Mostrando entradas con la etiqueta UE. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta UE. Mostrar todas las entradas

14 feb 2021

Política y teatro

 


Después de la guerra del 14 se puso en cuestión la diplomacia secreta. Se consideró que los acuerdos y alianzas suscritos por los estados de modo confidencial habían sido un factor determinante en el mecanismo que arrastró a los países europeos a entrar en la contienda uno tras otro después de estallar el conflicto serbio austriaco tras el magnicidio de Sarajevo. El primero de los 14 puntos elaborados por W. Wilson para la firma de la paz rezaba: 1. Convenios abiertos y no diplomacia secreta en el futuro. Y para que a las palabras no se las llevara el viento se creaba la Sociedad de Naciones precedente de la ONU‒, marco en el que habría de desarrollarse la diplomacia de la nueva era bajo los preceptos de la democracia. Desgraciadamente la SN resultó un fiasco y a las palabras, como tantas veces, se las volvió a llevar el viento. Pero también es verdad que del fuego siempre quedan rescoldos: hoy no se entenderían alianzas como la Entente o la Triple Alianza sin el conocimiento y el asentimiento de los ciudadanos respectivos a través de sus representantes y, por tanto, con publicidad en la totalidad de sus términos. Eso no significa que la diplomacia no requiera discreción en su tarea, de hecho es incompatible con la publicidad, al menos hasta que los acuerdos hayan fraguado. Ninguna estrategia negociadora puede sobrevivir si se la somete prematuramente al escrutinio público. La hiperdemocracia que reclaman los populismos a la moda están convirtiendo respetables instituciones políticas en desafortunados performances que sólo logran lo contrario de lo que se debería buscar: la confrontación y la radicalidad.


Hace unos días hemos visto como Borrell, Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores, reprochaba al ministro de exteriores de Rusia ante las cámaras de televisión el caso Navalni con el resultado de obtener una respuesta airada que no supo contrarrestar. Si la intención del alto representante era agriar las relaciones con Rusia y de paso ponerse en ridículo ha tenido un éxito fulminante, pero para eso no se necesita un especialista en asuntos exteriores; si el objetivo era lograr en Rusia un avance para los derechos humanos o mejorar la situación de Navalni el fracaso es evidente. Sergei Lavrov, el ministro ruso, incluso ha insinuado la posibilidad de romper relaciones con la UE porque “Rusia no las necesita”, dijo. Evidencia que se pondría de manifiesto si se consumara la amenaza porque con toda probabilidad ninguno de los países miembros respondería con una acción equivalente, por la cuenta que les trae y porque la “Unión” Europea aún está en mantillas, con lo que sólo se habría conseguido una pérdida de relevancia para el proyecto común, que tantos se empeñan conscientemente o por su torpeza en que siga siendo proyecto.


¿Cómo es posible un error de este calibre en un personaje de las cualidades y calidades de Josep Borrell? Sólo se explica por la necesidad que debió sentir de hacer pública la superioridad moral de la UE, lo que anuló la consciencia de sus obligaciones como responsable de la diplomacia europea. La llamada del escenario que la demagogia que nos invade ha inoculado hasta en los que la despreciamos. El mismo fenómeno que ha convertido al parlamento hablo ahora de España y al entramado político en general en un teatro bufo, exasperante y aburrido.


13 abr 2019

BREXIT OR NOT BREXIT THAT IS THE QUESTION

El Brexit ha cambiado la imagen que teníamos del Reino Unido. Sencillamente lo ha traído al mundo de los mortales, donde habitamos los continentales. Nunca fui un mitómano, lo que me libró de devociones vergonzantes, no de otros sonrojos, lamentablemente, pero es una evidencia que su sistema político viene despertando envidias desde hace doscientos años por su estabilidad y capacidad para adaptarse y perdurar. Nosotros, los españoles, sin ir más lejos, hemos encontrado allí inspiración muchas veces y en alguna ocasión lo tratamos de imitar, aunque con escasa fortuna porque lo que resultó fue, más bien, una caricatura. Me refiero al experimento de Cánovas en el último cuarto del XIX, con la noble intención de plantar de modo estable un parlamentarismo civilizado en nuestro país por la vía de un bipartidismo que, al traducirlo del inglés, quedó artificioso y chirriante. Es sabido que los implantes no suelen prosperar sólo con buena voluntad. Curiosamente, luego, sin proponérnoslo, nos salió uno, la mar de majo, en la primera etapa de nuestra democracia que recién hemos arrojado a la basura (el bipartidismo, no la democracia… por ahora).

Cuando se firmaron los Tratados de Roma, allá por los cincuenta, los británicos lo esquivaron con gesto displicente ‒alguien más cheli que yo diría que hicieron la cobra a los firmantes‒. Ya Churchill en un famoso discurso nada más terminada la guerra había sugerido la creación de unos Estados Unidos de Europa en los que Inglaterra debía reservarse la tarea de observar y ayudar desde el otro lado del canal pero sin participar ‒nueva versión del splendid isolation decimonónico‒. Pero, la vida es dura, y en los sesenta ya estaban llamando a la puerta de la CEE, tan pronto comprendieron que el artilugio que comandaban en el continente en forma de unión aduanera (la EFTA, hoy reducida a Islandia, Noruega, Liechtenstein y Suiza) no satisfacía sus expectativas. La economía manda más que el orgullo. Precisamente el orgullo sufrió bastante aquellos años en los que Europa ignoraba los aldabonazos británicos por la negativa francesa a abrirles la puerta ‒De Gaulle se cobraba viejas facturas, pensábamos entonces, o los conocía muy bien, pensamos ahora‒.

Tan pronto se les abrió la puerta adoptaron el papel de china en el zapato. En lugar de adaptarse a los modos y aspiraciones de Europa, nunca cejaron en el empeño de que Europa se adaptara a sus afanes e intereses. La entrada la había facilitado la inicial táctica comunitaria de empezar la unión por la economía; en realidad los británicos esperaban que se limitara a eso. Su presencia en las instituciones supuso un freno a los compromisos netamente políticos, se refirieran a la constitución interna de la Unión o a sus relaciones con el exterior, y aquellas decisiones económicas que implicaban acercamiento político, como la moneda única, si no las bloquearon fue porque obtuvieron la exención. La situación ha sido cada vez más incómoda ya que los avances en la unión económica reclamaban imperiosamente mayores compromisos políticos. Eso, unido a la crisis determinó la formación de una opinión euroescéptica en amplios sectores de la población, cultivada con éxito por el populismo de moda, a la que un mandatario con problemas e irresponsabilidad, Cameron, abrió la puerta del referéndum, instrumento que siempre está en la agenda de cualquier demagogo que se precie.

Nadie puede en este momento, en que se amplía una y otra vez el plazo para la salida, cuál va a ser el resultado final, pero sí se pueden extraer conclusiones que nos dicta la experiencia: que el comportamiento del Reino Unido nunca fue leal; que el retraso en la unión política es en buena medida achacable a la actitud reticente, cuando no obstruccionista de los británicos; que la salida va a ser costosa para todos, pero ellos van a tener que sumar el descrédito de su imagen, que pasa de deslumbrante a ridícula por el espectáculo que están dando sus políticos bajo las cubiertas del falso gótico de su parlamento y fuera de ellas; que (no hay mal que por bien no venga) dar dos pasos adelante y uno hacia atrás ha permitido debatir hasta la saciedad, no tomar decisiones precipitadas y una maduración que, por ser lenta, puede ser más sólida. Amen.

24 jun 2017

Politiqueo

Dicen los diccionarios que politiquear es hacer política con superficialidad o en beneficio propio, y también hacer política de intrigas y bajezas. Eso es lo que nos harta, el polítiqueo, no la política. La tentación es fuerte y podríamos decir que pocos, muy pocos políticos, se han mantenido siempre ajenos a las tácticas y estratagemas del polítiqueo; la carne es débil. Es decepcionante en cualquier caso, pero resulta insoportable cuando es la regla y la excepción  la política.  En esas estamos. Extraer un gramo de política de un océano de politiqueo es tarea ardua, pero es lo que nos toca cada vez que intentamos un análisis honesto de las acciones e intenciones del mundo de la cosa pública.

27 jun 2016

Splendid Isolation

Reina Victoria (1837-1901)

En tiempos modernos ‒la historiografía británica no distingue, como la continental, la Edad Contemporánea de la Moderna‒ y muy particularmente en el XIX, la política del Reino Unido respecto de Europa estuvo definida por un espléndido aislamiento, expresión en la que el adjetivo, espléndido, era decisivo. Exhibía la gloria del Imperio y marcaba un punto de superioridad respecto del continente que los ingleses nunca pudieron ni quisieron ocultar. El afán por conservar antiguallas, otra característica de su idiosincrasia, quizás les haya tendido una trampa porque queriendo resucitar aquel espléndido aislamiento puede que sólo hayan podido rescatar aislamiento. Me refiero naturalmente al Brexit.

22 mar 2016

Refugiados: el dilema

El acuerdo sobre refugiados suscrito en Bruselas con Turquía es una mierda. Muchos así lo vemos: hay ayuntamientos que han arriado la bandera europea de sus balcones en señal de protesta. Pareciera que los políticos firmantes son extraterrestres o gentes infiltradas desde no se sabe dónde, que no tienen ni idea de lo que quieren los pueblos a quienes dicen representar, o que van a lo suyo, que tampoco sabe nadie lo que es. Pero fijémonos en un detalle: Ángela Merkel estuvo en boca de su pueblo por haber dicho a una adolescente inmigrante que Alemania no podía acoger a todo el mundo y que lo sentía pero tenía que ir pensando en su marcha; rectificó y ante la avalancha siria se mostró acogedora y abrió las puertas del país; despertó las iras del pueblo más que antes; rectificó otra vez y ahora promueve el acuerdo con Turquía; de nuevo el pueblo pone el grito en cielo. ¿Cuántos pueblos hay? ¿Cuántas voces tiene el pueblo?

22 feb 2016

Brexit

Tengo medianamente claro cuáles serían los beneficios del Brexit en el supuesto de que en junio los británicos se decantaran por esa opción. Obviamente desaparecería la piedra en el zapato que padece la Unión desde la entrada del Reino Unido en 1973. Las peculiaridades que disfrutan algunos estados miembros podrían desaparecer y la igualdad podría volver a ser norma. El objetivo declarado en los tratados de progresar en la unión política, no sólo en el comercio, podría por fin ser atendido sin el freno, sin la declarada oposición de un miembro tan importante, y los corifeos que se manifiestan a su sombra. Suponiendo que el daño causado por los británicos no haya sido definitivo puede que en un tiempo breve se pudiera dar un salto adelante de verdadera importancia.

10 dic 2015

Entre el sueño y la pesadilla

El Estado nación se desmorona. La globalización no es un proyecto de fuerzas benéficas o maléficas, es un hecho, y «Europa es el único continente donde esa pérdida de poder [del Estado nación] no solo está ocurriendo, sino donde, hace más de sesenta años, se puso en marcha como una decisión política consciente, desarrollada en pasos pequeños y controlados como una comunidad de solidaridad internacional»*. La operación implicaba la superación del nacionalismo, responsable, principal o subsidiario pero indiscutible, de las últimas tragedias europeas, que superaron los límites del continente para afectar al mundo entero.

15 nov 2015

El hecho diferencial

Estamos acostumbrados (iba a decir hasta las narices) de hechos diferenciales aquí en nuestro país, ¿o quizás debería decir países? Bueno, aquí. Sin embargo, permitidme el casticismo, en todas partes cuecen habas. David Cameron, que desconfía de los catalanes por el rollo de Escocia, recurre a lo mismo para chantajear a la UE, reclamando, no ya un trato diferencial, que lo tiene, sino una completa reforma (hacia atrás) de los tratados para acomodarlos a su supuesta peculiar condición o, de lo contrario, se darían el piro. Desconectarían, que se dice ahora. Se pone duro con la UE para ganar el referéndum que tiene convocado, o convocó el referéndum para ponerse duro. El caso es que a quien la situación se le pone cruda es a los demás por el peso de Inglaterra y porque sería un peligroso precedente. ¿No es lo mismo con Cataluña?

19 sept 2015

Desintegración vs. integración

Primero fue el Euro, la moneda común. Ahora Schengen, la libertad de circulación. El impacto de la crisis económica ha hecho tambalear la moneda y aún no sabemos si escapará sin daños de la conmoción, ni siquiera si pervivirá. La crisis en Oriente Medio, en donde Siria era una piedra maestra, removida en buena parte por los errores en la política exterior de EE.UU. y sus aliados, afecta ahora gravemente a Europa en forma de una apabullante marea de refugiados. La moneda y las fronteras, los dos símbolos más evidentes de la soberanía, que los Estados más decididos (¿ingenuos?) de la Unión quisieron empezar a poner en común como símbolo, a su vez, de la firme decisión de caminar juntos, amenazan con regresar a sus posiciones de partida ante la onda renacionalizadora que traen las crisis (económica y política) y la falta de convicción y experiencia comunitarias de los países integrados en aluvión en las últimas ampliaciones.

11 jul 2015

La deuda griega

Los nacionalistas alemanes de antes admiraban tanto a los griegos clásicos que los imaginaron rubios, apolíneos y con los ojos azules, ancestros arios. La afición que les profesaron sólo es comparable con el desprecio que sienten ahora que los han redescubierto morenos y marrulleros, o sea mediterráneos. Y es que el amor siempre fue engañoso y poco duradero.

El siglo XX, fue de verdad violento, eso queda en su debe, pero también fue político. La política estaba en todas partes y lo organizaba, o desorganizaba (según gustos), todo. Para comprenderlo nada como recurrir al aleccionador ejemplo de cómo se trató la deuda alemana en aquel entonces y como se trata ahora la griega.

17 ene 2014

En la diana

El descrédito de los políticos y de la política es un síntoma global que afecta a todos los países con sistemas democráticos. Está en la prensa y en el debate político del mundo entero. Las causas son oscuras, no así los efectos: crecimiento del populismo y la demagogia, ascenso de los radicalismos, especialmente de derechas, que reniegan abiertamente de las instituciones democráticas y de sus mismos principios, o que mezclan medidas populistas con autoritarismo (desde el Partido del té a Amanecer dorado, pasando por el UK Independence Party o el Frente Nacional francés).

17 abr 2012

Política y mercado


Nos cuesta pensar que los mercados no están dirigidos por grandes intereses concretos y singulares que actúan con efectos de conspiración sobre las economías de naciones debilitadas por causas diferentes, como Grecia o ahora España e incluso Italia. De hecho esos intereses existen y se mueven con hiperactividad y aparente autismo en dirección de su exclusivo beneficio, pero, quizás, sólo ejerzan sobre el conjunto una influencia que rara vez resulta decisiva.

El mercado es sólo la concurrencia de intereses, de manera que si un país acude ofertando su deuda, o sea, en demanda de financiación, él mismo forma, desde ese instante, parte del mercado al que ha acudido por su propio y exclusivo interés. No se puede buscar en el mercado otra cosa que intereses. Lo peligroso es que alguno de los concurrentes adquiera capacidad de manipulación por su envergadura o influencia. No hay mercados perfectos (en sentido económico: numerosa y homogénea concurrencia, información completa, libertad...) y el financiero tampoco lo es, aunque está más cerca de ella que muchos otros.

El mercado no dicta la política que han de seguir los gobiernos, contra lo que suele decirse. Para eso se necesitaría una dirección, un programa, en fin una vertebración de la que carece. Lo que hacen los infinitos agentes individuales que actúan en él es poner un precio alto a su dinero si el demandante de financiación no ofrece confianza o garantías suficientes para la amortización del capital y más bajo cuantas más ofrezca. Las políticas que parezcan garantizar mejor la devolución de los préstamos encontrarán así más fácil y barata financiación, mientras que las que en el mercado se vean como peligrosas para ese fin no se financiaran. Así pues no es que no haya alternativa a las políticas de recortes, es que las otras encuentran difícil financiación.

La confianza se basa en firmes datos objetivos, pero también tiene elementos de volatilidad en función de la coyuntura y de otras variables. Así, en tiempos de crisis se acentúan las exigencias y deja de tolerarse lo que en otro momento hubiera pasado cualquier control. Situaciones numéricas parecidas en distintos países pueden encontrar trato diferente en función del prestigio, la historia reciente, etc. Algunos o muchos de estos factores pueden combinarse y hacer la situación de un país insostenible aunque objetivamente no se encuentre en mucha peor situación que otros. Así pues, al margen de las magnitudes macroeconómicas, hay un margen político que puede usarse para alterar la confianza de los mercados (el PP creyó que el simple cambio de gobierno iba a facilitarles la tarea, aunque fue un error o no supieron aprovechar la circunstancia).

Pero un Estado no es una empresa, pese a que existe una tendencia a considerarlo así, como muestra la insistencia en hablar de la “marca España” cuando se refieren a la imagen exterior del país; o el recurso  a procedimientos propios de empresas mercantiles como el “apalancamiento”, en el que evidentemente se nos fue la pinza. La sustitución de la política por la economía, la invasión de técnicas y recursos empresariales en la gestión del Estado es lo que nos ha puesto en manos del mercado, que está para lo que está, pero no para convertirse en gestor de la cosa pública.

¿Qué hacer? Nadie parece tener la solución. La dinámica creada de financiación a través del mercado hace imposible ignorarlos, pero seguir sus indicaciones hace imposible la recuperación. Un círculo vicioso que parece imposible romper. Sólo desde la UE, que tiene el control monetario, se podría actuar con éxito; pero, el grado de unión logrado hasta el momento no incluye la política fiscal y sin ella cualquier actuación es un parche.

Aunque parece que escapa a nuestra capacidad de ciudadanos encontrar la solución ya que no controlamos directamente los centros de decisión de la UE, no es así. No será lo mismo que en Francia gane Hollande o Sarcozy las elecciones, que Merckel logre mantenerse o no. También que en España optemos por un partido que no ve error sino acierto en que el mercado se infiltre en lo que hasta ahora había sido el terreno de la política y contamine su ejercicio con métodos y procedimientos mercantiles, o que lo hagamos por la opción contraria. Cierto que en la UE se ha establecido una suerte de democracia indirecta (seguramente porque no podía ser de otro modo en estos momentos de construcción), pero eso no significa que las decisiones de los ciudadanos no tengan efectividad (los gobiernos liberales que campean hoy Europa en mayoría aplastante están ahí por decisión ciudadana). Por otra parte la acción democrática no termina en el voto como se ha visto en movimientos recientes y como se vería si en lugar del desencanto y el desanimo cultiváramos sentimientos más positivos e imaginativos.

22 feb 2012

Se vende Estado, muy reformado

En los tiempos de la reunificación de Alemania uno de mis vecinos habituales de vacaciones, empresario alemán, sin hacer la mínima concesión al sentimentalismo por la caída del muro, me dijo: «Hemos comprado a Alemania del Este». Deduje entonces que sus dificultades con nuestro idioma no le habían facilitado la expresión de lo que pensaba. Ahora estoy convencido de que sabía muy bien lo que decía. Ayer un grupo sindicado  del que Alemania es el alma, pero del que formamos parte, si bien como palmeros, ha comprado ciertos derechos sobre Grecia.

Habíamos pensado que la creación de la UE había cambiado a Europa, que ya a nosotros no podían pasarnos las cosas que habíamos visto en el pasado; por ejemplo, que un país perdiera su soberanía o se viera mediatizado por otros al no poder atender a su deuda, o que su moneda se viera zarandeada por la especulación o ciertos intereses políticos económicos  hasta convertirla en papel inservible. La solidaridad entre los socios lo haría imposible. Cierto que algunas cosas han cambiado, pero sólo para que las que de verdad importan no cambien, según el famoso principio lampedusiano.

Los que defienden las tesis y las actitudes del actual gobierno alemán argumentan que de no actuar así, aparte de no salvarse Grecia, serían Alemania, Francia… las que acabarían mediatizadas por… ¿USA? ¿Algún o algunos países emergentes? Y entonces ¿qué quedaría de la UE?

Puede que lleven razón; pero, eso demuestra que la economía, los mercados, los poderes financieros, o como quiera que debamos llamarlos, señorean el Mundo y han sometido con descaro (en situaciones de emergencia no valen disimulos) a la política, es decir a la democracia, a la voluntad popular. En otras palabras, que nada cambió, aunque pareciera que había cambiado todo.

Tan es así que, escarbando un poco, descubrimos que el litigio no es entre estados, ni siquiera entre algunos de ellos y el mercado, esa entidad sin rostro, pese a lo que la superficie parecía decirnos, y es que se invocan en vano, otra vez, los nombres de las naciones. La lucha verdadera se libra entre unas clases que operan desde sus fortalezas de acero y cristal (la Citiy, Wall Street…), con nombres y rostros, y la gente común, de la que se diferencian por la monumental desproporción entre las rentas de unos y las de los otros. 

En otro tiempo la burguesía industrial ostentaba rentas insultantes para los trabajadores de sus empresas, a los que se aplicó la denominación antigua de proletarios, porque como la plebe de la antigua Roma, sólo poseían a su propia prole, que pudiera, explotándola, aliviar la miseria en que les aherrojaba el trabajo industrial. También entonces se recurrió al nombre “sagrado” de la patria para despistar y fragmentar la marea arrolladora del movimiento obrero; con bastante éxito, todo hay que decirlo.

En los últimos años las diferencias de renta se han disparado de nuevo, no son ya menores que las de aquella época. Sólo que entre los explotados ya es imposible encontrar aquel núcleo revolucionario del proletariado, que ha perdido el nombre  y, con él, la conciencia de clase, el arma que ellos emplearon para lograr las conquistas que, con el tiempo, nos confundieron y nos hicieron pensar que la explotación era cosa de otros tiempos.

En esta nueva, o, más bien, rediviva situación los estados han dejado de cumplir la misión de garantes de derechos, que, por un momento, la eclosión ciudadana les había forzado a ejercer, para mostrar con dureza su verdadera naturaleza de siempre: herramienta de los poderosos. Como cualquier utensilio, ellos mismos entran en la subasta.

Aquel empresario alemán de vacaciones que decía que habían comprado a Alemania Oriental no hablaba como alemán sino como empresario capitalista, pero sus palabras eran verdaderas y el tiempo lo ha ratificado. Las lágrimas que se nos escaparon viendo a los berlineses destruir el muro con sus manos también eran verdaderas pero el tiempo las ha convertido en ingenuo sentimentalismo.

15 jun 2011

Jamás te olvidaré


         Que tres estados de la UE (más un cuarto en capilla, nosotros) estén intervenidos por el FMI era un panorama impensable ni para los más pesimistas respecto a la construcción europea, y pone de manifiesto que el proyecto que se alumbró en Roma y se ha ido elaborando trabajosamente a lo largo de décadas está a punto de colapsar. No parece capaz de superar el desafío de la crisis.

La fantasía neoliberal que se apoderó del mundo desde la década de los ochenta está acabando con el sueño europeo. Como los antiguos médicos que aplicaban sangrías a sus enfermos graves hundiéndolos en un estado de debilidad que acababa con sus vidas, así, los matasanos de las finanzas aplican a Grecia y los demás afectados un remedio del que no sobrevivirán. De la crisis financiera es mejor no hablar (por lo menos para mantener la calma en el discurso), pero la económica que ella parió, es una crisis de subconsumo, es decir, que la demanda es el punto flaco; los brutales recortes que se están aplicando tienen un efecto restrictivo y por tanto la profundizan, por muy mono que quede el déficit en los libros contables. Esto es tan sabido que empieza a ser muy aburrido repetirlo (os remito a las últimas precisiones que leí de Stiglitz en el Blog Salmón). El empecinamiento de Alemania, que apenas oculta el interés de sus bancos fuertemente implicados en la deuda griega, el seguidismo de Francia, y el “no es mi problema” de Inglaterra, están triturando la ilusión (si queda alguna) y la confianza de los ciudadanos en la UE, en sus capacidades y en sus intenciones e intereses.

He recordado ahora que desde hace muchos años la izquierda española, y europea, (no me refiero a la socialdemocracia: PSOE, SPD, etc.) mostraba reticencias en cada paso hacia la unión, manifestando su recelo porque, aseguraba, no se estaba construyendo una Europa según los sueños de los ciudadanos sino según los sueños del capitalismo y que eso sólo podía acabar en catástrofe. Cosechó las burlas y el desprecio de los socialistas (jaleados por la derecha), que se sentían los constructores de un nuevo mundo y sólo veían en tales grupúsculos sectarismo, resentimiento desde el fracaso e incapacidad de análisis. Hay que reconocer que, en medio de la duda, muchos acabamos comprando la moto. La realidad, siempre tan dura, nos ha reventado ahora en las narices.

Es muy posible, si los hechos siguen obedeciendo a la lógica implacable, que Grecia quiebre definitivamente, que le sigan alguno o algunos de los que están en cola, que el euro salte por los aires. Es posible que no; pero,  en todo caso, lo que fue un sueño europeo habrá encogido de tal modo que será irreconocible. Quizás nos conformemos con algunos girones en lo cultural y simbólico, pero nada que se parezca a los proyectos del último tercio del pasado siglo. En el nuevo mundo globalizado, mercantilizado y gestionado desde los centros financieros, Europa quizás no sea más que una utopía del pasado, una especie de Atlántida que sumergió el proceloso océano del capital.

A los que nos enamoramos de la idea nos queda sólo entonar un “jamás te olvidaré”, con ritmo de bolero si fuera posible. Alivia mucho.

4 ene 2011

Debilidades de la UE

Mal año el pasado, para España y para la UE. En España no apuntó la recuperación, el número de desempleados aumentó aún más y la deuda soberana sufrió el castigo del mercado. Las duras medidas del gobierno para enjugar el déficit, urgidas desde multitud de instituciones, nacionales o internacionales, concretas o fantasmales, han tenido el curioso efecto de que desde esos mismos lugares se exprese desconfianza en un país que tiene lastrado su crecimiento por tales medidas. Un absurdo que ilustra sobre la falta de racionalidad en el debate en torno a la crisis y los medios para atajarla.

España no es la excepción. En el resto del continente hemos visto desarrollarse casos más dramáticos y todos sabemos que existen otros varios que, afortunada o desafortunadamente, quién sabe, quedan ocultos en el ángulo muerto de la mirada de los medios; pero, al menor signo de que la noticia pueda ser rentable, saltarán a primera página, lo que para nosotros puede suponer la protección de una sombra refrescante. El problema es básicamente europeo, sin que esto signifique exonerarnos de responsabilidad: hemos vivido un presente, insólito en nuestro pasado, como si fuera a perdurar por siempre y sin advertir que muchas de sus raíces eran insanas. Lo que realmente ha mostrado sus debilidades en la Unión, sacudida por la crisis general, es una estructura construida a impulsos, espasmodicamente, con complejidades innecesarias, inacabada, en la que la bonanza económica durmió en los laureles a sus artífices, que no se ocuparon con la debida diligencia en consolidar lo construido con los nuevos elementos que reclamaba un conjunto bien hecho. Es más, la deriva neoliberal de los últimos tiempos hace mucho que se apoderó de las políticas de construcción de Europa, empujando a la Comisión a que se ocupe, más que nada, de mantener bajos déficit y deuda en los países miembros, mientras el BCE se consolida como una mera herramienta para controlar la inflación y nada más. La presión que una y otro han ejercido sobre los gobiernos ha ido desmantelando o, al menos, creando un estado de opinión favorable al desmantelamiento de los servicios sociales que prestaban y que eran el sello identificador de Europa. La prédica y la práctica del abandono de la política ha venido a desembocar, como siempre, en una política de derechas liberal. La crisis lo ha agudizado todo, las presiones y las políticas antisociales, incluso las contradicciones entre Estados que la bonanza mantenía desleídas.

El proyecto europeo inició sus primeros pasos con el marchamo del capitalismo liberal, de ahí las reticencias, expresadas muchas veces por la izquierda más activa, pero, aún con ese sello, cabía esperar mayor decisión a la hora de abordar la política. No se construye un Estado, un superestado o una federación con sólo instrumentos económicos técnicos, sin contaminación política, porque la unión económica por sí sola no es más que un esqueleto sin encarnadura, que anuncia desmoronarse ante el primer vendaval. La crisis no amenaza a Europa porque sea mal proyecto sino porque no es más que un conglomerado económico sin suficiente cemento político. Si bien ha sido un acierto empezar la construcción europea por la puesta en común de los recursos y su gestión, muestra evidente de sentido práctico, ha de llegar la hora en que se remonte el vuelo y ese momento es el que parece estar demorándose en exceso.

11 ene 2010

Europa en el paritorio

Lo quiera uno o no nos movemos siempre en el marco de un ideario que ha ido conformando nuestra personalidad a lo largo de nuestra biografía, sepa Dios cómo y por qué. El mío ha sido el materialismo; ya sé que con esto no digo gran cosa, pero se podría resumir apuntando que defiendo la prioridad de la realidad material sobre las ideas, que me parecen subordinadas a aquella. Sin embargo, no sin cierta incomodidad, he que reconocer que hay algunas ideas capaces de crear una realidad material (otra cosa es que aquellas hayan sido previamente emanación de una situación económica, social… determinada). La idea de nación, con su delimitación territorial, con su definición humana (etnia, lengua, historia…) es una de ellas: ¿Quién iba a decir a los saharauis de hace un siglo que algunos de sus descendientes estarían hoy dispuestos a morir por unas fronteras trazadas a capricho por los colonizadores y por los conceptos de nación y estado aprendidos de los mismos y que sólo para nombrarlos habrán tenido que hacer malabares con la semántica de su léxico habitual? Pero no quiero hablar del Sáhara (se me escapó por la reciente polémica a propósito de Aminatu Haidar) sino de Europa.

Las naciones europeas apenas tuvieron una raíz más auténtica. Emergieron de la ruina del feudalismo como sustento ideológico de unas estructuras jurídicas (Estados) que convenían al capitalismo naciente. Pero hoy son una realidad incuestionable que no se puede ignorar y, por serlo, influyen en cualquiera otra realidad política en formación. Ya no marcan la punta de lanza de la modernidad, sino que son más bien un elemento de retardo, porque la economía se ha mundializado y la cultura sigue el mismo camino, mientras que las estructuras políticas se debaten entre las fórmulas consagradas por la historia, pero ya anticuadas, y las que reclama el futuro.

A la UE no la veo como un proyecto de macro estado, de superpotencia, al estilo de USA, Rusia o China con las que poder competir, sino como una fórmula que, nacida de la cooperación de estados que ceden paulatinamente soberanía, supere el propio concepto de Estado y alumbre algo nuevo, algo que opte por la paz, la cultura y el bienestar, es decir, por el progreso, en lugar de por la competición, la confrontación y el dominio. No se trata de sustituir los 27 estados por uno más grande y poderoso, sino de minimizar la materialidad de todos ellos para permitir el funcionamiento de una estructura que los sustituya con ventaja, pero que no los imite, ¿acaso no estamos escarmentados? El modelo no debería ser EE.UU. ni ninguna otra cosa existente, si no queremos caminar hacia atrás; la tecnología moderna, la economía que tan rápidamente se ha adaptado a ella, la fusión cultural, todo reclama otra cosa.

El nacionalismo es quizás el obstáculo más importante en la construcción de la nueva Europa, pero a la vez la existencia y la resistencia de los estados nacionales pueden ser paradójicamente la mejor garantía del alumbramiento de una Europa nueva. La verdadera política, la que crea nuevos escenarios de convivencia, es el producto de una dialéctica entre lo nuevo y lo viejo. Lo ideal sería contar en estos momentos con buenos parteros capaces de llevar a feliz término el suceso y que los que esperamos impacientes, si no ayudamos, por lo menos no estorbemos, y sepamos reconocer la conveniencia de lo nuevo, aunque no traiga ni los ojos del padre (al fin y al cabo bizqueaba) ni la boca de la madre (a veces torcida).