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9 ene 2013

La gran estafa piramidal

Cuando en la época escolar estudiábamos las leyes de la palanca se nos recordaba que Arquímedes había dicho al respecto: «Dadme un punto de apoyo y moveré el Mundo». Lamentablemente en la escuela no se estudiaban los fundamentos de la economía y el dinero, no menos fascinantes, así que nadie pudo contarnos que Rothschild, eminente banquero, había declarado: «Dadme el control del dinero y ya no importará quién haga las leyes»
Por otra parte, sin duda conocéis lo que es una estafa piramidal. Podría definirse como un proceso en el que las ganancias que obtienen los primeros inversionistas son generadas gracias al dinero aportado por ellos mismos o por otros nuevos inversores que entran por el señuelo de obtener grandes beneficios. El sistema sólo funciona mientras haya nuevas inversiones. Fue conocido como esquema Ponzi por el nombre de un inmigrante Italiano que lo hizo famoso en USA en los años 20 tras una monumental estafa. El sistema monetario actual depende en su mantenimiento del crecimiento indefinido de la deuda; es decir, que funciona como un esquema Ponzi.

21 nov 2012

¿De quién fiarse?


La troika, ese organismo surgido con la crisis de la deuda griega, portuguesa, etc., compuesto por los países acreedores de la eurozona (todos), el BCE y el FMI, cosechó anoche su enésimo fracaso al no ser capaz, de nuevo, de llegar a un acuerdo sobre las urgentísimas necesidades financieras de Grecia. En medio del bosque de tecnicismos con que los negociadores suelen enmascarar la realidad uno puede distinguir algunas verdades: 1) que el FMI ha mantenido una postura que podríamos calificar de comprensiva (¿Quién que haya seguido en el pasado, nada lejano, sus posiciones ante la crisis latinoamericana podría creerlo?), proponiendo una quita, sin la cual estima que Grecia es incapaz de pagar la deuda; 2) que los países de la eurozona se niegan a la quita (es lo único en que están de acuerdo) y exigen más recortes para garantizar el pago íntegro ¿Qué países de la eurozona?: Alemania, ¡Francia!, ¡¡Italia!!, ¡¡¡España!!! Visto lo cual la postura del BCE me parece irrelevante, aunque no he llagado a leerla, seguramente porque el impacto de lo anterior me había incapacitado para entender nada más.

Debe ser cosa de los políticos y los banqueros, pensé. Al fin y al cabo la cumbre está compuesta en exclusiva por especímenes de ambas especies, y… ya se sabe. La ciudadanía está hasta el coco de unos y de otros y lo demuestra a diario, manifestándose en privado y colectivamente, en los medios y en la calle. Lo que nos lleva a concluir, parafraseando el conocido chiste de las moscas, que no puede ser que millones de personas estén equivocadas a un tiempo.

Lo que pasa es que a renglón seguido leo que las posturas no cambiarán hasta que no se celebren las elecciones alemanas (esto se dice mucho, así que también será verdad), porque Merkel, que, como todo el mundo sabe, es quien maneja la batuta, no quiere arriesgarse a que sus paisanos la boten del gobierno por haber cedido ante los lloriqueos de los griegos, portugueses, españoles y demás irresponsables despilfarradores. Se deduce de lo anterior que una vez celebrados los comicios y ya sin la presión ciudadana, el acuerdo será posible. ¡Claro! Es que la democracia representativa, que dicen que ya no funciona, todavía es capaz de prescindir de un gobernante no deseado aunque sea cada cuatro años. Deduzco que si no hubiera elecciones y las decisiones emanaran directamente y en cada momento del paisanaje, como dicen muchos que debe ser, es obvio que no habría que esperar a nada, ¡ya se habría condenado a Grecia definitivamente hace mucho!

Que alguien me explique ¿De quién no hay que fiarse? ¿De los políticos? ¿De los banqueros? ¿De los paisanos? Empiezo a pensar que de quien no debo fiarme en absoluto es de mí mismo.

Si hubiera alguno de fiar pediría hora al psiquiatra.

4 jul 2012

Empresarios


Para España ésta no es solamente una crisis de la deuda. Cierto que las manifestaciones de la debacle económica han ido focalizándose en la deuda, pública y privada. Primero en la privada por su volumen (70% del total), después en la pública por la caída de los ingresos. Por último en una amalgama explosiva en la que el Estado mete dinero en los bancos para garantizar su viabilidad y los bancos compran deuda soberana que no encuentra otra demanda en los mercados. Sin embargo, repito, este no es el problema principal.

La cuestión básica es que, una vez demolido el castillo de naipes de la construcción, aquí no hay actividad económica capaz de sostener el tinglado-país. Con una cuarta parte de la población activa en paro, y creciendo, las perspectivas son desoladoras. La iniciativa privada está paralizada por la falta de demanda y la inexistencia del crédito, y la restricción brutal del gasto público profundiza cada vez más en la depresión. La coyuntura no puede ser peor.

Pero, recordando tiempos mejores, hemos de reconocer que en los momentos exultantes del subidón económico, nunca nos acercamos al pleno empleo, por el contrario, siempre mantuvimos cifras muy por debajo de la media europea. El paro forma parte de nuestra estructura económica. A mi juicio, eso demuestra que el crecimiento era impostado, e importado. Se debía más a los beneficios que se derivaban de la pertenencia a la UE (moneda única, inflación controlada, bajos tipos de interés, subvenciones…) que a una mejora de nuestra peculiar dinámica económica. Una economía incapaz de emplear a su mano de obra disponible, que carece de los instrumentos necesarios para aprovechar con eficacia un recurso tan básico, es una economía raquítica o que adolece de malformaciones graves.

Cuando en los años sesenta los trabajadores españoles marchaban a Europa por centenares de miles en busca de empleo eran fundamentalmente población expulsada del campo que no encontraba en las ciudades españolas actividad suficiente para acogerlos. Hoy son jóvenes de alta cualificación los que ponen sus ojos en los mercados de trabajo exteriores. En ambos momentos la causa es una penuria de empresas que demanden sus capacidades y las pongan en valor aquí.

La falla principal, sin minusvalorar otras, se me antoja que está en los empresarios, en su número, en su cualificación y en su condición. Por alguna razón, por muchas y complejas quizá, la condición de empresario ni ha proliferado ni ha dado los mejores ejemplares por estos lares. Podría apuntar algunas de esas razones pero temo caer en el tópico y, en todo caso, obedecería más a la intuición que al análisis bien fundamentado. El caso es que, según parece, con el estímulo del crecimiento de los últimos años su  número se multiplicó, pero, si su condición era ya históricamente poco consistente, su propagación acusó los rasgos de frivolidad y ligereza de que adolecía tradicionalmente. Más que empresarios, simples especuladores que se agitan para obtener un buen bocado, aprovechando la coyuntura, con el mínimo riesgo y esfuerzo, pero dispuestos a abandonar al menor signo de dificultad, plantando a empleados y acreedores sin más. En España hay más capitalistas conocidos por sus quiebras que por el éxito de sus empresas. Los que han acumulado un patrimonio que permite que se les aplique el calificativo de capitalistas prefieren la inversión especulativa y, en todo caso, el refugio en paraísos fiscales. El atesoramiento de siempre. Los que por su cualificación  pueden optar a la gestión de grandes empresas (la noblesse de robe de la economía) se apresuran a acumular patrimonio o asegurarse blindajes millonarios, aún a costa de la viabilidad a medio o largo plazo de las propias entidades que tienen encomendadas,  como se ha visto.

Lo más sano se encuentra entre las pequeñas empresas y autónomos en vías de transformarse en empresarios, aunque en un alto porcentaje imiten en lo que pueden los comportamientos de los grandes, como es de esperar. Las actitudes de los poderosos son el horizonte de los demás. Las tradicionales virtudes de laboriosidad, perseverancia y riesgo calculado pasaron a hacer compañía a la ropa de otras temporadas.

En el examen general de conciencia en que estamos (inducidos a la autoflagelación por nuestros socios del norte), en la búsqueda de aquellos individuos o colectivos, o de aquel defecto o tara social que más culpa ha tenido en la crisis, yo apunto una raquítica y malformada clase empresarial, atenta al enriquecimiento fulminante, pero incapaz de aprovechar con eficiencia los recursos del país.




11 jun 2012

El aluvión informativo

         El agua es imprescindible para la vida. Su ausencia, aunque sea por poco tiempo, garantiza el desierto. Sin embargo, en el nicho ecológico de nuestra especie, somos animales terrestres, por muy imprescindible que sea su concurso, también puede llegar a ser mortalmente excesiva. Le debemos la existencia, pero si se presenta inopinadamente a raudales puede quitárnosla. La democracia no es concebible sin la información. Es el agua que nutre sus tejidos, permite que se oxigene y garantiza su funcionamiento. Pero como ella, también puede ponerla en apuros cuando se presenta como una inundación, cuando discurre en exceso y sin control, cuando nuestros recursos psicológicos y nuestra formación se muestran incapaces de procesarla.
Naturalmente que hay que saberlo todo, tener acceso a cualquier información, que nadie ni nada impida la expresión de nuestras ideas y el acceso a las de cualquier otro. Lo nefasto es la repetición inmisericorde desde los medios profesionales hasta rozar la tortura; la sucesión ininterrumpida de opiniones de toda guisa a modo de avenida, de manera que nos impida discriminar; la enfatización de informaciones sensacionalistas que muevan el mercado de la noticia; la transformación radical del servicio informativo en negocio informativo, produciendo una selección escorada hacía el beneficio, donde anida el sensacionalismo y otras perversiones. Es lo que se ha convenido en llamar intoxicación informativa, aunque aquí más que como un plan que busca determinados fines es el resultado sobrevenido de la mecánica del sistema.

El maremoto informativo de hoy tiene dos nombres: el fútbol y la crisis. No me interesa el fútbol, así que no me ocuparé de él por mucho que me agobie su enfermiza ubicuidad y me torture la lluvia de palabras hueras sobre sus supuestas virtudes para hacer patria, educar a los jóvenes o solazar a todos. Me ocuparé de la crisis.

Comparemos la del 92/93 con la presente. Las cifras macroeconómicas de aquella ocasión y las de hoy son asombrosamente intrcambiables. Entramos en recesión en el 92 con un crecimiento negativo de -0,9%; la cifra del paro se situó en el 20% en ese año pero alcanzó el 24,1 en el 94; el déficit público se situó en el 7%; La deuda alcanzó el 68% del PIB y sus intereses superaron el 6%. Si no hubiera advertido que se trata de los datos de hace veinte años parecería que estoy hablando de la situación actual. Para terminar de redondear el parecido, en diciembre de 1993 el gobierno decretó la intervención de Banesto, uno de los grandes bancos del momento, abocado a la quiebra.

Ni que decir tiene que los que vivimos aquellos acontecimientos éramos conscientes de la gravedad y de la trascendencia del momento y por supuesto los medios cumplieron con su deber informativo ampliamente. Sin embargo, no recuerdo que existiera la sensación apocalíptica que vivimos ahora. La presión de la prensa, la tv y la radio no era ni tan asfixiante, ni tan monocorde como en estos momentos. Y conviene decir que entonces estábamos solos, no había más rescate posible que el del FMI que se había mostrado crudelísimo en América Latina y Asia. Cierto que contábamos con la peseta que, por cierto, fue devaluada tres veces en nueve meses y amenazó con irse al garete, pero también es verdad que, como contrapartida, hubo que soportar cifras de inflación del 20 %, extraordinariamente persistentes. Hoy contamos con el respaldo de la UE, por mucho que reneguemos desconfiados, y, desde luego, con una moneda que sigue siendo una divisa fuerte, sin vaivenes y con una inflación mínima y controlada.

Objetivamente no parece que estemos viviendo una situación peor que aquella y, sin embargo, creo que la desolación y la sensación de falta de perspectivas son mucho mayores que entonces. Algo parece tener que ver el hartazgo informativo, que desde hace poco incluyó en la ingesta preparados de todos los rincones del mundo a los que accedemos desde nuestras pantallas con sólo un clic, pero sin tener idea de cómo digerirlos.

Cuando Felipe González bajó las prestaciones por desempleo y devaluó la peseta o cuando Aznar recurrió a un préstamo privado para pagar la extraordinaria de navidad de los pensionistas ¿no hubieran deseado tener la posibilidad de aceptar un préstamo como el gestionado ayer? El insufrible debate de si es un rescate, una intervención o simplemente un préstamo es ocioso y una manifestación más de la voluntad de los medios de seguir explotando el tema, o cortina de humo con otros intereses.

Otra cosa es que el gobierno esté a la altura, que sea incapaz de eludir los empellones de unos y otros, que mienta más que parpadea o que esté mucho más preocupado por salvar la cara que por salvarnos el pellejo.


17 abr 2012

Política y mercado


Nos cuesta pensar que los mercados no están dirigidos por grandes intereses concretos y singulares que actúan con efectos de conspiración sobre las economías de naciones debilitadas por causas diferentes, como Grecia o ahora España e incluso Italia. De hecho esos intereses existen y se mueven con hiperactividad y aparente autismo en dirección de su exclusivo beneficio, pero, quizás, sólo ejerzan sobre el conjunto una influencia que rara vez resulta decisiva.

El mercado es sólo la concurrencia de intereses, de manera que si un país acude ofertando su deuda, o sea, en demanda de financiación, él mismo forma, desde ese instante, parte del mercado al que ha acudido por su propio y exclusivo interés. No se puede buscar en el mercado otra cosa que intereses. Lo peligroso es que alguno de los concurrentes adquiera capacidad de manipulación por su envergadura o influencia. No hay mercados perfectos (en sentido económico: numerosa y homogénea concurrencia, información completa, libertad...) y el financiero tampoco lo es, aunque está más cerca de ella que muchos otros.

El mercado no dicta la política que han de seguir los gobiernos, contra lo que suele decirse. Para eso se necesitaría una dirección, un programa, en fin una vertebración de la que carece. Lo que hacen los infinitos agentes individuales que actúan en él es poner un precio alto a su dinero si el demandante de financiación no ofrece confianza o garantías suficientes para la amortización del capital y más bajo cuantas más ofrezca. Las políticas que parezcan garantizar mejor la devolución de los préstamos encontrarán así más fácil y barata financiación, mientras que las que en el mercado se vean como peligrosas para ese fin no se financiaran. Así pues no es que no haya alternativa a las políticas de recortes, es que las otras encuentran difícil financiación.

La confianza se basa en firmes datos objetivos, pero también tiene elementos de volatilidad en función de la coyuntura y de otras variables. Así, en tiempos de crisis se acentúan las exigencias y deja de tolerarse lo que en otro momento hubiera pasado cualquier control. Situaciones numéricas parecidas en distintos países pueden encontrar trato diferente en función del prestigio, la historia reciente, etc. Algunos o muchos de estos factores pueden combinarse y hacer la situación de un país insostenible aunque objetivamente no se encuentre en mucha peor situación que otros. Así pues, al margen de las magnitudes macroeconómicas, hay un margen político que puede usarse para alterar la confianza de los mercados (el PP creyó que el simple cambio de gobierno iba a facilitarles la tarea, aunque fue un error o no supieron aprovechar la circunstancia).

Pero un Estado no es una empresa, pese a que existe una tendencia a considerarlo así, como muestra la insistencia en hablar de la “marca España” cuando se refieren a la imagen exterior del país; o el recurso  a procedimientos propios de empresas mercantiles como el “apalancamiento”, en el que evidentemente se nos fue la pinza. La sustitución de la política por la economía, la invasión de técnicas y recursos empresariales en la gestión del Estado es lo que nos ha puesto en manos del mercado, que está para lo que está, pero no para convertirse en gestor de la cosa pública.

¿Qué hacer? Nadie parece tener la solución. La dinámica creada de financiación a través del mercado hace imposible ignorarlos, pero seguir sus indicaciones hace imposible la recuperación. Un círculo vicioso que parece imposible romper. Sólo desde la UE, que tiene el control monetario, se podría actuar con éxito; pero, el grado de unión logrado hasta el momento no incluye la política fiscal y sin ella cualquier actuación es un parche.

Aunque parece que escapa a nuestra capacidad de ciudadanos encontrar la solución ya que no controlamos directamente los centros de decisión de la UE, no es así. No será lo mismo que en Francia gane Hollande o Sarcozy las elecciones, que Merckel logre mantenerse o no. También que en España optemos por un partido que no ve error sino acierto en que el mercado se infiltre en lo que hasta ahora había sido el terreno de la política y contamine su ejercicio con métodos y procedimientos mercantiles, o que lo hagamos por la opción contraria. Cierto que en la UE se ha establecido una suerte de democracia indirecta (seguramente porque no podía ser de otro modo en estos momentos de construcción), pero eso no significa que las decisiones de los ciudadanos no tengan efectividad (los gobiernos liberales que campean hoy Europa en mayoría aplastante están ahí por decisión ciudadana). Por otra parte la acción democrática no termina en el voto como se ha visto en movimientos recientes y como se vería si en lugar del desencanto y el desanimo cultiváramos sentimientos más positivos e imaginativos.

4 ene 2012

La economía y la física


La economía no es como la física. En economía además de tener razón o no, como en cualquier propuesta científica, se tienen intereses (en el sentido lucrativo), lo que no ocurre en física, biología, etc., al menos no de un modo tan manifiesto e inmediato El desconcierto que sentimos ante el debate de si debe combatirse el déficit prioritariamente, aunque castigue con la depresión y el paro, o de si debe atajarse la depresión a pesar del déficit, tiene como desencadenante la niebla que esparcen los intereses sobre las simples verdades científicas. Estos, además, generan actitudes políticas, toma de posiciones, lobbys… que enturbian mucho más el panorama.
Sabemos que la política no es más que la confrontación civilizada de intereses, es decir, sujeta a ciertas normas. Así pues las diferentes opciones en economía política no se dilucidan tanto en el terreno científico como en el político; o sea, dependen de qué intereses optemos por sacrificar. Y estos no son nunca individuales, sino de grupo, de clase, si escogemos la terminología desgastada, desprestigiada, también interesadamente.
Dicta la experiencia inmediata que los programas de austeridad ahondan en la crisis: después de que aparecieran algunos síntomas de recuperación, nuevas medidas restrictivas dictadas por el debilitamiento de la confianza en la deuda soberana nos ha devuelto a la peor situación. Por otro lado, todo el mundo sabe que en una crisis similar (1929) la curva no se tornó ascendente hasta que, abandonadas las medidas de austeridad,  se tomaron otras expansivas (New Deal, 1933/38). Ahora bien, una política semejante no es posible mientras no se apliquen actuaciones para sujetar y someter a los poderes financieros, que, de mantener la libertad actual, la harían imposible, como se ha visto con la crisis de la deuda. En el mantenimiento de la libertad de “los mercados” se juega la hegemonía absoluta de la burguesía financiera. El intento de salvaguardar esos intereses, más que el de resolver la situación en beneficio de la mayoría, ha hecho que se personen en los ejecutivos elementos destacados de esa  clase (Guindos, Monti, Papademos), lo que es inusual en situaciones de normalidad. Su misión no es otra que garantizar la aplicación de medidas que no pongan en riesgo el statu quo económico y social (mantenimiento de la posición relativa de su clase).
Pero, ¿por qué “los mercados” parecen actuar en contra de sus propios intereses a largo plazo al hacer imposible que se recurra a la deuda para obtener una rápida recuperación de la actividad económica? Las clases sociales, la burguesía financiera no es una excepción, tienen intereses comunes a todos sus componentes, por eso son clases, pero difícilmente logran la vertebración y organización necesarias para actuar al unísono y eliminar contradicciones (los marxistas lucharon durante décadas inacabables para lograr eso del proletariado, una clase infinitamente más numerosa y anárquica que la que nos ocupa). La actuación suicida de “los mercados” es producto de una contradicción, que se nos presenta como inevitable porque el principio base de su hegemonía es la libertad de acción, de modo que el interés por el beneficio inmediato, o de garantizarlo, se impone e imposibilita la recuperación a largo, que requiere precisamente la disciplina de los mercados, impuesta desde fuera, desde el Estado.
La burguesía financiera, nuestros señores de hoy, se debaten en una gran contradicción y luchan por superarla sin pérdidas o incluso, ¿por qué no? ganando solidez en su posición social. El problema es que los espasmos del combate amenazan con barrernos del mapa en el momento histórico en que comenzábamos a asomar cabeza (democracia, Estado del bienestar). La mala noticia es que, como en otras épocas de la historia, el común, las masas, el pueblo llano, o como quiera que llamemos a eso en donde tú y yo estamos, son fácilmente ninguneables, como demuestran los últimos acontecimientos; la buena, que las conquistas históricas se pueden perder, pero también se pueden utilizar para ganar el futuro.

14 nov 2011

Por qué se llama magos a los expertos financieros

          A propósito de la presentación de los balances trimestrales en la banca francesa el economista Philippe Herlim escribe en “Atlantico” cómo los bancos manipulan sus resultados.
No sabía yo que la contabilidad era un arte de la especie del ilusionismo ya que a primera vista parece una práctica prosaica y aburridísima. Nada más lejos de la realidad. Un resumen de lo que cuenta Herlim de los bancos galos, extensible a los españoles, americanos, etc., os sacará del error, si es que pensabais lo que yo, y os inducirá a la sincera admiración de tan mágica disciplina, como me ocurriera a mí mismo.
Es evidente, aparte de lamentable, que éste trimestre no ha sido en la banca de inversión como para tirar cohetes. BNP Paribas, el más importante banco francés ha anunciado un descenso de sus beneficios netos que supera el setenta por ciento, aunque asegura que más de la mitad de la reducción se debe a la depreciación de la deuda griega. Con todo, sus ingenieros contables todavía pueden presentar unos beneficios de 786 millones de €, incluyendo la“revalorización de la deuda propia” (245 millones €). Aquí habrá que hacer una parada porque suena rarito ¿De verdad se ha revalorizado la deuda de alguien?
Uno de los procedimientos que los bancos utilizan para obtener pasta con la que funcionar, ya que el mercado interbancario está atascado por haber desaparecido la confianza mutua (ellos sabrán por qué) es la emisión de deuda. Justo como hacen los Estados, solo que en este caso se llama “deuda soberana”,en forma de “bonos” o “letras”, y en aquel “deuda corporativa”, en forma de“obligaciones”. Si un banco emite obligaciones que valen 100, quien las compre pagará esa cantidad al banco, recibirá un cupón anual (interés) y esperará el reintegro del capital al final del proceso.
Como los bancos las están pasando canutas y su futuro inspira cierto recelo la deuda se ha depreciado y si el comprador quiere venderla en el mercado secundario no podrá hacerlo, pongamos, por más de 60. Si el banco comprara todas esas obligaciones a 60, como dice el mercado, habría obtenido por arte de birlibirloque un beneficio del 40%. Y eso es lo que hace, sólo que virtualmente. Por supuesto su situación ni siquiera le permite realizar esta operación, su caja no está para ejercicio tan potente; pero, como aquí todo es virtual (incluido el dinero) lo registra “como si” lo hiciera, y, en el caso de BNP Paribas, se apunta 245 millones en concepto de “revalorización de la deuda”, cuando lo que hubo en el mundo real (¿quién se toma hoy en serio a la realidad?) fue una depreciación y, por tanto, fueron pérdidas, no ganancias lo que se obtuvieron. ¿Hay quién dé más?
Apunta Philippe Herlin, que si Grecia, cuya deuda (350.000 millones) se depreció en un 50%, hiciera lo mismo podría no sólo beneficiarse de la reducción sino anotarla como ingreso en sus presupuestos (175.000 millones). Desternillante.
Lo curioso del asunto es que tan brillante operación de magia contable no es fraudulenta, como algún ingenuo habrá supuesto, sino que es práctica habitual y legal en la banca europea y americana, amén de virtuosa (tiene la virtud de permitir a los bancos presentar bonitas cuentas de resultados, de lo que se sigue el pago de sustanciosos bonus a sus directivos). Además la magia divierte y fascina a todo el mundo Aplausos.