28 abr. 2010

Tribulaciones... (3)

Siempre hay una primera vez. La de Franco fue en 1920 cuando siendo coronel legionario mandó fusilar a un soldado porque no sólo no se comió las lentejas del rancho sino que se las estampó al teniente en la cara. Lo cuenta su primo Franco Salgado-Araujo; otro primo suyo, De la Puente Bahamonde, comandante del aeropuerto de Tetuán (1936), no pudo contar nada: fue fusilado por no unirse a los rebeldes; en este caso Franco tuvo el detallazo de renunciar por un día al mando para no firmar la sentencia. Ya no lo paró nadie de este mundo, ni del otro, hasta que fusiló a los cinco últimos, tres meses antes de que la única que no perdona acabara con él.
No es que quiera dar la murga con la memoria histórica es que hoy tengo lentejas.


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Digan lo que digan ni los cangrejos caminan hacia atrás, lo hacen de lado, por chulería, porque el cuerpo se lo pide o vaya Vd. a saber por qué, pero nunca hacia atrás. Somos nosotros los únicos que lo hacemos sin siquiera despeinarnos: una francesa de nacimiento, convertida al islam, se ha puesto un nikab con el que no se le ven ni las pestañas y se ha casado con un fulano nacionalizado que tiene otras tres mujeres. La detuvo la policía por conducir envuelta en demasiados trapos y se supo el pastel. ¿Cuál será el desenlace? ¿Se quitará el nikab para conducir, o el cuarto de marido del que disfruta le prohibirá coger el coche? Me inclino por esta última solución, más coherente con el síndrome del cangrejo.


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El hiyab no plantea problemas de tráfico rodado, pero sí de tránsito por las aulas. Preocupados los profes porque los/las adolescentes mostraran respeto en los lugares públicos y cerrados manteniendo desnuda la cabeza, como ha sido tradición entre nosotros, elaboraron reglamentos que impedían toda clase de tocados. ¿Quién iba a pensar en un conflicto entre normas y conciencias por tal motivo? Pero ahí está Najwa y su hiyab. Aunque tendría algunas preguntas que hacer a su papá, a su mamá, al instituto y a ella misma, me atrevo a afirmar que esto es una solemne majadería: por la incapacidad de los padres, que no saben que es lo mejor para que su hija se eduque sin traumas; por la torpeza del centro que olvidó que el reglamento sirve para evitar problemas, no para crearlos; por el empecinamiento de la niña, adolescente ella, que no valora la trascendencia social de su interés personal; por mi personal estupidez que estoy perdiendo el tiempo tratando esta bobada.

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