La
economía no es como la física. En economía además de tener razón o no, como en
cualquier propuesta científica, se tienen intereses (en el sentido lucrativo),
lo que no ocurre en física, biología, etc., al menos no de un modo tan
manifiesto e inmediato El desconcierto que sentimos ante el debate de si debe
combatirse el déficit prioritariamente, aunque castigue con la depresión y el
paro, o de si debe atajarse la depresión a pesar del déficit, tiene como
desencadenante la niebla que esparcen los intereses sobre las simples verdades
científicas. Estos, además, generan actitudes políticas, toma de
posiciones, lobbys… que enturbian mucho más el panorama.
Sabemos que la política no es
más que la confrontación civilizada de intereses, es decir, sujeta a ciertas
normas. Así pues las diferentes opciones en economía política no se dilucidan
tanto en el terreno científico como en el político; o sea, dependen de qué
intereses optemos por sacrificar. Y estos no son nunca individuales, sino de
grupo, de clase, si escogemos la terminología desgastada, desprestigiada,
también interesadamente.
Dicta la experiencia inmediata
que los programas de austeridad ahondan en la crisis: después de que
aparecieran algunos síntomas de recuperación, nuevas medidas restrictivas
dictadas por el debilitamiento de la confianza en la deuda soberana nos ha
devuelto a la peor situación. Por otro lado, todo el mundo sabe que en una crisis
similar (1929) la curva no se tornó ascendente hasta que, abandonadas las medidas
de austeridad, se tomaron otras
expansivas (New Deal, 1933/38). Ahora bien, una política semejante no es posible mientras
no se apliquen actuaciones para sujetar y someter a los poderes financieros, que,
de mantener la libertad actual, la harían imposible, como se ha visto con la
crisis de la deuda. En el mantenimiento de la libertad de “los mercados” se
juega la hegemonía absoluta de la burguesía financiera. El intento de
salvaguardar esos intereses, más que el de resolver la situación en beneficio
de la mayoría, ha hecho que se personen en los ejecutivos elementos destacados
de esa clase (Guindos, Monti, Papademos),
lo que es inusual en situaciones de normalidad. Su misión no es otra que
garantizar la aplicación de medidas que no pongan en riesgo el statu quo económico y social (mantenimiento
de la posición relativa de su clase).
Pero, ¿por qué “los mercados”
parecen actuar en contra de sus propios intereses a largo plazo al hacer
imposible que se recurra a la deuda para obtener una rápida recuperación de la
actividad económica? Las clases sociales, la burguesía financiera no es una
excepción, tienen intereses comunes a todos sus componentes, por eso son clases,
pero difícilmente logran la vertebración y organización necesarias para actuar
al unísono y eliminar contradicciones (los marxistas lucharon durante décadas inacabables
para lograr eso del proletariado, una clase infinitamente más numerosa y
anárquica que la que nos ocupa). La actuación suicida de “los mercados” es producto
de una contradicción, que se nos presenta como inevitable porque el principio
base de su hegemonía es la libertad de acción, de modo que el interés por el
beneficio inmediato, o de garantizarlo, se impone e imposibilita la
recuperación a largo, que requiere precisamente la disciplina de los mercados,
impuesta desde fuera, desde el Estado.
La burguesía financiera,
nuestros señores de hoy, se debaten en una gran contradicción y luchan por
superarla sin pérdidas o incluso, ¿por qué no? ganando solidez en su posición
social. El problema es que los espasmos del combate amenazan con barrernos del
mapa en el momento histórico en que comenzábamos a asomar cabeza (democracia,
Estado del bienestar). La mala noticia es que, como en otras épocas de la
historia, el común, las masas, el pueblo llano, o como quiera que llamemos a eso
en donde tú y yo estamos, son fácilmente ninguneables, como demuestran los
últimos acontecimientos; la buena, que las conquistas históricas se pueden perder,
pero también se pueden utilizar para ganar el futuro.