19 sept. 2015

Desintegración vs. integración

Primero fue el Euro, la moneda común. Ahora Schengen, la libertad de circulación. El impacto de la crisis económica ha hecho tambalear la moneda y aún no sabemos si escapará sin daños de la conmoción, ni siquiera si pervivirá. La crisis en Oriente Medio, en donde Siria era una piedra maestra, removida en buena parte por los errores en la política exterior de EE.UU. y sus aliados, afecta ahora gravemente a Europa en forma de una apabullante marea de refugiados. La moneda y las fronteras, los dos símbolos más evidentes de la soberanía, que los Estados más decididos (¿ingenuos?) de la Unión quisieron empezar a poner en común como símbolo, a su vez, de la firme decisión de caminar juntos, amenazan con regresar a sus posiciones de partida ante la onda renacionalizadora que traen las crisis (económica y política) y la falta de convicción y experiencia comunitarias de los países integrados en aluvión en las últimas ampliaciones.


La UE está en camino, inconclusa. El horizonte es difuso y con el número de caminantes ha aumentado la algarabía y las disonancias, cuando ya se habían producido disensiones y abandonos precisamente en la moneda única y el espacio Schengen. Por eso, seguramente, se ha ido haciendo evidente la presencia de un liderazgo: Alemania. Tranquiliza pensar que alguien tiene un plan y la autoritas para imponerlo, pero se agrava el déficit democrático de la Unión y la expone a los vientos de una eventual crisis política germana. Hace cuatro o cinco generaciones Alemania logró convertirse en un Estado unificado gracias a la iniciativa y liderazgo de Prusia (Bismarck) que se impuso sobre el alboroto nacionalista que pugnaba por encontrar caminos de integración más democráticos. Es posible que los políticos alemanes, quizás también sus ciudadanos, tengan interiorizado en su peculiar idiosincrasia política el valor del liderazgo en los procesos políticos. Por otra parte la gesticulante sobreactuación de los países pequeños para hacerse notar/respetar crea un caos que hace más evidente la bondad de un liderato.

Es una pena que el Reino Unido tenga tan poco interés en la integración porque Francia e Italia no bastan como contrapeso de Alemania, mucho menos España donde de lo que realmente estamos pendientes es de si vamos por fin a autodividirnos en unos cuantos estados mini, como en los Balcanes, para que podamos así, por fin, hacernos demostraciones de amor, como dijo Junqueras (por ejemplo, digo yo, votándonos mutuamente las canciones que presentemos a Eurovisión).

La pugna entre democracia y liderato (¿podrán no entrar en contradicción?) es la complicada dialéctica en la que se resolverá el futuro de la UE, por eso resulta difícil predecir si como resultado de las crisis vamos a avanzar o a retroceder. Seguramente ni siquiera tenemos claro, o puesto en común, qué es avanzar y qué retroceder.

Respecto a España sí que está claro porque el proceso de desintegración en el que se empeña no ofrece dudas: unos están seguros de ir a la tierra prometida y otros a la mierda, pero dudas ni una.