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29 may 2015

El poder de la oración

Me sorprende la sorpresa que un día sí y otro también expresan los medios y sus lectores (radioyentes o televidentes) ante la reciente constatación de que el trabajo no es incompatible con la pobreza, ¡que hay trabajadores pobres! ¿De dónde salen? (los pobres no, los sorprendidos) ¿En qué sociedad han nacido, han vivido, se han educado? Aparte Los tres cerditos y otras similares ¿cuáles fueron sus lecturas? Puede que sea cosa mía: lo mismo que las articulaciones empiezan a negarme el servicio que se supone que me deben, las neuronas responsables del asombro han podido emprender el mismo camino de insurgencia. No creo porque de hecho me maravilla el fenómeno (que se sorprendan), como manifiesto a la entrada.

5 mar 2014

Mismos perros, distintos collares

En los años de tránsito del siglo pasado a éste dirigió la Reserva Federal, institución clave en la política económica de USA y el Mundo, Alan Greespan, uno de los apóstoles del neoliberalismo. En su informe anual ante el Congreso en 1997 justificó el éxito económico de su política porque estaba imponiendo «una mayor inseguridad en los trabajadores». El evangelio neoliberal se escribe en ‘neolengua’, invirtiendo la semántica al uso para desembocar en una jerga confusa a oídos del común pero transparente para sus seguidores; rara vez utiliza expresiones tan reveladoras de su verdadera sustancia como la anterior, pero, a veces, cuando sus pastores se sienten rodeados de colegas, ignoran al rebaño y pierden las formas.

Ya en los balbuceos de la nueva era en la que ahora boqueamos, el Partido Conservador Británico de Mrs. Thatcher, se planteó un cambio drástico que desmontara el dominio socialdemócrata y su criatura: el Estado del bienestar. No aspiraban a asegurar su puesto en el tradicional turno de gobierno sino a cambiar el modelo de sociedad dinamitando las posiciones que los trabajadores habían venido conquistando desde la guerra. Para ello «Thatcher lideró la flexibilización en el mercado laboral, la privatización de empresas públicas y redujo el poder de los sindicatos» (¿Suena familiar?). Los dos primeros objetivos eran imposibles sin el tercero, así que preparó la respuesta a la previsible y esperada huelga de mineros (1984/85) como un estado mayor prepara una operación militar. La confrontación fue épica, pero, por lo mismo, la derrota sindical en que desembocó tuvo proporciones de cataclismo para la clase trabajadora. A la vez que se desarticulaba el movimiento obrero se lanzaban cantos de sirena que pregonaban un novedoso capitalismo popular en el que los trabajadores podrían participar en los proyectos capitalistas, que levantaban vuelo tras la venta de las empresas estatales y la privatización de los servicios públicos, liberados de la “tiranía” y el “chantaje” sindical respectivamente. Para ello nada mejor que una desregulación financiera y una flexibilización laboral que engrasaran el sistema. La voladura del movimiento obrero en Gran Bretaña fue de tales proporciones que el Labour Party, criatura histórica de los sindicatos, acabó renegando de sus fundamentos ideológicos y concibiendo una “tercera vía”, que no era otra cosa que la aceptación del nuevo statu quo establecido por sus, antes, enemigos de clase.

En España cualquier parecido con el movimiento sindical británico sería pura y milagrosa coincidencia. Liquidado manu militari por el franquismo su resurrección fue posible por el ánimo luchador de una minoría esforzada, pero su consolidación se debió tanto como a la iniciativa popular que, por cierto, nunca se lanzó a la militancia masiva, a las políticas de promoción de las formas democráticas del Estado de la Transición.  Como en los partidos, la financiación, prebendas y subvenciones han tenido un papel importante, que, en lugar de disminuir, han crecido con el tiempo. Un pecado original que tiene mucho que ver con su descrédito actual.

Con la crisis, desencadenada precisamente por los excesos que siguieron a la desregulación de los mercados financieros, los sindicatos españoles se han visto gravemente afectados. La desindustrialización y el paro los han llevado a una situación famélica, el desprestigio de la política y los políticos les han alcanzado igualmente, porque muchos trabajadores los identifican con la clase política (el pecado original). En esas circunstancias el gobierno reaccionario de Rajoy ha podido dedicarse a desmontar minuciosamente los derechos y seguridades laborales con la reforma laboral sin prácticamente resistencia. Aquí ha sobrado cualquier épica.

Llegamos así a la receta de Thatcher, Greespan & Cia: la cuestión es que los trabajadores estén más inseguros, jurídicamente indefensos, sindicalmente huérfanos; no irán a la huelga y aceptaran cualesquiera condiciones de trabajo y de salario. Una bendición para la subida de la productividad que desde tanto tiempo vienen reclamando los economistas de la cosa. La macroeconomía está de enhorabuena.

¿Quién se acuerda ya de la lucha de clases, del proletariado y la burguesía? En un texto de Noam Chomsky he leído dos nuevos términos: precariado y plutonomía. No es ‘neolengua’ sino un intento de hacernos comprender que son los mismos perros con distintos collares.

13 nov 2012

Huelga general


Ante la convocatoria de la huelga general han surgido las voces de siempre, que en un intento de descalificación la tachan de política. Incluso la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, en una de sus salidas de tono habituales ha sugerido la conveniencia de prohibir las huelgas generales porque, dice, no tienen objetivos laborales. Casi no merece la pena detenerse en este asunto de la condición política o no de las huelgas, pero lo haré porque del análisis de esta acusación podemos sacar provecho.

La huelga general formó parte del arsenal revolucionario del movimiento obrero, no de sus armas de lucha habituales en la confrontación laboral. En el ideario marxista, cuando las contradicciones  del sistema hubieran llegado a su extremo en el proceso de socialización de la producción y apropiación privada del beneficio, los productores, conscientes de su poder, paralizarían la producción mediante la huelga general, lo que les permitiría tomar las riendas de la situación y expropiar a los expropiadores. Iniciarían así el proceso revolucionario que tendría como meta la construcción de una sociedad sin clases y sin Estado, ya que si éste es un instrumento en manos de las clases dominantes para afianzar su poder, en una sociedad igualitaria resulta innecesario.

Se explica pues que la huelga general se convirtiera en un mito en el movimiento obrero, un último recurso que sólo había que utilizar en el momento preciso, cuando las condiciones estuvieran maduras, porque su fracaso podía dar al traste con años de lucha. Así y todo, la historia del XIX y del XX, especialmente la primera mitad del siglo pasado, está llena de espejismos revolucionarios y huelgas generales fracasadas. Recordemos la nuestra del 34 que triunfó temporalmente en Asturias y que permitió a la República, circunstancialmente gobernada por la derecha, ensayar procedimientos brutales de represión utilizando a la Legión que comandaba Franco.

Las organizaciones sindicales se institucionalizaron con el paso del tiempo, la evolución en la condición de los trabajadores y la consolidación y ascenso de la socialdemocracia, a la vez que asumían objetivos reformistas, relegando la sustitución revolucionaria del sistema a un horizonte prácticamente utópico. Todos los Estados, conscientes de las ventajas que ello reportaba para la paz social, favorecieron el proceso y legislaron para dar cauce legal a la acción sindical, lo que en tiempos de normalidad económica fue percibido por la mayoría como una conquista más del Estado del bienestar; pero, en la excepcionalidad de la crisis algunos lo han visto como una traición del aparado sindicalista, que se habría burocratizado y permitido su domesticación por parte del Estado burgués. En realidad, muchas de las críticas que sufren los sindicalistas hoy no tienen este tono, que a muchos parecerá retro; antes bien, se limitan a incluir el staff sindical en el grupo que se designa con el genérico de los políticos,  sin más complicaciones. Así, de la misma manera que en el terreno político el movimiento de los indignados ha venido rocambolescamente a engrosar el independentismo catalán hasta desbordar las expectativas de sus promotores, en el terreno laboral hace el caldo gordo al liberalismo, responsable de su indignación, al bloquear a su propia mejor arma: el sindicalismo.

Como tantas cosas la huelga general ha cambiado de significado. Ya no es un instrumento revolucionario, pero sí un recurso excepcional por sus posibles efectos y su coste organizativo, también por sus consecuencias desmovilizadoras ante un eventual fracaso, o su trivialización.

Naturalmente sus objetivos son políticos: pretende cambiar la política laboral y económica en beneficio de las clases cuyos intereses defiende, pero a nadie de la izquierda avergüenza el calificativo de político. La condición de ciudadano implica la de político. Renunciar a la política es renunciar a la ciudadanía. Cualquier reivindicación, incluidas las laborales, es una reivindicación política. No caigamos en la estúpida trampa de considerar la política como el ejercicio vergonzante de una casta profesional, en la que ahora se quiere meter también a los sindicalistas. Tal actitud sólo se explicaría por la ignorancia más contumaz, la complicidad con los poderosos o la asunción de los presupuestos ideológicos de la derecha. El reiterado recurso del gobierno al “sentido común” a “lo que hay que hacer” es una reducción de la política a la condición de mera administración, una negación de las alternativas en función de los diferentes y legítimos intereses, es decir, de la política.

La convocatoria se hace en este ambiente viciado, en donde el ruido altera el juicio e impide distinguir los mensajes salvadores de aquellos que nos dividen, nos debilitan o nos incapacitan cada vez más. Esperemos que al menos sirva para que empecemos a encontrar el camino.

3 dic 2011

El miedo y la necesidad

Cartel II Internacional. 1889

Todos los datos indican que desde los años setenta del pasado siglo, en que tuvo lugar una muy notable crisis económica, se ha producido una creciente polarización de la riqueza; es decir, el grupo de los ricos se ha ido distanciando aceleradamente de la masa de los otros hasta alcanzar unas magnitudes desconocidas en la historia reciente. En contraste la historia contemporánea se nos había presentado hasta ahora como un proceso de aproximación de las clases, y muchos pensábamos que era una conquista irreversible en el devenir de la humanidad, que acabaría universalizándose.

 La crisis presente está difuminando los rosas del mundo feliz que nos imaginábamos vivir y nos desvela tonos más siniestros y oscuros, hasta ahora ocultos. Un análisis del por qué de esa tendencia a la igualación social que ha caracterizado a los más de cien años, antes del giro de las últimas décadas, nos revela que en el origen del proceso no hubo sino  miedo y necesidad. Miedo a la revolución social, de una parte, y necesidad de productores primero y consumidores después para sostener el nuevo sistema económico (capitalismo industrial).

Miedo. La revolución francesa comenzó, como todos sabemos con una “revuelta de los privilegiados” que se resistían a pagar impuestos (buena enseñanza para los que reclaman que los gobiernos pongan más impuestos a los ricos. No se dejan). La dirección del movimiento pasó después a la burguesía, pero en sus momentos más radicales y dramáticos asomó por vez primera el proletariado. Las masas obreras, entrevistas aquellos años, fueron ganando protagonismo hasta bien entrado el siglo XX. Todos recordamos el comienzo de El manifiesto Comunista: «Un fantasma recorre Europa. El fantasma del comunismo». Después de la triunfante revolución soviética en Rusia el miedo a la revolución social llegó al paroxismo, lo que indujo al capitalismo a echarse en brazos del fascismo, que por su ultranacionalismo se reveló al fin como un enemigo interno y prioritario. Pero la derrota del fascismo y la necesidad de conjurar la amenaza comunista desembocaron en los más brillantes logros de la igualdad en los años centrales del XX.

Necesidad. La revolución industrial, cara económica de la revolución burguesa, se define como la transformación de la tecnología que hizo posible la producción masiva de mercaderías. Para ello hizo falta capital, tecnología, materias primas y mano de obra. Una mano de obra que pese a la brutal explotación de los primeros tiempos mejoró su situación respecto a aquellos en que era una turba rustica sometida al aislamiento de los campos, al hambre y a la servidumbre. Conforme avanzaba el proceso se convertía cada vez más en consumidora de subsistencias y mercaderías baratas. Las crisis capitalistas, producidas siempre por una marcha más rápida de la capacidad de producción (estimulada por la competencia y la innovación técnica y mercantil) que la demanda, que apenas crecía al ritmo de la población, empezó a mostrar que poner dinero en los bolsillos de las masas (seguros sociales, mejoras salariales…) ayudaba a remontarlas por el incremento del consumo que generaba en las clases populares. En eso se basó el New Deal y el keynesianismo, con los que se superó el gran bache de los años 30. En lo sucesivo crecimiento económico y nivelación social serán conceptos inseparables en el mundo occidental (Estado del bienestar).

Pero ¿qué pasó en las postrimerías del XX para que este estado de cosas se trastocara? Por una parte, el fracaso en la construcción de una sociedad igualitaria creíble y el derrumbamiento final de la Unión Soviética dejó a la izquierda sin horizonte ni referente útil. Por primera vez la derecha económica respiró y se vio libre de miedos. La emergencia del neoliberalismo con enorme fuerza a partir de los 80 es la contrapartida del derrumbe en el Este y del desconcierto de la izquierda en occidente. En lo sucesivo el plan será la liquidación de lo que el miedo les obligó a condescender durante varias generaciones, o, al menos, en las últimas décadas. Por otra parte, en el último cuarto del XX, la industria, verdadera responsable del protagonismo obrero, comenzó a emigrar al tercer mundo y a abandonar los países del centro económico. Allí, en el centro, la actividad financiera, que hasta entonces había cumplido un papel subalterno, comenzó a adquirir enorme protagonismo hasta el punto de que el capitalismo dejó de ser industrial para convertirse en financiero. Las clases poderosas dejaron de interesarse por la industria y se centraron en la especulación financiera. El antiguo proletariado industrial (sostén del sindicalismo obrero y los partidos obreristas) dejó prácticamente de existir, fundido en las clases medias bajas por un lado y por otro convertido en un lumpen moderno sin conciencia de clase. La necesidad también se esfumó.

Sin el miedo a la revolución y sin la necesidad de contar con masas obreras para el sostenimiento del sistema, que se ha buscado otra osamenta, las nuevas élites económicas se han visto libres para ensayar un futuro a su medida. Esta podría ser su primera crisis de crecimiento.

   

19 sept 2011

Guerras perdidas


En 1984/85 se libró la última gran batalla del movimiento obrero, el escenario no podía ser otro que el Reino Unido y los que la libraron los mineros; enfrente, Margaret Theatcher, que con el aval obtenido en la guerra de las Malvinas encaraba su segundo mandato convencida de que esta era una guerra más importante que la librada contra Argentina, y la ganó. Desde el lado sindical fue la última resistencia contra el torbellino neoliberal que campeaba ya en USA y en Inglaterra y que acabaría arrollándonos a todos. Un año de huelga catastrófica dividió a los trabajadores y aniquiló a los sindicatos; en lo sucesivo no habría más resistencias significativas a las privatizaciones y las «libertades» que imponían los nuevos modos del capitalismo. El error, quizás inevitable, de los sindicatos fue empecinarse en la defensa de un sector económico obsoleto, la minería del carbón; el gran acierto del gobierno neoliberal, coincidir en sus planes con las corrientes, no menos inevitables, de la modernidad. Desde esas fechas el movimiento obrero ha pasado a ocupar en la mente de muchos el espacio reservado a lo retro o, a lo más, a la nostalgia.

Hace unos días al abrir un libro que no hojeaba desde hacía décadas me encontré con un recorte de prensa en el que se entrevistaba a Immanuel Wallerstein (El País, 29/9/80) y del que entresaco  «…la etapa larga de transición del capitalismo al socialismo, que, en mi opinión, estamos viviendo hoy». 31 años después sólo cabría decir que en historia las profecías son simples boutades. Y sin embargo,  en esas fechas nada apuntaba en otra dirección: en los países del norte de Europa, las conquistas sociales, hacían que se les considerara como sociedades intermedias entre las del Este, con un «comunismo» que ya no convencía, y el capitalismo, cuyo modelo seguía siendo EE.UU. Décadas de vecindad con las repúblicas populares y el temor, fundado, a la revolución social interna habían ido tallando un modelo socialdemócrata, que hoy es ya historia, por mucho que entonces lo creyéramos el futuro. Nadie presentía un suceso como el que he descrito en el primer párrafo.

Theatcher, en su frenesí destructor del Estado del bienestar, no olvidó la zanahoria, convenció a sus conciudadanos de que el capitalismo ofrecía también a los obreros la posibilidad de convertirse en capitalistas (los productos financieros comenzaban a ponerse al alcance de todos), mientras que la lucha de clases sólo les garantizaba una pobreza más o menos subsidiada. El discurso caló y se extendió; una legión de ideólogos y propagandistas lo fundamentaron con análisis y argumentos, y casi sin darnos cuenta nos encontramos todos en el paraíso neoliberal, del que hemos disfrutado justo el tiempo de que se nos acuse de haber mordido la fruta prohibida y se nos anuncie la expulsión. El objetivo básico se había cubierto: el desarme ideológico y organizativo de los trabajadores. Decía ayer mismo J. Ramoneda en el País: «¿Es posible una política de izquierdas hoy? Digámoslo claramente: el problema de la izquierda es que las clases populares han perdido capacidad de intimidación. Y, por tanto, las élites económicas y sociales no ven necesidad alguna de tener que hacer concesiones y de renunciar a algunos de sus privilegios».

Ocurre que la generación que sufre la frustración actual no vivió la experiencia primera, sólo conoce relatos en sepia ilustrados con las músicas del abuelo. Ha confundido la decoración con el argumento. Y, en efecto, la tramoya puede estar obsoleta pero el tema es un clásico: la lucha de clases.


28 sept 2010

Huelga

Cuando nacieron las primeras organizaciones obreras actuaron durante mucho tiempo en la clandestinidad, donde la ley las recluyó, porque al liberalismo imperante le parecía una coacción intolerable que los trabajadores se presentaran asociados frente a los patronos, rompiendo la sacrosanta ley de la libertad de mercados, o porque generaban conflictividad social o porque eran un nido de delincuentes y agitadores... Hoy, con motivo de la convocatoria de huelga, una legión de comentaristas argumenta que los sindicatos son organizaciones obsoletas, que su tiempo ya pasó, que son un nido de parásitos alimentados por las subvenciones estatales y las obligadas aportaciones empresariales. Las críticas van dirigidas contra los sindicatos de clase, como si el concepto mismo de clase se hubiese evaporado y hubieran quedado por tanto sin objeto. Son los mismos que anunciaban el fin de las ideologías, el fin de la política, el fin de la izquierda, los adalides del pensamiento único. Lo que hay apolillado, lo que huele a naftalina, en una argumentación que apenas maquilló las premisas para mantener las mismas conclusiones desde el XIX, es el propio discurso.

Sin embargo, a pesar de la anemia argumental, a pesar de la refutación de la historia, son palabras que encuentran eco fácilmente. Los sindicalistas han sabido siempre muy bien lo difícil que es organizar a los que viven, o caen, en la marginación social, sector que la depresión alimenta. En nuestro tiempo, además, los sindicatos, integrados por fin en el sistema institucional de las democracias, se convierten con suma facilidad en objeto de rechazo cuando surgen actitudes antisistema, tan frecuentes en los momentos de crisis; denostados por los de arriba y sus satélites –la fuerza de atracción del poder o del dinero es equiparable a la de la gravedad en el mundo físico–, pero también por aquellos que los tildan de traidores o adocenados porque los perciben como parte del establishment, que rechazan. Y no hago mención del porcentaje, bien sustancioso, de actitudes o argumentos que dejan descaradamente al descubierto sólo cinismo e hipocresía, vicios comunes en todas las clases, porque son atributo de la humanidad.

Nosotros, europeos, no concebimos la democracia sin una compleja trama de logros sociales. Es lo que hemos venido a llamar Estado del bienestar. Por supuesto que hay teóricos, cada vez más, que reniegan de él, pero la mayoría de ciudadanos nos lamentamos de su deterioro actual y de las amenazas que se ciernen sobre su permanencia. Pues bien, en la construcción del sistema y en su mantenimiento los sindicatos han tenido un papel tan protagonista que es imposible entenderlo sin ellos. Hoy, cuando los partidos de izquierdas o están lejos del poder o el huracán liberal los ha maniatado, su única defensa eficaz parece depender de los mismos; la huelga de mañana es una muestra.

No seamos tan estúpidos o tan cínicos que nos lamentemos de la pérdida de derechos sociales y a la vez neguemos el agua y la sal a los sindicatos que los hicieron posibles. Tan tonto y contradictorio como llorar nuestra situación por la crisis y atacar con encono a nuestra única defensa.
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10 jun 2010

Sindicalismo y crisis

Hace tan sólo semanas el gobierno sostenía que no era necesaria una reforma laboral que le venían pidiendo desde distintos sectores algunos tan poco autorizados como el financiero. Ahora la impone por decreto, tras el fracaso de la mesa sindicatos patronal, alegando su inevitabilidad. Es posible que sea necesaria una reforma en este sentido; puede que una desregulación (flexibilización es el eufemismo) del factor trabajo redunde a la larga en una reducción del paro, como aseguran los adoradores del mercado libre; pero, no cabe duda de que es una medida importante en el desmantelamiento del sistema social europeo, que entre otras cosas amenaza en España con cargarse el sistema sindical, como ya ocurrió con el británico en tiempos de M. Thatcher.

El sindicalismo en nuestro país ha adolecido de su tardía recomposición, después de haber sido desmantelado por el franquismo. En realidad no logró situarse a la altura de los del entorno europeo, entre otras razones por falta de arraigo entre las clases trabajadoras (al franquismo no lo derribó ni la lucha política ni la obrera, se murió de viejo, como su fundador). Por las peculiaridades de la Transición, muy pronto desde el poder se protegió a los sindicatos legal y económicamente, como se hizo con los partidos, por entender que eran instrumentos imprescindibles en la consolidación democrática. El efecto fue sin duda positivo, pero tuvo contrapartidas: dificultad para inspirar credibilidad entre los que eran objeto de su lucha; desde su legalización se han sostenido más por la ayuda estatal que por el esfuerzo de sus defendidos; como consecuencia, muchos trabajadores los ven como un instrumento más del poder o de la administración del que esperan algo, pero con el que no se implican. Curiosamente las direcciones de los grandes sindicatos han actuado casi siempre con responsabilidad y eficacia y en muchas ocasiones han demostrado más sentido de Estado que muchos políticos o partidos, lo que es de agradecer, pero no ha contribuido a su imagen como organizaciones en defensa exclusiva de los intereses de los trabajadores.

Los sindicatos no pueden aceptar una reforma laboral que suponga un retroceso importante de las conquistas consolidadas en el pasado, el sacrificio tiene un límite, más difícil de soportar si los sectores responsables de la situación se van de rositas, como muestran todas las evidencias. Lo peor del caso es que la respuesta, la huelga general, no puede ser más que testimonial, y, por tanto, muy probablemente, un fracaso, como ha ocurrido con la de funcionarios. El callejón no tiene salida. Si en la reforma con la que chantajeaba el Gobierno se incluyen medidas para trocear la negociación colectiva y, en aras de una mayor racionalidad, se rebaja a nivel de empresa, el golpe para los sindicatos puede ser mortal.

Puede ocurrir que otro de los males que traiga la crisis sobre los trabajadores sea nada menos que el desmantelamiento de sus instrumentos de lucha y defensa de sus intereses. Otro sacrificio que en el altar del mercado está a punto de ofrendar el capital, y el Gobierno de acólito.

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11 ene 2009

La huelga vergonzante

Vergonzante es quien actúa con disimulo porque se avergüenza de su comportamiento. Con escasas variantes, así es como definen el vocablo todos los diccionarios y yo creo que es el mejor calificativo que se puede aplicar a la huelga, o lo que sea, que protagonizan, o han protagonizado ¿quién lo sabe? pilotos y controladores, ¿o no son los dos?, ¿o sí?
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La huelga es un arma de lucha del que se dotaron los obreros para la defensa de sus intereses laborales. Como muy bien saben los sindicalistas, un instrumento al que sólo se puede recurrir en última instancia, porque sus costes pueden resultar insoportables y con su abuso se puede llegar a la desmovilización y a encontrarse con resultados catastróficos. En los primeros tiempos del movimiento obrero se recurría a ella sin ningún tipo de cobertura legal, con el tiempo y el duro esfuerzo de generaciones se ha convertido en un derecho universalmente admitido, o casi.

Pero claro, conforme la clase trabajadora ha ido perdiendo su perfil clásico, invadiendo las clases medias y han ido apareciendo asalariados de lujo, las cosas han dejado de estar claras y la confusión de conceptos y de métodos de lucha se ha generalizado. Hoy son asalariados, con sueldos astronómicos e incentivos no siempre conocidos, los altos ejecutivos de las grandes empresas y, por supuesto, pilotos y controladores aéreos. La contradicción surge cuando alguno de estos colectivos decide utilizar, para hacer valer sus reivindicaciones, métodos propios de la lucha obrera. Los pilotos, o los controladores, no tienen posibilidad, como es el caso de los ejecutivos, de negociar individualmente con la empresa porque en sus habilidades profesionales no caben grandes diferencias; pero sin embargo, han descubierto que su labor es altamente estratégica y son muy difíciles de sustituir por su cualificación técnica; el plante de un pequeño número de ellos puede causar disfunciones que resulten insoportables.

La huelga clásica se hacía contra la empresa explotadora que sufría las consecuencias del cese brusco de la producción. El efecto sobre terceros que podían sufrir de desabastecimiento u otros perjuicios, no era buscado, era secundario y, en todo caso se trataba de minimizar para no caer en la impopularidad. Los trabajadores de los servicios públicos, que forzosamente tienen en los usuarios a los principales damnificados, dedican gran esfuerzo a explicar la justeza de sus reivindicaciones, buscando contrarrestar este efecto tan negativo y aceptan la existencia de servicios mínimos.

Los pilotos y controladores, cuyos ingresos y condiciones de trabajo se encuentran a años luz de los anteriores, han convertido la huelga en tan habitual en estas fechas como la llegada de los Magos. No la declaran, ni publican sus reivindicaciones y si se les pregunta la niegan. Buscan causar el máximo daño a los usuarios a los que utilizan como rehenes, con lo que su comportamiento se asemeja más al de las acciones mafiosas que al de un colectivo de trabajadores; para colmo de despropósitos, parece que gozaran de la complicidad de las propias empresas, que se resisten a denunciar que exista la huelga y achacan los problemas a otras causas, mientras tratan grosera y desconsideradamente a los viageros frustrados.

La verdad, no entiendo su táctica, y me cuesta trabajo llamar huelga a lo que hacen y sindicato a su organización; aunque hay uno que llaman del crimen y huelga, al fin y al cabo, tiene la misma raíz que juerga… Y hoy anuncia la prensa, para completar el cartel del circo, que los jueces preparan la suya. ¿Hay quién dé más?


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La imagen la he rescatado de un blog de la UGT de 2006.

25 jun 2008

¿Quién es el enemigo?

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Cuando a principios del XIX se empezaron a usar masivamente las maquinas en la producción industrial no fueron vistas por todos como una bendición, ni muchísimo menos. Los artesanos fueron reducidos a la condición de proletarios y estos veían peligrar su puesto de trabajo en cada innovación técnica, que permitía incrementar la productividad y reducir la mano de obra necesaria. La máquina, por otra parte, esclavizaba al obrero que se convertía en su servidor y era sometido a un ritmo de trabajo inhumano. Los empresarios de entonces, hombres con rostro, con nombre y apellidos, manejaron el proceso porque su capital les permitía invertir en tales artilugios.

Las primeras acciones colectivas de los trabajadores se dirigieron contra las máquinas –movimiento ludita–. Una ola de sabotajes, incendios y destrucción se extendió por Inglaterra y pronto saltó sus fronteras –la primera textil que utilizó una maquina de vapor en España fue la fábrica El Vapor de Bonaplata en la Barcelona de 1832; fue incendiada poco después en una algarada obrera–.

A veces es difícil dilucidar cuando una innovación es un instrumento de avance o por el contrario una herramienta que nos esclavizará o destruirá. Los pensadores del socialismo, incluido Marx, estaban convencidos de que la innovación tecnológica era la base del progreso y de la emancipación humana; el fundamento de la opresión y la explotación había que buscarlo en otro lugar y combatirlo por otros medios.

Dos siglos después seguimos con las mismas dudas y con la misma imprecisión a la hora de marcar los objetivos de una lucha verdaderamente liberadora. Con el agravante de que hemos perdido hace tiempo la antigua imagen, impregnada de romanticismo, del progreso. También el capitalismo moderno ha sustituido el rostro y el nombre y apellidos de aquellos capitanes de la industria del XIX por el logo de una corporación transnacional dirigida por ejecutivos mercenarios y apátrida por efecto de la globalización.

Ahora son esas grandes corporaciones las que con sus inversiones ponen en valor los nuevos avances tecnológicos: esta plataforma digital en la que me expreso; el arroz transgénico que produce el 30% más de granos por espiga, etc., etc. Cierto que Microsoft es cuasi un monopolio en la informática, cierto que Monsanto ejerce un peligroso control sobre el asunto de las semillas genéticamente modificadas, pero uno y otro logro son avances de la humanidad a los que no debemos renunciar, aunque quizás sí a las trasnacionales que los monopolizan y los convierten sólo en medios para obtener beneficios con que compensar a sus inversores y seguir en la cima del poder.

¿Incendiaremos de nuevo la fábrica de Bonaplata?

11 jun 2008

Tiempos modernos.


En 1886, el presidente de Estados Unidos Andrew Johnson promulgó la llamada Ley Ingersoll, estableciendo las ocho horas de trabajo diarias. Parecía el final de una larga lucha de los trabajadores por limitar la jornada laboral estableciendo 8 horas de trabajo, 8 de descanso y 8 de sueño. Sin embargo la ley no se cumplió y la lucha continuó. En Chicago el 1 de mayo del mismo año comenzó una huelga que el día 4 desembocó en los trágicos sucesos de Haymarket. Cuando en 1889 se constituyó la Segunda Internacional Obrera en Bruselas, se fijo el 1 de mayo la fiesta del trabajo en recuerdo de los llamados mártires de Chicago y la reivindicación de la jornada de 8 horas como su reclamación básica. En 1919 se fundó la OIT en Ginebra; una de sus primeras decisiones fue establecer la jornada de 8 horas diarias y 48 semanales, que en la legislación de muchos países se había introducido ya unos años antes.

Los que se oponían a la reducción y regulación de la jornada alegaban en primer lugar la libertad de los mercados y el del trabajo no tenía por qué ser una excepción; en segundo lugar, que las empresas no soportarían la elevación de costes. El tiempo demostró que el capitalismo resistía la regulación del mercado de trabajo en esta y en otras cuestiones, y por su parte, el aumento de la productividad compensó con creces la reducción horaria.

Durante todo el s.XX nadie puso en cuestión la jornada. Poco a poco se fue generalizando y aunque nunca se aplicara sin excepciones parecía que la desaparición de los horarios inhumanos era ya una conquista irreversible, como la erradicación del trabajo infantil y otras lacras de los primeros tiempos de la industrialización. Es más, la nueva revolución tecnológica, protagonizada por el chip, desde las últimas décadas del pasado siglo, y otros avances, parecían permitir nuevas alegrías en la jornada laboral. Francia la redujo a 35 horas semanales y todo hacía pensar que ese sería el camino en el futuro inmediato. No ha sido así.

El señor Vladimir Spidla, comisario de empleo y asuntos sociales de la UE, arropado por un coro en el que destacan Ángela Merkel, Nicolás Sarkozy y Silvio Berlusconi, ha sido el encargado de sacudirnos con una noticia, incomprensible para mentes no corrompidas con este engañabobos del neoliberalismo, consistente en retrotraernos cien años atrás. Son los argumentos los mismos de entonces, solo que aliñados con un toque de modernidad: “el paradigma de las ocho horas está obsoleto”, “las ocho horas son un corsé que la economía moderna no aguanta más”, “lo que hay es que fijar el salario por horas y que cada cual trabaje lo que le dé la gana”… De momento lo que ha hecho la UE es fijar el límite de la jornada en 60 horas semanales extensible a 65 en ciertos casos, ignorando olímpicamente más de cien años de lucha de los trabajadores y una de las conquistas sobre las que se basó el Estado de bienestar.

Estos son los “tiempos modernos”, pero aquellos que parodió Chaplin en su genial película