24 may. 2014

La cara oscura de la globalización

El dios romano Jano tenía dos caras. Se colocaba su imagen a la entrada de los edificios simbolizando los dos aspectos de la puerta, permitir la entrada o la salida y cerrar el acceso. Pocos hechos de la actividad humana son singulares en sus efectos. La experiencia en este sentido ha acuñado la expresión popular, no hay mal que por bien no venga. Y a la inversa.

Cuando comenzó a apuntar el fenómeno de la globalización lo saludamos como un salto de civilización que erradicaría antagonismos históricos  (culturas, etnias, naciones) y lograría por fin una comunidad de la humanidad. Pocos se percataron entonces de un posible lado oscuro que fuera a enturbiar la supuesta fiesta que se anunciaba. La historia debió alertarnos: la revolución industrial, un logro que abrió la modernidad, supuso desde el principio la explotación inhumana y el descenso a los infiernos de masas de trabajadores, que necesitaron muchas generaciones para lograr una cierta seguridad y un vacilante bienestar; el descubrimiento de América, antes de mostrar sus excelencias históricas, produjo uno de los mayores genocidios conocidos, el desequilibrio del sistema monetario y la ruina financiera y después económica del descubridor y primer explotador. Para qué seguir.


El impulso globalizador de las últimas décadas ha sido catapultado por la revolución tecnológica en el tratamiento de la información y en las comunicaciones, y encontró, por fin, vía libre política con el plácet que proporcionó el desmantelamiento de la URSS y el fin de la bipolaridad. Sin embargo, la falta de control sobre los flujos financieros unida a los efectos de la desindustrialización del centro por la deslocalización, más la competencia de los productos primarios procedentes de la periferia, etc., son factores, de momento, sin gobierno y generadores de la crisis.

Como es natural, la desindustrialización y la deslocalización son vistas como muy problemáticas desde el centro pero como una bendición desde la periferia, lo mismo que el acceso de determinados productos primarios periféricos a los mercados centrales. Pero, cuidado, el giro de la situación no es precisamente benéfico para los que padecen los efectos de la actual división mundial del trabajo.

En México han llamado maquiladoras a las fábricas que se han instalado resultado de la deslocalización. El vocablo es rancio y castizo pero muy adecuado a la nueva situación. La maquila se beneficia de subsidios, infraestructuras y servicios a cargo del país anfitrión; no paga aranceles por los insumos empleados como materia prima, que consisten fundamentalmente en partes para el ensamblaje y posterior exportación, empleando masivamente mano de obra mayoritariamente femenina. Instaladas en zonas de excepcionalidad fiscal y laboral presentan escasa integración local, como no sea haberse asimilado a la función primaria y exportadora de modo que las manufacturas se convierten de hecho en commodities, en las que el precio de la fuerza de trabajo se define en el mercado internacional. El capital es extranjero, de transnacionales (confección, moda, aparatos eléctricos y electrónicos, juguetes, automóviles…) y cuando participa el capital local es mediante la subcontratación a empresarios locales, que operan mediante pedido, no contrato, y que utilizan el trabajo a domicilio con abundancia de mano de obra infantil. Así se traslada la responsabilidad de la explotación de las trasnacionales a los empresarios locales y de estos a las familias, con lo que las conocidas firmas implicadas pretenden lavar su imagen.
En general las condiciones son terribles para los trabajadores, incluyendo la imposibilidad de facto o de iure de la sindicación, de modo que sólo algunas oenegés (Oxfam, Ropa Limpia…) aportan algún elemento de solidaridad/caridad.

El proceso comenzó en la frontera de México con EE.UU. y Centroamérica pero hoy se ha extendido a África y Asia, alcanzando dimensión global (sólo Bangladesh cuenta con más de tres millones de empleados en esta modalidad con salarios en torno a los 30 € mensuales y las tristes condiciones de trabajo que ha revelado la reciente tragedia). La inexistencia de arraigo y la dependencia absoluta de los mercados internacionales hace que las industrias migren de una zona a otra, de un continente a otro, al ritmo de las fluctuaciones económicas, dejando un rastro desolador.

Se trata de una nueva división internacional del trabajo que no ha hecho más que empezar y cuyas consecuencias finales estamos lejos de prever. De momento, como en todas las grandes innovaciones, lo más visible es la dislocación del orden existente y, consecuentemente, los traumas terribles sobre los más vulnerables de cualquier latitud.

Esperemos que al menos nuestros hijos puedan sentir que la otra cara de este Jano moderno que es la globalización empieza a ser predominante.
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Ver Movilidad de la producción y nueva división internacional de trabajo de Josefina Morales. La aldea global, nº 14.


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