 4. los bosques de Asia e Insulindia sufren un proceso similar con la caña o el aceite de palma.

En el capitalismo la empresa tiene un objetivo que es prioritario, le va en ello su subsistencia: el máximo beneficio. Si los poderes del Estado, o de los organismos supranacionales, no priorizan otros valores mediante la legislación adecuada y la planificación precisa, la ley del beneficio “corromperá” cualquier progreso, convirtiéndolo en fuente de ingresos para los inversores, que, como es natural, no son los pobres de este mundo.

20 jun 2008

Disputa en el Ártico

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El Océano Glaciar Ártico, que veis en el mapa batimétrico, es el más pequeño de los océanos (14.100.000 km2) y además muy cerrado, sus límites están perfectamente definidos. En estos tiempos está de moda; el casquete de hielo polar que lo cubre, con un espesor de unos tres o cuatro metros, está en trance de desaparición: según estimaciones pueden haber desaparecido ya unos cuatro mil millones de toneladas de hielo; quizás lo esté haciendo a una velocidad de un 8% anual. El calentamiento del planeta, cualesquiera que sean las causas, hará que en una generación podamos navegar en verano por el mismísimo polo norte sin que nos estorben los hielos: la banquisa habrá desaparecido por lo menos en los meses estivales, como ocurre en el Antártico, sólo que allí está bordeando a una tierra continental.

Triste panorama que produce zozobra en cualquier espíritu sensible. Pero hay por ahí un cruel refrán que dice: no hay mal que por bien no venga. Más que lamentaciones por la catástrofe lo que se oye es el griterío de los que esperan sacar provecho de la nueva situación, ya que al retirarse los hielos dejan al descubierto un tesoro. Los países limítrofes han comenzado a disputar por la propiedad de los fondos marinos que parecen encerrar ingentes cantidades de hidrocarburos y minerales y por el control de las posibles rutas que quedarán expeditas inmediatamente y que tendrán un valor económico y estratégico incalculable.

La voz de alarma saltó cuando Rusia colocó una bandera de titanio, para evitar la corrosión marina, a 4.000 m de profundidad, en una expedición en la que se valió de batiscafos con los que extraía muestras del fondo marino que demostraran que era prolongación de la plataforma continental siberiana. La cuestión es que el derecho marítimo vigente reconoce la propiedad de los fondos hasta doscientas millas de la costa para la explotación económica, pero mucho más si se trata de la plataforma continental (Convención de la ONU sobre Derecho del Mar de 1982, que, por cierto, USA no ha ratificado aún).

La cuestión de las rutas no es menos conflictiva. Existen dos posibles: la del NO (en amarillo en el mapa) quedó practicable por primera vez en la historia en el verano pasado. El Canadá pretende su control, para lo que está construyendo un puerto y base militar en la isla de Baffin, a lo que se opone EE.UU. La ruta del NE todavía requiere el uso de rompehielos en algún tramo, como se ve en el mapa, y en su casi totalidad discurre por aguas rusas.

Existen otros muchos litigios de límites entre los países ribereños, que hasta ahora no han tenido trascendencia pero que a partir de este momento se pueden convertir en muy importantes. El mes pasado se reunieron en conferencia, aunque con la ausencia protestada de Suecia, Finlandia e Islandia, en Ilulissat, Groenlandia, sin que al parecer hayan llegado a mayor acuerdo que el de postergar las soluciones hasta la conferencia de la ONU sobre el tema, prevista para 2020. Ni que decir tiene que otros de los insatisfechos son los grupos ecologistas y las asociaciones de aborígenes.

No deja de ser irónico que la pérdida de los hielos, seguramente por los excesos en la combustión de petróleo, de lugar a una mayor extracción y a la apertura de nuevas rutas que incrementarán su consumo.