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8 jul 2015

Podemos y la metafísica

En un poema bastante críptico, conservado sólo en fragmentos citados por otros filósofos de su cuerda o de la contraria, Parménides, considerado uno de los padres de la filosofía, dijo: «Lo que es es y lo que no es no es» o «El ser es y no puede no ser» (no confundir con aquella otra sentencia: «Lo que no pue ser no pue ser y además es imposible» emanada del círculo taurino, un pozo de sabiduría poco explorado). A primera vista puede dejarnos perplejos que algo así haya marcado el inicio de la filosofía, pero es pura metafísica, ciencia que, la verdad sea dicha, nunca sabremos si es o no es. De hecho otros filósofos la reducen a problemas de lenguaje, y no deben andar muy lejos del acierto porque el mayor debate hoy sobre la susodicha proposición es puramente filológico, a ver si donde dice digo dice digo y no dice Diego; al fin y al cabo estos chicos solían usar el griego jónico-ático de hace 2500 años, sólo un pelín más inteligible que el lunfardo.

20 oct 2014

Ciencia y revelación

Richard Feynman, que fue premio Nobel de física, especulaba sobre un cataclismo que hiciera desaparecer por completo la civilización, todo conocimiento humano, y sobre qué mensaje elegir para dejar a las generaciones futuras, si tuviéramos la posibilidad de hacerlo, en forma de una sola sentencia; dijo que habría que escoger «la hipótesis atómica, según la cual todas las cosas están hechas de átomos: pequeñas partículas que se mueven en movimiento perpetuo, atrayéndose mutuamente cuando están a poca distancia, pero repeliéndose al ser apretadas unas contra otras.»

26 sept 2014

¿Retroprogreso?

Hay muchos que no creen en el progreso o dan a la evolución (positiva) que se esconde en el vocablo un sentido negativo. No es nada nuevo, ya en la Grecia de finales del siglo IV a.n.e., seguramente como reacción al progreso material y cultural del momento, surgió una escuela de filósofos llamados cínicos que vivían según la naturaleza despreciando los bienes de la civilización, de ahí su nombre (κύων kyon: ‘perro’; kynikon: perruno, que viven como perros). Por otra parte, los mitos de la edad de oro o del paraíso perdido sintetizan la historia humana como una regresión brutal e irreversible.

2 oct 2013

El suicidio

Entrando al trapo desde el primer momento y sin rodeos dice Albert Camus en el primer párrafo de El mito de Sísifo: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía».
Bien sea por la consecuencia que encierra tal aserto o porque comparto plenamente la opinión del filósofo, me parece útil reflexionar sobre la cuestión, aunque sea con la levedad que imponen mis limitaciones.

11 nov 2011

Platón. El lado oscuro

            La primera frase del evangelio de  S. Juan, “En el principio era el logos”, es una proposición platónica. Desde sus primeros momentos el cristianismo se sirvió de la filosofía griega, básicamente del platonismo. El desarrollo posterior de la fe cristiana, convertida durante más de un milenio en pensamiento único,  elevó a las cumbres de la excelencia, ya que no a los altares, a los filósofos que aportaron las muletas para su andadura dogmática: Platón y Aristóteles. A la vez sumió en el olvido y el desprecio al pensamiento que condenaba la superstición basándose en la observación de la naturaleza: la ciencia jónica y el epicureísmo. Todavía hoy el vocablo materialismo, con el que se puede nombrar a este pensamiento, tiene ciertas resonancias de perversión, bajeza o grosería en el subconsciente de la mayoría.
A mediados de los 60 apareció en España la obra de B. Farrington Ciencia y política en el Mundo Antiguo. No exagero si digo que fue un revulsivo, una revelación para los que éramos estudiantes en aquellas fechas. De hecho ponía patas arriba la idea que se nos había inculcado del pensamiento griego clásico y de su influencia en nuestra civilización. De pronto uno de los ídolos de la cultura occidental, Platón, quedaba reducido a la condición de un manipulador, que desde los intereses de clase (la aristocracia ateniense) ponía en pie un sistema de pensamiento en el que la negación de la realidad sensible y la superstición constituían su núcleo, mientras su finalidad no era sino impedir a las clases populares el acceso al conocimiento.
En La República presenta el filósofo una utopía política con una sociedad dividida en castas de entre las cuales la minoría ilustrada (hombres de oro) tendría el monopolio del poder político, mientras que la misión del pueblo (hombres de hierro) se reducía al trabajo. En Las leyes propugnaba la imposición de una religión de Estado consistente en la divinización de los cuerpos celestes (el Sol, la Luna…), a la vez que se pronunciaba por el mantenimiento de los cultos tradicionales, con graves penas para los incrédulos en ambos casos, aunque él solo creía en los beneficiosos efectos que tendría sobre los bajos instintos y pasiones del pueblo.
En el Mito de la caverna unos hombres encadenados (limitaciones de su naturaleza corpórea) solo ven sombras proyectadas sobre la pared (el mundo natural) a las que creen la única realidad, aunque sólo son apariencias, reflejos de la verdadera realidad que se encuentra fuera de su alcance visual. De este modo niega la posibilidad del conocimiento con la observación directa sobre la naturaleza, es decir de la ciencia. Para él el hombre tiene una naturaleza dual: espíritu y cuerpo. El alma se encuentra encerrada en el cuerpo, entorpecida y cegada por la naturaleza corpórea; pero, aquella, pertenece al mundo elevado de las ideas, ha preexistido en contacto con ellas, por tanto, conocer no es sino recordar, lo que se logra con la ayuda de la dialéctica o discusión razonada. Con tal superchería rechazaba y condenaba el conocimiento científico que los filósofos de la naturaleza jonios y el materialismo epicúreo habían alumbrado trabajosamente.
En los siglos siguientes idealismo (neoplatonismo) y materialismo (atomismo, epicureísmo) continuaron su lucha, no sólo con las ideas sino también en la política, ya que el primero es desde un principio la identidad ideológica de la oligarquía, por lo que el último parece batirse en retirada, no en balde la democracia es sólo un mal recuerdo; hasta que el cristianismo, equipado con las armas intelectuales que Platón le había proporcionado y en posesión de una influencia decisiva sobre el poder político, acaba anatematizando todo materialismo.
Dos citas de Farrington: 1) «Anaximandro, en el siglo VI a de C., enseña una teoría de la evolución basada en la observación. Cosmas en el siglo VI d. de C. enseña una teoría basada en la Biblia, según la cual el Universo está hecho a imitación del tabernáculo de Moisés»; 2) «En el siglo V a. de C. el poeta pagano Empédocles sostiene la necesidad de un conocimiento de la naturaleza de las cosas. En el siglo V. d. de C. el poeta cristiano Prudencio niega el conocimiento de la naturaleza de las cosas».
¿Qué ha ocurrido para que se dé semejante regresión entre unas y otras situaciones separadas por mil años en los que se supone debería haber habido un importante progreso? Entre otras varias cosas, la interferencia nefasta de Platón y el cristianismo.

30 ago 2010

Una declaración


Todo empezó con aquella canción de Roberto Carlos que decía en una de sus estrofas: Yo quisiera ser civilizado como los animales, ejemplo del pesimismo a la moda sobre el género humano. Me chirriaba el mensaje, y ni aún ahora, cuando caben pocas dudas sobre nuestra responsabilidad en el cambio climático y ninguna sobre la de unos pocos en la pobreza de la mayoría, dejo de tener la esperanza de un cambio muy positivo en las generaciones próximas. Pensé muchas veces en la frase incongruente de la canción, que, seguramente, estaba concebida como un aldabonazo para despertar conciencias, pero que a mí no lograba sonarme más que como una concesión a la irracionalidad.
No me avergüenza usar términos como izquierdas y derechas, a los que algunos parecen haberles cogido alergia; por eso empiezo diciendo que el pesimismo es de derechas. Si el futuro se ve negro ¡Virgencita, que me quede como estoy! En el pasado la Iglesia puso música y letra a estos temores construyendo una ideología según la cual los humanos habían demostrado su incapacidad para construir un futuro habitable y, por eso, lo pone en manos de Dios, sin el cual nada podemos. No cabe mayor pesimismo y mayor desconfianza en la humanidad. Los que hablan de humanismo cristiano no saben lo que dicen. La ilustración fue una reacción frente a este panorama, una recuperación del humanismo, pero cargando las tintas, seguramente como rechazo a la idea de pueblo de Dios, en el individualismo: la economía no es más que el resultado del interés personal actuando libremente; la política el resultado de la confluencia civilizada y normalizada de ideas e intereses personales: el egoísmo como motor de la civilización. La única concesión a lo colectivo es el Estado-nación (mutación de los bienes patrimoniales de las antiguas familias reinantes, con sus siervos y súbditos convertidos en ciudadanos). En ellos, en su interior, se desarrolla una cierta solidaridad, que, a veces, sirve para enmascarar la feroz explotación que ejerce la minoría que controla los aparatos del Estado, utilizando la coartada del interés nacional; pero, entre ellos, en el exterior, la competencia y el egoísmo se manifiesta crudamente, con descaro, con violencia.
El intento de superación de esta situación lo protagoniza la izquierda, la única ideología que piensa en el futuro, no como una repetición del presente o como un regreso al Limbo, sino como algo nuevo por construir en donde se hayan superado las contradicciones del presente. Puro optimismo. La utopía, que es para este mundo, y nuestra responsabilidad, no una gracia divina, utiliza como combustible solidaridad y fraternidad en lugar de egoísmo. Como los ilustrados, tiene fe en el hombre, pero el éxito lo espera de la cooperación, no de la competencia. Quizá por eso sus detractores la vieron como una nueva religión.
Las palabras están gastadas. Lo están izquierda y derecha, bastante solidaridad, mucho fraternidad. Quizá nos resulte más cómodo hablar de empatía, que no está contaminada políticamente y expresa lo mismo con un toque psico muy a la moda. Pues bien, el tiempo presente, si por algo se caracteriza, aparte los consabidos dramas y amenazas de futuro, es por una eclosión de empatía universal. Jamás antes el género humano se sintió tan uno y hermanado, ya nadie discute si los negros o las mujeres tienen alma, si los pobres merecen derechos políticos o si los niños son algo más que un proyecto de persona. Incluso se extiende la empatía a los demás seres vivos, a todo el entorno terrestre. Por primera vez existe una conciencia universal de unidad. Para convencerse no se necesitan complicadas argumentaciones, basta con un poco de reflexión sobre el presente y una mirada al pasado.
El espíritu humano cuenta pues con los útiles precisos, resultado de una evolución cultural que los ha diseñado y pulido adecuadamente. Pero la realidad es que nos encontramos en un mundo que nos parece abarrotado, a punto de reventar, exhausto por una explotación insolidaria, enfermo por un trato irresponsable. Además de espíritu necesitamos tecnología. No hay revolución (de las buenas, de las que hacen avanzar) sin un salto tecnológico. Es preciso liberarse del uso de energías sucias; el petróleo fue factor de progreso, pero hoy es una condena segura. El hallazgo de más reservas en el Ártico es una pésima noticia. Las ecoenergías y la fusión nuclear podrían ser la solución.
Con una nueva herramienta energética (ya a las puertas) y la empatía recién estrenada y en estado de prueba, el futuro es nuestro. Los jóvenes de hoy serán sus constructores. El nuevo mundo estará plagado de errores, contradicciones y sinsentidos, pero es que la historia no se acabará más que con el hombre.
Yo me declaro optimista histórico, es decir, de izquierdas.

24 may 2009

El valor de la mentira

Como homenaje a Castilla del Pino, recientemente perdido, me he descargado de internet (lícitamente) La Incomunicación; ya en el prologo (a la 11ª edición) leo que la incomunicación es imprescindible para mantener la salud mental, para generar la introspección tan necesaria en la creación de un concepto de nosotros mismos y hasta para mantener una actividad creadora:

“Debemos mucho, en orden a la creatividad, a este forzado repliegue del hombre sobre sí mismo, a la búsqueda de «diálogos» interiores, de flujos de conciencia, de autodescripciones de los propios estados. Ni la mística, ni la poesía, ni la novela moderna, ni siquiera la psicología y la filosofía en lo que tienen necesariamente de introspección, hubieran sido lo que son si la única necesidad del ser humano hubiera sido la exteriorización y esta no le hubiera resultado frustrante.”

Aparentemente es difícil encontrar un fenómeno tan negativo para la vida social como la incomunicación, en realidad se nos aparece como destructor por excelencia de la sociabilidad, una cualidad esencial de la raza humana. Pero, sin embargo, a poco que reflexionemos encontramos que prescindir por completo de ella provocaría justo la catástrofe que pensamos evitar manteniéndolo a raya.

Sin desarrollarlo, lo mismo apunta para la mentira, como elemento igualmente necesario para el buen funcionamiento de la sociedad y de una mente sana. La verdad tiene un inmenso prestigio social: a todos nos gusta, de una forma o de otra, presumir de veraces y muchos aseguran decir siempre la verdad (sin percatarse de que al hacerlo se delatan como mentirosos). Pero todo apunta a que prescindir de la verdad es con frecuencia deseable o conveniente e incluso necesario: los rituales de la cortesía, que es el aceite que engrasa las relaciones sociales, la convivencia, se alimentan de ciertas formas de mentira, disimulo y ocultación; con frecuencia recurrimos a la mentira, en cualquiera de sus formas, para preservar nuestra intimidad; es también evidente que la evitación de un mal mayor nos apremia a utilizarla más veces de las que estamos dispuestos a admitir (muchas de las mentiras casi instintivas de los niños tienen esa finalidad).

He hablado antes de su necesidad para mantener una mente sana. Pensaba en la multitud de ocasiones en que nos engañamos a nosotros mismos. Enfrentados a una conciencia, a veces demasiado exigente, el único recurso para no frustrarnos, para que nuestra vida no nos parezca un fiasco, es ocultarnos la verdad. Detectamos la estrategia en los demás y nos causa sorpresa e incredulidad por lo burdo, a veces, del artificio, pero ¿qué razón hay para pensar que a nosotros no nos ocurre aunque sea con fórmulas más sutiles?

Incluso en la naturaleza encontramos formas admirables de mentira y engaño, todos conocemos mil y un ejemplos, que no se diferencia de las humanas más que en la falta de verbalización.

En definitiva, mi punto de vista sobre esta cuestión es que verdad y mentira no son más que dos aspectos de la realidad que conviene administrar con sabiduría y prudencia al margen de absolutismos o maximalismos morales.

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16 feb 2009

La naturaleza de las cosas


Poggio Bracciolini, humanista obsesionado por la recuperación de la cultura latina, rastreó todos los monasterios a su alcance en busca de vestigios de la literatura clásica. Recuperó multitud de textos, entre ellos (1417) De rerum natura, la obra de Lucrecio (s. I a.C.), que había permanecido perdida durante toda la Edad Media. El magnífico manuscrito que encabeza esta entrada es una copia realizada en 1483 por el fraile agustino Girolamo di Matteo por encargo del papa della Rovere, Sixto IV –el que inició las obras de la Capilla Sixtina–. La admiración por la cultura latina y el nuevo amor por la naturaleza explican el interés del pontífice y el primor y elegancia de su ejecución, pese a que Lucrecio había sido la bestia negra de los Padres de la Iglesia, como demuestran las noticias que de él nos dejara San Jerónimo, a todas luces calumniosas, aparte de ingenuas. Apenas si tenemos otros datos del poeta que esas calumnias, el contenido de su obra y el impacto, extraordinario, que causó entre sus contemporáneos y en los siglos siguientes.

En su tiempo despertó la animadversión del círculo aristocrático de Cicerón, que consideraba indecente que llevara a la plebe el rechazo de la superstición, con la difusión del materialismo epicúreo. Por superstición hay que entender religión, que en Roma era religión de Estado; en efecto, la oligarquía, detentadora del poder, consideraba fundamental el mantenimiento de la práctica religiosa para la tranquilidad Estado. La intención de su poema era didáctica, por eso eligió el verso para exponer todo un tratado filosófico, en el que se encuentra, perfeccionada, la teoría atómica de Demócrito, el rechazo radical de cualquier entidad no material, así como la inutilidad del temor a la muerte.

«Atiende ahora; habiéndote demostrado que las cosas no pueden nacer de la nada ni, una vez nacidas, ser devueltas de nuevo a la nada, (...) déjame citarte otros cuerpos cuya existencia material deberás admitir aun siendo invisibles. (…)»

Como en su momento Platón con Epicuro, los pensadores cristianos de la primera época consideraron a Lucrecio y su obra extraordinariamente peligrosos para el idealismo dualista en que se basaba su doctrina, por lo que rechazaron violentamente sus tesis e incluso trataron de desprestigiarlo con toda suerte de infundios como el citado de San Jerónimo. Posteriormente permaneció en el olvido durante siglos, apenas recordado por las diatribas y falsas noticias que habían dejado sus detractores, hasta que a principios del siglo XV fue redescubierto al encontrarse el poema integro.

En una situación histórica de gran fluidez por el agotamiento del viejo paradigma aristotélico, vigente desde hacía siglos, y en la que apuntaban ya las nuevas condiciones de la ciencia moderna, el redescubrimiento del atomismo comenzó en seguida a rendir frutos.

«... la Naturaleza entera, en cuanto existe por sí misma, consiste en dos sustancias: los cuerpos y el vacío en que estos están situados y se mueven de un lado a otro. Que el cuerpo existe de por sí, lo declara el testimonio de los sentidos, a todos común; (...) Por otra parte, si no existiera el lugar y el espacio que llamamos vacío, los cuerpos no podrían asentarse en ningún sitio, ni moverse en direcciones distintas...
Pues doquiera se extiende el espacio libre que llamamos vacío, no hay materia; y donde se mantiene la materia, no puede haber espacio hueco. (...)
Los átomos son, pues, sólidos y simples, formando un todo coherente de partes mínimas (...)
... es indudable que ningún reposo se ha concedido a los átomos a través del profundo vacío, sino que, agitados en continuo y vario movimiento, unos rebotan, después de chocar, hasta grandes distancias, mientras otros sufren los golpes dentro de un breveespacio. Los que, más densamente asociados, chocan y rebotan dentro de exiguos intervalos, trabados como están por la maraña de sus formas, constituyen las tenaces raíces de las peñas, la indómita sustancia del hierro y los demás cuerpos de este género».
A finales del siglo XV, Galileo no escapó a la fascinación de estos textos cuyas ideas le permitieron empezar a trabajar por fin con una alternativa viable a la física aristotélica y, a la larga, sentar las bases de la ciencia moderna. Curiosamente Lucrecio (Titus Lucrecius Carus) es uno de los hitos fundamentales en el progreso humano, pero de los más difamados y de los más ignorados.

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BIBLIOGRAFÍA:
Michel ONFRAY: Las sabidurías de la Antigüedad. Contrahistoria de la filosofía. I. Anagrama
Benjamín FARRINGTON: Ciencia y política en el mundo antiguo. Ed. Ayuso.
El enlace de Galileo conduce a la conferencia de Pietro Redondi: El atomismo de Galileo.
El texto integro de De Rerum Natura en la
Biblioteca Virtual M. de Cervantes. (La nota introductoria y biográfica contiene los prejuicios tradicionales contra Lucrecio)

7 feb 2009

Charles Darwin

En unos días se cumplen los doscientos años del nacimiento de Darwin creador de la teoría de la selección natural dentro de la teoría general de la evolución biológica. Merece la pena resaltar algunos aspectos de su obra.

Nunca un gran descubrimiento, un gran hallazgo científico puede separarse de una cadena de precedentes, de un ambiente histórico que lo propicie, lo que no resta mérito a los protagonistas; aunque en este, como en tantos casos, haya que abandonar la idea de héroe solitario. Diez años antes de que Darwin viniera al mundo, Lamarck, naturalista y filorevolucionario francés, formuló por vez primera la tesis de una evolución de los seres vivos, aunque explicaba su mecánica de modo incorrecto. El propio abuelo de Darwin, Erasmus, había dejado algunos escritos sobre esta cuestión, favorables a la idea de una evolución. Cuando ya tenía redactada su gran obra, El origen de las especies, pero dudaba sobre la oportunidad de su publicación, consciente del impacto que produciría, recibió un trabajo de Wallace, naturalista que investigaba en la Insulindia, en el que se introducía ya el concepto de selección natural como motor de la evolución; por ello Darwin, siguiendo el consejo de la Royal Society y después de consensuarlo con él, lo cito en su obra como codescubridor. A él mismo, fue el libro del economista Malthus, Ensayo sobre el principio de la población, en el que se hablaba de la supervivencia de los más aptos, lo que le inspiró la idea de la selección natural. Puede ser que no hubiera tenido el mismo impacto o su efecto hubiera sido más tardío y menos contundente, pero sin él habríamos llegado también a las mismas conclusiones a no tardar mucho. Lo que es aplicable a Darwin lo es también a otros grandes científicos o descubridores, a los que rendimos, no obstante, un culto merecido.

Hay una curiosa contradicción entre su vida y el efecto de su obra. Aunque en su familia existieron librepensadores, él fue hombre de moderación ideológica y de comportamiento contenido, de hecho se preparó para pastor (anglicano) y siempre participó activamente en la vida parroquial, aunque al final de su vida se declarara agnóstico. Ya he señalado que tardó veinte largos años en publicar su obra, en parte gestando su teoría, pero también porque no se atrevía a sacarla a la luz; al final se vio urgido por los trabajos de Wallace. Cuando Carlos Marx leyó su libro, convencido de que ratificaba sus ideas materialistas y extendía el método dialectico al funcionamiento de la naturaleza, le envió un manuscrito de El Capital, que escribia entonces, y le pidió su opinión a la vez que le expresaba su admiración y el deseo de conocerlo. Darwin le contestó cortés pero evasivo alegando que carecía de la preparación necesaria para enjuiciar sus escritos(1). Sin embargo, y muy en contra de lo que cabría desprenderse de su moderación, las conclusiones científicas que había alcanzado venían a corroborar las tesis del materialismo, desbancando el dualismo, el creacionismo idealista y la concepción de la inmutabilidad del ser, pensamiento que había hegemonizado a occidente durante dos milenios. De manera definitiva rompía con la tradición aristotélica y revalorizaba a los anteriores filosofos de la naturaleza, entre los que Empédocles de Agrigento (s.V a. C.)ya había sugerido la evolución biológica.

La tercera cuestión es el modo en el que cambió el papel del hombre en el universo después de la formulación de la teoría: por una parte enriquecido con el orgullo de poder explicar por primera vez su propio origen sin tener que recurrir a mitos, sino con el solo concurso de la razón; por otra, el baño de humildad que supuso el verse inscrito en el reino animal, como una especie más, despojado de la aureola de un ser especial creado a la imagen de Dios.

Hoy la teoría de la evolución de las especies por la selección natural es una de las teorías científicas mejor asentadas y sin embargo sigue existiendo una fuerte oposición a su plena aceptación. Los fundamentalismos religiosos han visto en ella un gravísimo peligro por las dos últimas razones que he expuesto y porque muestra palmariamente el retroceso de las religiones con el progreso de la ciencia.
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Ilustración: Charles Darwin, acuarela por G. Richmon, realizada después del viaje del Beagle.
(1) J. ATTALI: Karl Marx o el espíritu del Mundo. Ed. S.XXI. 2008.

1 feb 2009

¿Es el cristianismo monoteista?

·
El hombre no se concibe solo porque la naturaleza en su tarea creadora durante millones de años lo ha configurado como un ser social. Por eso cuando los humanos imaginamos a los dioses tampoco los pensamos como seres solitarios. Las religiones son siempre politeístas, incluso aquellas que hacen gala de monoteísmo: judaísmo, cristianismo e islamismo. Por supuesto que además de sociales los dioses son siempre antropomorfos –aunque a veces se prohíba su representación– o zoomorfos, ya que si no tienen una figura humana o animal su carácter sí que lo es. Al fin y a la postre la imaginación tiene sus límites.

Siempre me pareció un error considerar al cristianismo como una religión monoteísta pese a las declaraciones expresas de sus iglesias en ese sentido y a la idea, pienso que gratuita, de que el monoteísmo es una forma superior de creencia religiosa. De hecho desde fuera no se la considera así, fijaos en este texto: “Los islamistas, luchando contra los politeístas y forzándoles a emigrar…” Se trata de la crónica de Al-Maqqari relatando la batalla de Covadonga, subrayo el calificativo que usa (politeistas) para designar a los cristianos. Nada más lógico si consideramos que el concilio de Nicea, con el de Constantinopla más tarde, había establecido el dogma de la Trinidad hacía tres siglos. La polémica surgió desde que Pablo empezó a considerar a Cristo como hijo de Dios, haciendo que la bíblica divinidad judía perdiera su soledad y obligando a buscar argumentos que mantuvieran, pese a todo, la antigua unicidad. La utilización de una jerga seudofilosófica para explicar el contrasentido de un Dios y tres personas no evita que la propia Iglesia lo considere un misterio para cuya asimilación se requiere de la revelación. En la ciencia hay conceptos nada intuitivos pero que podemos alcanzar por un razonamiento lógico, por ejemplo matemático. Este asunto, sin el concurso de la fe, no es asumible por nuestro conocimiento, así que aceptar llanamente que se habla de varios dioses está justificado.

El problema afecta al catolicismo romano, al ortodoxo y a las iglesias protestantes, es decir al cristianismo trinitario –hubo y hay otros credos cristianos no trinitarios, de hecho el Islam en su origen se puede considerar uno de ellos–; pero todos, incluyendo al Islam y al judaísmo, tienen elementos que contradicen la soledad de Dios. Todos ellos admiten la existencia de criaturas de carácter sobrenatural que, aunque no reciban el calificativo de divinos, tienen poderes y características no humanas; son entes celestiales o infernales cuyo número y variedad es enorme. Los ángeles y los demonios están presentes en todas ellas; su poder es tan grande que algunos se han rebelado contra Dios mismo; el Diablo, además, se atrevió a tentar al mismísimo Jesús, sabiendo quien era –¿hubo alguna posibilidad de que sucumbiera a la tentación?–. Los católicos aceptan también la presencia en el Cielo de la Virgen, ¡en cuerpo y alma! Y, por supuesto, una legión de santos. El Olimpo griego no estaba más poblado; en realidad los santos del cielo cristiano han venido a sustituir a los dioses del Panteón grecorromano asumiendo, por ejemplo, sus tareas de patronazgo. La diferencia reside únicamente en que el cristiano se configura como una sociedad muy jerarquizada y con un poder absoluto en la cúspide, cosa con la que Zeus o Júpiter no podían soñar. ¿No será un reflejo fiel del poder despótico del emperador en el siglo IV y siguientes, cuando se gestan estas creencias?

No conozco ninguna religión que pueda considerarse monoteísta. La católica, desde luego, está muy lejos de serlo porque, aunque no se denominen dioses a las criaturas que pueblan sus “espacios” ultraterrenos, lo cierto es que no son humanas, ni tienen una condición natural, así que si no son de este mundo serán del “otro”. Todas las argucias seudofilosóficas para encubrir esta realidad no son más que eso, artimañas, pura y simple charlatanería. Analizado desde fuera este asunto se presenta como infantil e ingenuo, pero ¿qué no lo es en una religión? A veces se quiere quitar hierro alegando que son producto de la religiosidad popular, pero no es así. De los ángeles y del Demonio se habla en los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento; de la Virgen en el Nuevo, y Roma ha creado los dogmas de la Inmaculada Concepción (Pío IX) y de la Asunción de la Virgen (Pío XII), ya en los siglos XIX y XX respectivamente. Por supuesto las discusiones teológicas a que han dado lugar estos temas han sido innumerables a lo largo de siglos y en muchos casos con consecuencias dramáticas.

He ilustrado estas reflexiones con La Trinidad de El Greco. Basta echar una ojeada a esta pintura genial para rebatir cualquier intento de defensa de la soledad del dios cristiano.



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ILUSTRACIÓN. “La Trinidad” de El Greco.

1 dic 2008

Guillermo de Okham

· Las épocas de crisis –en el sentido de mutación de los procesos históricos– son fértiles en personalidades excepcionales o, al menos, los que poseen rasgos de genialidad, tienen mayores oportunidades de que brille su genio. Es el caso del S.XIII-XIV y Guillermo de Ockham, uno de los sabios responsables del advenimiento de la modernidad.

Umberto Eco lo retrata en el protagonista de El nombre de la Rosa, Guillermo de Baskerville, con una multitud de sus rasgos biográficos e intelectuales, presentándolo como un fraile franciscano que acude a un monasterio de los Alpes, llamado por el Papa para discutir una acusación de herejía que recaía sobre un sector de franciscanos. Envuelto en una sucesión de crímenes y en el debate teológico , el protagonista actúa como lo hiciera Ockham, haciendo gala de un método científico y una concepción del mundo modernos, pero chocantes para sus contemporáneos.

En efecto, el movimiento franciscano trajo una auténtica revolución a la Iglesia y, por tanto, a la intelectualidad medieval. Francisco de Asís y sus seguidores pusieron de nuevo en valor a la naturaleza, en contra del habitual desprecio que desde hacía siglos sufría por parte del pensamiento religioso oficial, que la asimilaba a lo demoniaco y al pecado –los frailes, al contrario que los monjes, buscaban vivir en el mundo, no apartarse de él–. Podemos considerar esta aproximación a la realidad como una metáfora de la formación del pensamiento de Ockham. La especulación metafísica que desde Platón y Aristóteles hasta Sto. Tomás se centra en los universales es rechazada por el fraile franciscano que los reduce a una cuestión de lenguaje y considera que lo único real es lo individual y concreto, y de su observación y análisis nacen la filosofía y la ciencia, que se liberan así de la metafísica y de la teología, negadas por Guillermo. De ello se desprende que el intento tomista de casar fe y razón –vías para demostrar la existencia de Dios mediante la razón– es inútil; sólo con la fe se puede alcanzar el conocimiento divino.

Pero sólo con la observación se alcanza el conocimiento del mundo natural, de ahí la importancia del método. Su aportación a la epistemología científica es la formulación del principio de preferencia de lo más sencillo sobre lo más complejo, tal y como se comporta la naturaleza. Método cargado de consecuencias, que conocemos como la navaja de Ockham, sistemáticamente utilizado, junto con la inducción, por la ciencia contemporánea, desde la economía a las matemáticas.

Derivación de su pensamiento filosófico y de sus avatares biográficos –investigado por la inquisición acusó a su vez al papa Juan XXII de herejía y se vio obligado a buscar la protección del emperador en Alemania, aprovechando la confrontación Papado-Imperio– es su pensamiento político que reclama la separación de lo espiritual y lo temporal, el Papa y el Emperador, la Iglesia y el Estado.

Empirismo, agnosticismo y secularización son los tres rasgos esenciales del pensamiento de Ockham, que pasan con fluidez al pensamiento humanista del Renacimiento y de los que alardeamos en la actualidad como grandes conquistas del mundo contemporáneo.

En una síntesis tan apretada es difícil exponer pensamientos y procesos complejos sin alterarlos quizás en exceso, pero espero haber expuesto con suficiente fidelidad y claridad el carácter moderno de este pensador nacido nada menos que en el siglo XIII. Umberto Eco no resistió su fascinación y lo convirtió en héroe de su relato; el éxito de la novela y después de la película, que protagonizo Sean Conery, es un reconocimiento de la actualidad de su pensamiento y de su actitud vital.

28 ago 2008

El orden y el caos

·
La conocida frase de Sócrates “sólo sé que no sé nada” tenía una intención didáctica, no era más que la manifestación de un método, la mayeutica o ironía socrática, porque la situación de ignorancia absoluta es impensable e inquietante en extremo. Necesitamos de algunas certezas para vivir, no importa su veracidad, sino que nos sean útiles para ocultar el vacío al que nos enfrenta el desconocimiento y la duda. A veces la verdad a la que podemos acceder no cubre esas expectativas y entonces recurrimos a cualquier fantasía que nos proporcione la seguridad que anhelamos. Con su humor extraordinario decía Jardiel Poncela: “cuando descubrimos la verdad nos damos cuenta de lo deliciosa que era la mentira”.

Pero no quiero hablar de la mentira y la verdad, sino del orden y del caos, aunque viene a ser lo mismo. El Mundo es caótico, en el sentido que dan al caos los físicos y los matemáticos; el orden, en cambio, es tan sólo un producto de nuestra mente, una simplificación de la realidad que nos permite orillar el vértigo de lo inabarcable.

Los logros de la inteligencia humana usando del método científico han sido inmensos y, sin embargo, una de las conclusiones más importantes a que se ha llegado en los últimos tiempos es a la convicción de que la sociedad, el clima, el Universo… son impredecibles en su comportamiento por el ingente número de factores que entran en juego, imposibles de tener en cuenta en su totalidad. Sistemas dinámicos, le llaman los matemáticos y a su estudio, teoría del caos. Según todas las evidencias hemos estado construyéndonos un mundo habitable, ordenando, clasificado, organizado, jerarquizado… sólo porque nuestro intelecto no soporta la ambigüedad, la indeterminación; pero lo que hay ahí afuera es otra cosa.

Desde el principio de los tiempos el hombre se ha defendido del caos, que es un habitat hostil, formulando respuestas contundentes a las preguntas más turbadoras. Así han nacido las religiones, afirmando responder a las dudas sobre nuestro origen y finalidad en el Mundo; así se han generado teorías sobre el Estado y el poder, justificando la arbitrariedad de la dominación de unos sobre otros… Más que sabiduría lo que nos han aportado es paz a nuestro espíritu, porque no buscábamos la verdad, sino seguridad, orden; a costa, naturalmente, de la verdad, a la que, hasta el momento, no se le ha encontrado utilidad alguna.

9 jul 2008

Sobre la felicidad

Una de las cosas que distingue a los humanos de cualquier otro ser viviente es que nosotros buscamos la felicidad, ellos sólo la satisfacción de sus necesidades. No sabemos en qué momento del proceso de hominización se produjo el cambio, pero es una constante desde que tenemos memoria histórica. Sin embargo, el concepto de felicidad y los posibles medios para alcanzarla así como la fe en lograrlo no siempre, ni en todas las culturas, han sido los mismos.

Durante siglos ha imperado en Occidente la idea cristiana de que la felicidad no se encuentra en este mundo, sino en una vida futura. Nuestro mundo material, el que vivimos, no es sino un “valle de lágrimas”, tránsito necesario para alcanzar la felicidad en la contemplación de Dios, en la otra vida. Incluso se ha exaltado el sufrimiento, o la resignación ante él, como mérito para conseguir el premio final. Una idea que por cierto venía muy bien a las clases dominantes para mantener tranquilas a las masas explotadas (¡lo que son las casualidades!). Todavía hoy, aunque sea a modo de chiste, nos preguntamos si no será pecado cuando lo pasamos bien.

La Ilustración, digna heredera del Humanismo renacentista, rompió con esta tradición: colocó al hombre en el centro de su universo ideológico, desplazando a Dios, y proclamó que la consecución de la felicidad era el objetivo básico del ser humano; los gobiernos (monarcas ilustrados) tenían el deber de poner los medios para que se consiguiera, como es propio del paternalismo de una revolución desde arriba; el conocimiento en general y el cultivo y difusión de las “ciencias útiles” para el pueblo serían los instrumentos a usar. Pero el conocimiento y el uso de la razón sólo ha aumentado nuestro bienestar material, la felicidad nos sigue pareciendo un estado tan inalcanzable como siempre.

Aunque no soy experto en la materia, tengo entendido que en algunas culturas orientales la felicidad se identifica con el estado que se conseguiría renunciando a algunos de los aspectos que mejor nos definen como seres humanos: al nirvana se llega mediante el abandono de los deseos y la extinción de la conciencia de individuo. En otras palabras, el precio que habría que pagar sería nada menos que nuestra propia condición de humanos. No es muy distinto de lo que ofrece el cristianismo: en ambos casos se trata de una solución mística que implica la extinción del individuo antes o después de la muerte física.

Somos en la actualidad herederos directos de la Ilustración y podemos sentirnos satisfechos de haber reducido la felicidad a una escala humana, por mucho que no nos satisfaga la “materialización” del proyecto y nos inquiete la pérdida de sus aspectos románticos.

¿No será que La Felicidad (con mayúsculas) es una fantasía, un espejismo? Se dice que el amor no es más que la sublimación del instinto reproductor ¿No será la felicidad otra de estas jugarretas que nos gasta la mente? Quizás debiéramos contentarnos con disfrutar del bienestar y de los momentos afortunados sin mayores complicaciones y no esperar del conocimiento racional o de la religión la realización de un sueño imposible.