29 may 2015
El poder de la oración
5 mar 2014
Mismos perros, distintos collares
13 nov 2012
Huelga general
3 dic 2011
El miedo y la necesidad
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| Cartel II Internacional. 1889 |
19 sept 2011
Guerras perdidas
28 sept 2010
Huelga
Sin embargo, a pesar de la anemia argumental, a pesar de la refutación de la historia, son palabras que encuentran eco fácilmente. Los sindicalistas han sabido siempre muy bien lo difícil que es organizar a los que viven, o caen, en la marginación social, sector que la depresión alimenta. En nuestro tiempo, además, los sindicatos, integrados por fin en el sistema institucional de las democracias, se convierten con suma facilidad en objeto de rechazo cuando surgen actitudes antisistema, tan frecuentes en los momentos de crisis; denostados por los de arriba y sus satélites –la fuerza de atracción del poder o del dinero es equiparable a la de la gravedad en el mundo físico–, pero también por aquellos que los tildan de traidores o adocenados porque los perciben como parte del establishment, que rechazan. Y no hago mención del porcentaje, bien sustancioso, de actitudes o argumentos que dejan descaradamente al descubierto sólo cinismo e hipocresía, vicios comunes en todas las clases, porque son atributo de la humanidad.
Nosotros, europeos, no concebimos la democracia sin una compleja trama de logros sociales. Es lo que hemos venido a llamar Estado del bienestar. Por supuesto que hay teóricos, cada vez más, que reniegan de él, pero la mayoría de ciudadanos nos lamentamos de su deterioro actual y de las amenazas que se ciernen sobre su permanencia. Pues bien, en la construcción del sistema y en su mantenimiento los sindicatos han tenido un papel tan protagonista que es imposible entenderlo sin ellos. Hoy, cuando los partidos de izquierdas o están lejos del poder o el huracán liberal los ha maniatado, su única defensa eficaz parece depender de los mismos; la huelga de mañana es una muestra.
No seamos tan estúpidos o tan cínicos que nos lamentemos de la pérdida de derechos sociales y a la vez neguemos el agua y la sal a los sindicatos que los hicieron posibles. Tan tonto y contradictorio como llorar nuestra situación por la crisis y atacar con encono a nuestra única defensa.
10 jun 2010
Sindicalismo y crisis
Hace tan sólo semanas el gobierno sostenía que no era necesaria una reforma laboral que le venían pidiendo desde distintos sectores algunos tan poco autorizados como el financiero. Ahora la impone por decreto, tras el fracaso de la mesa sindicatos patronal, alegando su inevitabilidad. Es posible que sea necesaria una reforma en este sentido; puede que una desregulación (flexibilización es el eufemismo) del factor trabajo redunde a la larga en una reducción del paro, como aseguran los adoradores del mercado libre; pero, no cabe duda de que es una medida importante en el desmantelamiento del sistema social europeo, que entre otras cosas amenaza en España con cargarse el sistema sindical, como ya ocurrió con el británico en tiempos de M. Thatcher.
El sindicalismo en nuestro país ha adolecido de su tardía recomposición, después de haber sido desmantelado por el franquismo. En realidad no logró situarse a la altura de los del entorno europeo, entre otras razones por falta de arraigo entre las clases trabajadoras (al franquismo no lo derribó ni la lucha política ni la obrera, se murió de viejo, como su fundador). Por las peculiaridades de la Transición, muy pronto desde el poder se protegió a los sindicatos legal y económicamente, como se hizo con los partidos, por entender que eran instrumentos imprescindibles en la consolidación democrática. El efecto fue sin duda positivo, pero tuvo contrapartidas: dificultad para inspirar credibilidad entre los que eran objeto de su lucha; desde su legalización se han sostenido más por la ayuda estatal que por el esfuerzo de sus defendidos; como consecuencia, muchos trabajadores los ven como un instrumento más del poder o de la administración del que esperan algo, pero con el que no se implican. Curiosamente las direcciones de los grandes sindicatos han actuado casi siempre con responsabilidad y eficacia y en muchas ocasiones han demostrado más sentido de Estado que muchos políticos o partidos, lo que es de agradecer, pero no ha contribuido a su imagen como organizaciones en defensa exclusiva de los intereses de los trabajadores.
Los sindicatos no pueden aceptar una reforma laboral que suponga un retroceso importante de las conquistas consolidadas en el pasado, el sacrificio tiene un límite, más difícil de soportar si los sectores responsables de la situación se van de rositas, como muestran todas las evidencias. Lo peor del caso es que la respuesta, la huelga general, no puede ser más que testimonial, y, por tanto, muy probablemente, un fracaso, como ha ocurrido con la de funcionarios. El callejón no tiene salida. Si en la reforma con la que chantajeaba el Gobierno se incluyen medidas para trocear la negociación colectiva y, en aras de una mayor racionalidad, se rebaja a nivel de empresa, el golpe para los sindicatos puede ser mortal.
Puede ocurrir que otro de los males que traiga la crisis sobre los trabajadores sea nada menos que el desmantelamiento de sus instrumentos de lucha y defensa de sus intereses. Otro sacrificio que en el altar del mercado está a punto de ofrendar el capital, y el Gobierno de acólito.
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11 ene 2009
La huelga vergonzante
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La huelga clásica se hacía contra la empresa explotadora que sufría las consecuencias del cese brusco de la producción. El efecto sobre terceros que podían sufrir de desabastecimiento u otros perjuicios, no era buscado, era secundario y, en todo caso se trataba de minimizar para no caer en la impopularidad. Los trabajadores de los servicios públicos, que forzosamente tienen en los usuarios a los principales damnificados, dedican gran esfuerzo a explicar la justeza de sus reivindicaciones, buscando contrarrestar este efecto tan negativo y aceptan la existencia de servicios mínimos.
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La imagen la he rescatado de un blog de la UGT de 2006.
25 jun 2008
¿Quién es el enemigo?
Las primeras acciones colectivas de los trabajadores se dirigieron contra las máquinas –movimiento ludita–. Una ola de sabotajes, incendios y destrucción se extendió por Inglaterra y pronto saltó sus fronteras –la primera textil que utilizó una maquina de vapor en España fue la fábrica El Vapor de Bonaplata en la Barcelona de 1832; fue incendiada poco después en una algarada obrera–.
A veces es difícil dilucidar cuando una innovación es un instrumento de avance o por el contrario una herramienta que nos esclavizará o destruirá. Los pensadores del socialismo, incluido Marx, estaban convencidos de que la innovación tecnológica era la base del progreso y de la emancipación humana; el fundamento de la opresión y la explotación había que buscarlo en otro lugar y combatirlo por otros medios.
Dos siglos después seguimos con las mismas dudas y con la misma imprecisión a la hora de marcar los objetivos de una lucha verdaderamente liberadora. Con el agravante de que hemos perdido hace tiempo la antigua imagen, impregnada de romanticismo, del progreso. También el capitalismo moderno ha sustituido el rostro y el nombre y apellidos de aquellos capitanes de la industria del XIX por el logo de una corporación transnacional dirigida por ejecutivos mercenarios y apátrida por efecto de la globalización.
Ahora son esas grandes corporaciones las que con sus inversiones ponen en valor los nuevos avances tecnológicos: esta plataforma digital en la que me expreso; el arroz transgénico que produce el 30% más de granos por espiga, etc., etc. Cierto que Microsoft es cuasi un monopolio en la informática, cierto que Monsanto ejerce un peligroso control sobre el asunto de las semillas genéticamente modificadas, pero uno y otro logro son avances de la humanidad a los que no debemos renunciar, aunque quizás sí a las trasnacionales que los monopolizan y los convierten sólo en medios para obtener beneficios con que compensar a sus inversores y seguir en la cima del poder.
¿Incendiaremos de nuevo la fábrica de Bonaplata?
11 jun 2008
Tiempos modernos.

Los que se oponían a la reducción y regulación de la jornada alegaban en primer lugar la libertad de los mercados y el del trabajo no tenía por qué ser una excepción; en segundo lugar, que las empresas no soportarían la elevación de costes. El tiempo demostró que el capitalismo resistía la regulación del mercado de trabajo en esta y en otras cuestiones, y por su parte, el aumento de la productividad compensó con creces la reducción horaria.
Durante todo el s.XX nadie puso en cuestión la jornada. Poco a poco se fue generalizando y aunque nunca se aplicara sin excepciones parecía que la desaparición de los horarios inhumanos era ya una conquista irreversible, como la erradicación del trabajo infantil y otras lacras de los primeros tiempos de la industrialización. Es más, la nueva revolución tecnológica, protagonizada por el chip, desde las últimas décadas del pasado siglo, y otros avances, parecían permitir nuevas alegrías en la jornada laboral. Francia la redujo a 35 horas semanales y todo hacía pensar que ese sería el camino en el futuro inmediato. No ha sido así.
El señor Vladimir Spidla, comisario de empleo y asuntos sociales de la UE, arropado por un coro en el que destacan Ángela Merkel, Nicolás Sarkozy y Silvio Berlusconi, ha sido el encargado de sacudirnos con una noticia, incomprensible para mentes no corrompidas con este engañabobos del neoliberalismo, consistente en retrotraernos cien años atrás. Son los argumentos los mismos de entonces, solo que aliñados con un toque de modernidad: “el paradigma de las ocho horas está obsoleto”, “las ocho horas son un corsé que la economía moderna no aguanta más”, “lo que hay es que fijar el salario por horas y que cada cual trabaje lo que le dé la gana”… De momento lo que ha hecho la UE es fijar el límite de la jornada en 60 horas semanales extensible a 65 en ciertos casos, ignorando olímpicamente más de cien años de lucha de los trabajadores y una de las conquistas sobre las que se basó el Estado de bienestar.



