28 sept. 2010

Huelga

Cuando nacieron las primeras organizaciones obreras actuaron durante mucho tiempo en la clandestinidad, donde la ley las recluyó, porque al liberalismo imperante le parecía una coacción intolerable que los trabajadores se presentaran asociados frente a los patronos, rompiendo la sacrosanta ley de la libertad de mercados, o porque generaban conflictividad social o porque eran un nido de delincuentes y agitadores... Hoy, con motivo de la convocatoria de huelga, una legión de comentaristas argumenta que los sindicatos son organizaciones obsoletas, que su tiempo ya pasó, que son un nido de parásitos alimentados por las subvenciones estatales y las obligadas aportaciones empresariales. Las críticas van dirigidas contra los sindicatos de clase, como si el concepto mismo de clase se hubiese evaporado y hubieran quedado por tanto sin objeto. Son los mismos que anunciaban el fin de las ideologías, el fin de la política, el fin de la izquierda, los adalides del pensamiento único. Lo que hay apolillado, lo que huele a naftalina, en una argumentación que apenas maquilló las premisas para mantener las mismas conclusiones desde el XIX, es el propio discurso.

Sin embargo, a pesar de la anemia argumental, a pesar de la refutación de la historia, son palabras que encuentran eco fácilmente. Los sindicalistas han sabido siempre muy bien lo difícil que es organizar a los que viven, o caen, en la marginación social, sector que la depresión alimenta. En nuestro tiempo, además, los sindicatos, integrados por fin en el sistema institucional de las democracias, se convierten con suma facilidad en objeto de rechazo cuando surgen actitudes antisistema, tan frecuentes en los momentos de crisis; denostados por los de arriba y sus satélites –la fuerza de atracción del poder o del dinero es equiparable a la de la gravedad en el mundo físico–, pero también por aquellos que los tildan de traidores o adocenados porque los perciben como parte del establishment, que rechazan. Y no hago mención del porcentaje, bien sustancioso, de actitudes o argumentos que dejan descaradamente al descubierto sólo cinismo e hipocresía, vicios comunes en todas las clases, porque son atributo de la humanidad.

Nosotros, europeos, no concebimos la democracia sin una compleja trama de logros sociales. Es lo que hemos venido a llamar Estado del bienestar. Por supuesto que hay teóricos, cada vez más, que reniegan de él, pero la mayoría de ciudadanos nos lamentamos de su deterioro actual y de las amenazas que se ciernen sobre su permanencia. Pues bien, en la construcción del sistema y en su mantenimiento los sindicatos han tenido un papel tan protagonista que es imposible entenderlo sin ellos. Hoy, cuando los partidos de izquierdas o están lejos del poder o el huracán liberal los ha maniatado, su única defensa eficaz parece depender de los mismos; la huelga de mañana es una muestra.

No seamos tan estúpidos o tan cínicos que nos lamentemos de la pérdida de derechos sociales y a la vez neguemos el agua y la sal a los sindicatos que los hicieron posibles. Tan tonto y contradictorio como llorar nuestra situación por la crisis y atacar con encono a nuestra única defensa.
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23 sept. 2010

Pasión y muerte de ZP

Un artículo de Maruja Torres me ha revelado claves que hasta ahora no había logrado penetrar: la verdadera grandeza de Zapatero está por llegar y tiene que ver con su salida de La Moncloa.

Hay héroes y mártires. Los primeros obtienen su grandeza de las hazañas de que son capaces en vida. En Napoleón, por ejemplo, Sta. Elena fue un accidente. Nadie le recuerda por eso, sino por haber puesto en un brete a la Europa de entonces; por el increíble cinismo de haber usado la bandera de la revolución (libertad, igualdad, fraternidad) para una operación despótica y de engrandecimiento personal; por apostillar a Maquiavelo queriendo hacer ver que él iba más allá que cualquier otro en la tarea de ningunear la ética y los usos avalados por la tradición. Siempre tuvo seguidores más o menos afortunados, el de hoy es Sarkozy: infinitamente ambicioso, corto de estatura, épatant en sus decisiones políticas, liberado de sus complejos por un matrimonio espectacular. El héroe es vital, despierta admiración u odio –sólo sus contemporáneos más avisados son capaces de verle la vena ridícula de la que ningún héroe carece–, desaparecido, sólo quedará añoranza o alivio.

El mártir alcanza la vida gracias a su muerte. Su vida fue un fracaso, que, en seguida, se cargará sobre las espaldas de los que lo sacrificaron, rellenando el vacío con sendas dosis de inocencia y buenas intenciones. Habitará de modo perdurable y en estado glorioso en la memoria colectiva utilizando los posos de mala conciencia que todos hemos venido creando en nuestro proceso vital; se alimenta de ellos. En nuestro pasado reciente Suárez no se ajusta mal al modelo: denostado en el ejercicio de su poder como pocos y zarandeado sin piedad hasta la agonía por sus propios camaradas, su figura se va engrandeciendo progresivamente, desde su muerte política, hasta situarlo en las proximidades de los altares.

Zapatero pertenece a esta última categoría. Lo admirable en él es que es consciente del proceso, ha asumido su destino e interpreta su papel con la alegría de los justos. Estoy por afirmar que lleva camino de alcanzar la excelencia si las cosas no se le tuercen ganando las próximas elecciones. Sabe que en vida (política) tiene poco que hacer, las fuerzas que se desataron superan sus capacidades, así que ha decidido conquistar la memoria, ofreciéndose como víctima propiciatoria. Será el cordero que nos redima de nuestros pecados económicos ofreciendo su vida (política) para que arda en el fuego purificador de los recortes salariales, la congelación de pensiones y las subidas de impuestos. El no lo quería, pero nuestra culpa era demasiado grande y las acechanzas del Maligno (el mercado) demasiado poderosas, como para liberarnos de otro modo.

Si de aquí a un par de años volviera a ganar las elecciones y su desaparición no se produjera… borraría este artículo, al fin y al cabo no soy un profeta.
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La ilustración la tome prestada del excelente blog de humor caducahoy.blogspot.com
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20 sept. 2010

Los ricos no lloran

Desde que empezaron las medidas anticrisis, o antipardillos, según se mire, castigando a funcionarios (reducción salarial), pensionistas (congelación) y consumidores (IVA), se viene anunciando que pronto les tocará a los ricos; pero el asunto tarda en materializarse: según parece, no me preguntéis por qué, aún no es el momento. Lo único reciente que recordamos con relación a los ricos es la supresión del impuesto del patrimonio (por definición los pobres no tienen de eso). Aquí marcaron el primer tanto, el segundo, el tercero y el cuarto, se deducen de lo anterior: los millonarios no suelen ser funcionarios ni viven de una pensión y, por supuesto, les importa un rábano el IVA. De momento ganan por goleada.

Se viene rumoreando estos días que la reforma del IRPF es inminente, agregando un tramo impositivo más para ingresos superiores a 120.000€ con el 46% de imposición para la parte de renta que sobrepase esa cantidad (ahora estaba en 53.400€ y 43% respectivamente). Naturalmente han empezado las críticas: por la derecha, populismo puro y crudo, generalidades vacuas y ninguna alternativa; por la izquierda la cosa es diferente, más trabajada. Yo me haré eco hoy del plan que propone ATTAC, que no es un partido, pero si un movimiento ciudadano de gran vitalidad y de creciente presencia en España y Europa.

Como es sabido en la declaración del IRPF tienen distinto tratamiento las rentas que proceden del capital de las que se originan en el trabajo. Las primeras cotizan al 19% y si superan los 6000€ al 21%; los rendimientos del trabajo, en cambio, lo hacen en cuatro tramos que van del 20% al 43%, con la reforma anunciada se agregaría un quinto tramo en las condiciones ya expuestas.

Las rentas del capital incluyen:

• Rendimientos de cuentas y depósitos bancarios.
• Rendimientos por compraventa de acciones.
• Dividendos por reparto de beneficios de sociedades por acciones.
• Participación en beneficios de cualquier empresa.
• Primas por asistencia a consejos de administración.
• Rendimientos por compraventa de bienes patrimoniales.
Cotizan entre el 19 (mínimo) y el 21(máximo).

Las rentas del trabajo comprenden:

• Sueldos de contratados por empresas o administración pública y funcionarios.
• Ingresos de autónomos en el ejercicio de su actividad económica.
• Ingresos de profesionales en el ejercicio de su profesión.
Cotizan entre el 20% (mínimo) y 43% (máximo)

No es necesario decir que el primer grupo, que tiene un tratamiento más benévolo, comprende ingresos que obtiene en proporción significativa un sector social privilegiado, mientras que el segundo es el del común de los ciudadanos. Se justifica la desigualdad con el argumento de que es un modo de estimular el ahorro y evitar la fuga de capitales. Que sea suficiente explicación es algo que podemos valorar cada uno. Como se ve, la reforma propuesta permitirá incrementar, no demasiado, los ingresos de Hacienda a costa de las rentas más altas, pero no cambia nada, la filosofía del impuesto permanece intacta. La propuesta de Attac es la siguiente:

1. Que todas las rentas, se obtengan de donde se obtengan, se sumen conjuntamente (eliminando la diferenciación entre renta del ahorro o del capital y renta general o del trabajo) y al resultante sea al que se le aplique una única tarifa progresiva.

2. Que el número de tramos progresivos de tipos de gravamen se aumente, hasta llegar a un 65,5% para las rentas más elevadas (% que contemplaba la primera ley tributaria de la democracia, ley 44/78, y que nunca debería de haberse modificado)

3. Que se elimine la reducción por aportaciones y contribuciones a planes de pensiones.
De lo que se trata es de eliminar de una vez por todas la diferencia de tratamiento entre una y otra vía de obtención de ingresos, de incrementar la progresividad (aún más de lo que contempla la anunciada reforma) y eliminar la principal vía para obtener desgravaciones que sólo está al alcance de las rentas altas.

Las leyes exactoras constituyen un test para medir la sensibilidad social de los gobiernos, en este caso, el nuestro no queda muy bien parado. De hecho el vigente sistema fue diseñado en sus líneas generales por la UCD, hace ya 32 años y, posteriormente, sólo ha sufrido reformas de detalle, algunas, como la de Aznar, para endurecerlo. El programa de Zapatero en su primera legislatura incluía una reforma radical del IRPF, novedosa y arriesgada porque eliminaba los tramos, sustituyéndolos por un tipo único, pero manteniendo la progresividad por el procedimiento de dejar exento un tramo considerable de los ingresos. Nunca se aplicó, ni siquiera se planteó con seriedad.

Con las medidas previstas ahora los ricos no soltarán ni una lágrima… si acaso de risa.

15 sept. 2010

Libros sagrados

El lector de periódicos que lee una entrevista piensa que las palabras que ve impresas son justamente las que pronunció el entrevistado ante el periodista y, sin embargo, con demasiada frecuencia, el protagonista no reconoce al leerlas su propio discurso, lo encuentra mutilado, tergiversado, de algún modo orientado a un fin que no estaba en su mente y que probablemente ha salido de la del periodista que ha plasmado por escrito lo que se dijo. Los malentendidos y las tergiversaciones, maliciosas o no, parecen ser inmunes a la experiencia del profesional entrevistador y a la tecnología moderna que permite grabar sonido e imagen.

Trasladémonos catorce siglos atrás a una zona árida, a las puertas del desierto, tras las fronteras de las dos grandes civilizaciones de la época (Persia y Bizancio), donde la cultura y la tecnología de ambas llegaban pálida y fragmentariamente En ese ambiente habla Mahoma (Muhammad), un profeta, según parece analfabeto, lo más común en el lugar y el tiempo, o que, en todo caso, nunca escribió nada. Algunos de los que le escuchan, fascinados por su palabra, y conocedores de la técnica de la escritura, toman notas de sus enseñanzas. Lo hacen en hojas de vegetales, trozos de piel o huesos. Como los escribas escasean, existen otros individuos que memorizan palabra por palabra (memoriones), lo que después alguien puede poner por escrito. Sus fieles conservaron así la doctrina revelada. Andando el tiempo, el califa Utman, cuando ya el islam se había convertido en un poder en la región, reunió los fragmentos y elaboró con ellos un libro: El Corán (la recitación), en su versión canónica, que no ha sido puesto en discusión posteriormente y que ha sido unánimemente aceptado como la palabra del profeta inspirada por Dios mismo (los textos discrepantes habrían sido destruidos oportunamente). Si Mahoma pudiera leerlo ¿lo reconocería como su propia palabra y como compendio de sus enseñanzas? La respuesta que daría un musulmán es obvia, la que daría un infiel, puede ser considerada blasfema, ya que la revelación es un dogma y El Corán un libro sagrado para los islamitas. No entro en la veracidad de la revelación misma, que según nos cuentan era recibida en accesos que la ciencia médica actual, libre de prejuicios religiosos, consideraría episodios de un síndrome de epilepsia alucinatoria.

La razón no es un arma eficaz contra las creencias, porque éstas se sitúan fuera de su alcance; sin embargo, es lícito su uso en este caso ya que es la herramienta, específicamente humana, más fiable para el conocimiento y, los que consideramos que no hay ámbito del mismo que no pueda explorar, no tenemos por qué restringir su utilización.

Seis siglos antes de estos sucesos se redactaron otros textos que contaban las acciones y la palabra de Jesús, otro profeta ágrafo, un personaje cuya existencia histórica no ha logrado ser probada históricamente. También fueron escritos tardíamente por individuos que no conocieron ni escucharon al protagonista y después de que Pablo de Tarso, otro epiléptico víctima de alucinaciones (no en balde fue llamada enfermedad sagrada) hubiera dado un giro a las enseñanzas del Nazareno sistematizando su doctrina y convirtiendo en cristianismo lo que no parecía más que un intento de renovación del judaísmo de la época. También estos textos sufrieron una purga, en este caso por parte de la Iglesia, seleccionando unos pocos como canónicos y convirtiéndolos en palabra de Dios; aunque para los cristianos su sacralidad no alcanza a la materialidad del libro como en el caso de El Corán, seguramente porque sus templos están llenos de otros objetos materiales sagrados.

No me extenderé sobre el Antiguo Testamento, básicamente la Toráh judía, porque su antigüedad y la diversidad de su procedencia y fines lo convierten en un galimatías, en donde junto a prescripciones incoherentes y caprichosas encontramos relatos inverosímiles sólo asumibles como mitos, y justificaciones y recomendaciones o exigencias de comportamientos éticos que hoy cualquiera consideraría aberrantes.

Si todos los hombres nos guiáramos fundamentalmente por la razón, hace tiempo que tales textos habrían quedado desechados como testimonios fiables de lo que cuentan o se dice que representan, porque no resisten el mínimo análisis científico, ni siquiera el que un lector crítico hace cada día sobre lo que lee en la prensa. Sin embargo en el terreno de las creencias el pensamiento mágico convive y se impone sobre el racional ¿Cómo esperar racionalidad en aquellos que han hecho de tan rancias enseñanzas guía de sus vidas?

Sin pretender quitar el empleo a ningún profeta me atrevo a decir que seguirá habiendo quemadores de libros, como el pastor Jones, y brutales represalias por aquellos que lo consideren una blasfemia intolerable.
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11 sept. 2010

Los ricos, los pobres, la crisis y Marx

Que los ricos sean más ricos no tiene para la economía general ningún efecto beneficioso. El incremento de sus ingresos no genera un aumento similar de la demanda porque su consumo era ya elevado y la mayor parte de este aumento irá a paraísos fiscales, áreas con sistemas bancarios opacos, inversiones especulativas (hedge funds), etc. De hecho las entidades financieras cuentan con empleados (administradores de grandes fortunas) cuya misión es precisamente buscarles acomodo de este tipo. Si, por el contrario el incremento beneficiara a las rentas del trabajo, es decir a las clases medias y bajas, los efectos sobre la economía serían inmediatos y espectaculares, porque los beneficiaros elevarían el consumo de forma instantánea en todas sus formas, demandando más y mejores productos alimenticios , vestido, vivienda, educación, viajes… en fin, mercaderías y servicios de todo tipo; al tiempo, la parte del incremento de la renta que se destinara al ahorro serviría para financiar las actividades económicas que el aumento de la demanda estimula, ya que este excedente, por sus peculiares características, difícilmente tomaría la vía de la inversión especulativa o los paraísos fiscales. Así pues, la distribución de la renta no es sólo un principio de justicia social sino también una garantía para mantener viva la demanda y por tanto el crecimiento económico y la prosperidad general. Los países más prósperos del mundo son aquellos en los que las diferencias de renta son menores.

Durante el siglo XX, desde la gran crisis de los años 30, en los países que fueron en seguida denominados desarrollados, se produjo una progresiva distribución de la renta, reduciendo el porcentaje que correspondía al capital y aumentando el que procedía del trabajo. Las medidas keynesianas y socialdemócratas estimularon el proceso y fueron las responsables de una sociedad económicamente dinámica y envidiable por su equidad. Las crisis de los 70 y 80 produjeron un cambio del paradigma económico, promovido políticamente por Reagan y Teacher en USA y Europa respectivamente, que fueron, más pronto o más tarde, imitados en todas partes. El desquiciamiento del poder sindical, la desregulación de los mercados financieros y el abandono de los instrumentos de intervención en la economía empezaron en seguida a hacer sentir sus efectos: uno de ellos fue remontar la crisis y emprender un nuevo proceso de crecimiento; otro, incrementar paulatinamente el porcentaje de renta para el capital en perjuicio del trabajo, es decir, una polarización de la riqueza, una regresión en las políticas de distribución de la renta. Proporcionalmente las clases que obtenían sus rentas del trabajo se empobrecieron, fenómeno que quedaba enmascarado por la incorporación de la mujer al trabajo (en todas partes, no sólo en España), que incrementaba notablemente los ingresos familiares y el gasto (por tanto también la demanda); otro recurso fue el endeudamiento, facilitado por el hiperdesarrollo de los instrumentos financieros y la irresistible incitación del mercado.

Más de veinte años de política neoliberal han permitido concentrar más y más riqueza en manos de unos pocos, extraída, naturalmente, tanto del excedente que aportaba el crecimiento como de las rentas del trabajo, es decir, empobreciendo a las clases medias y trabajadoras, que, además, han resultado endeudadas en proporción nunca conocida. En estas circunstancias, el pinchazo de la burbuja financiera ha tenido como consecuencia casi instantánea una drástica reducción de la demanda en la que estamos insertos hace ya más de dos años. No podía ser de otro modo ya que las clases de las que dependería el aumento del consumo han perdido sus ingresos y están fuertemente endeudadas. Para colmo, las medidas de los gobiernos para atajar sus desequilibrios presupuestarios son restrictivas, es decir lastran el crecimiento. La respuesta ciudadana, que en otras circunstancias podría ser brutal, está lastrada también porque los instrumentos sindicales fueron desarticulados por la acción consciente de los gobiernos al principio del proceso, o se anquilosaron por la falsa prosperidad de que disfrutamos durante años.

Y se me ha ocurrido a mí recordar, viejo izquierdista desfasado, que cuando Marx analizaba las crisis del capitalismo  y las explicaba como crisis de subconsumo parecía estar pensando en ésta. A ver si vamos a tener que desempolvar El Capital…

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He basado este artículo en el de Vicenç Navarro en Attac España: La causa de la crisis, cuya lectura recomiendo, por su calidad y porque aporta datos numéricos que yo he obviado.



8 sept. 2010

...se hace camino al andar

El buen caminante gusta de mirar hacia atrás tanto como hacia adelante, le satisface ver el camino ya recorrido y le consuela y alienta para encarar lo que queda por delante, que es esfuerzo e incertidumbre. Europa ha cumplido ya muchas etapas, tantas que una vuelta atrás parece imposible, lo avanzado es ya irreversible. Esta idea es por sí sola confortante. De hecho la magnitud de lo recorrido nos sitúa en un punto en que sólo podemos caminar hacia adelante, por lo que los problemas que surjan en lo sucesivo, sobre la integración, habrán de ser resueltos necesariamente, como sea, no hay alternativa.

Los antiguos griegos pasaron siglos pugnando entre sí por situarse en su mundo por encima de los vecinos; en esa agitación colonizaron el Mediterráneo y crearon una civilización incomparable de la que nos enorgullecemos, situándola en nuestros orígenes. La guerra del Peloponeso fue el desiderátum de este conflicto permanente; después de ella las polis, arruinadas, exhaustas cayeron bajo la autoridad y el poder colonizador de sus propios herederos (macedonios, romanos). Europa repitió el modelo ampliando el escenario. Desde el S.XVI se formaron los estados nacionales compitiendo sin cesar por la hegemonía continental, mientras exploraban y colonizaban el mundo. El siglo XX produjo el gran conflicto, las dos guerras mundiales –en su origen, y fundamentalmente, un conflicto europeo–, a cuya finalización todo apuntaba a una salida semejante a la griega; sin embargo, de las ruinas y por efecto de la necesidad surgieron los primeros proyectos de cooperación europea (Comunidad Europea del Carbón y del Acero, Euratom), sobre ellos se ha construido paso a paso una estructura, en ocasiones tambaleante, cuando no demasiado compleja como para no perderse en ella, pero que hoy cuenta con un espacio sin fronteras, con políticas económicas comunes (PAC), con una armonización fiscal, con una moneda única, con un Banco Central Europeo… No hay una política exterior común ni una defensa única, pero todo se andará, mientras se perfecciona y se pule lo conseguido.

El impulso fue la necesidad. Ninguna gran idea, ninguna utopía dirigió el proceso, de haberlo hecho se habría empezado por la política y el fracaso hubiera estado asegurado. Se impuso la racionalidad para superar las contradicciones de cada momento, y la racionalidad y el consenso, trabajosamente obtenido, sigue siendo la herramienta básica. Si transferimos a la Unión los elementos emocionales, el irracionalismo que han construido y sostenido a los Estados nacionales, los mismos que hoy diluyen sus contornos en el seno de la comunidad ¿no estaríamos sembrando la semilla del fracaso? De la misma manera que en democracia las creencias religiosas deben ceñirse al ámbito de lo privado, en la Unión Europea deberíamos restringir el sentir nacionalista a las antiguas fronteras –al fin y al cabo ha cumplido su papel en el tira y afloja para la obtención de consensos– y no trocarlo en uno continental, que sería operación artificiosa; de hacerlo, en lugar de fortalecer, podríamos minar o deformar un proceso que ha prosperado precisamente porque se orillaron esos elementos. A algunos no nos ilusiona una Europa convertida en una supernación, por muy federal que sea, sino algo que supere a las que la forman, trascendiéndolas. Algo nuevo que debe surgir de la experiencia diaria, de la resolución de los conflictos cotidianos a la luz de la razón y con el arma del consenso posible, sin profetas que nos diseñen caminos, por muy amenos y apetecibles que se nos presenten. Crear una conciencia nacional europea, recurriendo inevitablemente a la manipulación de la historia, no sería más que volver al error: el rechazo a la integración de Turquía nace de que algunos se han construido un concepto tal de la esencia de Europa que la descarta; la exclusión es el fluido vital, la sangre de todo nacionalismo ¿Queremos eso?

Decía al principio que ya sólo podemos caminar hacia adelante, pero a cada paso se nos presentan bifurcaciones. Para elegir la más conveniente es muy sano mirar hacia atrás y comprobar por qué hemos llegado hasta aquí y cómo con otros desvíos o atajos nunca hubiéramos alcanzado este punto. A mi juicio, el buen europeísta no es el que tiene esbozado in mente su dibujo de la futura Europa, que le sirva de meta y estímulo, sino el que está convencido de que el mosaico de Estados nacionales en salvaje competencia, que era Europa, está obsoleto y que su superación por la vía de la cooperación y la coordinación, en sus múltiples variantes, es el futuro. Es suficiente bagaje, el único que portaban los que hasta ahora han sido los constructores de la UE.

Dijo el poeta: Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.
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3 sept. 2010

Hawking vs Dios creador

Los tiempos oscuros generan mitos, tal es el caso de Troya en la época prehelénica o de Camelot y la leyenda artúrica en la Britania postromana. Historiadores y arqueólogos se han esforzado por hallar vestigios que los conecten con la realidad: Schliemann encontró la ciudad de Troya; a Arturo se le ha querido identificar con un noble romano o un líder britano en lucha con anglos y sajones, y hasta Excalibur ha hallado su explicación en las espadas celtas de larga hoja, que los romanos de la última época adoptaron para su caballería. Pero ¿qué importa que los mitos tengan o no fundamento histórico? Seguramente la imaginación de los poetas tiene sus límites y necesitará una apoyatura en la realidad, pero ¿qué más da? Lo importante del mito no es la realidad que subyace, sino los anhelos, los deseos, los sueños a los que responde. Son una fabulación, pero es muy posible que sea tan necesaria para el grupo como el sustento o la seguridad. Así pues, la segunda oscuridad de la que nacen reside en nuestro interior profundo, tan ignoto que una y otra vez intentamos casar el cuento con la realidad sin percatarnos, o querer reconocer, que su origen verdadero solo lo hallaríamos en la autoexploración.

La luz es el medio más hostil. La claridad del conocimiento nítido del entorno los margina a los orígenes lejanos y mal explicados; la iluminación de la mente con las luces de la razón los disuelve como azucarillos. Pero los anhelos, los temores, los impulsos… que fueron su caldo de cultivo y que seguramente forman parte de nuestro bagaje evolutivo por un proceso aún no explicado del todo, permanece. Incluso en las épocas más ilustradas o en los periodos en los que la razón se impuso con medios dictatoriales, los mitos subsistieron. Adelgazaron, se adaptaron al nuevo medio haciéndose casi invisibles, muchos quedaron reducidos a la condición de cuentos o leyendas, sin otro valor que el antropológico o literario, pero otros alcanzaron el estatus de creencias. En este nivel lograron la inviolabilidad, refugiados tras las defensas de los derechos. Nunca nos abandonaron, probablemente nunca nos abandonarán.

El último (por su profundidad, por su trascendencia) gran mito, el de la creación del Universo por la voluntad y la acción divinas, pareció encontrar refugio en los avances científicos que lograron no hace mucho detectar un origen, en el tiempo, de nuestro Universo: el Big Bang, la gran explosión originaria. El descubrimiento de la evolución por la selección natural fue un duro varapalo porque sustituía con éxito el cuento de la creación de los seres vivos y del hombre por un proceso razonable y comprensible, pero al colocar el origen del Universo en un instante, fuera del alcance intuitivo de la mente, la ciencia creaba un vacío donde cabía, para algunos, el dedo de Dios. Hawking, uno de los físicos vivos más notables del mundo, conocidísimo por sus trabajos de divulgación, acaba de escribir un libro en el que, con argumentos científicos, concluye la posibilidad de una explicación exclusivamente física del suceso, sin vacíos que dejen sitio a fabulación alguna. ¿Logrará Hawking iluminar definitivamente este rincón oscuro del conocimiento? Veremos.