8 jul 2015
Podemos y la metafísica
20 oct 2014
Ciencia y revelación
26 sept 2014
¿Retroprogreso?
2 oct 2013
El suicidio
11 nov 2011
Platón. El lado oscuro
La primera frase del evangelio
de S. Juan, “En el principio era el logos”, es una proposición platónica. Desde
sus primeros momentos el cristianismo se sirvió de la filosofía griega,
básicamente del platonismo. El desarrollo posterior de la fe cristiana,
convertida durante más de un milenio en pensamiento único, elevó a las cumbres de la excelencia, ya que
no a los altares, a los filósofos que aportaron las muletas para su andadura
dogmática: Platón y Aristóteles. A la vez sumió en el olvido y el desprecio al
pensamiento que condenaba la superstición basándose en la observación de la
naturaleza: la ciencia jónica y el epicureísmo. Todavía hoy el vocablo materialismo, con el que se puede
nombrar a este pensamiento, tiene ciertas resonancias de perversión, bajeza o
grosería en el subconsciente de la mayoría.30 ago 2010
Una declaración
24 may 2009
El valor de la mentira
Como homenaje a Castilla del Pino, recientemente perdido, me he descargado de internet (lícitamente) La Incomunicación; ya en el prologo (a la 11ª edición) leo que la incomunicación es imprescindible para mantener la salud mental, para generar la introspección tan necesaria en la creación de un concepto de nosotros mismos y hasta para mantener una actividad creadora:
“Debemos mucho, en orden a la creatividad, a este forzado repliegue del hombre sobre sí mismo, a la búsqueda de «diálogos» interiores, de flujos de conciencia, de autodescripciones de los propios estados. Ni la mística, ni la poesía, ni la novela moderna, ni siquiera la psicología y la filosofía en lo que tienen necesariamente de introspección, hubieran sido lo que son si la única necesidad del ser humano hubiera sido la exteriorización y esta no le hubiera resultado frustrante.”
Aparentemente es difícil encontrar un fenómeno tan negativo para la vida social como la incomunicación, en realidad se nos aparece como destructor por excelencia de la sociabilidad, una cualidad esencial de la raza humana. Pero, sin embargo, a poco que reflexionemos encontramos que prescindir por completo de ella provocaría justo la catástrofe que pensamos evitar manteniéndolo a raya.
Sin desarrollarlo, lo mismo apunta para la mentira, como elemento igualmente necesario para el buen funcionamiento de la sociedad y de una mente sana. La verdad tiene un inmenso prestigio social: a todos nos gusta, de una forma o de otra, presumir de veraces y muchos aseguran decir siempre la verdad (sin percatarse de que al hacerlo se delatan como mentirosos). Pero todo apunta a que prescindir de la verdad es con frecuencia deseable o conveniente e incluso necesario: los rituales de la cortesía, que es el aceite que engrasa las relaciones sociales, la convivencia, se alimentan de ciertas formas de mentira, disimulo y ocultación; con frecuencia recurrimos a la mentira, en cualquiera de sus formas, para preservar nuestra intimidad; es también evidente que la evitación de un mal mayor nos apremia a utilizarla más veces de las que estamos dispuestos a admitir (muchas de las mentiras casi instintivas de los niños tienen esa finalidad).
He hablado antes de su necesidad para mantener una mente sana. Pensaba en la multitud de ocasiones en que nos engañamos a nosotros mismos. Enfrentados a una conciencia, a veces demasiado exigente, el único recurso para no frustrarnos, para que nuestra vida no nos parezca un fiasco, es ocultarnos la verdad. Detectamos la estrategia en los demás y nos causa sorpresa e incredulidad por lo burdo, a veces, del artificio, pero ¿qué razón hay para pensar que a nosotros no nos ocurre aunque sea con fórmulas más sutiles?
Incluso en la naturaleza encontramos formas admirables de mentira y engaño, todos conocemos mil y un ejemplos, que no se diferencia de las humanas más que en la falta de verbalización.
En definitiva, mi punto de vista sobre esta cuestión es que verdad y mentira no son más que dos aspectos de la realidad que conviene administrar con sabiduría y prudencia al margen de absolutismos o maximalismos morales.
16 feb 2009
La naturaleza de las cosas
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En su tiempo despertó la animadversión del círculo aristocrático de Cicerón, que consideraba indecente que llevara a la plebe el rechazo de la superstición, con la difusión del materialismo epicúreo. Por superstición hay que entender religión, que en Roma era religión de Estado; en efecto, la oligarquía, detentadora del poder, consideraba fundamental el mantenimiento de la práctica religiosa para la tranquilidad Estado. La intención de su poema era didáctica, por eso eligió el verso para exponer todo un tratado filosófico, en el que se encuentra, perfeccionada, la teoría atómica de Demócrito, el rechazo radical de cualquier entidad no material, así como la inutilidad del temor a la muerte.
«Atiende ahora; habiéndote demostrado que las cosas no pueden nacer de la nada ni, una vez nacidas, ser devueltas de nuevo a la nada, (...) déjame citarte otros cuerpos cuya existencia material deberás admitir aun siendo invisibles. (…)»
En una situación histórica de gran fluidez por el agotamiento del viejo paradigma aristotélico, vigente desde hacía siglos, y en la que apuntaban ya las nuevas condiciones de la ciencia moderna, el redescubrimiento del atomismo comenzó en seguida a rendir frutos.
«... la Naturaleza entera, en cuanto existe por sí misma, consiste en dos sustancias: los cuerpos y el vacío en que estos están situados y se mueven de un lado a otro. Que el cuerpo existe de por sí, lo declara el testimonio de los sentidos, a todos común; (...) Por otra parte, si no existiera el lugar y el espacio que llamamos vacío, los cuerpos no podrían asentarse en ningún sitio, ni moverse en direcciones distintas...A finales del siglo XV, Galileo no escapó a la fascinación de estos textos cuyas ideas le permitieron empezar a trabajar por fin con una alternativa viable a la física aristotélica y, a la larga, sentar las bases de la ciencia moderna. Curiosamente Lucrecio (Titus Lucrecius Carus) es uno de los hitos fundamentales en el progreso humano, pero de los más difamados y de los más ignorados.
Pues doquiera se extiende el espacio libre que llamamos vacío, no hay materia; y donde se mantiene la materia, no puede haber espacio hueco. (...)
Los átomos son, pues, sólidos y simples, formando un todo coherente de partes mínimas (...)
... es indudable que ningún reposo se ha concedido a los átomos a través del profundo vacío, sino que, agitados en continuo y vario movimiento, unos rebotan, después de chocar, hasta grandes distancias, mientras otros sufren los golpes dentro de un breveespacio. Los que, más densamente asociados, chocan y rebotan dentro de exiguos intervalos, trabados como están por la maraña de sus formas, constituyen las tenaces raíces de las peñas, la indómita sustancia del hierro y los demás cuerpos de este género».
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BIBLIOGRAFÍA:
Michel ONFRAY: Las sabidurías de la Antigüedad. Contrahistoria de la filosofía. I. Anagrama
Benjamín FARRINGTON: Ciencia y política en el mundo antiguo. Ed. Ayuso.
El enlace de Galileo conduce a la conferencia de Pietro Redondi: El atomismo de Galileo.
El texto integro de De Rerum Natura en la Biblioteca Virtual M. de Cervantes. (La nota introductoria y biográfica contiene los prejuicios tradicionales contra Lucrecio)
7 feb 2009
Charles Darwin
En unos días se cumplen los doscientos años del nacimiento de Darwin creador de la teoría de la selección natural dentro de la teoría general de la evolución biológica. Merece la pena resaltar algunos aspectos de su obra. Nunca un gran descubrimiento, un gran hallazgo científico puede separarse de una cadena de precedentes, de un ambiente histórico que lo propicie, lo que no resta mérito a los protagonistas; aunque en este, como en tantos casos, haya que abandonar la idea de héroe solitario. Diez años antes de que Darwin viniera al mundo, Lamarck, naturalista y filorevolucionario francés, formuló por vez primera la tesis de una evolución de los seres vivos, aunque explicaba su mecánica de modo incorrecto. El propio abuelo de Darwin, Erasmus, había dejado algunos escritos sobre esta cuestión, favorables a la idea de una evolución. Cuando ya tenía redactada su gran obra, El origen de las especies, pero dudaba sobre la oportunidad de su publicación, consciente del impacto que produciría, recibió un trabajo de Wallace, naturalista que investigaba en la Insulindia, en el que se introducía ya el concepto de selección natural como motor de la evolución; por ello Darwin, siguiendo el consejo de la Royal Society y después de consensuarlo con él, lo cito en su obra como codescubridor. A él mismo, fue el libro del economista Malthus, Ensayo sobre el principio de la población, en el que se hablaba de la supervivencia de los más aptos, lo que le inspiró la idea de la selección natural. Puede ser que no hubiera tenido el mismo impacto o su efecto hubiera sido más tardío y menos contundente, pero sin él habríamos llegado también a las mismas conclusiones a no tardar mucho. Lo que es aplicable a Darwin lo es también a otros grandes científicos o descubridores, a los que rendimos, no obstante, un culto merecido.
Hay una curiosa contradicción entre su vida y el efecto de su obra. Aunque en su familia existieron librepensadores, él fue hombre de moderación ideológica y de comportamiento contenido, de hecho se preparó para pastor (anglicano) y siempre participó activamente en la vida parroquial, aunque al final de su vida se declarara agnóstico. Ya he señalado que tardó veinte largos años en publicar su obra, en parte gestando su teoría, pero también porque no se atrevía a sacarla a la luz; al final se vio urgido por los trabajos de Wallace. Cuando Carlos Marx leyó su libro, convencido de que ratificaba sus ideas materialistas y extendía el método dialectico al funcionamiento de la naturaleza, le envió un manuscrito de El Capital, que escribia entonces, y le pidió su opinión a la vez que le expresaba su admiración y el deseo de conocerlo. Darwin le contestó cortés pero evasivo alegando que carecía de la preparación necesaria para enjuiciar sus escritos(1). Sin embargo, y muy en contra de lo que cabría desprenderse de su moderación, las conclusiones científicas que había alcanzado venían a corroborar las tesis del materialismo, desbancando el dualismo, el creacionismo idealista y la concepción de la inmutabilidad del ser, pensamiento que había hegemonizado a occidente durante dos milenios. De manera definitiva rompía con la tradición aristotélica y revalorizaba a los anteriores filosofos de la naturaleza, entre los que Empédocles de Agrigento (s.V a. C.)ya había sugerido la evolución biológica.
La tercera cuestión es el modo en el que cambió el papel del hombre en el universo después de la formulación de la teoría: por una parte enriquecido con el orgullo de poder explicar por primera vez su propio origen sin tener que recurrir a mitos, sino con el solo concurso de la razón; por otra, el baño de humildad que supuso el verse inscrito en el reino animal, como una especie más, despojado de la aureola de un ser especial creado a la imagen de Dios.
Hoy la teoría de la evolución de las especies por la selección natural es una de las teorías científicas mejor asentadas y sin embargo sigue existiendo una fuerte oposición a su plena aceptación. Los fundamentalismos religiosos han visto en ella un gravísimo peligro por las dos últimas razones que he expuesto y porque muestra palmariamente el retroceso de las religiones con el progreso de la ciencia.
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Ilustración: Charles Darwin, acuarela por G. Richmon, realizada después del viaje del Beagle.
1 feb 2009
¿Es el cristianismo monoteista?
El hombre no se concibe solo porque la naturaleza en su tarea creadora durante millones de años lo ha configurado como un ser social. Por eso cuando los humanos imaginamos a los dioses tampoco los pensamos como seres solitarios. Las religiones son siempre politeístas, incluso aquellas que hacen gala de monoteísmo: judaísmo, cristianismo e islamismo. Por supuesto que además de sociales los dioses son siempre antropomorfos –aunque a veces se prohíba su representación– o zoomorfos, ya que si no tienen una figura humana o animal su carácter sí que lo es. Al fin y a la postre la imaginación tiene sus límites.________________________________
ILUSTRACIÓN. “La Trinidad” de El Greco.
1 dic 2008
Guillermo de Okham
Las épocas de crisis –en el sentido de mutación de los procesos históricos– son fértiles en personalidades excepcionales o, al menos, los que poseen rasgos de genialidad, tienen mayores oportunidades de que brille su genio. Es el caso del S.XIII-XIV y Guillermo de Ockham, uno de los sabios responsables del advenimiento de la modernidad.Umberto Eco lo retrata en el protagonista de El nombre de la Rosa, Guillermo de Baskerville, con una multitud de sus rasgos biográficos e intelectuales, presentándolo como un fraile franciscano que acude a un monasterio de los Alpes, llamado por el Papa para discutir una acusación de herejía que recaía sobre un sector de franciscanos. Envuelto en una sucesión de crímenes y en el debate teológico , el protagonista actúa como lo hiciera Ockham, haciendo gala de un método científico y una concepción del mundo modernos, pero chocantes para sus contemporáneos.
En efecto, el movimiento franciscano trajo una auténtica revolución a la Iglesia y, por tanto, a la intelectualidad medieval. Francisco de Asís y sus seguidores pusieron de nuevo en valor a la naturaleza, en contra del habitual desprecio que desde hacía siglos sufría por parte del pensamiento religioso oficial, que la asimilaba a lo demoniaco y al pecado –los frailes, al contrario que los monjes, buscaban vivir en el mundo, no apartarse de él–. Podemos considerar esta aproximación a la realidad como una metáfora de la formación del pensamiento de Ockham. La especulación metafísica que desde Platón y Aristóteles hasta Sto. Tomás se centra en los universales es rechazada por el fraile franciscano que los reduce a una cuestión de lenguaje y considera que lo único real es lo individual y concreto, y de su observación y análisis nacen la filosofía y la ciencia, que se liberan así de la metafísica y de la teología, negadas por Guillermo. De ello se desprende que el intento tomista de casar fe y razón –vías para demostrar la existencia de Dios mediante la razón– es inútil; sólo con la fe se puede alcanzar el conocimiento divino.
Pero sólo con la observación se alcanza el conocimiento del mundo natural, de ahí la importancia del método. Su aportación a la epistemología científica es la formulación del principio de preferencia de lo más sencillo sobre lo más complejo, tal y como se comporta la naturaleza. Método cargado de consecuencias, que conocemos como la navaja de Ockham, sistemáticamente utilizado, junto con la inducción, por la ciencia contemporánea, desde la economía a las matemáticas.
Derivación de su pensamiento filosófico y de sus avatares biográficos –investigado por la inquisición acusó a su vez al papa Juan XXII de herejía y se vio obligado a buscar la protección del emperador en Alemania, aprovechando la confrontación Papado-Imperio– es su pensamiento político que reclama la separación de lo espiritual y lo temporal, el Papa y el Emperador, la Iglesia y el Estado.
Empirismo, agnosticismo y secularización son los tres rasgos esenciales del pensamiento de Ockham, que pasan con fluidez al pensamiento humanista del Renacimiento y de los que alardeamos en la actualidad como grandes conquistas del mundo contemporáneo.
En una síntesis tan apretada es difícil exponer pensamientos y procesos complejos sin alterarlos quizás en exceso, pero espero haber expuesto con suficiente fidelidad y claridad el carácter moderno de este pensador nacido nada menos que en el siglo XIII. Umberto Eco no resistió su fascinación y lo convirtió en héroe de su relato; el éxito de la novela y después de la película, que protagonizo Sean Conery, es un reconocimiento de la actualidad de su pensamiento y de su actitud vital.
28 ago 2008
El orden y el caos

Pero no quiero hablar de la mentira y la verdad, sino del orden y del caos, aunque viene a ser lo mismo. El Mundo es caótico, en el sentido que dan al caos los físicos y los matemáticos; el orden, en cambio, es tan sólo un producto de nuestra mente, una simplificación de la realidad que nos permite orillar el vértigo de lo inabarcable.
Los logros de la inteligencia humana usando del método científico han sido inmensos y, sin embargo, una de las conclusiones más importantes a que se ha llegado en los últimos tiempos es a la convicción de que la sociedad, el clima, el Universo… son impredecibles en su comportamiento por el ingente número de factores que entran en juego, imposibles de tener en cuenta en su totalidad. Sistemas dinámicos, le llaman los matemáticos y a su estudio, teoría del caos. Según todas las evidencias hemos estado construyéndonos un mundo habitable, ordenando, clasificado, organizado, jerarquizado… sólo porque nuestro intelecto no soporta la ambigüedad, la indeterminación; pero lo que hay ahí afuera es otra cosa.
Desde el principio de los tiempos el hombre se ha defendido del caos, que es un habitat hostil, formulando respuestas contundentes a las preguntas más turbadoras. Así han nacido las religiones, afirmando responder a las dudas sobre nuestro origen y finalidad en el Mundo; así se han generado teorías sobre el Estado y el poder, justificando la arbitrariedad de la dominación de unos sobre otros… Más que sabiduría lo que nos han aportado es paz a nuestro espíritu, porque no buscábamos la verdad, sino seguridad, orden; a costa, naturalmente, de la verdad, a la que, hasta el momento, no se le ha encontrado utilidad alguna.
9 jul 2008
Sobre la felicidad
Una de las cosas que distingue a los humanos de cualquier otro ser viviente es que nosotros buscamos la felicidad, ellos sólo la satisfacción de sus necesidades. No sabemos en qué momento del proceso de hominización se produjo el cambio, pero es una constante desde que tenemos memoria histórica. Sin embargo, el concepto de felicidad y los posibles medios para alcanzarla así como la fe en lograrlo no siempre, ni en todas las culturas, han sido los mismos. Durante siglos ha imperado en Occidente la idea cristiana de que la felicidad no se encuentra en este mundo, sino en una vida futura. Nuestro mundo material, el que vivimos, no es sino un “valle de lágrimas”, tránsito necesario para alcanzar la felicidad en la contemplación de Dios, en la otra vida. Incluso se ha exaltado el sufrimiento, o la resignación ante él, como mérito para conseguir el premio final. Una idea que por cierto venía muy bien a las clases dominantes para mantener tranquilas a las masas explotadas (¡lo que son las casualidades!). Todavía hoy, aunque sea a modo de chiste, nos preguntamos si no será pecado cuando lo pasamos bien.
La Ilustración, digna heredera del Humanismo renacentista, rompió con esta tradición: colocó al hombre en el centro de su universo ideológico, desplazando a Dios, y proclamó que la consecución de la felicidad era el objetivo básico del ser humano; los gobiernos (monarcas ilustrados) tenían el deber de poner los medios para que se consiguiera, como es propio del paternalismo de una revolución desde arriba; el conocimiento en general y el cultivo y difusión de las “ciencias útiles” para el pueblo serían los instrumentos a usar. Pero el conocimiento y el uso de la razón sólo ha aumentado nuestro bienestar material, la felicidad nos sigue pareciendo un estado tan inalcanzable como siempre.
Aunque no soy experto en la materia, tengo entendido que en algunas culturas orientales la felicidad se identifica con el estado que se conseguiría renunciando a algunos de los aspectos que mejor nos definen como seres humanos: al nirvana se llega mediante el abandono de los deseos y la extinción de la conciencia de individuo. En otras palabras, el precio que habría que pagar sería nada menos que nuestra propia condición de humanos. No es muy distinto de lo que ofrece el cristianismo: en ambos casos se trata de una solución mística que implica la extinción del individuo antes o después de la muerte física.
Somos en la actualidad herederos directos de la Ilustración y podemos sentirnos satisfechos de haber reducido la felicidad a una escala humana, por mucho que no nos satisfaga la “materialización” del proyecto y nos inquiete la pérdida de sus aspectos románticos.
¿No será que La Felicidad (con mayúsculas) es una fantasía, un espejismo? Se dice que el amor no es más que la sublimación del instinto reproductor ¿No será la felicidad otra de estas jugarretas que nos gasta la mente? Quizás debiéramos contentarnos con disfrutar del bienestar y de los momentos afortunados sin mayores complicaciones y no esperar del conocimiento racional o de la religión la realización de un sueño imposible.



