1 dic. 2009

¿Qué Europa?

Hay gente que escribe porque tiene las ideas claras; otros lo hacen precisamente porque no las tienen y necesitan despejar sus propias incertidumbres; pero hay quien no sólo no tiene certeza alguna al comenzar sino que finalizando comprueba que sus dudas aumentaron. Me ha ocurrido esto con mucha más frecuencia de lo deseable y si no borré lo escrito, tantas veces, fue más por pereza que por honestidad intelectual. Con el tema de hoy me puede ocurrir otro tanto, lo aviso (me aviso) de antemano.

¿Cuántas posibles Europas hay? Contestar que infinitas no es demasiado original pero sí quizás lo más acertado. Si por posible entendemos que tengan posibilidades ciertas de verse realizadas el número se reducirá drásticamente. El problema es que entre lo que nuestra imaginación es capaz de concebir y lo que la realidad ofrece suele haber distancias abismales. Cuando hablo de realidad incluyo en las circunstancias con que nos encontramos las imágenes de los otros, de los que no comparten las nuestras.

A mediados del XIX muchos centroeuropeos se sentían alemanes pero no contaban con un Estado, o mejor dicho, había más de treinta que merecían ese calificativo. Una generación después Alemania era una gran potencia (produce escalofríos esta expresión, a los nacionales de emoción patriótica a los ajenos de temor) y lo había logrado convirtiendo los sueños de los románticos nacionalistas en la pesadilla de tres guerras sucesivas («a sangre y fuego» según expresión de Bismarck, su hacedor). De Italia se puede decir otro tanto, cambiando escenarios y protagonistas. Ambos podrían ser modelos, pero todos rechazaríamos los modos y muchos también el resultado.

Poco antes Napoleón había casi unificado Europa, pero de no ser porque portaba la aureola de la revolución podríamos, por las intenciones, comparar su imperio con el de Hitler. Antes aún, Carlos I (V como emperador) concebía una Europa unida bajo su cetro como la Universitas Christiana de resonancias medievales. Podemos concluir que los antecedentes tampoco son alentadores, pero sí tan grandilocuentes como fracasados.

Cuando después de la guerra se dieron los modestísimos primeros pasos para la unidad la única gran idea era superar la catástrofe. Ahí radicó su éxito. La característica esencial de la UE ha sido siempre la modestia y lo utilitario de cada paso, sin cerrar nunca la posibilidad de avanzar más. Así superó a todos los numerosos intentos de integración surgidos en el mundo, casi siempre estancados a corto plazo cuando no rotundamente fracasados y, aunque con ralentizaciones y crisis, nunca dejó de avanzar. Contó con líderes brillantes, grises mandatarios y hasta opositores poderosos, pero todo fue aprovechado para avanzar con pies de plomo y afianzar posiciones. El manoseado déficit democrático no es más que la cristalización de la reticencia de los propios ciudadanos a desnudar de soberanía a sus Estados; conviene no olvidar que uno de los frenazos y más aguda crisis de todos los sufridos, aún por superar, se produjo por la negativa popular en referéndum a la Constitución en Francia y Holanda y después al Tratado de Reforma en Irlanda. Preocupa a la izquierda la orientación económica, pero no sé de qué otro modo podría ser cuando los Estados socios militan sin excepción en el neoliberalismo; la prioritaria preocupación por el mercado común me parece una de las claves del éxito, no un defecto.

Hoy se da un paso más; después de la ampliación que a muchos pareció excesiva, demasiado rápida o prematura se hacía necesaria una reforma de la arquitectura interior y de los mecanismos; ¿es poco?, ¿demasiado?, ¿mal orientado? Lo importante es que permita seguir adelante. El resultado que vamos obteniendo puede no ajustarse a nuestros sueños, pero al despertar no nos encontramos con una realidad deleznable o inasumible. Los sueños son individuales, de difícil transmisión, podemos vivirlos en soledad; la realidad es el escenario de la convivencia, de lo compartido.





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