7 feb. 2009

Charles Darwin

En unos días se cumplen los doscientos años del nacimiento de Darwin creador de la teoría de la selección natural dentro de la teoría general de la evolución biológica. Merece la pena resaltar algunos aspectos de su obra.

Nunca un gran descubrimiento, un gran hallazgo científico puede separarse de una cadena de precedentes, de un ambiente histórico que lo propicie, lo que no resta mérito a los protagonistas; aunque en este, como en tantos casos, haya que abandonar la idea de héroe solitario. Diez años antes de que Darwin viniera al mundo, Lamarck, naturalista y filorevolucionario francés, formuló por vez primera la tesis de una evolución de los seres vivos, aunque explicaba su mecánica de modo incorrecto. El propio abuelo de Darwin, Erasmus, había dejado algunos escritos sobre esta cuestión, favorables a la idea de una evolución. Cuando ya tenía redactada su gran obra, El origen de las especies, pero dudaba sobre la oportunidad de su publicación, consciente del impacto que produciría, recibió un trabajo de Wallace, naturalista que investigaba en la Insulindia, en el que se introducía ya el concepto de selección natural como motor de la evolución; por ello Darwin, siguiendo el consejo de la Royal Society y después de consensuarlo con él, lo cito en su obra como codescubridor. A él mismo, fue el libro del economista Malthus, Ensayo sobre el principio de la población, en el que se hablaba de la supervivencia de los más aptos, lo que le inspiró la idea de la selección natural. Puede ser que no hubiera tenido el mismo impacto o su efecto hubiera sido más tardío y menos contundente, pero sin él habríamos llegado también a las mismas conclusiones a no tardar mucho. Lo que es aplicable a Darwin lo es también a otros grandes científicos o descubridores, a los que rendimos, no obstante, un culto merecido.

Hay una curiosa contradicción entre su vida y el efecto de su obra. Aunque en su familia existieron librepensadores, él fue hombre de moderación ideológica y de comportamiento contenido, de hecho se preparó para pastor (anglicano) y siempre participó activamente en la vida parroquial, aunque al final de su vida se declarara agnóstico. Ya he señalado que tardó veinte largos años en publicar su obra, en parte gestando su teoría, pero también porque no se atrevía a sacarla a la luz; al final se vio urgido por los trabajos de Wallace. Cuando Carlos Marx leyó su libro, convencido de que ratificaba sus ideas materialistas y extendía el método dialectico al funcionamiento de la naturaleza, le envió un manuscrito de El Capital, que escribia entonces, y le pidió su opinión a la vez que le expresaba su admiración y el deseo de conocerlo. Darwin le contestó cortés pero evasivo alegando que carecía de la preparación necesaria para enjuiciar sus escritos(1). Sin embargo, y muy en contra de lo que cabría desprenderse de su moderación, las conclusiones científicas que había alcanzado venían a corroborar las tesis del materialismo, desbancando el dualismo, el creacionismo idealista y la concepción de la inmutabilidad del ser, pensamiento que había hegemonizado a occidente durante dos milenios. De manera definitiva rompía con la tradición aristotélica y revalorizaba a los anteriores filosofos de la naturaleza, entre los que Empédocles de Agrigento (s.V a. C.)ya había sugerido la evolución biológica.

La tercera cuestión es el modo en el que cambió el papel del hombre en el universo después de la formulación de la teoría: por una parte enriquecido con el orgullo de poder explicar por primera vez su propio origen sin tener que recurrir a mitos, sino con el solo concurso de la razón; por otra, el baño de humildad que supuso el verse inscrito en el reino animal, como una especie más, despojado de la aureola de un ser especial creado a la imagen de Dios.

Hoy la teoría de la evolución de las especies por la selección natural es una de las teorías científicas mejor asentadas y sin embargo sigue existiendo una fuerte oposición a su plena aceptación. Los fundamentalismos religiosos han visto en ella un gravísimo peligro por las dos últimas razones que he expuesto y porque muestra palmariamente el retroceso de las religiones con el progreso de la ciencia.
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Ilustración: Charles Darwin, acuarela por G. Richmon, realizada después del viaje del Beagle.
(1) J. ATTALI: Karl Marx o el espíritu del Mundo. Ed. S.XXI. 2008.

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