30 mar. 2010

Vivir Semana Santa

Reconozco que soy un poco atravesado, como se dice por aquí, y las celebraciones populares y masivas desactivan por completo mis deseos de festejo, si es que la edad me dejó alguno; pero, poneos en mi lugar, vivir en Málaga en Semana Santa no es fácil. Los esforzados cofrades (esforzados por el denuedo con que nos hacen antipáticos estos primeros días primaverales) no se percatan de que los verdaderos penitentes somos los que no queremos en modo alguno castigar nuestros cuerpos ni nuestros espíritus con el festival gore que nos ofrecen sin dejarnos el mínimo resquicio de escape.

¿Qué decir de la Semana Santa? Insistir en que rememora los atávicos ritos de fertilidad propios del equinocio primaveral, que no otra cosa es el sacrificio de una víctima que con su sangre renueva la vida, efecto simbolizado en su propia resurrección, no es ni novedoso ni sirve de consuelo. Hoy, cuando hace tiempo que perdimos todo contacto con la naturaleza y nuestros hijos aprenden en la escuela qué es sembrar, cultivar y cosechar, o para ver un burro han de ir al zoológico, un ritual así se nos presenta como surrealista. ¿Por qué se sigue haciendo? Hay una razón comercial que a nadie hay que explicar, por obvia; luego, está aquello de las señas de identidad; por último, cómo no, una porción de sentimiento religioso, tan confuso, caótico e ininteligible que no cabría en la teología más loca, pero ante el que, al parecer, hay que inclinarse porque comparte dos adjetivos sacralizados: popular y religioso, ahí es nada.

Dejar algo en manos del pueblo tiene sus riesgos. La iglesia oficial siempre ha tenido una incómoda convivencia con las celebraciones populares de Semana Santa, pero al final, aunque dando con disimulo la espalda, como avergonzada de su propia obra, acaba consintiendo; quien algo quiere algo le cuesta y mantener la hegemonía espiritual de la colectividad (que también genera réditos menos sutiles) tiene un precio a pagar, aunque éste sea la corrupción de las verdades vertebradoras del credo, de cuya pureza dicen ser responsables. La idolatría, la más evidente de las desviaciones de estos días de Pascua, eclosiona en la devoción a las imágenes, más numerosas que variadas (pasos, en la denominación tradicional, por su origen dramático), que se acompaña de acciones sorprendentes: desde la canción que entonan los legionarios (los de verdad, no los de Cristo) proclamándose novios de la muerte mientras hacen piruetas con sus armas en la estela de un Cristo muerto, reducido a papel de figurante, al Gaudeamus igitur que, por no ser menos, cantan los cofrades de la hermandad de Estudiantes, que, si lo son, no saben que la canción habla del disfrute de la vida y de la nada que nos espera tras ella (¿por qué quitarían el latín del currículum escolar?). Todo un festival de castizo surrealismo. Las imágenes se visten, engalanan y enjoyan con inusitada riqueza; se las traslada de los templos donde permanecen durante el año a las casas de las hermandades donde hay espacio suficiente para montar gigantescos tronos sobre los que procesionarán, sin desmerecer un ápice de lo que harían con sus ídolos en la Babilonia de hace miles de años nuestros ancestros mesopotámicos. La truculencia barroca de las escenas de pasión representadas alcanza los límites de lo soportable con un abuso de cruces y de sangre que mana de heridas infringidas por látigos, espinas, clavos… que se prolonga en la representación del dolor y la angustia de la Madre con un corazón también atravesado por puñales o espinas. Un recrearse en la sangre que sólo se ve en los espectáculos gore alimentadores del morbo que al parecer yace en el fondo de nuestra alma, supongo que en unos más que en otros.

Casticismo, surrealismo y truculencia que hoy ha alcanzado una dimensión comercial y política de dimensiones jamás imaginadas. En el primer caso, atrayendo legiones de turistas que completan la percepción de España que les proporcionó el espectáculo taurino, mientras nutren con su gasto bolsillos particulares y arcas públicas; en el segundo, con la entrega incondicional de la ciudad a las bandas organizadas de meapilas o capillitas y con la inmersión de políticos de todo pelaje en el circo escatológico, por sus habilidades populistas o porque no dan para más (véase como perla última el proyecto parlamentario de Gordillo, el Lenin de Marinaleda, sobre la virgen Macarena y su indumentaria; como si a mí, votante de izquierdas, un suponer, me importasen un carajo los aditamentos que le cuelguen a una imagen).

Como lo oís, vivir en Andalucía en Semana Santa es un coñazo, con perdón de feministas y bien hablados.
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23 mar. 2010

Infantes y golfantes

El papa Alejandro VI (1431-1503) era español (Rodrigo Borja) y además de papa fue papá: tuvo, si no hay error, nueve hijos, aunque no de todos se sabe quién fue la madre; de ellos Lucrecia y Cesar son los más famosos, por razones diferentes pero relacionadas, aunque ninguna demasiado edificante. Se me ocurrió empezar con él por ser paisano y tenerle más confianza, pero su comportamiento no era insólito entre las altas jerarquías de la Iglesia. No cabe pensar que el clero común tuviera mejor nivel ético. Eran otros tiempos. En los cien años que van de 1484 a 1585, seis papas tuvieron hijos ilegítimos. En años anteriores hubo algunos casados y bastantes fueron hijos de papas o de otros jerarcas de la Iglesia. Desde Trento (1545-63) y por la amenaza que suponía la revolución protestante (necesidad obliga) la Iglesia se autodisciplinó.

Eran otros tiempos. La moral aristocratizante de la época, con sus vicios y virtudes, también tenía que impregnar a la Iglesia. No hay más que ver como en los siglos siguientes la ética de las clases medias, más rígida y estricta, fue la norma entre los clérigos, que, desde entonces, se ocuparían sobre todo de que los pecadillos no se vieran. El único problema es que uno había creído siempre que era la Iglesia la que marcaba las normas de la moral (inalterables por el tiempo, que por algo es obra divina), pero según parece se trataba más bien de poner letra a la música que tocaban desde abajo. Digo yo que para ese viaje no necesitábamos alforjas.

En otros tiempos la infancia no existía, o, seguramente, como la pubertad y la adolescencia estaban por aquel entonces fuera de ella, se la veía mucho menos. Los abusos a los niños, por tanto, tampoco existían (¡ay, si pajes, grumetes o novicios hablaran!). La historia, que sólo trata de lo que existe, no ha registrado más que los manejos entre adultos; pero, de aquellos otros trajines hubo, ¿cómo dudarlo? y, además, la impunidad, que garantizaba el prestigio social del clero y la invisibilidad de las víctimas, debió ser un excelente caldo de cultivo, como se ha demostrado en Irlanda y se podrá demostrar en cualquier lugar por poco que se hurgue.

En estos tiempos la situación se ha invertido: los niños, quizá por la escasez, han sido sacralizados, y cualquiera que meta mano ahí (por ahora sólo en la bragueta, esperemos que pronto también en la cabeza) es, no solo reo de delito, sino también un pervertido; constatamos, a la par, que la infancia se ha expandido prolongándose por edades impensables años atrás.

En estos tiempos todo se vuelve contra la Iglesia. Como si no fuera poco ponerse a escribir las normas y pregonarlas por púlpitos y cátedras, ahora les exigimos que además las cumplan. Y es que, como dice Cañizares (el cardenal), hay mucha gente interesada en ocultar lo que de verdad importa, que es Dios, no lo que hagan o dejen de hacer los curas. Por su parte Benedicto (el papa) dice que lo que hay que castigar es el pecado y perdonar al pecador, y si alguien se pone bravo, agrega, habrá que recordarle que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Puede que éste sea un golpe bajo, como dicen algunos hipercríticos ganados ya por Satanás, pero, qué queréis, aquí todo anda por los bajos, los que manosean los curas y los que les están tocando ahora a ellos.

18 mar. 2010

Shakespeare in doubt

No hay país con más solera en asunto de espías que Inglaterra. En el siglo XVI, un ancestro de James Bond, Christopher Marlowe, que a las ordenes de Lord Walsingham había descubierto y contribuido a desmontar (con su buena dosis de sangre, como era habitual en el tiempo y el lugar) alguna conspiración católica contra Isabel I, resultó muerto de una puñalada en un ojo, en circunstancias extrañas: había permanecido todo el día en una posada de Deptford en compañía de unos amigos con los que al final riñó por la cuenta, con resultado fatal(1). El cuerpo de Marlowe fue a parar a una tumba sin identificación (de su alma no consta el destino) y el asesino puesto en libertad a los pocos días por considerar el juez que fue un homicidio involuntario o en defensa propia. Christopher tenía entonces 29 años y era algo más que un espía: la crítica literaria posterior le ha considerado siempre un precursor de Shakespeare por sus dramas (El judío de Malta, La masacre de París, Eduardo II, El doctor Faustus, Dido, reina de Cartago…), por sus relaciones en la corte, por su formación y por su ambigüedad sexual y religiosa. A algunos estudiosos les parece increíble este relato y prefieren pensar que fue un montaje con el fin de hurtarlo a la justicia (había sido acusado de homosexual y ateo) o hacerlo desaparecer para que continuara su labor de espionaje en el extranjero (o ambas cosas) desde donde envió su producción literaria, que, según dicen, no cesó, y que fue firmada por un hombre de paja: W. Shakespeare, actor de su confianza con el que había colaborado antes. En síntesis, ésta es la teoría Marlowe, una de las más interesantes, ya que no la primera, de las que tratan de desmontar la autoría shakesperiana.

La cuestión es que existen muy serias dudas respecto a que el actor William Shakespeare(2) pudiera ser el autor de la obra que se le adjudica ya que según todos los indicios carecía de la cultura y de la formación que demuestra tener el que las redactara (conocimiento de los clásicos, de lenguas extranjeras, del léxico, hábitos y técnicas militares y de la marina, así como legales, históricos y matemáticos), a lo que habría que unir la maestría literaria de un genio. Al fin y al cabo el tal Shakespeare, Shakspere, Shagspaw o Shogspere (su nombre es igualmente enigmático) nacido en un humilde hogar de Stratford on Avon, no parece que recibiera más que una escasa educación, como sugiere su origen y confirman los análisis grafológicos de huellas caligráficas que conservamos en algunos documentos de carácter jurídico y la ausencia de libros o cualquier clase de manuscritos en su legado testamentario.

Las dudas vienen de lejos, ya en el XVIII se sugirió la posibilidad de que detrás del extraño nombre del dramaturgo estuviera nada menos que Francis Bacon, estadista, filósofo (desarrolló el método inductivo base del empirismo y la ciencia experimental) y escritor de excelentes ensayos al estilo de Montaigne. Pero también miembro de sociedades secretas, como los Rosacruces, cuyos componentes se denominaban a sí mismos spear-shakers, del que el famoso apellido parece su inversión. Se nos escapan las razones que tuviera para mantener el anonimato, quizá que el teatro era en el mundo isabelino una actividad nada recomendable para una persona de prestigio y de sangre noble.

Las mismas razones para ocultarse bajo seudónimo pudo tener Edward de Vere, XVII conde de Oxford, tercero en discordia (aunque primero en las preferencias de muchos especialistas) en este baile de candidatos a la autoría de Romeo y Julieta o Hamlet, pero no el último, aunque yo me quedo ya aquí. Sólo agregar que incluso cabe la posibilidad de que el autor no sea uno solo, hay quien apuesta por un consorcio de escritores que utilizaban el seudónimo colectivo de Shakespeare, de grafía o fonética parecida al nombre del actor de Stratford.

Por ahora todo se mueve en el terreno de las hipótesis, porque no existe ningún documento, ninguna prueba definitiva. La variedad en las posibles soluciones se debe a que las dudas sobre la autoría son antes que las posibilidades de uno u otro candidato a adjudicársela. De momento, y mientras no nos demuestren lo contrario, seguiremos imaginando al joven del retrato (parece un muchacho despierto) tramando las cuitas amorosas de Otelo y Desdémona, por ejemplo.

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1.- Anthony Burgess, autor entre otras obras de La naranja mecánica, llevada al cine por Kubrik, publico el mismo año de su fallecimiento (1993) una novela histórica, Un hombre muerto en Deptford, en la que expone con genialidad su visión de estos hechos. En castellano, Ediciones Alfaguara, 2008.
2.- Aunque no es el mejor artículo de Wikipedia lo he utilizado para el enlace porque ofrece una síntesis difícil de hallar en otro lugar. Quizá sea mejor el correspondiente en inglés.

16 mar. 2010

Abrazos rotos


En los años setenta, durante mucho tiempo, tuve colocado en mi estudio un cartel que representaba El abrazo, en el que J. Genovés había plasmado con su genial hiperrealismo una de las reivindicaciones básicas durante la Transición: la amnistía; fue un clásico, junto con el Guernica, y algunos otros, en la decoración de las viviendas de los jóvenes progresistas de aquellos años. La amnistía se logró pese a las reticencias de una parte de la derecha (UCD), la reformista, y la clara oposición de la otra (AP), la franquista. Ahora, más de treinta años después, todavía progresistas, pero viejos, y alucinados por el giro de los acontecimientos, vemos con pasmo que la derecha (en su conjunto) se apodera con total desvergüenza de la amnistía para utilizarla en contra del avance de la Ley de Memoria Histórica y sus consecuencias jurídicas.

Nicolás Sartorius, en aquel entonces (1977) diputado del PCE y secretario de la comisión que redactó el proyecto de ley, ha escrito en El País un artículo en el que pone meridianamente claro cuál fue su objetivo y alcance y como de ninguna manera podía aplicarse a los crímenes del franquismo, a los que ni siquiera alude, porque sus herederos de entonces no eran capaces de pensar en tales acciones como crímenes: su conciencia abotagada, tras larguísimos años de dominio absoluto sobre cuerpos y almas, no los detectaba como tales.

Hoy el proceso contra el juez Garzón incluye el recurso a la citada ley para demostrar una actuación prevaricadora, lo que jurídicamente es insostenible, como demuestra Sartorius en su artículo, pero revela el desierto ético de este sector político, que contamina a toda la derecha sociológica (o es su quintaesencia), empeñada en no ver realidad más que en los espejismos que crean sus intereses. ¿Cómo es posible que una ley que pretendió liberar a los represaliados injustamente por la dictadura se la pretenda utilizar ahora para ocultar los crímenes que se cometieron contra ellos, detener el proceso de prospección de las fosas comunes y, de paso, eliminar a quien ha intentado, por primera vez, asentar el principio de que las gravísimas sentencias que se dictaron bajo el régimen contra sus opositores carecían globalmente de legitimidad?

Los profesionales de la justicia, conducidos y amparados desde hace siglos por los poderes políticos han logrado alejar a distancia de vértigo sus procedimientos de la capacidad de comprensión de la ciudadanía, que se limita a contemplar con perplejidad su caótico deambular. Con tristeza constatamos que el proceso democratizador apenas si ha penetrado el duro caparazón antipopular de que se dotó la alta institución en el transcurso de una historia que la utilizó sistemática y conscientemente para salvaguardar determinados intereses, no los derechos de la generalidad.

El histrionismo del juez ha facilitado el discurrir de los acontecimientos, con el irónico resultado de que su papel no es más que de cabeza de turco, pobre encargo para un showman de los tribunales.

Si el tiempo no se hubiera encargado de hacerlo antes, hoy yo retiraría el poster de la pared. Una vez más se rompieron los abrazos.

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ILUSTRACIÓN: El abrazo de Juan GENOVÉS. Acrílico sobre tela. 1976.

12 mar. 2010

Ricachones


Se ha publicado la lista Forbes con la relación de los tipejos más ricos del mundo. Hay listas para todo. Clasificar y hacer ránquines (que la Academia me perdone) es una manía moderna. La gente se mosquea cuando la meten en una, pero nos encanta ver a los demás clasificados, así sabemos a qué atenernos respecto al prójimo sin ambigüedades, es cómodo y punto.

De todas ellas la que se me antoja más tonta es la lista de los más ricos, entre otras razones porque me temo que nunca me voy a topar con ninguno de sus componentes como no sea en pintura, son como los ángeles (o los demonios), pertenecen a otra dimensión. Ni siquiera sirven como modelo a imitar: veo al Ortega (Amancio) en los primeros lugares y digo, ya está, monto un zara y a vivir; pero qué, hasta los chinos saben (ellos más que nadie) que no me comería un rosco. Para lo único que son útiles es para estimular la envidia, pecado feo donde los haya porque nos asegura el castigo en la otra vida pero no nos hace disfrutar en ésta, como pasa con la lujuria, la gula y otros; así que, además de pasarlo pipa con su pasta gansa, nos arrojan en manos de Leviatán, el demonio de la envidia (también hay una lista y clasificación de demonios ¿qué creíais?), que, cuando hayamos traspasado la puerta del infierno, se encargará de arrojarnos a una fosa con serpientes (según la lista y clasificación de tormentos infernales disponibles para cada pecado). El único consuelo que nos queda es que estos individuos tan prósperos lo serán por haber hecho uso y abuso de la avaricia, pecado no mucho más guapo que el anterior, que también tiene su demonio encargado: Mammón (no podía llamarse de otra manera), y su castigo: el aceite hirviendo (así es el averno, majos); y es que, a nosotros los envidiosos, lo que más nos pone es pensar e imaginar lo canutas que las van a pasar los envidiógenos (hoy estoy por echar una mano a los académicos).

Pensar en la lista de los ricos y venirme a la mente el infierno, todo ha sido una, aunque no era mi intención. Pensaba manifestar mi alivio porque la del año pasado ponía de manifiesto que los pobrecitos ricos habían sufrido el efecto de la crisis y lo eran mucho menos; pues bien, en esta ya se ve que se recuperan, son más ricos. Los pobres también son más pobres; cada cual en lo suyo, un exitazo. No sé de qué nos quejamos.

Pues enhorabuena.

9 mar. 2010

Moisés

En Viena en 1937 la situación de los judíos era sumamente precaria. En ese ambiente, afectado ya por la enfermedad que acabaría muy poco después con su vida, emprendió Freud la redacción de Moisés y la religión monoteísta, aunque estaba convencido de que no podría publicarlo. Sin embargo, lo haría un año después, exiliado ya en Londres.

Si la obra de Freud es polémica casi en su totalidad, este pequeño ensayo lo es más aún porque desmonta la leyenda del fundador de la religión judía y su origen, lo que equivale a decir del monoteísmo, y abre con el bisturí de la crítica racional las entrañas del mito. Demasiado atrevimiento como para que no se le crucificara una vez más. Me desentenderé de la polémica y haré caso omiso del tiempo transcurrido para exponer o glosar su contenido, que no ha perdido la más mínima porción de interés porque, según mi criterio, conserva tantos elementos de racionalidad y verosimilitud, como en el momento de su gestación.

Moisés no era judío: su nombre es egipcio y aparece frecuentemente entre los egipcios como partícula que se combinaba con el nombre de alguna divinidad, significando “niño de”; la leyenda del abandono en el río y la recogida y adopción por parte de una hija del faraón cumple el relato protocolizado del nacimiento del héroe fundador (según lo formulara Otto Rank), mil veces repetido en los orígenes de tantos pueblos, sólo que, en este caso, invertido, ya que la familia de acogida es la noble, para Freud una prueba más de su filiación egipcia, siendo adoptado después por los judíos. Quizá Moisés era en realidad un personaje encumbrado de la corte de Akenatón, el faraón reformador que transformó la religión egipcia en un monoteísmo estricto, muy espiritualizado, exento de rituales mágicos y de alto nivel ético: su divisa era “verdad y justicia”. El fracaso rotundo de la reforma tras la muerte del faraón debió dejar a sus seguidores huérfanos y frustrados. Es posible que Moisés intentara la continuación de la obra de su rey para lo cual adoptó como pueblo propio a algunas tribus semitas de las que habitaban en Egipto desde las invasiones del S. XVII a. de C., liderando a las cuales se exilió de un país que ya no reconocía como suyo. Con dificultades logró que adoptaran el monoteísmo (episodio del becerro de oro) y la circuncisión como símbolo de alianza con su Dios (hoy sabemos que esa práctica era egipcia, no semita) y marcharan en busca de una tierra prometida, supuesto hogar originario. El proyecto resultó complicado, Moisés fue asesinado en una revuelta que rechazó con violencia su autoritaria imposición religiosa de difícil comprensión, y su pueblo que deambulaba por la región madianita, entre el Sinaí y el norte de Arabia, acabó por adoptar un dios local de carácter volcánico, airado y violento: Jehová. Sin embargo, la doctrina mosáica, que permaneció un tiempo en estado de latencia (como los traumas que generan la neurosis), acabó imponiéndose al fin por obra de los levitas, denominación de los pertenecientes a la tribu sacerdotal, pero que seguramente identificaba a los del círculo de Moisés, casi todos de origen egipcio. La fusión de la divinidad exclusivista y espiritual, privada de ritual, incluso de nombre, procedente de la experiencia egipcia, con el turbulento dios madianita de veleidades sanguinarias, produce el chocante dualismo que desconcierta a cualquier lector de la Biblia. De la misma manera, con la muerte de Moisés se cumple el rito del asesinato del padre, mientras que el sentimiento de culpa por el crimen cometido colectivamente hace aflorar, a la larga, la neurosis liberadora, la religión que el propio Moisés les legara y que había permanecido algún tiempo en la sombra.

No estoy seguro de haber aportado en esta síntesis todos los elementos necesarios para su comprensión, ni de haber permanecido fiel a las ideas de Freud, pero sí que espero haber dejado claro, por una parte, lo reveladores que pueden ser los mitos y, por otra, la necesidad del recurso a la razón para identificarlos como tales. La cuestión es que el judaísmo tiene su origen en el mito mosáico, pero también el cristianismo, que, según ya apuntaba Freud, es una repetición del mismo, oficiado en esta ocasión por Pablo (nuevo asesinato del Padre en la figura vicaria del Hijo), si bien abandonando esta vez el monoteísmo estricto al reintroducir el culto a la Diosa Madre y otras advocaciones del universo politeísta romano, “desviación” que corregiría más adelante el islamismo.

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NOTA: el primer enlace de esta entrada contiene el texto íntegro del ensayo freudiano.

4 mar. 2010

Los toros


Toros sí, toros no. El parlamento catalán deshoja la margarita en un debate en el que lo único nuevo son los lances en la oratoria de los participantes y la puesta en escena, pero todo está dicho ya desde hace tiempo. A mí mismo me lo recordé, con intención desmotivadora, al descubrirme deseos de escribir sobre el asunto, como se ve, con poco éxito. Y es que los toros tienen mucho tirón, bien sea para defenderlos o para denostarlos.

Desde hace tiempo para mí los toros quedaron reducidos a un motivo para cambiar de canal cuando los que mandan detrás de la pantalla se empeñan en llenárnosla de sangre, aunque sea de bovino, y poco más. El tiempo todo lo relativiza y ya he logrado no sentir vergüenza por las acciones de los demás, aunque sean cercanos, así que me trae al fresco que ajenos o allegados se entusiasmen por las posturitas de los matadores u otros hechos de la fiesta porque es posible que, en mi inconsciencia, caiga yo en acciones no menos ridículas (el que esté libre de pecado… etc.). Quizá también por este asunto de los años, o el paso del tiempo, he aprendido a valorar argumentaciones contrarias y a encontrar, por lo menos, retazos de verdad en algunas de sus conclusiones, como la de que los toros de lidia llevan una buena vida en las dehesas, aunque luego mueran regular, o que no existirían sin las corridas. Claro, hemos metido mano en la naturaleza de tal modo que muchas cosas que nos son familiares y que consideramos naturales desaparecerían sin nosotros, porque son nuestra creación: que sería de las ovejas con su tontuna de rebaño; de las cabras, a las que unas tetas inmensas casi les impiden andar; de tantos perros, que de brava especie se han transmutado en variopìntas e inocentes mascotas, la mayoría perfectamente inútiles… por no hablar de casi todos los vegetales que forman hoy nuestra despensa. Primero los inventamos y luego, cuando desaparece la función para la que se crearon, nos duele que se extingan.

Y ¿qué decir del arte? Necesitaríamos una definición de arte que compartiéramos todos, o, quizá, consensuar cuando sería más deseable prescindir lisa y llanamente de él; por ejemplo, me he topado a veces con una serie de televisión, en la que los héroes son forenses (vivir para ver) y, en nombre del arte cinematográfico, nos llena la sobremesa de cadáveres diseccionados, un dudoso placer al que casi seguro se podría renunciar sin que nos dejara vacío alguno; o el caso de los aztecas que transformaron en arte culinario la eliminación de sus enemigos, de manera que el mandato bíblico de amarlos, ellos lo entendían por degustarlos, mucho más práctico (dicen los expertos que en su caso no había diletantismo sino déficit de proteínas en un pueblo que ignoraba la ganadería). Francamente, yo, junto con varios miles de millones más, hemos prescindido del arte taurino y no por eso consideramos nuestra trayectoria vital un fracaso; creo, quizá con imperdonable inmodestia, que somos un ejemplo de que se puede vivir sin disfrutar de él sin menoscabo de nuestra condición humana, por lo menos hasta ahora no se nos ha notado nada raro, salvo, eso sí, la sensación de que los taurinos son un poco frikis.

Tampoco es cuestión de romperse los cuernos por el asunto, pero sí que me encantaría que la instancia de poder adecuada decidiera algún día (y que yo lo vea) no gastar los dineros públicos (algunas moneditas son mías) en subvencionar y promocionar un espectáculo de tan dudosa aceptación; de paso ¿no podrían quitarse las corridas, que además suelen ser plúmbeas casi sin excepción, de las cadenas generalistas de televisión? Lo de los cadáveres diseccionados y descuartizados de la dichosa serie, cuyo nombre he olvidado sin duda por los traumas psicológicos que me ha producido, así como los leones devorando vivas a inocentes gacelas y sufridos ñus en la 2 y otras mierdas pretendidamente didácticas o recreativas, ya lo trataremos en otra ocasión.

Los animales, los otros, los no humanos, no saben lo que es la crueldad, nosotros sí, y podemos evitarla. Prueben y verán, se sentirán más humanos.

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Ilustración.- Zeus. Litografía. PICASSO.