El dios romano Jano tenía dos caras. Se colocaba su imagen a
la entrada de los edificios simbolizando los dos aspectos de la puerta,
permitir la entrada o la salida y cerrar el acceso. Pocos hechos de la
actividad humana son singulares en sus efectos. La experiencia en este sentido
ha acuñado la expresión popular, no hay
mal que por bien no venga. Y a la inversa.
Cuando comenzó a apuntar el fenómeno de la globalización lo saludamos
como un salto de civilización que erradicaría antagonismos históricos (culturas, etnias, naciones) y lograría por
fin una comunidad de la humanidad. Pocos se percataron entonces de un posible lado
oscuro que fuera a enturbiar la supuesta fiesta que se anunciaba. La historia
debió alertarnos: la revolución industrial, un logro que abrió la modernidad,
supuso desde el principio la explotación inhumana y el descenso a los infiernos
de masas de trabajadores, que necesitaron muchas generaciones para lograr una
cierta seguridad y un vacilante bienestar; el descubrimiento de América, antes
de mostrar sus excelencias históricas, produjo uno de los mayores genocidios
conocidos, el desequilibrio del sistema monetario y la ruina financiera y
después económica del descubridor y primer explotador. Para qué seguir.
