28 abr. 2010

Tribulaciones... (3)

Siempre hay una primera vez. La de Franco fue en 1920 cuando siendo coronel legionario mandó fusilar a un soldado porque no sólo no se comió las lentejas del rancho sino que se las estampó al teniente en la cara. Lo cuenta su primo Franco Salgado-Araujo; otro primo suyo, De la Puente Bahamonde, comandante del aeropuerto de Tetuán (1936), no pudo contar nada: fue fusilado por no unirse a los rebeldes; en este caso Franco tuvo el detallazo de renunciar por un día al mando para no firmar la sentencia. Ya no lo paró nadie de este mundo, ni del otro, hasta que fusiló a los cinco últimos, tres meses antes de que la única que no perdona acabara con él.
No es que quiera dar la murga con la memoria histórica es que hoy tengo lentejas.


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Digan lo que digan ni los cangrejos caminan hacia atrás, lo hacen de lado, por chulería, porque el cuerpo se lo pide o vaya Vd. a saber por qué, pero nunca hacia atrás. Somos nosotros los únicos que lo hacemos sin siquiera despeinarnos: una francesa de nacimiento, convertida al islam, se ha puesto un nikab con el que no se le ven ni las pestañas y se ha casado con un fulano nacionalizado que tiene otras tres mujeres. La detuvo la policía por conducir envuelta en demasiados trapos y se supo el pastel. ¿Cuál será el desenlace? ¿Se quitará el nikab para conducir, o el cuarto de marido del que disfruta le prohibirá coger el coche? Me inclino por esta última solución, más coherente con el síndrome del cangrejo.


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El hiyab no plantea problemas de tráfico rodado, pero sí de tránsito por las aulas. Preocupados los profes porque los/las adolescentes mostraran respeto en los lugares públicos y cerrados manteniendo desnuda la cabeza, como ha sido tradición entre nosotros, elaboraron reglamentos que impedían toda clase de tocados. ¿Quién iba a pensar en un conflicto entre normas y conciencias por tal motivo? Pero ahí está Najwa y su hiyab. Aunque tendría algunas preguntas que hacer a su papá, a su mamá, al instituto y a ella misma, me atrevo a afirmar que esto es una solemne majadería: por la incapacidad de los padres, que no saben que es lo mejor para que su hija se eduque sin traumas; por la torpeza del centro que olvidó que el reglamento sirve para evitar problemas, no para crearlos; por el empecinamiento de la niña, adolescente ella, que no valora la trascendencia social de su interés personal; por mi personal estupidez que estoy perdiendo el tiempo tratando esta bobada.

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25 abr. 2010

El extraño caso de los árabes invasores (4). La versión no autorizada

El recurso a una catástrofe para explicar cambios es corriente en muchas disciplinas, evita el engorroso y difícil análisis de una evolución progresiva que va añadiendo transformaciones milimétricas, acumulativas con el resultado final de un panorama sustancialmente diferente del original, en el que rastrear las pistas del proceso resulta ya tarea de chinos. En historia la catástrofe preferida es la guerra, la conquista, la invasión; últimamente, por el tirón de las nuevas ciencias, el colapso ecológico. No es que estas convulsiones no se den, es que hay que medir con precisión sus efectos para que no oculten las verdaderas causas, incluso para que no se conviertan en protagonistas cuando a veces son ellas el resultado, si no un mero recurso de la fantasía al faltar otras explicaciones.

El Islam hoy es una religión que vertebra una civilización a la que percibimos como radicalmente distinta de la occidental, pero no hay que trasplantar esta realidad actual a tiempos pasados. A principios del S.VII, cuando aparece Mahoma, la cristiandad estaba dividida por el problema de la naturaleza de Cristo; en apariencia la cuestión la había resuelto el concilio de Nicea (325), que estableció la doctrina de la Trinidad, pero en realidad las discrepancias habían ido creciendo y una gran variedad de opciones teológicas (arrianos, monofisitas, priscilianistas, adopcionistas, etc.) se habían difundido especialmente por Oriente Medio, África y Península Ibérica, con el rasgo común de no aceptar más que una naturaleza en Jesús. Roma y Bizancio fueron, en cambio, las campeonas del credo trinitario. Mahoma predica dentro de la corriente unitaria un monoteísmo estricto asumiendo la tradición bíblica y la misión profética de Jesús, de forma que para los contemporáneos es una versión más (herejía), que a la larga, por su simplicidad, se convierte en dominante y en un sincretismo que arrastra a los que discrepan de Bizancio y Roma en el tema de la divinidad de Jesús; el árabe será el vehículo de su expansión. La asunción del Islam por las gentes de Oriente Medio y Norte de África es un lento discurrir por el seno de las propias creencias; sus protagonistas se hubieran sorprendido si alguien les hubiera tratado como profesos de una nueva religión. La agitación política en las provincias bizantinas de Oriente Medio originada por una pulsión climática que reseca progresivamente esta zona, con el consiguiente trastorno económico y social, proporcionó las condiciones para la toma del poder por grupos árabes ya islamizados y para la escisión, creándose un poder con centro en Damasco (Siria), desde el que irradia el nuevo sincretismo, asistido por la presión militar en las zonas próximas (Egipto).


En el norte de África y en Hispania no hay una invasión en sentido estricto sino una islamización y arabización, lenta y tan incompleta como cabría esperar hasta por lo menos el s. XI. En la España goda, el arrianismo y otras corrientes unitarias habían calado profundamente; la conversión de Recaredo y la construcción de un Estado teocrático con la participación de los obispos trinitarios (concilios de Toledo), no erradicó las herejías. A finales del s.VII parece que domina un sincretismo arriano en amplias zonas a la vez que un divorcio entre las masas y la minoría goda fundida con la jerarquía eclesiástica. El reinado de Vitiza es conflictivo y confuso en muchos aspectos (legalización de la poligamia) y termina con una disputa dinástica: sus hijos son apartados por una facción que corona a Roderico. La guerra civil estalla; en su transcurso la facción vitizana pide refuerzos a la provincia de Tingitania (Tánger) que pertenecía al reino godo. Las tropas que desembarcan comandadas por Taric –nombre germánico como Roderic, Euric, Alaric, etc., no bereber– son las que las crónicas posteriores tomarán por el ejército musulmán –que no puede ser árabe por todo lo explicado y si son bereberes aún no pueden estar islamizados–. Durante las décadas siguientes el caos se apodera de la Península en la que se suceden vertiginosamente señores de la guerra que controlan fugazmente un poder siempre parcial. La situación comienza a estabilizarse en la segunda mitad del s.VIII con el reinado de Abd-al-Rahmán I – al que la tradición considera árabe inmigrado, pero que era pelirrojo y con los ojos azules, prototipo de germano–, que emprende, ya sí, una política consciente de islamización y arabización, aunque el árabe es ya una lengua de moda entre los hispanos y el sincretismo arriano apenas se diferencia del musulmán; los grupos trinitarios en cambio se mantienen al margen y en oposición, son los mozárabes córdobeses.


A finales del VIII y en el IX, cuando el Islam difiere ya del cristianismo, comienza a gestarse la leyenda de la invasión; por entonces el supuesto poder unificado del califato de Damasco se ha desmembrado y se alude a él como a una edad de oro, explicando la expansión del Islam y del árabe como una gesta militar asistida por Dios – incluso reciclando relatos preexistentes, desde la Anábasis de Jenofonte a la batalla de Vouillé–. Pero buena parte de la visión que el mundo cristiano ha guardado de al-Andalus procede del s. XI cuando los almorávides, musulmanes fanatizados procedentes del Sahara occidental invaden Marruecos y la Península; ahora sí, una invasión mora –proceden de Mauritania– estigmatizadora y brutal, aunque breve.

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Los artículos de la serie:

El extraño caso de los árabes invasores (1)
El extraño c… (2). Quién nos contó el cuento y por qué lo creímos
El extraño c… (3). El cuento
El extraño c… (4). La versión no autorizada
El extraño c… (5). Los sabios indiscretos
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22 abr. 2010

El extraño caso de los árabes invasores (3). El cuento

Los antiguos no tenían el mismo concepto de la historia que nosotros. Casi siempre fue un arma política al servicio del poder o de las fuerzas hegemónicas del tipo que fueran. En el mejor de los casos era un género literario, como en el mundo grecolatino, sometido, claro está, a las demandas del arte más que a la búsqueda de la verdad objetiva y tan deudora de los intereses de grupo, de clase, religión, etc., como cualquier obra literaria. La historia como ciencia es un hallazgo moderno. No podemos esperar de los historiadores del pasado que se comportaran como nuestros contemporáneos, ni interpretar su obra como si se hubiera generado en nuestros días; a nosotros corresponde el análisis, la crítica y el tamizado de las noticias que nos revelaron impulsados por inquietudes que en absoluto concuerdan con las nuestras.

El relato que hacen las crónicas, nunca anteriores al S.IX, como expliqué, establece que cuando muere Mahoma (632) Arabia ha sido islamizada y controlada militarmente. A renglón seguido, en tan sólo doce años, conquistan todo el Oriente Medio (Siria, Palestina, el actual Irak), incluyendo Egipto, provincias todas ellas del Imperio Bizantino, regiones ricas, muy pobladas, con ciudades importantísimas, como Antioquía o Alejandría, y un cristianismo muy activo que disputaba el control de la fe a Constantinopla y Roma; todo eso sin privarse a la vez de conflictos civiles (la fitna). Desde Egipto y saltando en una exhalación los tres mil kilómetros del desierto líbico se apoderan de Túnez. Desde esa base en tan sólo diez años conquistan todo el norte de África hasta el Magreb atlántico. El 711 saltan el estrecho de Gibraltar, vencen al rey visigodo del que ya nunca más se sabe y en tres años y medio conquistan y ocupan los casi 600.000 km2 de la Península sometiendo a una población de varios millones de habitantes (posiblemente más de diez), todo ello con un ejército de 25.000 hombres que se había dividido en dos columnas para una mayor efectividad; y aún continuó el avance por el sur de Francia. Al tiempo se avanza hacia el Este con la destrucción del Imperio Persa, la otra gran potencia junto a Bizancio, penetrando finalmente en La India (S.VIII).

Esta inmensa gesta fue protagonizada por gentes que una generación antes vivían dispersas en tribus nómadas por un inhóspito desierto, con creencias politeístas y animistas, aunque algunos por vecindad mostraban la influencia del judaísmo y del cristianismo, que desconocían el Estado y cuya actividad era la ganadería nómada o el transporte caravanero. Los propios cronistas árabes conscientes de lo increíble de la narración se escudan en la intervención de la providencia divina para justificarla.

Subrayaré sólo algunas incongruencias especialmente llamativas:

• ¿Qué población albergaría el desierto arábigo, uno de los más áridos del mundo, en aquel entonces? ¿Unos cientos de miles? ¿Cómo aceptar que proporcionó gentes para conquistar y controlar un territorio del Indo a los Pirineos, y eso sin que colapsara la sociedad por falta de hombres que se ocuparan de las duras tareas en el desierto?

• Sin aportar novedad militar alguna –en otras épocas fueron decisivas las armas de hierro, el caballo, el carro de guerra o alguna táctica novedosa, como las falanges griegas de hoplitas– destruyeron el imperio persa y mutilaron gravemente al bizantino, las dos grandes potencias militares de la época enfrentadas desde hacía siglos sin que ninguna hubiera obtenido una ventaja definitiva sobre la otra.

• Con ejércitos sin intendencia –por entonces se veían obligados a vivir sobre el terreno, por eso las campañas se hacían en la estación de la cosecha–, ¿cómo es posible atravesar con la caballería y sin apoyo naval los 3000 km de desierto que separan Egipto de Túnez ? Ya hubieran querido conocer el secreto los militares británicos y alemanes en la II GM.

• ¿Es razonable que dominaran todo el norte de África en 10 años cuando los romanos tardaron siglos en conseguir un control incompleto?

• ¿Es asumible la conquista de Hispania en tres años con un ejército de veinticinco mil soldados que improvisan las expediciones sobre la marcha, cuando los romanos emplearon trescientos años, desplegaron una estrategia diseñada desde un Estado organizado y numerosísimos efectivos para someter a una población mucho más escasa, sin ninguna unidad y técnicamente muy inferior?

Soy consciente de que se puede uno enfrentar a estos misterios desde la incredulidad o desde la admiración. Hasta ahora, quizá por comodidad, por la insuficiencia de datos, por conservadurismo, etc., sólo lo hemos hecho desde la fascinación; sin embargo, la duda encaja mejor con el espíritu crítico que debe informar una historia científica.

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Los artículos de la serie:

El extraño caso de los árabes invasores (1)
El extraño c… (2). Quién nos contó el cuento y por qué lo creímos
El extraño c… (3). El cuento
El extraño c… (4). La versión no autorizada
El extraño c… (5). Los sabios indiscretos
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19 abr. 2010

El extraño caso de los árabes invasores (2). Quién nos contó el cuento y por qué lo creimos

Conocer el pasado plantea muchas dificultades. Cuando contamos con fuentes escritas hay que interpretarlas correctamente, someterlas a crítica rigurosa, porque el que habla rara vez lo hace con objetividad, necesitamos conocer los intereses que lo movieron; muchas veces son documentos cuyos originales se han perdido y los copistas que los replicaron los alteraron sin escrúpulo según sus nuevos intereses o idiosincrasia, distados del original por el tiempo transcurrido y otras circunstancias. Con frecuencia no hablan de lo que a nosotros nos interesaría y nos vemos obligados a una tarea de deducción laboriosa y peligrosa para la verdad. Además siempre nos amenazará la posibilidad de que trasplantemos a las épocas que investigamos inquietudes de nuestro tiempo pero que en el pasado eran inconcebibles, desfigurando la realidad de entonces de forma grotesca, lo que sólo se evidenciará cuando pasados los años hayan periclitado las ideologías o los sentimientos que hicieron posible el engaño. Con todo, seremos afortunados si contamos con material escrito porque no son infrecuentes las lagunas que nos obligan a valernos de testimonios indirectos, alejados en el tiempo, con el enorme peligro de falsificación de la realidad que ello supone, y el recurso exclusivo a la arqueología, con las limitaciones que ello implica.

En el caso de la invasión árabe, todos estos problemas están presentes, pero el más grave sin duda es la inexistencia de testimonio escrito alguno del siglo VIII (la invasión se sitúa en el 711). No hay fuentes de ningún tipo. Ningún historiador tuvo nunca en sus manos un contrato, una discusión teológica, una narración de sucesos políticos o militares, ni siquiera una obra literaria de este oscurísimo siglo. Lo que se dice que pasó no lo hemos sabido por testigos directos, ni siquiera próximos, y ya es extraño que no haya quedado ningún testimonio si realmente se trató de una invasión extranjera. Se conoce el texto de un tratado firmado entre Abd-el-Aziz, supuesto hijo y lugarteniente de Muza, y Teodomiro, presunto gobernador godo de la región murciana, pero la copia más antigua la encontramos en una crónica árabe del siglo X, cuando el mito de la invasión, si se trata de eso, ya se había formado, y además presenta considerables problemas de credibilidad. En la primera mitad del siglo IX hay ya numerosos escritos de hombres de iglesia de Córdoba (Esperaindeo, Eulogio, Álvaro) que tratan temas teológicos, pero que curiosamente viviendo en la capital del emirato no nombran para nada a los musulmanes o árabes; la situación cambia después del 850, ya que entonces si se quejan de la difusión de la lengua árabe y de la presencia del culto islámico, pero esto ocurría 150 años después de la invasión. A partir de estas fechas aparecen algunas crónicas en árabe y en latín con la narración de la conquista y el establecimiento del poder árabe.

Otra sorpresa: el primer relato de la invasión procede de Egipto, no del lugar de los hechos; un estudiante (talib) andaluz que ha viajado a oriente en busca de conocimiento recibe de sus maestros un relato que aparte de estar lleno de fantasías propias de Las mil y una noches no es más que una réplica de lo que se cuenta de la conquista de Egipto. El resto de las crónicas árabes, bereberes o latinas beben de ésta, aliñando la historia, según sus intereses de grupo. Lo increíble del relato, que es mucho, es salvado en los textos musulmanes por el recurso a la providencia divina que ayuda a sus fieles; en los textos latinos los pecados de los godos y la lectura del Apocalipsis (Mahoma es el Anticristo) proporcionan las pruebas y el consuelo por el desamparo –temporal, por supuesto– del dios verdadero; unos por embellecer y dar hondura épica a los sucesos, cultivando, cómo no, el recurso a una edad dorada en la que el califato dominaría el mundo, otros por minimizar un fracaso, ocultan ambos la realidad que es sólo una lenta y paulatina evolución de creencias que se acompaña de otros protagonistas políticos e idiomáticos.

Los siglos siguientes, todavía con poco sentido crítico, hicieron crecer la bola de nieve. Y, como toda conquista reclama una reconquista, la paulatina regresión de al-Andalus fue interpretada así, hasta el punto de convertirse en el mito fundacional de todas las naciones ibéricas. Sacralizado el relato, la verdad histórica está fuera de lugar, al fin y al cabo la historia si ha servido para algo es para afianzar y blindar orgullos nacionales. La guinda del pastel estuvo a cargo de los dos grandes arabistas e hispanistas, Dozy y Leví Provençal que, expurgándola de fantasías intragables, aceptaron el grueso de la fábula; su mítica autoridad convirtió en irreverente y superfluo cualquier análisis crítico posterior.

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Los artículos de la serie:

El extraño caso de los árabes invasores (1)
El extraño c… (2). Quién nos contó el cuento y por qué lo creímos
El extraño c… (3). El cuento
El extraño c… (4). La versión no autorizada
El extraño c… (5). Los sabios indiscretos
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16 abr. 2010

Tribulaciones... (2)

El juez Varela, martillo de Garzón, tiene un angélico concepto de la casta jurídica; nos ha recordado lo mal que lo pasaron durante la dictadura franquista dictando sentencias a diestro y siniestro, juzgando desde el TOP, de triste memoria, a homosexuales, nacionalistas, rojos, sindicalistas, demócratas y demás bestias negras del régimen nefando, y todo eso manteniendo la sonrisa comprometida. Me asombra que el magistrado tenga fama de progresista y la perplejidad me impide decidirme por la risa o por el llanto; sea lo que sea lo que al final escoja, carcajadas o alaridos, se me va a oír en las antípodas. Y conste que soy un feroz enemigo de la contaminación sonora.

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Dicen que entre el juez campeador (Garzón) y el progresista enmascarado juez Varela lo que hay es una gran enemistad personal. Estoy con el periodista que sugería que se enviaran los padrinos y resolvieran sus cuitas a espada o pistola en el campo del honor; no me negaría a ser testigo y además garantizaría un fuerte aplauso para el vencedor y un sentido pésame para el vencido. Pero cuarenta millones de rehenes y ganancia para los fachas en esta pelea a cara de perro no es de recibo.

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El Tribunal constitucional lleva cuatro años deliberando sobre si el Estatuto catalán está fuera de la Constitución al declarar nación a Cataluña y no nacionalidad como venía ocurriendo hasta ahora. Una cuestión de lengua que a mí me deja frío, en cambio las cuestiones de oído me afectan mucho más: no soporto como chirría el alto tribunal.

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El cardenal Bertone ha asegurado que los casos de pederastia, a la que tantísima afición están mostrando ciertos eclesiásticos, no son achacables al celibato como suelen decir tantos ignorantes enemigos declarados de la santa institución, sino a la homosexualidad, se lo han dicho los psiquiatras. Lo que me intriga y por lo que daría cualquier cosa es por saber que le contaba él a los psiquiatras, no por malsana curiosidad, sino por contároslo a vosotros, claro.


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14 abr. 2010

El extraño caso de los árabes invasores (1)

La investigación de la historia tiene semejanza con la encuesta policial. Frecuentemente nos encontramos inmersos en un auténtico laberinto que nada envidiaría a la más elaborada trama de serie negra. A veces también hay que sacar del archivo donde dormitaban antiguos expedientes que creíamos resueltos, a los que nuevas pruebas, un nuevo enfoque aportado por un audaz investigador novel, lo vuelve a la vida. Algo así está ocurriendo con la manida, archisabida y más que asimilada invasión árabe, a la que ahora empezamos a mirar de través porque cada día nos parece más increíble y de la que si no hemos arrojado a la papelera toda la información es porque empleamos siglos en elaborarla y, para colmo, participaron en ella ilustres investigadores.

Existe hoy una línea de investigación que trata de demostrar o parte de la idea de que los árabes jamás invadieron la Península. Entroncan con aquellos que entienden que la fulminante expansión militar árabe, que en el transcurso de un siglo (VII al VIII) llegaron a dominar del Indo a los Pirineos, es un mito, una leyenda, una falsificación de la realidad, a veces interesada, a veces casual, que encontró un camino propicio para prosperar. Lo que se pone en duda no es la civilización Islámica, hecho incuestionable, sino que un estado fundado por Mahoma –comerciante caravanero y profeta– se expandiera con la rapidez señalada por miles de kilómetros sobre los que sus inmediatos sucesores –un traficante en telas, un comerciante de cereales…– crearan tan vastísimo imperio; contaban para ello con un contingente humano salido de uno de los desiertos más inhóspitos del mundo y cuyo único bagaje cultural, si excluimos su habilidad para utilizar los escasísimos recursos naturales, era una cierta poesía amorosa –que algunos también ponen en duda– y que antes de que los convirtiera Mahoma al monoteísmo con una sabia mezcla de predicación y acción militar, practicaban un politeísmo primitivo, más bien animismo, con una organización social tribal.

El asunto de la invasión (en España) viene encogiendo desde hace tiempo. El primer jarro de agua fría se produjo al conocerse el contenido de las llamadas crónicas bereberes que reducían a cifras minúsculas (no más de 25.000) el contingente de los invasores, descalificándoles como tales. El segundo lo materializó Ortega y Gasset al afirmar lo que nadie se atrevía a decir, que una reconquista de ochocientos años es cualquier cosa menos reconquista; los historiadores respondieron reduciéndola a apenas (nada menos) dos siglos (XI al XIII). El tercero y definitivo lo proporciono I. Olagüe, un historiador “aficionado” que afirmó, con una argumentación sólida y compleja, que los árabes jamás invadieron la península. Fue ignorado durante décadas, pero ahora sus tesis han sido recogidas por historiadores “oficiales” y la cosa ha cambiado sustancialmente.

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Los artículos de la serie:

El extraño caso de los árabes invasores (1)
El extraño c… (2). Quién nos contó el cuento y por qué lo creímos
El extraño c… (3). El cuento
El extraño c… (4). La versión no autorizada
El extraño c… (5). Los sabios indiscretos

10 abr. 2010

Tribulaciones de un ciudadano perplejo (1)

No estoy seguro, podría tratarse del síntoma de una rara patología, o quizá no, pero lo cierto es que en los últimos tiempos la perplejidad es mi estado de ánimo permanente ante la cosa pública. Puede que sólo sea aturdimiento senil, pero nada pierdo dejando constancia de turbaciones que posiblemente alivien desconciertos ajenos. Con ellas comienzo esta serie que intercalaré con las entradas habituales.

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A Garzón lo asocio siempre con unas escaleras: en los primeros tiempos de su estrellato solía darnos la prensa, escrita y audiovisual, imágenes suyas subiendo con diligencia arrolladora las de la Audiencia Nacional; en las que nos dan ahora lo veo bajándolas siempre. ¿Dónde se ha operado esta transmutación, en la realidad o sólo en mi cerebro? No sabría decir. Me temo que cuando empiecen a proporcionarnos algunas en estado de reposo sea sentado en el banquillo.

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Hace muchos años, los de mi edad lo recordarán, el cardenal Danielou murió de un infarto en un prostíbulo de París. Ni la santa omertá vaticana pudo silenciarlo entonces, aunque eran tiempos de silencio; ahora con la movida menorera del clero se me ocurre que aquel era un santo varón, al menos dejaba en paz a los niños. Si algún papa lo hubiera canonizado y ofrecido a los seminaristas como ejemplo no tendríamos estos sobresaltos de hoy.

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Monseñor González, obispo de Almería, ha dicho en una homilía a sus fieles que la Ley de muerte digna que aprobó el parlamento de Andalucía le recuerda «la tortura, el acoso criminal de los regímenes totalitarios, la pena de muerte, los enfrentamientos raciales, los genocidios y las persecuciones de cristianos». A mí todas estas barbaridades me recuerdan la historia de la Iglesia: las torturas de la inquisición, las bendiciones a la dictadura de Franco, las condenas del Santo Oficio, la complicidad en la criminal explotación colonial del Congo, las cruzadas y la matanza de cristianos de otras iglesias. En cambio la Ley de muerte digna no me recuerda nada, me pone en la pista de un futuro más humano. Uno de los dos anda mal de la cabeza… y del corazón.

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8 abr. 2010

¿Quién teme a la reforma electoral?

Una buena ley electoral es elemento decisivo para que el desarrollo democrático sea de calidad, lo que no queda siempre garantizado en la constitución, por excelente que ésta sea. Y es que aquella frase tantas veces repetida de Romanones, uno de los más maniobreros políticos de la España contemporánea: «Haced vosotros las leyes, dejadme a mí los reglamentos» tiene y tendrá siempre un fondo incuestionable de verdad y de actualidad.

El sistema D’Hondt y las circunscripciones electorales de carácter provincial tal y como se utilizan hoy propician unos resultados que sin alterar el mandato constitucional benefician escandalosamente a los grandes partidos (PP, PSOE) y a los que se presentan en pocas circunscripciones (nacionalistas); como ejemplo, valga el dato de que un diputado de IU cuesta más de 400.000 votos y uno del PSOE o del PP algo más de 60.000; al tiempo, los partidos bisagra son siempre nacionalistas: vascos, catalanes, gallegos o canarios, que se postulan como mucho en cuatro circunscripciones, con lo que su importancia a nivel estatal se magnifica hasta el despropósito.

Cuando se diseñó el método vigente se tuvieron en cuenta, entre otras, dos cuestiones capitales en aquel entonces: 1)fortalecer el sistema de partidos con diversas medidas, como las listas cerradas y bloqueadas y otras sutilezas que impidieran una excesiva proliferación, lo que también redundaría en beneficio de la gobernabilidad, no en balde salíamos de un régimen autocrático que durante casi cuarenta años se había dedicado con aplicada inquina al descrédito del sistema de partidos; 2)respetar los anhelos nacionalistas, compañeros inseparables de cualquier eclosión democrática en nuestro país, según demuestra la historia , pero que fue la bestia negra del centralismo franquista. Seguramente fue una decisión acertada, pero han transcurrido treintaidós años, los jóvenes de hoy confunden a Franco con el tío del saco, aquel ente de ficción con el que asustaban las abuelas a los niños que hoy somos abuelos, y ya la ley electoral chirría.

Un grupo de investigadores de la Universidad de Granada ha puesto en marcha con todo el aparato científico que cabría esperar un proyecto de reforma de la Ley Electoral, poniendo buen cuidado en que no pueda ser rechazado por utópico. De hecho un primer proyecto en 2008 que proponía una mínima reforma constitucional (Art. 68) ha sido sustituido por otro en 2009 que conserva el mismo espíritu pero que no requiere tocar la Constitución (Informe GIME’09). Por un ingenioso procedimiento que incluye ampliar a 400 el número de diputados desaparece la penalización que pesa sobre los partidos de ámbito estatal no mayoritarios, mantiene los escaños que alcanzaron los nacionalismos periféricos con escasísima alteración y conserva la situación predominante de los grandes partidos. La equidad mejora considerablemente sin menoscabo de la gobernabilidad. Permanece la ley d’Hondt, como deseable corrección a la proporcionalidad y garantía de gobernabilidad, así como las circunscripciones provinciales que se consideran una tradición en la historia electoral de España. No se puede pedir más por tan poco.

La comisión electoral del Congreso de los Diputados trabaja estos días en una reforma que tiene como objetivo cerrar por completo el paso a los afines a ETA y sobre las circunscripciones en las europeas, pero no se van a ocupar en absoluto de las elecciones al Congreso, han rechazado una propuesta en ese sentido de IU y UPD. Ninguno de los dos grandes partidos tiene el mínimo interés en una reforma que sólo puede debilitar su posición, al fin y al cabo su situación de privilegio la han logrado con esta ley y, sin ellos, nada es posible; cuentan además con la alianza de los más beneficiados por el sistema: los partidos nacionalistas. A menos que IU y UPD consiguieran sacar el tema a la calle y presionar con la movilización popular, no habrá reforma. ¿Tendrán capacidad para eso? Permitidme dudarlo. De momento se limitarán a incluirlo en sus programas electorales con la esperanza de arañar algún voto, pero carecen de nervio para otra cosa, y la colaboración es cosa que ni se contempla, faltaría más. Los electores de momento o practicamos la virtud de la resignación o el vicio de la desafección.

Y aquí paz y después gloria.

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4 abr. 2010

Corrupción

En cierta ocasión me crucé en una calle de Málaga con Jesús Gil (que seguramente descansa en paz, pero que a nosotros es seguro que nos dejó disfrutando de un merecidísimo sosiego); le acosaban varias señoras con cabellos rubio ceniza y complementos Burberrys, entre las que repartía insignias del Atlético, lo tocaban, lo palpaban, como si se tratara de un santo milagrero y de esa acción esperaran obtener indulgencia plenaria. Eran sus momentos de gloria en la alcaldía de Marbella; después vendría un calvario de cárceles y tribunales, ninguna gran cosa para lo que había hecho y enseñado a hacer, porque creó escuela: alguno de sus pupilos todavía nos altera la digestión de vez en cuando desde los platós televisivos y otros se enfrentan a un macrojuicio que esperemos no se hunda en el caos. Sin embargo, los fieles siguieron votando a su engendro político, el GIL, y se puede decir que, como el Cid, ganó sus últimas batallas después de muerto. Ninguno de ellos (sus seguidores) se escandalizó porque actuara en abierta y desafiante ilegalidad o se enfangara en la corrupción: era su héroe, estatus que alcanzó transitando no se sabe bien qué oscuros pasajes mentales de sus incondicionales.

Hoy al PP le nace un corrupto por día, o más, sin que parezcan arruinarse sus expectativas electorales: un presidente valenciano al que un amiguito del alma le regalaba trajes de miles de euros mientras otro, juez él, le evitaba el disgusto de una condena; un presidente balear y ex ministro que colocó al magistrado que lo interrogó a las puertas del vómito, según se deduce de su auto, por su desprecio de los ciudadanos a los que parece que sólo veía como sujetos de cualquier burdo timo, que él se sentía casi en la obligación de perpetrar; un secretario de finanzas que se las pintaba de maravilla para sacar de extranjis en toda ocasión un óbolo para el partido y otro para su bolsillo; en fin, tal variedad y cantidad de casos que su enumeración completa resultaría sumamente tediosa. Sólo en los últimos años de la presidencia González hubo una proliferación comparable; pero, la diferencia es notoria y constituye la base de la tesis que expongo a continuación:

Los corruptos son penalizados políticamente cuando pertenecen a partidos de izquierdas. Son exonerados total o parcialmente de sus delitos si pertenecen a partidos de derechas; en tal caso, si escapan a la justicia, cosa bastante probable debido a la ilegalidad de las pruebas aportadas, la prevaricación de los jueces instructores y otros imponderables, pueden ser elegidos nuevamente con fe renovada por sus correligionarios e incluso conseguir un plus de nuevos seguidores admirados de su habilidad y asqueados de la bobería de sus oponentes.

Toda tesis requiere su comprobación. Nada más fácil en este caso: las hemerotecas son una fuente exuberante de pruebas, así que basta con saber leer o disponer de tiempo para ver y escuchar los medios audiovisuales. Otra cosa es explicar por qué se produce un trato tan desigual, que, a un marciano, por ejemplo, podría parecerle injusto, pero no a un ciudadano de este país, ya de vuelta de tantas cosas, faltaría más. El desarrollo argumental en el silencioso trajín de sus neuronas puede ser éste:

Ante el corrupto de izquierdas: ¿Qué se habrá creído éste desgraciado? Como si no supiera yo que era colega de mi cuñado. Un muerto de hambre que quiere hacerse rico a nuestra costa. ¡Diputado! ¡A trabajar, cabrón! Pero cuando salgas de la cárcel.

Ante el corrupto de derechas: El tío es que tiene clase. Qué necesidad va a tener de robar a nadie si está forrado. Pura envidia. Un tío hábil es lo que es, y claro, la gente le está agradecida. Además, Quién no haría lo mismo en su lugar. Yo desde luego que sí.

Ya dejó dicho nuestro inmortal Quevedo que poderoso caballero es don Dinero; así que quien lo posee o aparenta poseerlo tiene nobleza ganada y venia para adquirir más; pero, a quien no lo tiene más le vale no dejarse ver y no alargar la mano porque puede perderla. El voto es el sahumerio para el poderoso y el hacha para el igual.

A pesar de todo soy un demócrata convencido, palabra; lo que pasa es que no sé muy bien por qué.

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