17 dic. 2009

Marruecos y el Sahara Occidental

¿Tiene Marruecos alguna razón para reivindicar el Sahara Occidental como propio? Todos los estados del mundo recurren a la historia para fundamentar la soberanía que ejercen o pretenden ejercer sobre sus territorios. Es una de las razones por las que la desdichada disciplina se falsifica, se tergiversa o se interpreta forzadamente. De hecho los estados nacionales son un invento relativamente reciente en el devenir histórico, pero todos ellos se consideran herederos de fórmulas anteriores, a veces atávicas, y no siempre justificadamente si nos atenemos a una interpretación algo rigurosa de la historia. Por eso aquí nadie está libre de pecado ni de conflictos. Podríamos argumentar que es fácil salir de los atolladeros soberanistas que se presenten preguntando a los habitantes del territorio qué quieren ser; sin embargo, el principio de autodeterminación no está universalmente reconocido: en España no lo está para los territorios en donde existe un problema de este tipo. Por supuesto que hay argumentos sólidos para ambas posiciones.


Marruecos es un vecino difícil para España, o quizás habría que decir que ninguno de los dos hemos sabido encauzar la vecindad por una vía de amistad sin conflictos. Lo cierto es que desde España se le demoniza con frecuencia y con cualquier excusa y probablemente a la inversa. ¿No será que nos cuesta entender sus razones porque no ponemos la empatía necesaria? Que no sea un dechado de auténtica democracia me parece un argumento tramposo, lo son menos otros países con los que mantenemos buenas relaciones y, en todo caso, además de no haber alcanzado nosotros la excelencia en ese tema, hace tan sólo treinta años estábamos peor de lo que hoy está Marruecos ¿Se le olvidó a alguien?

En la Edad Media el Sahara Occidental era tan solo un camino, una de las rutas por las que llegaba al Magreb y a Europa el oro y la sal, dos productos vitales en todas las épocas. En el siglo XI una confederación tribal, los almorávides, imbuidos de fundamentalismo religioso islámico, se hizo con el dominio de la zona y del Magreb y fundaron Marraquech, creando así el nombre de Marruecos y, para muchos, el fundamento de la nación marroquí. Habían salido del Sahara Occidental. Desde ese momento y con los poderes que siguieron, almohades, benimerines y las dinastías herederas (wattásida, saadita y alauí), se controló desde Marruecos mal que bien, total o parcialmente, esa ruta hasta al menos el siglo XVII. Entre tanto la expansión colonial ibérica había creado algún enclave en la costa para que sirviera de apoyo a la navegación, base de la ulterior reclamación española que convertiría en colonia el territorio (finales del XIX).

Es posible que el interés de Marruecos por la zona decayera a la vez que su valor estratégico como ruta del oro y de la sal, y que seguramente aumentó en el momento en que se hizo evidente su riqueza en fosfatos, producto igualmente estratégico y, por si era poco, ahora el petróleo; pero el interés no es algo privativo de los magrebíes, sino que lo encontramos en el género humano sin excepciones, incluidos los saharauis. Lo que no es discutible es que Marruecos mantuvo una relación de dominio o control durante siglos del territorio. Que eso justifique o no su pretensión actual de soberanía es cuestión de opiniones, pero no se puede negar sin más, como algunos pretenden, ¿o acaso Argelia puede alegar más títulos sobre el inmenso territorio del Sáhara que controla, sin que nadie lo cuestione, salvo el de haber formado parte de una misma colonia francesa? Por otra parte, exigir a nuestros vecinos la ejecución del referéndum supondría que nosotros tendríamos que tomar de la misma medicina, aceptando el de Gibraltar o permitiéndolo en Ceuta y Melilla si nos lo piden, por no hablar de otros que todos tenemos en mente.

A mi juicio la posición de España debería ser la de salvaguardar la amistad con Marruecos como objetivo de mayor valor, y presionar desde la amistad para el progreso de los derechos humanos en la zona; la forma de organización territorial no nos compete. Tampoco deberíamos movernos en exceso por un sentimiento extemporáneo de mala conciencia por los abusos de la colonización, que no fueron excesivos, o las incoherencias de la descolonización que ya no está en nuestra mano cambiar.


8 dic. 2009

Aminatu

Las personas nos movemos por consideraciones morales, intereses materiales y una infinidad de factores difícilmente identificables, casi nunca hay un imperativo ético que anule a todos los demás, aunque a veces lo presumamos así por el deseo de vernos, o que nos vean, como personas íntegras. Las instituciones que soportan los intereses y los derechos de un amplio colectivo humano no deberían tener estos problemas de conciencia, primero porque la conciencia es individual y, después, porque, en este caso, es más factible objetivar, analizar y depurar fines y métodos. Siempre habrá una zona difusa, de definición vacilante, que dé lugar a conflictos, en donde habrá que resolver según la lógica de esas instituciones, sin confundir sus deberes con los del individuo.

En el caso Haidar, me parece a mí que se está pidiendo al gobierno que se comporte como lo haría un individuo o una ONG, olvidando su especificidad, que le obliga a seguir el imperativo de los intereses generales del Estado, que son su razón de ser. Aminatu Haidar tiene perfecto derecho a inmolarse por lo que considera su patria, pero ni ella ni nadie tiene ninguno para exigir al gobierno de España que sacrifique sus intereses, o los que estime superiores, por acompañarla.

Podemos y debemos criticar la actuación del gobierno de Marruecos que ha violado los derechos humanos al expatriar a la saharaui, incluso presionar para que se la resarza, pero sin perder de vista que mantener unas relaciones amistosas con ese país es de gran valor para España. Los beneficios que obtendremos no serán sólo económicos, si es esto lo que acongoja las conciencias, sino de valor moral mucho más alto: que Marruecos dé por concluida la colaboración en materia de inmigración nos traería de nuevo el drama de las pateras con sus secuelas de muerte y sufrimiento; una mala relación podría relajar al gobierno magrebí en la lucha por cerrar el paso al terrorismo que se desarrolla en el sahel (acaban de secuestrar a tres cooperantes españoles) y cuyo objetivo somos nosotros como occidentales; nuestro vecino, pese a las deficiencias fácilmente observables, está más cerca de los modos democráticos que la mayoría de los países árabes y, puesto que todos nos beneficiamos de su estabilidad política, habría que colaborar en esa línea desde la amistad, con la que se va mucho más lejos que con la presión hostil, ¿son necesarios ejemplos?. No hablo de Ceuta y Melilla ni de intereses económicos porque es innecesario y aburrido insistir en la evidencia.

Existe una mala conciencia por la colonización del Sahara Occidental y por el modo en que se descolonizó que nos lleva a simpatizar con los saharauis y a demonizar a Marruecos. El problema procede de la segunda oleada imperialista, en la que España no participó salvo en lo que entendió necesario para la seguridad de su territorio: el Sahara se contempló entonces como un glacis de seguridad para Canarias; era un desierto transitado por algunas decenas de miles de individuos de organización tribal y sobre el que el rey de Marruecos quizás ejerció, o pretendió ejercer, alguna autoridad en el pasado. La descolonización, forzada por las circunstancias, frustró las esperanzas de los saharauis que aspiraban a construir un estado nacional, imbuidos ya de ciertos valores occidentales, pero posiblemente inviable por su escasa población y la enormidad del territorio (hubiera sido el país menos poblado del mundo). Es razonable que nos sintamos obligados con ellos, pero no hasta el punto de lastrar gravemente la relación con Marruecos, de la que se derivarían bienes superiores.

Siento por Aminatu más compasión que empatía. De hecho creo que no comparto su escala de valores: la dignidad personal, con ser importantísima, no me parece el valor supremo ante el que han de claudicar cualesquiera otros bienes, por ejemplo la seguridad de los propios hijos; el amor a la patria, que en este caso no ha existido más que como un anhelo de reciente implantación en el corazón de algunos, tampoco justifica, a mis ojos, una actitud tan radical; el poco aprecio que parece sentir hacia posibles damnificados por su actitud, aunque hayan mostrado inclinación por ella, tampoco me parece de recibo. Lamentando profundamente su situación, no comparto su actitud.

Por último ¿puede alguien afirmar que detrás de todo esto no hay una maniobra para abortar un acercamiento de posiciones entre el gobierno marroquí y una posible mayoría de saharauis del interior, que parecía haberse iniciado? Nunca lo sabremos, por el ocultismo de Marruecos, que ni siquiera es capaz de darnos un censo del Sáhara, pero también de los saharauis que hacen otro tanto con la población de Tinduf.

1 dic. 2009

¿Qué Europa?

Hay gente que escribe porque tiene las ideas claras; otros lo hacen precisamente porque no las tienen y necesitan despejar sus propias incertidumbres; pero hay quien no sólo no tiene certeza alguna al comenzar sino que finalizando comprueba que sus dudas aumentaron. Me ha ocurrido esto con mucha más frecuencia de lo deseable y si no borré lo escrito, tantas veces, fue más por pereza que por honestidad intelectual. Con el tema de hoy me puede ocurrir otro tanto, lo aviso (me aviso) de antemano.

¿Cuántas posibles Europas hay? Contestar que infinitas no es demasiado original pero sí quizás lo más acertado. Si por posible entendemos que tengan posibilidades ciertas de verse realizadas el número se reducirá drásticamente. El problema es que entre lo que nuestra imaginación es capaz de concebir y lo que la realidad ofrece suele haber distancias abismales. Cuando hablo de realidad incluyo en las circunstancias con que nos encontramos las imágenes de los otros, de los que no comparten las nuestras.

A mediados del XIX muchos centroeuropeos se sentían alemanes pero no contaban con un Estado, o mejor dicho, había más de treinta que merecían ese calificativo. Una generación después Alemania era una gran potencia (produce escalofríos esta expresión, a los nacionales de emoción patriótica a los ajenos de temor) y lo había logrado convirtiendo los sueños de los románticos nacionalistas en la pesadilla de tres guerras sucesivas («a sangre y fuego» según expresión de Bismarck, su hacedor). De Italia se puede decir otro tanto, cambiando escenarios y protagonistas. Ambos podrían ser modelos, pero todos rechazaríamos los modos y muchos también el resultado.

Poco antes Napoleón había casi unificado Europa, pero de no ser porque portaba la aureola de la revolución podríamos, por las intenciones, comparar su imperio con el de Hitler. Antes aún, Carlos I (V como emperador) concebía una Europa unida bajo su cetro como la Universitas Christiana de resonancias medievales. Podemos concluir que los antecedentes tampoco son alentadores, pero sí tan grandilocuentes como fracasados.

Cuando después de la guerra se dieron los modestísimos primeros pasos para la unidad la única gran idea era superar la catástrofe. Ahí radicó su éxito. La característica esencial de la UE ha sido siempre la modestia y lo utilitario de cada paso, sin cerrar nunca la posibilidad de avanzar más. Así superó a todos los numerosos intentos de integración surgidos en el mundo, casi siempre estancados a corto plazo cuando no rotundamente fracasados y, aunque con ralentizaciones y crisis, nunca dejó de avanzar. Contó con líderes brillantes, grises mandatarios y hasta opositores poderosos, pero todo fue aprovechado para avanzar con pies de plomo y afianzar posiciones. El manoseado déficit democrático no es más que la cristalización de la reticencia de los propios ciudadanos a desnudar de soberanía a sus Estados; conviene no olvidar que uno de los frenazos y más aguda crisis de todos los sufridos, aún por superar, se produjo por la negativa popular en referéndum a la Constitución en Francia y Holanda y después al Tratado de Reforma en Irlanda. Preocupa a la izquierda la orientación económica, pero no sé de qué otro modo podría ser cuando los Estados socios militan sin excepción en el neoliberalismo; la prioritaria preocupación por el mercado común me parece una de las claves del éxito, no un defecto.

Hoy se da un paso más; después de la ampliación que a muchos pareció excesiva, demasiado rápida o prematura se hacía necesaria una reforma de la arquitectura interior y de los mecanismos; ¿es poco?, ¿demasiado?, ¿mal orientado? Lo importante es que permita seguir adelante. El resultado que vamos obteniendo puede no ajustarse a nuestros sueños, pero al despertar no nos encontramos con una realidad deleznable o inasumible. Los sueños son individuales, de difícil transmisión, podemos vivirlos en soledad; la realidad es el escenario de la convivencia, de lo compartido.





26 nov. 2009

La mujer ¿nace o se hace?

La mujer ¿nace o se hace? Simone de Beauvoir ya había contestado mucho antes de que se nos ocurriera preguntarlo, nada menos que medio siglo atrás: «No nacemos mujeres, llegamos a serlo»; y no era una hipérbole o cualquier otro recurso literario, sino que su valor semántico era justo el que enunciaba. Todavía hoy a la inmensa mayoría le parecerá absurda la pregunta; las parejas que van a tener descendencia lo primero que saben de su vástago es el sexo, si es niño o niña ¿cómo no considerar estúpida la cuestión? Quiero aclarar antes de seguir adelante que la demanda podría hacerse igual respecto de un hombre, solo que desde ese parámetro nadie se planteó el asunto ¿por qué será?

En la última mitad de siglo se han tambaleado muchos de los principios en que basábamos nuestra cultura, uno de los últimos es la propia identidad sexual. El movimiento queer la niega rotundamente: las identidades de género, hombre, mujer, homosexual, lesbiana, no son más que constructos sociohistóricos sin fundamento biológico o “natural”.

Cuando sufrimos con más dureza que nunca –seguramente porque somos más conscientes que nunca– los terribles efectos del machismo en su último esfuerzo por salvar el chiringuito patriarcal del naufragio evidente, se nos anuncia, bien adobado con artilugios científicos, que ser macho o hembra es humo; se nos propone la abolición de los sexos. Como solución radical al problema no tiene precio: ¿qué será del machismo si se pone en cuestión la existencia de los machos? Sin embargo la teoría queer va más allá de la preocupación por este problema, que es sólo un síntoma del patriarcalismo; lo que pretende es borrar los límites, los artificiosos (¿?) perfiles,dicen, que nos encasillan forzadamente en una identidad, programándonos en nuestro comportamiento social y arrebatándonos la libertad, las riquísimas posibilidades que como humanos contaríamos desde el nacimiento. El efecto secundario sería la desaparición de los conflictos de género. No es poco, macho… digo… colega.

Si se decretara la abolición de machos, hembras, homosexuales, lesbianas y demás especímenes de la parafernalia sexoidentitaria reinante, yo de acuerdo; al fin y a la postre la edad me ha conferido ya el papel de espectador del circo nuestro de cada día. Por cierto, volviendo a las mujeres, que es con las que empecé, para ser un invento tampoco han estado tan mal ¿o sí?

21 nov. 2009

Esclavos

Los romanos usaron la palabra servus, de la que procede siervo y sus derivados; esclavo viene de eslavo, utilizado por los griegos de Bizancio – denominación étnica que acabó por significar la condición jurídica por su abundancia– y de ahí pasó al latín tardío y al árabe. En todo el mundo antiguo la esclavitud fue habitual, incluso llegó a constituir en Grecia y en Roma la base del sistema económico. A partir del siglo III se fue degradando el modo de producción esclavista hasta desembocar en el sistema de servidumbre: los esclavos por un lado y los campesinos libres por otro se habían convertido en colonos, siervos, que quedaron sujetos a la tierra, una forma mitigada de esclavitud. La expansión colonial desde el XVI resucitó con fuerza inusitada esta vergonzante institución, a la vez que desaparecía la servidumbre, hasta que la Ilustración y la formulación de los derechos humanos lo minaron ideológicamente, mientras el capitalismo industrial lo dejaba sin sentido económico. En el XIX quedó fuera de la ley en todo el mundo occidental; hoy sólo se mantiene legalmente en Mauritania.

Pero la esclavitud tiene unas fronteras difusas que han habitado millones de personas: siervos, indígenas bajo el régimen colonial, mujeres, niños, presidiarios, minorías de todo tipo, cautivos… Se puede asegurar que históricamente la mayor parte de la población del mundo ha vivido en situación de esclavitud o semiesclavitud, lo que no dice mucho a favor de la humanidad. Afortunadamente la evolución económica la dejó sin sentido utilitario y la expansión del concepto de ciudadanía la convirtió en despreciable. Tanto las iglesias cristianas como los mulah o ulemas islámicos suelen alardear de haber sido los primeros en la condena de la esclavitud. Nada más falso.

En la Biblia la esclavitud no sólo se presenta como algo natural, sino que en ocasiones Jehová incita a los judíos a masacrar y esclavizar a pueblos enteros. Jesús parece no verla, no pronuncia una sola palabra sobre ella; Pablo, si bien declara que todos somos hijos de Dios, exhorta repetidamente en sus cartas a los esclavos a que acepten su condición, sean sus amos cristianos o paganos, y vean en sus dueños al Señor. Los Padres de la Iglesia hablan de la esclavitud en diversas ocasiones y con varios motivos, pero ninguno se pronuncia en contra. En la Hispania visigoda los concilios de Toledo legislan sobre ella, pero no precisamente para prohibirla o limitarla, en uno de ellos decretaron la esclavización de todos los judíos. No conozco ningún documento de la Iglesia hasta el S. XIX –en que las autoridades civiles la prohíben– que la condene, ni anatematice o repruebe a los que comercian con ella o tienen esclavos. De hecho los monasterios fueron propietarios de esclavos y también los papas y las altas jerarquías de la Iglesia. En América el debate sobre si los indios podían ser sometidos o no a esclavitud se resolvió porque la Corona los consideró súbditos y, por tanto, sometidos a su protección; así y todo, el sistema de encomiendas y la mita fueron instituciones esclavizadoras –fray B. de las Casas, pretendía defender a los indios sugiriendo la importación de esclavos negros–. Por ninguna parte hay trazas de una oposición de la Iglesia, que, en su abyecta exaltación del sufrimiento y la mansedumbre, no encuentra motivos para su condena.

El Islam no sale mejor parado. Alguna frase en el Corán que puede interpretarse favorablemente es desmentida en seguida de palabra y de obra. La institución de la poligamia se convirtió en la excusa para la esclavitud sexual de las mujeres. Ninguna otra cultura ha degradado a la mujer de forma más profunda y generalizada que la islámica, aunque la bobaliconería occidental le haya quitado hierro cubriéndola de literario y romántico exotismo –los califas de la época clásica sostenían harenes de miles de mujeres, todavía visibles hoy (es un decir) en Arabia–. Los musulmanes utilizaron esclavos hasta en la administración y el ejército con lo que mantenían al Estado alejado de los súbditos a los que controlaban despóticamente, como ocurría con los jenízaros turcos capturados de niños entre los cristianos para educarlos como un cuerpo militar de élite. Fueron mercaderes musulmanes los que con un rosario en una mano y el látigo en la otra abastecieron los puertos del índico y del mediterráneo de mercadería humana.

En este asunto de la esclavitud la moral laica, la ética ciudadana, se ha mostrado muy superior a la religiosa.

16 nov. 2009

Piratas


Hasta ahora he logrado escapar de la Gripe A. Cada día al levantarme me examino con detenimiento por si encontrara síntomas sospechosos, pero nada, como una rosa. En cambio estoy casi convencido de que padezco el Síndrome de Estocolmo. Me lo hace sospechar lo bien que empiezan a caerme los piratas somalíes. Con aquello de “todos somos del Alakrana” me he metido en la cuestión de tal manera que no sólo me veo secuestrado sino que percibo ya las primeras manifestaciones del complejo.

Debo confesar que Sandokan en el Índico por las aguas del Imperio Británico y el Corsario Negro en el Caribe por las del Imperio Español llenaron de sueños mi adolescencia. Cierto que ya no estoy en edad y que estos somalíes no parecen tener el glamur del Tigre de Monmpracem o del padre de la Señorita de Ventimiglia, pero las aventuras compartidas con ellos dejan huella; puede que aquellos desvaríos me estén pasando factura en estos momentos.

Lo inquietante es que, como entoces, que no acababa de aclararme sobre quienes eran los malos, si el Corsario o los españoles, ahora tampoco sé a quién escoger, si a los pescadores que esquilman las costas de Somalia, arramblando con los últimos atunes (que no tienen nacionalidad, como es costumbre en los peces, pero que nadan por las proximidades de aquellas tierras), o a los somalíes, que, puesto que les vendemos armas en lugar de redes, las rentabilizan cobrandose los atunes por este romántico procedimiento.

Todo esto es un lío de padre y muy señor mío, y no sólo de conciencia. Basta con comprobar que están en él los jueces, la Armada, el Gobierno, los pescadores y sus familias, la oposición, los piratas… (echo en falta a los obispos) y cada uno tirando para un lado. Curiosamente quien parece que va a salir de rositas, de quien nadie habla, como si no fuera con él el asunto, es el armador, la empresa que se embolsaría los beneficios de la expedición, quien, me parece a mí (¿será el dichoso síndrome?) tiene la responsabilidad por pescar allí, por no tomar medidas preventivas, por hacerlo en una zona situada fuera de la protección de los barcos de la Armada. ¿Quién es? ¿Dónde está? ¿Qué hace?

Qué quereis que os diga, quiero que vuelvan los pescadores, nada deseo tanto, pero a mí los piratas cada día me caen mejor y, sin vacuna, pastillas ni nada, me parece que esto va a ir a más.
Cada uno tiene su versión del problema y Josetxu Rodríguez lo ha bordado en su blog Caduca hoy; yo le he tomado prestada su genial visión gráfica para ilustrar este post.

13 nov. 2009

Machismo femenino

Cuando hablamos de machismo no siempre somos conscientes de que es una emanación de la organización patriarcal, que, a su vez, tiene su origen en el sexismo, ideología que sostiene la radical diferencia de sexos, diferentes capacidades y, por tanto, diferentes funciones para cada uno de ellos. Muchas personas que repudian el machismo, se muestran en cambio, quizás sin advertirlo, sexistas, con lo que anulan sus esfuerzos, bien intencionados, pero lastrados por ese otro prejuicio. Muchas mujeres son víctimas de este error, en otros momentos históricos y en el presente; incluso muchas formas de feminismo adolecen de un pensamiento y unas actitudes sexistas.

No comparto la idea de que el machismo sea una especie de perversión de la condición masculina, sino la de que es una ideología que sostiene la forma social que llamamos patriarcal, que es responsabilidad de la sociedad en su conjunto, no de hombres o mujeres por separado. Podemos concluir que sin combatir el sexismo nunca acabaremos con el machismo, todo lo más lo sustituiremos por otra forma de discriminación.

En la página de Amnistía Internacional de Cataluña he encontrado una recopilación de reflexiones sobre la mujer que recoge Anna Caballé en su Una breve historia de la misoginia (Ed. Lumen, Barcelona 2006). De ellas he seleccionado las que corresponden a las mujeres –las de los hombres son muchísimo más numerosas, claro está–, todas ellas cultas y distinguidas, unas escritoras, alguna política y hasta una reina. Una modesta muestra de hasta qué punto el sexismo y el machismo son prejuicios compartidos:



"Soy mujer y aborrezco a todas las que pretenden ser inteligentes, igualándose a los hombres, pues lo creo impropio de nuestro sexo."
María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV. 1804

"El juicio en la mujer es una cualidad tan rara como la sensibilidad en un hombre."
Carolina Coronado. Galería de poetisas españolas contemporáneas. La discusión, 1-5-1857

"La instrucción de la mujer debe estar reducida únicamente a
sentir, amar a su esposo y a sus hijos y a saber educar a sus hijas para que sean lo que ellas deben ser: buenas esposa y buenas madres. (...) Es una verdad innegable que la mujer recibe su segunda educación de su esposo. Una joven de dieciocho años no puede tener, al casarse, ideas fijas, ni aún formado su carácter, y muchas mujeres que se enlazan de treinta, lo tienen tan pueril como una niña de dieciséis."

María del Pilar Sinués. El ángel del hogar. 1859

"¡Ah!, no seré yo la que clame por la emancipación de la mujer; no seré yo quien apoye con mi pluma la independencia del sexo, por la que abogan algunas ilusas soñadoras sin fe y sin creencias. El matrimonio es el árbol sagrado que nos cobija; bendito sea su amoroso yugo, que nos da la dicha; bendita sea la autoridad marital, que protege y ampara nuestra débil naturaleza, nuestra inexperta juventud. El someterse al imperio del marido no degrada, no rebaja ni abate el orgullo ni las atribuciones de la mujer, antes es una gloria."
Faustina Sáez de Melgar. Deberes de la mujer: colección de artículos sobre la educación. 1866.

"Es indudable que todavía ninguna escritora, es posible que nunca ninguna escritora, llegue a la altura y profundidad, a la vez, de un gran escritor."
María Antonia Vidal. Prólogo de Cien años de poesíafemenina. 1943

"Las mujeres nunca descubren nada. Les falta, desde luego, el talento creador reservado por Dios para inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar mejor o peor lo que los hombres han hecho."
Pilar Primo de Rivera. Primer Congreso Nacional del SEM. 1943

La intención de Anna Caballé al hacer esta recopilación no tiene por qué coincidir con la mía al escribir este post. De hecho no he leído su libro y de antemano le pido disculpas por si yo la hubiera utilizado para sostener una tesis que puede no compartir.

11 nov. 2009

Cuando cayó el muro

No tengo ni idea de qué hacía yo cuando cayó el muro de Berlín; probablemente veía en la tele de mi casa cómo caía, pero no me acuerdo. No tengo el sentido de la oportunidad y siempre se me escapan las mejores: cuando mayo del 68 yo estaba en un cuartel de caballería de León haciendo la mili, también es mala suerte porque parece que todo el mundo pasaba casualmente por París en esos momentos. Me enteré de la voladura de Carrero en un pueblo perdido de Jaén con un pincho de tortilla en la mano, merecido refrigerio después de la jornada laboral. Cuando la muerte del innombrable estaba dormido; suelo contarle a los amigos que llevaba tantas noches sin hacerlo esperando el acontecimiento que me quede roque en el momento clave, yo mismo he llegado a creerlo. Estoy condenado a no participar de la épica de los acontecimientos que el azar ha colocado en mi tiempo y eso me tiene frustrado. El papel de simple figurante es poco lucido, pero el de espectador que no ve porque le pilló distraído o porque le tapaba el cabezón de delante, es patético. Ese es el mío.

No sé si es por esto o por haber estado toqueteando la historia tantos años, el caso es que me he acostumbrado a relativizar las fechas clave y los acontecimientos decisivos. No me los creo. La historia, el acontecer de la vida de los hombres, es un continuo en el que los hitos son más señales que colocamos nosotros para no perdernos, que fisuras reales. Casi siempre son anécdotas en un proceso que es el que tiene importancia. La demostración de que la caída del muro pertenece a esta categoría es que se produjo por un tonto error informativo, como sabemos ahora.

La artrosis del socialismo real venía de lejos. Tres años antes del suceso viajé a Checoeslovaquia de forma poco habitual, porque visitamos más fábricas, cooperativas agrarias y comités locales del partido comunista checo, que monumentos o lugares pintorescos. La impresión que me produjo fue deplorable. El exceso de mano de obra que se veía por todas partes, los ritmos de trabajo y el atraso tecnológico denotaban a las claras una eficiencia y una productividad mínimas y esto era obvio hasta para nosotros que íbamos desde España; los mandos sindicales y políticos estaban a la defensiva y se lamentaban de la nefasta influencia que para la juventud checa suponían las televisiones capitalistas, mostrando paraísos de consumo, que ellos eran incapaces de neutralizar, pese a la censura. Aunque los contemporáneos no previeran el cambio, los historiadores no dudarán a la hora de considerar la caída del muro como una manifestación más del proceso de descomposición del experimento comunista de Europa oriental. La Guerra Fría ya no era guerra, la bipolarización tocaba a su fin, y si en USA hubiese habido otra administración con más visión que la de Reagan el proceso se habría acelerado.

Como anécdota, como símbolo, como metáfora la caída del muro tiene valor; pero conviene no caer en el fetichismo de las fechas o de los eventos, porque acabarán distorsionando la realidad.

5 nov. 2009

Finis gloriae libri

La revolución digital está acabando con infinidad de objetos y modos de hacer y, como consecuencia, amenaza incluso con cambiar nuestras estructuras mentales; al tiempo, nos inunda con nuevos artefactos y nos apremia con novísimas técnicas que cambian a más velocidad de lo que podemos asumir los que estructuramos nuestros recursos neuronales durante décadas para algo más simple y estable. Entre otras efectos: la presencia física del dinero se sustituye por una tarjeta electrónica; de las máquinas de escribir que inundaron con su presencia y su estruendo las oficinas, los despachos y las redacciones del S.XX, ya no queda más que el absurdo sistema QUERTY, heredado por los teclados de los PC; los cálculos, de los más pesados a los más complejos, están al alcance de una tecla; la carta con su sobre y franqueo, escrita a máquina o a mano, ha desaparecido, barrida por el correo electrónico que permite la instantaneidad o enviar multitud de copias a otros tantos destinatarios con el mínimo esfuerzo y coste. ¿Y los libros? La enciclopedia, el atlas y hasta la guía de carreteras o los callejeros capitulan ante los recursos que ofrece la red. Son las primeras víctimas.

La historia del libro es milenaria. Tal y como lo conocemos hoy, encuadernado, con hojas escritas por ambas caras y con tapas de un material más consistente, procede de finales de la antigüedad o comienzos del Medievo. Antes los textos se conservaron en rollos o volúmenes, para los que se utilizaron fibras vegetales (papiro), que luego sería sustituido por la piel (pergamino) para los códices o libros. Cada uno de estos libros, cada ejemplar, era una obra artesanal muy costosa y apreciada, que dio lugar a especializaciones: calígrafos, ilustradores, encuadernadores… Con la imprenta se industrializó la producción; antes se había producido la revolución del papel. En realidad fue un anticipo y un ensayo de la industria fabril, unos siglos antes de que eclosionara la revolución industrial, con sus características de producción masiva y barata y tuvo como principal consecuencia la democratización de la cultura, la familiaridad con los libros, que acabaron entrando en los hogares. Ya en el siglo XX los inundaron literalmente, con las ediciones baratas, de bolsillo (tan baratas que una buena parte de los fondos de las bibliotecas están hoy en peligro de desaparición por la mala calidad del papel que se utilizó desde mediado el siglo), hasta crear problemas de espacio doméstico para los aficionados a la lectura, que suelen respetar al libro como un fetiche cultural, con más valor sentimental que físico.

Ahora nace el e-book o libro electrónico. Sólo está en sus comienzos pero ya es posible descargarse millones de ellos. En poco tiempo la biblioteca total que soñara Borges podrá ser una realidad, convirtiendo en liliputienses a la antigua de Alejandría o a las gigantes de hoy, como la Biblioteca Nacional, por poner un ejemplo. Y sin embargo los libroadictos se resisten a leer en las pantallas alegando incomodidades reales o inventadas. Digo inventadas porque leer un periódico, especialmente uno de esos tabloides como sábanas, es infinitamente más incómodo que abrir un portátil, como también sostener a pulso en las manos un volumen de 700 páginas, o tratar de descifrar un tipo de letra minúsculo que encontramos en tantas ediciones. Las reales, como la luminosidad de las pantallas, están en trance de ser superadas con los nuevos sistemas, que incluso eliminan los reflejos que dificultan leer al aire libre. Las ventajas son de tal calibre y aportan tanta novedad que amenazan con cambiar el sentido de la lectura y de la escritura, al permitir el audio, los hipervínculos y la interactividad. La industria electrónica trata de salvar las resistencias con más innovaciones y ha creado el EPD (Electronic Paper Display), papel electrónico, al que algunos le auguran extraordinario porvenir y que sería una solución intermedia entre la pantalla y la conservación del papel. No sé, para mí que esto es como las lámparas que seguimos teniendo todavía colgadas del techo, con velas de pega, porque añoramos la antigua estética heredada de los tatarabuelos, pero absolutamente disfuncionales.

Sea como sea, me temo que el libro ha comenzado su desaparición. Probablemente en un futuro no muy lejano se convierta en un objeto de lujo, otra vez, digno de la atención de anticuarios y coleccionistas, pero fuera del uso cotidiano y habitual; sólo que ahora por haber sido sustituido por otro medio de conservación y difusión del saber y el arte literario mucho más eficiente. Las resistencias, se me entoja, tienen más que ver con nuestro inevitable consrvadurismo que con lo realmente necesario. Conviene no olvidar que cuando apuntaba el mercado del libro (del rollo habría que decir) en Atenas a Aristótele le pareció una desgracia que amenazaba a la conversación, que él y muchos contemporáneos consideraban superior; que cuando la imprenta llevaba ya tiempo funcionando muchos exquisitos lectores compraban libros y luego se los hacían caligrafiar porque no estaban dispuestos a renunciar a los placeres del texto escrito a mano. ¿Se repite la historia?

31 oct. 2009

La Santa Muerte

No, ésta no es una representación de la Santa Muerte, es la Catrina, una suerte de versión laica de la anterior, pero me sedujo la elegancia y la belleza de su porte, y no resistí la tentación de pedirle que iluminara mi post con su prestancia.

En vísperas del día de difuntos me entero de que los mejicanos, dando un paso más en la fantástica familiaridad con que conviven con la muerte, están desarrollando de modo imparable el culto a la Santa Muerte.

Argumentaba Epicuro que no había que temer a la muerte porque cuando estamos nosotros no está ella y cuando ella está ya no estamos nosotros. Un ingenioso argumento que no sé a cuantos convencerá; sin embargo los mejicanos optaron por confraternizar con ella, la han incorporado a su círculo familiar, intiman con ella y, de este modo, han sustituido el miedo por la confianza.


La Huesitos, La Flaquita, La Niña Blanca, La Santita, son varios de los apelativos dulces y cariñosos con los que se la denomina; a veces también como La Pinche Calaca, más áspero. Se la representa como a las vírgenes en los altares católicos y como las monjas amortajadas, coronada de flores, aunque con los atributos propios de la muerte, la guadaña o el reloj de arena. Como a los santos y a las vírgenes se le piden favores, pero como en las operaciones de brujería puede conquistar a una persona o cuidar un amor. En El blog de la muerte (puroshuesos.blogspot.com) he leído esta plegaria de una devota: MI FLAQITA LINDA SABES QUE TE AMO Y TE AGRADESCO TODO LO QUE HACES POR MITE PIDO ALEJES A VERONICA MARIN SANCHES DE LA VIDA DE MI ESPOSO NO PERMITAS QUE ELLA SE ASERQUE MAS A EL TU SABES CUANTO LO AMO TE QUIERO MUCHO FLAQUITA (Lo he transcrito tal cual lo encontré).


Andan los antropólogos atareados buscando explicaciones: que si es un culto propio de los momentos de crisis (al parecer la pérdida de fe en el mercado dispara la fe en el Más Allá), que si es un culto sincrético que funde la tradición indígena del dios de la muerte Mictlanteuchtli (que puedo escribir pero no pronunciar) con cultos y tradiciones católicos… Lo cierto es que en el barrio mexicano de Tepito salió a luz el culto al construirse una ermita para una imagen que aportó una devota en 1997; desde entonces afloraron otras muchas y el culto se ha extendido a pesar de la hostilidad de la Iglesia Católica que la considera una herejía y de la Evangélica, incluso de las autoridades mexicanas, lo que ha provocado alguna reacción popular.


Me divertí husmeando en algunas de las más de cuatro millones de entradas que ofrece Google sobre La Santa Muerte especialmente el blog arriba enlazado, el artículo del Universal de México El culto a la Santa Muerte y el post de Sheridam Revive la Santa Muerte en Letras Libres.
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IMAGEN: escultura de Dominik en Páztcuaro, México.

16 oct. 2009

Newton, cara y cruz

En 1936 la casa Sotheby’s subastó un conjunto de manuscritos cuyo autor había sido Isaac Newton, pero que habían permanecido fuera del alcance del público desde su redacción. El lote mayor fue adquirido por John Maynard Keynes que los cedió después al King’s College de Cambridge. Contenían algunos millones de palabras sobre alquimia una de las obsesiones del científico; en escritos posteriores Keynes afirmaría que aquel ingente montón de páginas estaban «totalmente desprovistas de valor científico», incluso, contra los que opinaban que Newton era el «primero y más grande de los científicos de la era moderna» opuso su idea de que «no fue el primero de la era de la razón; fue el último de los magos…» Todo ello desde el respeto y la admiración que le producían los trascendentales descubrimientos del físico, que, curiosamente, había dedicado mucho más tiempo e interés en tratar de transformar en oro otros metales por medios esotéricos que en desentrañar las leyes que rigen los movimientos de los planetas.

El otro gran pujador en aquella subasta fue Abraham Shalon Ezekiel Yahuda, orientalista que cedió al poco tiempo los documentos que consiguiera al recién creado Estado de Israel. En 2003 la Universidad Hebrea de Jerusalén, a donde habían ido a parar, los dio a conocer al gran público. Este segundo lote contenía más de un millón de palabras dedicas a analizar y desentrañar los misterios del Libro de Daniel y del Apocalipsis, textos que Newton se tomó muy en serio y a los que creyó interpretar de modo definitivo. Entre otros hallazgos había llegado a la conclusión de que el momento de la Creación no fue el 23 de Octubre de 4.004 a de C. como afirmara el obispo Ussher, sino 500 años después. También descubrió analizando las profecías de Daniel que el fin del Mundo tendría lugar 1260 años después de la coronación de Carlomagno, es decir en 2060 (después de haber desechado la fecha de 1867 que había creído descubrir en su juventud).

La alquimia y la especulación religiosa, desde unas posiciones que hoy calificaríamos de fundamentalistas, fueron las dos mayores preocupaciones de Newton a juzgar por el tiempo que les dedicó y el volumen de lo escrito. Sus descubrimientos científicos –cálculo infinitesimal, naturaleza de la luz, gravitación universal…– de una magnitud inconmensurable, se produjeron en unos pocos años de su juventud, aunque luego dedicara otros muchos a fundamentarlos científicamente y desarrollarlos; la mayor parte del tiempo lo ocupó en otras investigaciones, carentes de valor científico, y otros menesteres profesionales que nada tenían que ver con la ciencia. Incluso él mismo minusvaloró su tarea científica como revela un famoso párrafo en que se compara con «un niño que juega en la playa y se distrae encontrando de vez en cuando un canto más pulido o una concha más bonita de lo normal, mientras el gran océano de la verdad se extiende ante mí sin ser descubierto».

El alma humana es compleja.
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La ilustración es uno de los folios manuscritos de la colección de la Universidad Hebrea de Jerusalén.

12 oct. 2009

De San Isidoro a la Wikipedia


Necesitamos saber qué es lo que sabemos, tener todas las sabidurías al alcance de la mano para lo que pudiéramos precisar. Ahí está la motivación que condujo a la elaboración de las enciclopedias. El vocablo procede del griego enkiklíos paideia, que podemos traducir por instrucción en círculo, es decir, cerrada, completa. Aunque la enciclopedia por antonomasia es la Encyclopédie de Diderot en el XVIII francés, monumento insigne de la Ilustración, hubo otras muchas antes y después.

En el S. VI, época oscura en la Europa occidental, la monarquía goda que controló, mal que bien, la mayor parte de la Península, posibilitó un espacio de luz en las tinieblas propias del momento. Isidoro de Sevilla escribió una obra, Etimologías, que tiene un carácter y una intención enciclopédicos. Consciente de la ruina de la cultura clásica, Isidoro intenta, y logra con éxito, recopilar una buena parte de los saberes del mundo greco romano. Durante siglos fue una obra muy consultada y copiada multitud de veces hasta bien entrado el Renacimiento, mil años después. Si algo se le puede objetar es que dejaran de copiarse y se perdieran algunas obras latinas, ya que las sustituía con ventaja, aportando una especie de homologación cristiana a la cultura clásica.

Speculum maius (Espejo mayor) es el título de otra gran enciclopedia, esta vez en los años postreros de la Edad Media. Su autor, el dominico Vincent de Beauvais (S. XIII). Como la anterior fue obra de consulta muy valorada incluso en el Renacimiento, y copiada total o parcialmente en ocasiones numerosas. El XIII fue el momento de apogeo de la escolástica y los dominicos sus principales valedores, así que el Speculum no fue sólo una recopilación de saberes, sino que era toda una concepción del mundo desde el punto de vista de esa ideología, cuyo tema central fue la compaginación de fe y razón. Como la obra de S. Isidoro, encontró excelente acogida en los monasterios donde se encontraban las pocas copias que podían hacerse manualmente.

La Ilustración, ya en el XVIII, supuso un proceso de secularización en todos los órdenes, también el intelectual, como culminación lógica del humanismo renacentista. Los filósofos ilustrados sintieron la necesidad de llevar a todas partes esta nueva visión del mundo, libre ya de las ataduras de la fe, y encontraron que el mejor medio era la redacción de una gran obra que resumiera todo el saber bajo la nueva óptica: L’Encyclopédie (1751-72). Dirigida por Diderot y D’Alembert tuvo una inmensa repercusión en el mundo burgués occidental, convirtiéndose en el vehículo ideológico más importante de la revolución. En Inglaterra surgió pronto (1768) una réplica, pero con un carácter fuertemente conservador: la Enciclopedia Británica, que ha sobrevivido, actualizándose, hasta nuestros días y sigue teniendo prestigio. La imprenta permitía ya una mayor difusión, pero su coste y volumen las confinaba a los palacios, las casas de la burguesía ilustrada e instituciones de cultura.

Los siglos XIX y XX produjeron multitud de otras enciclopedias; en todas ellas predominó el interés comercial, como había ocurrido ya con la Británica, difundida por suscripción y en fascículos; unas tuvieron carácter nacional (Espasa para España) o especializado. Hasta la aparición de Internet, que vino a trastocar el mundo de las enciclopedias; de pronto todas quedaron obsoletas. Microsoft intentó un acuerdo con la Británica, que fracasó. Del fracaso surgió Encarta, también fracasada. El éxito, a mi juicio revolucionario porque reúne lo mejor de las virtudes de la red –horizontalidad, voluntarismo, gratuidad, pluralismo y globalización–, lo obtuvo Wikipedia.

Las claves del triunfo son: por una parte la utilización de la tecnología wiki, base de datos sencilla que ya existía; por otra una idea novedosa que confía en la colaboración espontánea de los usuarios de la red sin imposiciones jerárquicas. El resultado es una enciclopedia con tres millones de entradas en inglés, un millón en francés y en alemán, medio en español… ¡La Británica llegó a tener 75.000! Su calidad, que podría ser el punto débil, no es muy inferior a aquella y se compensa con creces por la facilidad de renovación, casi instantánea y su disponibilidad. Hoy intelectuales, científicos, creadores y gente corriente como el que escribe, la visitan a diario por millones en busca de información. Una auténtica revolución.

Como muestra, un botón: todos los enlaces, intencionadamente numerosos, de este artículo son de wikipedia.

7 oct. 2009

El cinismo y la melancolía


Vivir para ver. La derecha económica nos mete en una crisis cuyo fin es todavía un misterio y las opiniones públicas de toda Europa castigan a la izquierda política debilitándola en todas partes, dificultándole, de paso, una reforma de las estructuras económicas, suponiendo que tuviera las ideas y la intención, que es mucho suponer.

Hace algunos meses escribía Daniel Innerarity en El País, sobre los resultados electorales de las últimas europeas, tratando de hallar las claves de lo que parece un contrasentido y sobre el que yo mismo escribí también en este blog en su momento, aunque con menos fortuna. Posiblemente nunca encontraremos una explicación suficiente sobre la debacle de la izquierda si nos centramos en los comportamientos de los partidos en liza. Como sugiere el articulista, existe una cultura de izquierdas y una cultura de derechas, en las que se inscriben los electores independientemente de su voluntad o decisión de votar a un partido concreto en una situación determinada. La izquierda tiende a agrandar el papel de la política, la derecha a minimizarlo. Pero la politización, en el buen sentido, que es básicamente ocupación de la izquierda, requiere ideas, y si no existen todo queda reducido a la gestión más o menos eficiente de lo que ya hay, que ha sido siempre el papel de la derecha. No se necesita tener mucha inteligencia o ser un estudioso del tema para percatarse de la carencia de ideas y de proyectos, del erial en que se ha convertido la izquierda política, después de encajar la derrota infligida por el neoconservadurismo desde los años 80 y, consecuentemente con esa aceptación, la mimetización con sus oponentes y el difuminado de los perfiles propios. En lógico reflejo, la izquierda sociológica se retrae y enflaquece, y, en parte, opta por la oferta de la derecha, puesto que, al parecer, sólo se trata de gestionar. Es la consecuencia lógica del abandono de la política.

La frustración ante la falta de adecuación entre las ideas y la realidad, continúa Innerarity, genera melancolía, que es el vicio en que cae inexorablemente la izquierda, produciendo parálisis y desafección. La negación de la política desde el ejercicio de la política conduce al cinismo, que es el vicio de la derecha; pero éste aporta mejores condiciones para la propia supervivencia, que, al fin y a la postre, es lo que importa.

Estos días unos y otros nos están dando un sublime recital cada uno en su especialidad: el gobierno socialista ha sustituido las ideas por los balbuceos y aleja cada día más a la ciudadanía de un horizonte mínimamente identificable como de izquierdas; la oposición de derechas afronta la corrupción con un desparpajo que produce vergüenza ajena y critica la política económica del gobierno sin ni siquiera esbozar la suya propia.

Como la melancolía tiene efectos duraderos y en cambio el cinismo produce una sensación de fortaleza inamovible, la adivinación del futuro próximo está al alcance de cualquiera.

30 sept. 2009

La hora de la verdad

Cuánto da que hablar la crisis y cuánto tendremos que oír y decir todavía. Hace mucho tiempo que me cansé del tema, pero, aún así, de vez en cuando cumplo con el ritual. Hoy la cuestión de actualidad es la mini reforma fiscal (subida de impuestos) contenida en los presupuestos generales. La polémica, agrandada artificialmente por la inminencia del debate parlamentario hace difícil aclararse, la mayoría de los ciudadanos recibimos perplejos la lluvia de argumentos, o mejor, de profecías favorables o contrarias. Los que no somos expertos en economía (algunas veces duda uno de que exista esa categoría) buceamos con dificultad entre medidas y opiniones tratando de descubrir alguna verdad, sin mezcla de populismo o de interés político espurio; el resultado es la frustración.

No existe una medida económica que no tenga efectos secundarios nocivos. Con frecuencia el acierto está en la dosis o en el momento, porque en la terapia casi todo el mundo coincide. En general elevar los impuestos y reducir el gasto son medidas contra el déficit, disparado por efecto de la crisis, y nadie duda de su bondad en este sentido, pero claro es una política restrictiva que frena el crecimiento: el plus de capital que se desvía hacía las arcas públicas por la subida impositiva se retira del mercado; si además se reduce la inversión desde los presupuestos, el efecto se incrementa. Entiendo que ningún gobierno emprendería una política así si no estuviera seguro de que la salida de la recesión ha comenzado ya, pero tantas veces se ha criticado a Zapatero de un optimismo fuera de lugar que es casi imposible no pensar si no estaremos otra vez en las mismas.

¿Cuál es la alternativa? Seguramente continuar por algún tiempo con medidas expansivas que estimulen el consumo, al fin y al cabo no existe inflación, sino más bien riesgo de deflación (7 meses consecutivos de bajada de los precios) y el endeudamiento no parece excesivo, además se ha hecho hasta ahora a un interés bajo, consecuencia de la coyuntura; ya habrá tiempo de recomponer el déficit. Sin embargo, se opta por restringir, doctores tiene la Iglesia, me limitaré a aguantar la respiración porque de equivocarse el gobierno el efecto será profundizar y prolongar esta bonita situación.

Hay algo que no puedo criticar: mantener las ayudas sociales e incrementarlas; eso aumenta los gastos corrientes, malo; pero es de justicia, bueno. Mantener un poco de sentido de la justicia social es ético y muy de agradecer. Me parecen contradictorios los discursos que cargan la responsabilidad de la crisis a los comportamientos inmorales de un grupo de capitalistas, como si todo se pudiera arreglar con mandar a la catequesis a los banqueros, y en cambio no aprecian el comportamiento ético del gobierno, que es su obligación, aunque tenga sus costes.

21 sept. 2009

Religión y psicoanálisis

Para los que la fe religiosa no nos dice nada, para los que ni siquiera decimos aquello tan vacuo y tan manido, “hombre, algo tiene que haber”, la persistencia del fenómeno religioso en el tiempo, su capacidad para perdurar por encima de cualquier circunstancia, su universalidad, tiene algo de misterioso. Por supuesto que no basta para convertirlo en una prueba de la existencia divina, como hacen muchos creyentes, pero sí que es un problema que reclama solución y que, al menos, frena con frecuencia la dialéctica de ateos y agnósticos.

Durante el siglo XX han proliferado los Estados laicos al ritmo que crecía el número de las democracias; incluso desde 1917 ha existido un grupo, que se definían como estados ateos, en los que la práctica religiosa sólo era tolerada; en ellos la religión desapareció de las escuelas y se ejercieron acciones positivas para erradicarla de las mentes de los ciudadanos y de los hábitos sociales. Por otra parte el progreso de la ciencia ha ido dejando sin sentido las cosmogonías religiosas y los mitos sobre el origen del hombre y su singularidad en la naturaleza. Además las condiciones de la vida moderna han trastocado en muy poco tiempo una buena parte del aparato ético de casi todos los credos convirtiéndolo en anacrónico. Cabría esperar ante esta acumulación de obstáculos un drástico retroceso de las creencias religiosas; pero eso no ha ocurrido. En los países que se proclamaron ateos las iglesias han recuperado en un santiamén (nunca mejor dicho) su antigua pujanza, demostrando que dos generaciones de bombardeo racionalista servía para lo mismo que aquellas bombas con las que las gaditanas se hacían tirabuzones. El más sensato laicismo y el progreso y difusión de la ciencia apenas si han logrado una cierta templanza y leve retroceso de las creencias. El trastorno de las costumbres ha tenido mayor efecto, pero, sobre todo, en el terreno de la militancia en las iglesias, que han perdido prestigio y capacidad de liderazgo, pero nada más. De África, del Oriente Próximo y del Asia islamizada mejor no hablar: allí la religión, convertida en bandera antioccidental, está en auge. ¿Por qué la racionalidad tiene tan poco efecto sobre las conciencias?

De las explicaciones múltiples que se han dado del fenómeno religioso a lo largo de la historia existe una que, me parece a mí, pone el dedo en la llaga y de ella se puede extraer una argumentación que desmonta el misterio.

Freud utiliza el psicoanálisis para dar una explicación coherente de la experiencia religiosa: en Totem y tabú y en Moisés y la religión monoteísta, desgrana una argumentación lúcida y atrayente en la que reduce el sentimiento religioso a la condición de una neurosis colectiva:

“los fenómenos religiosos sólo pueden ser concebidos de acuerdo con la pauta que nos ofrecen los ya conocidos síntomas neuróticos individuales; que son reproducciones de trascendentes, pero hace tiempo olvidados sucesos prehistóricos de la familia humana; que su carácter obsesivo obedece precisamente a ese origen; que, por consiguiente, actúan sobre los seres humanos gracias a la verdad histórica que contienen”.

En una muy conocida y genial fórmula: la neurosis obsesiva debe ser considerada como una religión individual y la religión como una neurosis obsesiva universal resume con maestría la conclusión de esta argumentación en la que obviamente no puedo entrar, pero si os remito a las obras citadas que se pueden leer o descargar en http://www.librodot.com/ (228K y 624K respectivamente).

Si realmente se trata de una neurosis obsesiva de carácter universal o colectivo anclada en la experiencia histórica de la especie humana, tenemos la clave para comprender su universalidad y su resistencia a los progresos de la razón y de la ciencia y la explicación de que incluso algunos científicos estén subyugados por ella; de la misma manera, una neurosis obsesiva individual no se erradica con argumentos ni están exentos de padecerla las personas más inteligentes o con mayor formación, que seguirán revisando las puerta del coche tres veces consecutivas o caminando sin pisar las juntas de las losetas por muchos que sean sus conocimientos y su inteligencia.

10 ago. 2009

Farenheit 451

Ray Bradbury creó una situación de pesadilla en Farenheit 451. Como en 1984 de Orwell y en Un mundo feliz de Huxley la población, alienada y sometida por el poder mediante la propaganda y el control exhaustivo, aceptaba con docilidad su situación sin plantearse alternativa alguna. El titulo de la novela hace referencia a la temperatura a que arde el papel, unos 233ºC; en ella brigadas especiales de bomberos buscaban y quemaban cuantos libros hallaban, porque según la doctrina gubernamental su lectura creaba ansiedad y desigualdad entre los hombres, dificultando la consecución de la felicidad, objetivo supremo.

En la literatura de anticipación las imágenes del futuro que se nos ofrecen pueden encontrarse siempre en el pasado. Por fértil que sea la imaginación del novelista, al fin, lo que ocurre es que se trasladan hechos pretéritos insertándolos en una sociedad por venir. En el caso de la destrucción de los libros esto es más que evidente: sería difícil enumerar las veces que ha ocurrido en la historia, imposible inventariar lo destruido, y mucho más evaluar el daño causado. Los totalitarismos gubernamentales y eclesiásticos, en su afán por controlar a las personas y sus mentes, han sido en todos los casos los tristes y airados protagonistas.

En la Antigüedad, la ciudad de Alejandría se dotó, con un esfuerzo perseverante durante decenios, de la biblioteca más importante de su tiempo por el número y la variedad de sus fondos, y con ella de una institución emblemática del saber y el conocimiento en todas las épocas. Vinculados a la biblioteca estuvieron Eratóstenes, que midió las dimensiones de la Tierra y su distancia al Sol, e Hipatia, matemática y filósofa, por citar sólo a su primer y último responsable respectivamente. Un incendio accidental cuando Cesar desplegó allí sus legiones dañó parcialmente los fondos pero no a la biblioteca misma. En el S. V, en el combate que libraba el cristianismo entre sus diferentes facciones y contra el paganismo con todo lo que representaba culturalmente, la biblioteca fue incendiada e Hipatia asesinada por bandas de fanáticos impulsados por el patriarca Cirilo, que luego sería elevado a los altares. Puede ser que algo quedara de la biblioteca y cuando el islam se enseñoreó de la ciudad acabó con ella; se dice que el califa Omar argumentó ante el dilema de quemar o no los libros: Si está en el Corán es superfluo y si no lo está es pecaminoso. La mayor compilación del saber de la antigüedad había sido devorada por las llamas del fanatismo religioso.

En el S. X en Córdoba se vivía un auténtico renacimiento. El califa Al-Hakan II, ilustrado y amante de los libros consiguió reunir una inmensa biblioteca trayendo ejemplares de todos los rincones del mundo. Se cuenta que un barrio entero de la ciudad se dedicaba a tareas complementarias, como la más delicada e importante de copiar los textos, para lo que se empleaba a centenares de mujeres, de alguna de las cuales conocemos sus nombres. Se asegura que logró reunir 400.000 volúmenes, de los que unos miles estaban anotados y comentados por el propio califa, lector incansable. Poco después de su muerte el poder cayó de hecho en manos de Abú Amir, llamado Al-Mansur (Almanzor) que contaba entre sus cualidades el despotismo y el rigor religioso. Tan pronto tuvo oportunidad la biblioteca fue espulgada de aquellos textos considerados peligrosos para la fe, especialmente de filosofía y astronomía. En el siglo siguiente se produjo la invasión de los almorávides, fundamentalistas islámicos que habían creado un imperio en el norte de África. Al extenderse por Al-Andalus hicieron desaparecer brillantes manifestaciones de la cultura andalusí, entre ellas lo que quedaba de la biblioteca. Otra vez en nombre de Dios se atentaba gravemente contra la inteligencia y el trabajo racional.

En el S. XVI, el prelado fray Diego de Landa, franciscano por lo demás ilustrado, organizó un auto de fe para quemar miles de manuscritos mayas que habían logrado requisar a los indígenas, según cuenta él mismo: Hallámosles gran número de libros de estas sus letras, y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del Demonio, se los quemamos todos, lo cual sentían a maravilla y les daba pena. La cultura escrita maya desapareció y hoy todavía se intentan descifrar los jeroglíficos que han quedado en dos o tres códices que milagrosamente conservamos.

En algunos casos se trataba de papel, en otros de papiro o pergamino y la temperatura de ignición variaría ligeramente, pero, en todos, el daño causado fue irreparable, porque los textos, escritos manualmente, eran con frecuencia únicos. Los enemigos de la libertad lo tenían muy fácil, conseguir 233ºC está al alcance de cualquiera. Hoy las técnicas de difusión de la cultura son más complejas y también han de serlo sus contrarias. No es un seguro, el fanatismo aún anda suelto, pero da cierta tranquilidad.

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Ilustración por gentileza de Pep Boatella

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30 jul. 2009

El futuro de la izquierda

En El Capital, y en otras obras, Marx analizó las contradicciones internas del capitalismo que, a la postre, auguraba, habrían de acabar con él. El mensaje revolucionario que creó consistía en acelerar y provocar el colapso. Entendía que sin el concurso revolucionario de los trabajadores el sistema podría orillar sus contradicciones más graves y perpetuarse evolucionando en una dirección no prevista. Al fin, es lo que ocurrió: la revolución, que tendría que haber sido universal, se produjo sólo en la periferia del sistema –la Rusia semifeudal del 17 y la China agraria del 49–, dando lugar a una caricatura del comunismo que después de enquistar durante seis decenios acabó por implosionar. No resistió el contacto con un capitalismo renovado que había logrado aunar un crecimiento espectacular con la elevación del nivel de vida de los trabajadores, entre los que la conciencia de clase se diluyó. La libre competencia en el mundo occidental generaba un crecimiento tecnológico y de la productividad que al comunismo burocrático del Este se le hacía imposible alcanzar a golpe de decreto.

El colapso inevitable del “socialismo real” produjo el desconcierto en la izquierda, de hecho ya confundida desde hacía tiempo por las insuficiencias democráticas del sistema y por los éxitos del capitalismo. En realidad el capitalismo con la “ayuda” de la presión sindical y del reformismo socialdemócrata había logrado una síntesis que lo situó en un nuevo nivel.

Las contradicciones, sin embargo, subsistieron, transformadas unas, enmascaradas otras, agravadas algunas: hemos visto como las finanzas se han apoderado del control de la economía operando con ubicuidad desde cualquier punto del Planeta, mientras las industrias emigran al Tercer Mundo donde hoy reside el nuevo proletariado, tan desprotegido como en los peores tiempos de la revolución industrial; los trabajadores del centro, transmutados en clases medias, han asumido la ilusión de haber superado la explotación, pero conviven con un lumpen subsidiado y masas de inmigrantes desarraigados, desclasados y sin derechos; la concentración del capital sigue su curso, creando corporaciones gigantescas mediante absorciones, fusiones y opas que cuestionan la autonomía y la propia existencia de los estados; la producción creciente impone un consumismo acelerado que desafía el equilibrio natural del Planeta agotando recursos irremplazables y degradando y contaminando el medio de modo probablemente irreversible.

La crisis sobrevenida en el momento en que parecía que nada ni nadie podría detener la maquinaria triunfal del capitalismo ha puesto en cuestión su fortaleza, su coherencia y sus procedimientos. Por un momento han vuelto a sonar en los foros económicos los nombres de Keynes y hasta de Marx y Engels, y, sin embargo, la izquierda política no se ha distinguido en nada sobre las soluciones a aplicar, e incluso está siendo derrotada en los comicios en todas partes por un electorado que confía más en la derecha para que lo saque de la depresión; la única izquierda que parece prosperar es el penoso populismo latinoamericano y el P.C.CH en funciones de trader. Nadie parece esperar ni desear una alternativa real. Ante tal situación, sin duda, el capital tomará nota, como ha hecho tantas veces en condiciones mucho peores, y aplicará algunas reformas que hará que a la recuperación de la actividad nos encontremos con un sistema, que será el mismo, pero que el lavado de cara sufrido nos permitirá aplicarle algún calificativo novedoso, y otra vez la locura.

Sin duda la izquierda seguirá teniendo un papel, pero en poco parece que se vaya a diferenciar del de los últimos años; es decir, un papel subsidiario, tocando poder de vez en cuando, aquí y allá, faltaría más; con programitas sociales que bien podrían basarse en la Rerum novarum, y alguna cuestión sobre costumbres, entreverada de derechos, que resultan tan espectaculares: escandalizan a los de enfrente y entusiasman a los de acá.

¿Cabe esperar algo más? Quizá no. El personal no parece demandar gran cosa en este sentido y en este momento, a pesar de que los tiempos son recios, que diría un clásico. ¿Tenemos pues la izquierda que nos merecemos? Probablemente sí. La verdad es que últimamente había abandonado incluso el papel de mosca cojonera… el capital hasta había dejado de mover el rabo… Algunos nos daríamos con un canto en los dientes porque lo recuperara.

Bueno, es un futuro.
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24 jul. 2009

Locura y religión


Recuerdo haber leído de niño una biografía de Juana de Arco. Todavía conservo nítida en mi memoria la imagen de una de las ilustraciones del libro en la que Juana desenmascaraba ante la corte francesa la burla que habían querido hacerle presentándola ante un cortesano que suplantaba la personalidad del príncipe Carlos: “¡Oh, no! Vos no sois el Delfín”, rezaba el pie del dibujo, como expresión indignada de la Doncella de Orleans. Éste y otros sucesos milagrosos, especialmente voces de diversos santos que le indicaban lo que había de hacer marcaron su trágica epopeya. Unos la tomaron por santa y la siguieron ciegamente, otros la consideraron bruja, poseída por el demonio, y acabaron enviándola a la hoguera; posteriormente, por las especiales circunstancias del suceso se convirtió en un símbolo patriótico de los franceses. Hoy, cualquier persona informada de los entresijos de la mente no dudaría en considerarla un caso de alteración neurológica y/o esquizofrenia.

La historia de las religiones ha aportado una ingente cantidad de dementes, individuos con taras psíquicas, a veces invalidantes, que han influido decisivamente en ellas, cuando no han sido sus propios creadores. Una lectura de la Biblia nos conduce a la inevitable conclusión de que la totalidad de los profetas mayores hubieran pasado por el manicomio, de ser otros los tiempos. Pablo de Tarso descubrió a Cristo camino de Damasco como consecuencia de una crisis histérica, con alteraciones sensoriales (pérdida temporal de la vista) incluidas; un caso de libro. Nos han quedado testimonios reveladores de la sintomatología que sufría Mahoma cada vez que era objeto de revelaciones por la intermediación del arcángel Gabriel, lo que no deja muchas dudas para un diagnóstico objetivo, al margen de la fe.

En las religiones reveladas sus profetas, sus predicadores, incluidos Jesús y Mahoma, solían entregarse durante un tiempo al ayuno en lugares desérticos (generalmente 40 días; por encima de esa cifra el organismo corre serio peligro de colapsar) en busca de no se sabe bien qué verdades o revelaciones (en esa situación Jesús fue tentado espectacularmente por el demonio y Mahoma recibió las primeras visitas del arcángel). Lo cierto es que en tales condiciones carenciales la mente está en la mejor situación para producir febriles alucinaciones, en ningún caso verdades de ningún tipo. Para eso se requiere un cerebro bien nutrido y libre de estrés o angustias de conciencia; desde luego, el desierto con una alimentación de insectos y otras sabandijas no es el mejor de los medios. Sin embargo, la historia nos muestra que tal práctica tuvo gran predicamento en el cristianismo, islamismo, hinduismo, etc. y se extendió a simples seguidores, como procedimiento para hacer méritos, pero también para lograr el “verdadero conocimiento” y la comunicación con la divinidad. El resultado no es la clarividencia, como creían, sino la demencia, como sabemos hoy. El procedimiento recuerda a los médicos antiguos que aplicaban sangrías a los pacientes induciéndoles un estado de debilidad añadido a su enfermedad con resultados a veces fatales.

Nuestros días viven momentos de cierto desprestigio de las iglesias y los credos religiosos (algunos), lo que ha desviado la atención de los que sufren esas alteraciones hacía otros ámbitos: ocultismo, esoterismo, adivinación, videncia, extraterrestres, etc. Por eso, quizá, tenemos la sensación de que son cosas del pasado, aunque a diario estemos sometidos a la influencia, a veces pesada y dura, de lo que engendraron aquellas mentes.

La ignorancia sobre las enfermedades mentales justifica que en la antigüedad se considerara que los afectados estaban en relación con la divinidad o las fuerzas demoníacas. En nuestro tiempo carece de toda lógica que sigamos callando sobre estas evidencias, haciendo el juego al oscurantismo y la superstición, con el silencio de los expertos. ¿O es que los expertos dejan de serlo cuando se interpone la fe?



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ILUSTRACIÓN: Juana camino Reims. Nantes. S:XV
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16 jul. 2009

El hombre y el Universo


Alguien me contó que de pequeño siempre que había un día de fiesta pensaba que era por él, como su cumpleaños o su onomástica; se creía el centro del Mundo. La humanidad ha tenido también su infancia y durante milenios se ha creído el centro del Universo: las plantas y los animales estaban ahí para alimentarle y servirle; las estrellas, la Luna y el Sol para iluminar sus días y sus noches, darle calor y orientación. El mito judeocristiano de la creación no deja dudas. Pero, poco a poco, como el niño, con desilusiones y frustraciones, va tomando conciencia cierta de su verdadero papel: ya en el XVI era evidente que la Tierra no era el centro de un Universo que hubiera permanecido inmutable desde el principio de los tiempos, sino un planeta más del sistema solar; poco después, que nuestro Sol era tan sólo una de los millones de estrellas que componen la Vía Láctea, que a su vez no es más que una de las incontables galaxias que pueblan el firmamento. Hoy la ciencia sabe esto y, además, que el hombre no es el final de ningún proceso, ni pieza clave en ningún proyecto.

El mito moderno de los orígenes se cuenta así: 
Hace unos 15.000 millones de años todo lo existente se concentraba en un punto de volumen ínfimo y extrema densidad, momento en el cual se produjo el Big Bang, la explosión con la que comenzó la expansión y enfriamiento del universo, proceso que aún perdura. Instantes después de la explosión las altísimas temperaturas produjeron la aniquilación recíproca de materia y antimateria generando inmensas cantidades de radiación; pero quedó una pequeñísima parte de materia –una diezmilmillonésima parte de la materia inicial– de la cual deriva todo lo existente. Los átomos de H, el elemento más simple, se forman entonces y todos los que existen en el universo son los mismos que se originaron en ese momento. La posibilidad de que en el futuro algunos de esos átomos llegaran a formar parte del hombre era ínfima y podía considerarse despreciable.

El resultado de la mutua interacción de las cuatro fuerzas básicas del universo –gravitatoria, electromagnética y nuclear fuerte y débil– fue la formación de todos los objetos celestes. Las estrellas son enormes acumulaciones de gas y polvo, en cuyo núcleo se consume H y después He hasta agotarlos, produciendo radiación que sale a la superficie y se emite en su entorno. Cuando se agota el combustible la estrella muere siguiendo diferentes procesos según su masa. Miles de millones de estrellas han nacido, evolucionado y muerto hasta este momento. En torno a las estrellas, atrapados por su fuerza gravitatoria, se van formando por agregación de polvo y rocas nuevos cuerpos que acaban constituyendo los planetas. Los más cercanos a la estrella serán desiertos rocosos abrasados por su intensa radiación, los más lejanos, de hielo y gas, gigantes gaseosos; sólo a la distancia justa puede existir un planeta con agua líquida como la Tierra.

En el medio acuático que cubría la Tierra los elementos que son responsables de la vida –hidrógeno, oxígeno, carbono y nitrógeno– formaron, ayudados por la radiación solar, diversas combinaciones cada vez más complejas que interactuaban con el entorno del que obtenían algunos elementos y al que cedían otros, así surgió la vida. Aparecen las plantas, más tarde los animales y hace unos cuatro millones de años la especie homo de la que somos parte. Si los quince mil millones de años de existencia del Universo los concentráramos en uno sólo resultaría que los primeros ancestros del hombre llegaron tan sólo dos horas antes de que se acabara el año.

La insignificancia del hombre frente a la inmensidad del Universo es manifiesta en el tiempo y en el espacio. Su habitat, la Tierra, no es más que un pequeño planeta, que bien pudo no existir, en el sistema de una estrella de tamaño medio perdida en el extremo de una galaxia, en un Universo que las cuenta por millones; su tiempo, fracción ínfima del lapso total, terminará probablemente mucho antes de que el Sol haya llegado a su fin, mientras miles de millones de estrellas nacen y mueren en el transcurso de un periodo para nosotros inabarcable; su génesis como ser vivo, resultado de un proceso evolutivo de gran complejidad y fragilidad, que pudo haber cambiado de dirección y resultados en infinidad de ocasiones según las cambiantes situaciones del entorno, y que tan sólo un día antes de que acabara el año, si seguimos nuestra anterior simulación, era impensable su aparición.

Podemos concluir que su existencia es trivial, su destino indiferente, su trascendencia insignificante, su finalidad quimérica.
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Annia Doménech: La Tierra era plana porque así la veia el hombre. En Caos y Ciencia.

25 jun. 2009

La Renta Básica de Ciudadanía

Hay pobres porque hay ricos; o, lo que es lo mismo, la riqueza necesita de la pobreza para existir. Los ricos lo saben porque no son imbéciles y, cuando lo son, lo presienten; por eso les huele a chamusquina cualquier política de promoción social, por eso son de derechas. Adam Smith, el apóstol del liberalismo, mil veces prostituido por los suyos, calculó con afán científico la cantidad de pobres que se necesitaban para sostener la existencia de un rico propietario: «Cuando hay grandes propiedades hay grandes desigualdades. Por cada hombre muy rico debe haber al menos quinientos pobres» (La riqueza de las naciones, 1776). No sé si la proporción habrá cambiado, pero sí sé que la relación entre los salarios altos (hoy muchos ricos son asalariados) y los bajos rebasan esa cifra de quinientos.


Que la pobreza es una situación de injusticia no necesita argumentos, aunque haya aún algunos apegados a la explicación (muy americana, por cierto) del fracaso personal, del perdedor. No cabe duda tampoco de que los países que en la segunda mitad del siglo pasado construyeron el Estado de bienestar estuvieron más cerca que nunca nadie de erradicarla. Sin embargo, jamás se ha ido más allá de leyes protectoras, de subsidiar determinadas situaciones, de proporcionar servicios básicos gratuitos, etc. Hoy, después de la ridícula debacle del neoliberalismo, necesitamos dar un paso adelante, no ya recuperar el Estado de bienestar, sino algo más. Se trataría de reconocer el derecho de todo ciudadano a percibir una renta incondicional, independiente de su género, estado civil, situación familiar, riqueza o cualquier otra consideración; una renta de subsistencia que, en la máxima situación de desamparo en que pudiera caer, le permita subsistir dignamente. Hay que contemplarla como un derecho, no como un subsidio o una ayuda para pobres o desvalidos de algún tipo, por eso deben percibirla todos sin ninguna condición de edad o de situación socioeconómica.

Existen muchas críticas a esta propuesta, que no es tan nueva como podría creerse (las primeras formulaciones datan del S.XVIII), pero la que más interesa desmontar es la que asegura que es económicamente inviable. Existen varios estudios, uno de ellos el que realizaron en 2005 ARCARONS, J., BOSO, À., NOGUERA, J.A. y RAVENTÓS, D., a propósito de su viabilidad en Cataluña. Según ellos mediante una reforma en profundidad del IRPF, que establezca un tipo único (57,5%) y la exención de un tramo hasta alcanzar la cuantía de la Renta Básica, se podrían garantizar 5.400 € para los adultos y 2.700 € para los menores, manteniendo un nivel similar de cotización al de hoy salvo para las rentas más altas, que se elevaría algo[i]. Naturalmente la Renta Básica sustituiría a cualquier otra renta, subsidio o pensión pública inferior a ella.

Otra crítica que surge a primera vista, casi de modo automático, es que pocos estarían interesados en trabajar. Conviene cuidar de que no la hacemos desde el prejuicio, no sea que nos ocurra como a Trichet, Ordoñez y tantos altos ejecutivos, que sienten y manifiestan, un día sí y otro también, la necesidad de flexibilizar el mercado laboral, desde sus empleos blindados con leyes o millones de euros y sin que se les mueva un músculo de la cara; o como a muchos burgueses decimonónicos que les costaba pensar que subir los salarios a los obreros sirviera para otra cosa que para que pasaran más tiempo en la taberna o el prostíbulo. Lo cierto es que en el Estado de Alaska existe ya, financiada con un fondo soberano que se alimenta de los excedentes de la explotación de hidrocarburos, y no ocurrió nada de eso. De todos modos pienso que seguramente habría que soportar un cierto nivel de holgazanería por algunos individuos, pero nada que no hayamos visto y tolerado desde siempre entre los ricos.

La Renta Básica de Ciudadanía sería el primer intento serio de erradicación de la pobreza desde la dignidad republicana (seguramente también de la riqueza excesiva). En suma, un paso en la dirección de la justicia. No me extenderé en analizar los múltiples beneficios que aportaría, por ejemplo para la autonomía de los jóvenes y las mujeres, por no hacer interminable este post. Os dejo a vosotros la tarea como un buen ejercicio de imaginación solidaria.
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[i] Una explicación más detallada aquí.

22 jun. 2009

El capitalismo convaleciente

El capitalismo ha sido el sistema económico capaz de crear más riqueza en la historia de la humanidad. En su forma de capitalismo industrial amenazó con incinerar en el proceso de producción masiva de mercaderías a la ingente masa del proletariado sobre la que se sustentaba. Marx vio que una contradicción tan importante acabaría con él, y si los trabajadores tomaban conciencia y eran capaces de utilizarla en su provecho podrían liderar un cambio de sistema hacia una sociedad igualitaria y justa. La última parte del XIX y la primera del XX ha sido el escenario temporal de esta epopeya. En todos los momentos críticos que se presentaron en esos largos cien años pareció que el capitalismo corría peligro de muerte, la alternativa comunista era una realidad palpable, para muchos aterradora, para otros esperanzadora.


Hoy, otro momento crítico, las cosas se presentan de distinto modo. Nadie pone en cuestión el capitalismo por dos razones básicas: 1) el sistema logró ir superando algunas de sus más peligrosas contradicciones; 2) el comunismo se desprestigio en la delirante experiencia en que desembocó la revolución soviética. La presión del movimiento obrero, la deriva de parte del marxismo hacia el reformismo socialdemócrata y la propia iniciativa y capacidad de supervivencia del capitalismo se combinaron para acabar con la explotación brutal de los trabajadores –incorporándolos al sistema como consumidores además de cómo productores– y crear una sociedad de bienestar, que tuvo momentos de esplendor hace más de una década y que se convirtió en la sociedad más próspera, más justa, democrática y libre que haya existido jamás. Como esta experiencia se ha dado en el ámbito del libre mercado en el momento en que el comunismo agonizaba en medio de un colapso nada heroico, es difícil pensar en una alternativa al sistema hacia esta dirección.

Desde los gobiernos, de derechas o socialistas, las políticas que se están aplicando no difieren gran cosa, todos han optado por modelos keynesianos de intervención y de estimulo de la demanda, procurando no desmantelar lo que queda del estado de bienestar, mermado por la pasada ofensiva neoliberal, que la favorece. Las diferencias están más en el énfasis que se ponga en cada cosa o que a cada uno le interesa mostrar. La derecha española desde la oposición, en cambio, apoyada por algunas instituciones importantes (Banco de España), insiste una y otra vez en la reducción de impuestos y en la reforma del mercado laboral, recetas manidas del liberalismo, que ellos mismos se cuidarían de no aplicar si obtuvieran el gobierno.

Sólo desde la izquierda no parlamentaria, muchas veces procedentes de movimientos ciudadanos sin estructura de partidos, se están planteando propuestas novedosas, valientes y algunas muy atractivas. Me refiero a ATTAC que lleva años proponiendo el desmantelamiento de los paraísos fiscales, recogida en las últimas cumbres mundiales, aunque aún no se han visto acciones concretas, y la aplicación de una tasa mundial sobre las transferencias de capital, en un intento de humanizar la globalización domesticándola. Otra muy interesante, que en España ha sido elevada al Parlamento por IU y ERC, pero que ha surgido en otros movimientos (Red Renta Básica –RRB–, Basic Income Earth Network –BIEN–), es la implantación de una renta básica incondicional para todos y cada uno de los ciudadanos, incluidos los menores, que haría real el ejercicio de la ciudadanía sin que la pobreza lo convierta en una entelequia.

Estas propuestas reciben siempre la crítica de ser utópicas, pero todas ellas están estudiadas con detalle por expertos y la verdad es que tienen pocos flecos por controlar. No hay utopía, sino deseo de cambio y trabajo positivo y eficiente. Solo falta que les prestemos mayor atención. En el próximo post me propongo exponer los fundamentos de la Renta Básica de Ciudadanía.

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La ilustración es de Bartolomé Seguí.

16 jun. 2009

Cristiano Ronaldo y Atila

Durante dos días consecutivos he estado viendo en la edición digital de El País que la noticia más consultada por los lectores era una que ponía en boca de Cristiano Ronaldo la frase: «Me encanta cuando me abuchean, me gusta ver el odio en sus ojos y escuchar sus insultos». Tanto me molestaba la dichosa máxima que al final ojeé el artículo, aunque rara vez leo algo de deportes, es una literatura que encuentro deplorable. El autor del reportaje endulzaba la afirmación calificando la actitud del futbolista de «hambre de triunfos». De entre todas las hambres posibles esta me parece la más fácil de calmar, bastarían un par de buenos fracasos, lo que le deseo fervientemente (sólo por darle gusto, a él le encanta que le odien.


No he podido evitar el paralelismo del esperpento pronunciado por el chaval con el que se atribuye a Atila: «no hay espectáculo más gozoso que arrastrar detrás de tus caballos a los enemigos mientras que escuchas el llanto de sus mujeres y de sus hijos». La literatura está plagada de loas de los guerreros a la excitación de la batalla, el olor de la sangre y la gozosa contemplación del terror en los ojos del enemigo. Se me dirá que me he pasado tres pueblos en la comparación, pero si lo analizáis con calma descontando las distancias cronológicas y de situación, tendréis que reconocer que ambas truculencias son idénticas.

A estas alturas, muchos habréis empezado a pensar que el deporte no es santo de mi devoción. Estáis en lo cierto. No sólo no lo practico (gracias a lo cual me encuentro, pese a mi edad, en excelente forma física, aunque últimamente haya un par de articulaciones que empiezan a traicionarme), sino que detesto la cantilena de sus presuntos valores.

Se suele decir que estimula una sana ambición (el hambre de triunfos de que hablábamos), pero el deseo de ganar siempre, en todas circunstancias, ser el primero, el mejor, el único, a mí, y a cualquiera que no esté mediatizado por el lugar común de la bondad deportiva, me parece una actitud enfermiza y odiosa, digna desde luego del diván de un psiquiatra. La solidaridad, la fraternidad y la cooperación en el equipo son valores que encontramos en cualquier grupo humano desde las cofradías de malechores a las unidades militares pasando por asociaciones humanitarias o de cualquier tipo, sólo que en el deporte planea sobre ellas, amenazante, la sombra de la competición. La aceptación de la derrota es una medida de supervivencia en un colectivo en el que el 99% son carne de fracaso; pero también aquí hay otra sombra, la revancha, que garantiza que no decaiga la competición. El sometimiento a unas reglas y el comportamiento caballeresco existe en cualquier forma de competición incluida la más brutal, a la que tanto debe el deporte: la guerra, que siempre estuvo reglada y en la que nació la caballerosidad frente al enemigo y frente a los no combatientes.

Nada hay en el deporte que no se pueda encontrar en muchas actividades humanas y, desde luego, existen en él comportamientos enfermizos, perversos o que inducen a la transgresión y a la violencia y que le son propios, como estamos hartos de ver y de vez en cuando nos recuerdan personajes antipáticos como el tal Ronaldo. Naturalmente el ejercicio físico y el juego son imprescindibles entre los humanos y especialmente entre los niños y los jóvenes, pero eso es una cosa y otra el deporte, que tiene una carga ideológica que no todos estamos dispuestos a soportar. Todo ello sin contar con su comercialización que ha provocado la omnipresencia en todos los ámbitos, la invasión y saturación en los medios de comunicación, el mayor despilfarro conocido y el escándalo económico, y, consiguientemente, la demonización y el desprecio de los que nos resistimos a entrar en el juego. Como profesional de la enseñanza, nunca acepté que el deporte aportara a los alumnos unos valores que no pudieran adquirirse por otras vías, incluso pensé que contenía elementos muy negativos y siempre me causó perplejidad la justificación de muchos padres: «mientras, no piensan en otras cosas» ¿A qué otras cosas se referían? ¿Cómo imaginaban las mentes de sus hijos? Expresé mi punto de vista en multitud de ocasiones, pero siempre tuve que introducir algún elemento jocoso para que no se me tomara por un desequilibrado.

Hoy ya no tengo que disimular: no me gusta el deporte; tampoco el cenizo de Ronaldo, ni Nadal mordisqueando sus copas, ni Alonso (pobrecito ¿cuándo ganó la última vez?); me carga el senderismo agónico de Edurne, el triplete (vaya palabreja) del Barça y lo arrastrado que puede ser el motorismo. ¡Puaf!

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En la foto Ronaldo manda callar al respetable