20 nov. 2011

Historia urgente de la deuda española

            El nacimiento de los estados nacionales se produce gradualmente, de forma que durante un tiempo no sabemos si hablamos del patrimonio del rey o de la nación. No hay un momento preciso en que se separen ambos con nitidez. Pero se puede decir que existe cierto consenso en admitir que España fue uno de los primeros estados–nación (apuntaba ya a finales del XV); sin embargo, lo que trae bajo el brazo el recién nacido no es el pan sino la deuda.
Carlos de Gante, instalado en España como rey de hecho (de derecho seguía siéndolo Juana, su madre, recluida por loca) aspiraba a la corona imperial alemana, operación costosísima por los multimillonarios sobornos que había que pagar a los príncipes electores (resulta llamativo el descaro en la corrupción que era habitual en la época). Extrajo lo que pudo de España (más bien de Castilla), pero necesitó endeudarse, recurriendo a banqueros alemanes, los Fugger. Utilizó como avales las minas de oro y plata, el monopolio de la sal y los impuestos de Castilla. A los Fugger siguieron los Welser que obtuvieron el derecho a colonizar ciertos territorios en América como pago cuando falló el tesoro. Es la primera vez que aparece la deuda soberana y, desde el principio, incidiendo gravemente en la política nacional.
Felipe II, su hijo, continuó en la misma senda firmando “asientos” (obligaciones de hoy) con todo tipo de prestamistas, agobiado por las necesidades de la creación de un estado centralizado, la política europea, la revuelta de algunos de sus estados (Flandes), el mantenimiento del imperio ultramarino, la inflación galopante y una fiscalía ineficaz y terriblemente injusta. Sin el oro y la plata que afluían de América hubiera sido imposible saltar el abismo entre ingresos y gastos, aunque tenía el efecto secundario de colocar la inflación en la estratosfera. Aún así y a pesar de ser el Estado hegemónico en Europa se vio obligado a la suspensión de pagos tres veces.
Desde la primera bancarrota de Felipe II en pleno siglo XVI, la primera también que registra un estado, se suspendieron pagos o renegoció la deuda con gran frecuencia. De hecho durante el XVII y XVIII ocurrió seis veces. El XVIII introdujo factores de modernización y racionalización del comercio y las finanzas con la creación de una verdadera Hacienda y la normalización de la deuda que se canalizó a través del Banco de San Carlos (después de San Fernando y por último de España). Pero las guerras coloniales siguieron desequilibrando las cuentas. A finales de siglo la guerra contra la Francia revolucionaria forzó una nueva suspensión de pagos (1799).
El XIX empezó mal. La guerra de la Independencia devastó el país, y el estado que surgió tras ella tuvo que hacer frente a la reconstrucción, a las guerras de independencia americanas y a la pérdida del imperio. Casi sin solución de continuidad a las guerras carlistas. Los apuros de la hacienda para hacer frente al déficit crónico fueron graves y permanentes y la dependencia de la deuda, que se negociaba en París y Londres, total. Dos ministros de hacienda, Mendizábal (1836) y Madoz (1854), recurrieron a la nacionalización de los bienes de la Iglesia y de los municipios, respectivamente, como recurso para sanear el déficit con su venta (aparte otros fines modernizadores). La instalación del ferrocarril durante la era isabelina fue la gran obra de infraestructura absolutamente necesaria, pero para financiarlo hubo que recurrir a capitales extranjeros. La especulación que desató condujo al final del proceso a un crack financiero que trajo una nueva quiebra (1866). La inmediata consecuencia política fue la caída de la monarquía isabelina en medio de un proceso revolucionario que duró casi diez años. De esa crisis nació la peseta (1868).
Ya durante el franquismo se produjo otra suspensión de pagos al negarse el dictador a hacer frente a la deuda republicana.
Un total de once suspensiones de pagos totales o parciales en un periodo de quinientos años, lo que arroja una media de una cada 50 años aproximadamente; si bien la mayoría se concentran en los dos primeros siglos (8). Las presentes dificultades con la deuda nos permiten traer a colación que España fue el país donde nació la deuda soberana y también el primero que declaró una quiebra. Sáquense las consecuencias que se quieran.

14 nov. 2011

Por qué se llama magos a los expertos financieros

          A propósito de la presentación de los balances trimestrales en la banca francesa el economista Philippe Herlim escribe en “Atlantico” cómo los bancos manipulan sus resultados.
No sabía yo que la contabilidad era un arte de la especie del ilusionismo ya que a primera vista parece una práctica prosaica y aburridísima. Nada más lejos de la realidad. Un resumen de lo que cuenta Herlim de los bancos galos, extensible a los españoles, americanos, etc., os sacará del error, si es que pensabais lo que yo, y os inducirá a la sincera admiración de tan mágica disciplina, como me ocurriera a mí mismo.
Es evidente, aparte de lamentable, que éste trimestre no ha sido en la banca de inversión como para tirar cohetes. BNP Paribas, el más importante banco francés ha anunciado un descenso de sus beneficios netos que supera el setenta por ciento, aunque asegura que más de la mitad de la reducción se debe a la depreciación de la deuda griega. Con todo, sus ingenieros contables todavía pueden presentar unos beneficios de 786 millones de €, incluyendo la“revalorización de la deuda propia” (245 millones €). Aquí habrá que hacer una parada porque suena rarito ¿De verdad se ha revalorizado la deuda de alguien?
Uno de los procedimientos que los bancos utilizan para obtener pasta con la que funcionar, ya que el mercado interbancario está atascado por haber desaparecido la confianza mutua (ellos sabrán por qué) es la emisión de deuda. Justo como hacen los Estados, solo que en este caso se llama “deuda soberana”,en forma de “bonos” o “letras”, y en aquel “deuda corporativa”, en forma de“obligaciones”. Si un banco emite obligaciones que valen 100, quien las compre pagará esa cantidad al banco, recibirá un cupón anual (interés) y esperará el reintegro del capital al final del proceso.
Como los bancos las están pasando canutas y su futuro inspira cierto recelo la deuda se ha depreciado y si el comprador quiere venderla en el mercado secundario no podrá hacerlo, pongamos, por más de 60. Si el banco comprara todas esas obligaciones a 60, como dice el mercado, habría obtenido por arte de birlibirloque un beneficio del 40%. Y eso es lo que hace, sólo que virtualmente. Por supuesto su situación ni siquiera le permite realizar esta operación, su caja no está para ejercicio tan potente; pero, como aquí todo es virtual (incluido el dinero) lo registra “como si” lo hiciera, y, en el caso de BNP Paribas, se apunta 245 millones en concepto de “revalorización de la deuda”, cuando lo que hubo en el mundo real (¿quién se toma hoy en serio a la realidad?) fue una depreciación y, por tanto, fueron pérdidas, no ganancias lo que se obtuvieron. ¿Hay quién dé más?
Apunta Philippe Herlin, que si Grecia, cuya deuda (350.000 millones) se depreció en un 50%, hiciera lo mismo podría no sólo beneficiarse de la reducción sino anotarla como ingreso en sus presupuestos (175.000 millones). Desternillante.
Lo curioso del asunto es que tan brillante operación de magia contable no es fraudulenta, como algún ingenuo habrá supuesto, sino que es práctica habitual y legal en la banca europea y americana, amén de virtuosa (tiene la virtud de permitir a los bancos presentar bonitas cuentas de resultados, de lo que se sigue el pago de sustanciosos bonus a sus directivos). Además la magia divierte y fascina a todo el mundo Aplausos.

11 nov. 2011

Platón. El lado oscuro

            La primera frase del evangelio de  S. Juan, “En el principio era el logos”, es una proposición platónica. Desde sus primeros momentos el cristianismo se sirvió de la filosofía griega, básicamente del platonismo. El desarrollo posterior de la fe cristiana, convertida durante más de un milenio en pensamiento único,  elevó a las cumbres de la excelencia, ya que no a los altares, a los filósofos que aportaron las muletas para su andadura dogmática: Platón y Aristóteles. A la vez sumió en el olvido y el desprecio al pensamiento que condenaba la superstición basándose en la observación de la naturaleza: la ciencia jónica y el epicureísmo. Todavía hoy el vocablo materialismo, con el que se puede nombrar a este pensamiento, tiene ciertas resonancias de perversión, bajeza o grosería en el subconsciente de la mayoría.
A mediados de los 60 apareció en España la obra de B. Farrington Ciencia y política en el Mundo Antiguo. No exagero si digo que fue un revulsivo, una revelación para los que éramos estudiantes en aquellas fechas. De hecho ponía patas arriba la idea que se nos había inculcado del pensamiento griego clásico y de su influencia en nuestra civilización. De pronto uno de los ídolos de la cultura occidental, Platón, quedaba reducido a la condición de un manipulador, que desde los intereses de clase (la aristocracia ateniense) ponía en pie un sistema de pensamiento en el que la negación de la realidad sensible y la superstición constituían su núcleo, mientras su finalidad no era sino impedir a las clases populares el acceso al conocimiento.
En La República presenta el filósofo una utopía política con una sociedad dividida en castas de entre las cuales la minoría ilustrada (hombres de oro) tendría el monopolio del poder político, mientras que la misión del pueblo (hombres de hierro) se reducía al trabajo. En Las leyes propugnaba la imposición de una religión de Estado consistente en la divinización de los cuerpos celestes (el Sol, la Luna…), a la vez que se pronunciaba por el mantenimiento de los cultos tradicionales, con graves penas para los incrédulos en ambos casos, aunque él solo creía en los beneficiosos efectos que tendría sobre los bajos instintos y pasiones del pueblo.
En el Mito de la caverna unos hombres encadenados (limitaciones de su naturaleza corpórea) solo ven sombras proyectadas sobre la pared (el mundo natural) a las que creen la única realidad, aunque sólo son apariencias, reflejos de la verdadera realidad que se encuentra fuera de su alcance visual. De este modo niega la posibilidad del conocimiento con la observación directa sobre la naturaleza, es decir de la ciencia. Para él el hombre tiene una naturaleza dual: espíritu y cuerpo. El alma se encuentra encerrada en el cuerpo, entorpecida y cegada por la naturaleza corpórea; pero, aquella, pertenece al mundo elevado de las ideas, ha preexistido en contacto con ellas, por tanto, conocer no es sino recordar, lo que se logra con la ayuda de la dialéctica o discusión razonada. Con tal superchería rechazaba y condenaba el conocimiento científico que los filósofos de la naturaleza jonios y el materialismo epicúreo habían alumbrado trabajosamente.
En los siglos siguientes idealismo (neoplatonismo) y materialismo (atomismo, epicureísmo) continuaron su lucha, no sólo con las ideas sino también en la política, ya que el primero es desde un principio la identidad ideológica de la oligarquía, por lo que el último parece batirse en retirada, no en balde la democracia es sólo un mal recuerdo; hasta que el cristianismo, equipado con las armas intelectuales que Platón le había proporcionado y en posesión de una influencia decisiva sobre el poder político, acaba anatematizando todo materialismo.
Dos citas de Farrington: 1) «Anaximandro, en el siglo VI a de C., enseña una teoría de la evolución basada en la observación. Cosmas en el siglo VI d. de C. enseña una teoría basada en la Biblia, según la cual el Universo está hecho a imitación del tabernáculo de Moisés»; 2) «En el siglo V a. de C. el poeta pagano Empédocles sostiene la necesidad de un conocimiento de la naturaleza de las cosas. En el siglo V. d. de C. el poeta cristiano Prudencio niega el conocimiento de la naturaleza de las cosas».
¿Qué ha ocurrido para que se dé semejante regresión entre unas y otras situaciones separadas por mil años en los que se supone debería haber habido un importante progreso? Entre otras varias cosas, la interferencia nefasta de Platón y el cristianismo.

9 nov. 2011

Cambios

           Crisis financiera, crisis económica, crisis social y crisis política es la secuencia, nada novedosa, de los acontecimientos de estos años. No hay trance económico de envergadura que no desemboque en alteraciones sociales y políticas. Eso nos enseña la historia. Las sociedades tienen trabados de tal modo estos diferentes aspectos de la convivencia que no es posible tocar a uno sin que se resientan los demás. Se puede discrepar sobre cuál de ellos constituye el cimiento, pero todos podemos aceptar que forman parte del mismo edificio.
Los acontecimientos políticos últimos lo confirman: cambio en Portugal, caída de Papandreu, crisis en Italia donde se tambalea Berlusconi, elecciones anticipadas en España, eso sin contar sucesos anteriores como los cambios de gobierno en Reino Unido, Islandia, Irlanda, etc. Con todo, esto no son sino los efectos en la epidermis del cuerpo político, la convulsión real es más profunda y prolongará la inestabilidad y agravará las consecuencias. Ayer en El País Ignacio Sotelo habla del agotamiento del ciclo de la transición en España, enmarcándolo en la secuencia histórica de los dos últimos siglos y en la crisis económica. Merece la pena leerlo.

Ciertamente, algunos signos parecen confirmar esta hipótesis. Uno de ellos es el peligroso nivel que ha alcanzado el problema territorial. A algunos nos parece que el desarrollo del Estado de las Autonomías ha llegado a un callejón sin salida. Los trucos para sortear obstáculos y disimular deslices, los agravios, las frustraciones y los excesos se han ido acumulando para llegar a convertirse en un pesado lastre que amenaza con romper definitivamente un consenso que nació ya deshilachado. En estas circunstancias ningún caldo de cultivo es mejor para la ruptura que la crisis económica. Lo que se insinúa como inevitable es que la próxima legislatura tendrá este asunto como protagonista principal, y lo que sorprende extraordinariamente es que ni Rajoy ni Rubalcaba lo tocaran en el debate. Como si no existiera. La incomodidad que sienten ante la cuestión les ha empujado a ignorarlo, y si ninguno de los dos grandes partidos es capaz de afrontarlo ¿cómo se puede esperar su remedio? No lo habrá, es un problema enquistado para el que el actual sistema no tiene solución.

Un signo de agotamiento del ciclo, como lo es también el enajenamiento de la acción política y de los políticos. Apunta ya la segunda generación tras la Transición, que muestra una total indiferencia cuando no desprecio por aquello que se consideraron logros extraordinarios. Toda la arquitectura política que entonces se edificó está siendo puesta en cuestión, desmitificando o rebajando sus pretendidas excelencias. Lo lamentable del asunto es que la demolición se hace con la piqueta libertaria y anarcoide del nihilismo político, no hay proyecto alternativo. Pero esa es otra cuestión. El ciclo de la Restauración (ver el artículo de I. Sotelo) terminó en una larga crisis que tiene en sus comienzos el golpe de Primo de Rivera y en su final el de los militares del 36, para cuya justificación (la de ambos) la opinión pública había entregado en bandeja un descomunal desprestigio de la política y de los políticos. La historia no se repite, pero las condiciones que terminaron con el régimen parlamentario decimonónico, primero, y el proyecto democrático republicano después, son semejantes a las actuales en lo que a estimación de la política se refiere. Deducir de ello una erosión catastrófica del sistema, acelerada por la situación económica, no parece descabellado.

El turno de partidos, derecha (UCD, PP) centro izquierda (PSOE), puede haber concluido si el resultado de las elecciones a Cortes Generales se decanta con decisión hacia la derecha, como en las territoriales y locales. Con ello se habría liquidado otro de los fundamentos del sistema heredado de la Transición.

Atasco autonómico, desprestigio radical del sistema y de los políticos, ruptura del mecanismo de turno partidario… Demasiadas averías para que siga funcionando la máquina, a la que, además, se ha cambiado el lubricante del bienestar por la arena y las piedras de la crisis.

6 nov. 2011

Política y emoción

           La historia, que difumina el devenir colectivo con la mirada desapasionada y la pátina del tiempo, es el único mirador desde donde es posible distinguir los rasgos de villanía o de heroísmo de los protagonistas sin mucho riesgo de equivocación, y no digamos los aciertos y los errores, cuando contamos ya con las consecuencias. Pero, qué difícil la objetividad en el escenario mismo y qué raro el acierto.
Hace tan sólo un par de días el BCE obtuvo un nuevo director (Mario Draghi), que nada más tomar posesión bajó un cuarto de punto el Euribor (precio del dinero en el mercado interbancario), lo que se venía reclamando desde casi todas partes como requisito para el crecimiento, tan deseado. Pues bien, el primer comentario que leí en la prensa calificaba al recién designado de sinvergüenza por facilitar con esa medida el beneficio bancario utilizando el recurso de obtener dinero barato del BCE para comprar deuda con altos intereses, previamente disparados por la especulación. Con independencia de que ese escenario sea o no posible, parece un exceso, dadas las circunstancias, adjudicar tal intención al que tomó la medida, por mucho que haya pertenecido al staff de Goldman Sachs, circunstancia al parecer maléfica para los que han hecho costumbre denigrar a las empresa capitalista y salvar al capitalismo.

La reciente maniobra política de Y. Papandreu ha sido calificada de disparate irresponsable y, una vez atisbado un posible desenlace, de ardid para mantenerse en el poder. Sin embargo, también aquí, otra interpretación es posible. En Grecia la calle es un volcán: cinco huelgas generales y disturbios permanentes que ponen a Atenas patas arriba cada dos por tres evidencian un drástico rechazo a la política de reformas (eufemismo bajo el que se ocultan contundentes asaltos al Estado del bienestar); la oposición, olvidándose de su responsabilidad en la crisis actual, no da tregua al gobierno; los propios parlamentarios del PASOC dan muestras de inquietud y amenazan con agrietar el bloque; al mismo tiempo la presión exterior aumenta amenazando con el cese de las ayudas. Cierto que en el momento de conocerse la decisión del jefe de gobierno de Atenas la UE y el FMI acababan de aprobar un nuevo paquete para salvar la situación otra vez atascada, pero con la exigencia de más recortes. La inesperada disposición de Papandreu a convocar un referéndum tenía, así, varios objetivos: una llamada de atención a Europa que debe comprender que la presión tiene un límite; colocar a la oposición ante la alternativa de la debacle que podía desencadenar un resultado negativo (nada extraño entre otras cosas por su propia política) y la necesidad de colaborar; pretende además amortiguar la contestación en la calle; y, por último, legitimar y fortalecer al gobierno, complementando la medida con la presentación de una cuestión de confianza. Hasta el momento el saldo arroja algunos éxitos: se ha doblado el brazo a la oposición que acepta negociar; se ha ganado la cuestión de confianza, clarificando la situación parlamentaria, aunque, a la postre, le cueste el puesto al presidente, lo que descartaría un apego enfermizo al poder. Todo ello con la sola amenaza de la consulta, que, al fin, se ha descartado. Está por ver si disminuye la contestación ciudadana y las repercusiones que pueda tener en el seno y devenir de la UE. Recordemos que Estados europeos con más solera que el griego ya provocaron crisis a cuenta de  referéndum, impulsados más por el populismo que por razones de peso.

Ni podemos, ni sería deseable, privarnos de las emociones en ningún momento, ni siquiera en el debate, político o no, pero consentir que se conviertan en el vector decisivo es menos deseable aún. El análisis con que se suelen afrontar en los medios las decisiones frente a la crisis se han contaminado gravemente de emocionalidad. El interés propio o cercano determina gravemente la opinión expresada, y las invectivas contra los que han de decidir, en medio de dificultades y presiones desmesuradas, suelen ser crueles y carentes de lógica y ponderación. Siempre se ha supuesto a los políticos un cierto componente de espíritu de servicio, como a los militares se les supone el valor. Hoy, por el contrario, ante la opinión pública, incluyendo comunicadores mediáticos y no pocos intelectuales, el ejercicio de la política parece ser suficiente para descalificar a personas que, fuera de ella, pasarían por íntegras.

No son estos los casos más significativos pero me ha llamado la atención la incapacidad para ver algo positivo en una decisión valorando exclusivamente una presunta mala trayectoria profesional evaluada desde las antípodas ideológicas (Draghi); o reducir a simple oportunismo político, cuando no despropósito, una decisión que de ser valorada por alguien no implicado en sus consecuencias habría alcanzado la calificación de hábil, oportuna y justa (Papandreu).

1 nov. 2011

Los recién llegados

          A parte de las alternativas tradicionales, izquierda (IU, PSOE), derecha (PP) y nacionalismos en algunas comunidades, existen para estas elecciones dos opciones novedosas: una ya fogueada en comicios anteriores y relativamente consolidada, UP y D; otra que se estrena en esta ocasión, pero que podría tener cierto éxito, EQUO. Ambas ofrecen alguna dificultad a la hora de clasificarlas con los criterios tradicionales, lo que, dadas las circunstancias actuales de descrédito de la política al uso, puede jugar muy a su favor.

UPyD es la que más difícil me resulta encasillar. Algunos de sus miembros gustan de definirse como liberal progresistas, entendiendo liberal en un sentido social o cultural más que económico e incluso político. Sin embargo, leyendo su programa lo que primero salta a la vista es su postura crítica ante lo que consideran excesos del Estado de las Autonomías, para cuya corrección proponen desde medidas prácticas, como revisar determinadas competencias, financiación, etc., hasta cuestiones tales como borrar de la Constitución toda referencia a derechos históricos o vocablos como nacionalidades o regiones. En el conflicto de la lengua ya se situaron claramente frente al catalanismo. El asunto de la organización, o mejor, reorganización territorial es lo que le da más personalidad, y tiene el mérito de que lo expresan con claridad y convicción, al contrario de lo que ocurre en otras formaciones (casi todas), que tienen una notable ambigüedad ante el problema y se acomodan fácilmente a las circunstancias cambiantes, cualesquiera que sean, y no precisamente por flexibilidad sino por indefinición. Su progresismo queda manifiesto en la posición favorable ante cuestiones sociales problemáticas y muy de actualidad tales como la muerte digna, aborto u otras, y económicas al elegir la acción sobre los ingresos más que sobre el gasto para hacer frente a la crisis. Ante la cuestión energética propugnan la cautela ante la nuclear, como no podía ser de otro modo, pero no optan por su abandono. Cuenta en su haber con una líder de larga experiencia política (Rosa Díez), aunque para algunos, dadas las circunstancias, pueda ser un hándicap.

EQUO es una formación absolutamente novedosa y ha hecho esfuerzos por constituirse con métodos innegablemente democráticos y con visos asamblearios, no en balde nacía a la vida política mientras acampaban los indignados en las plazas públicas. Un guiño que muchos jóvenes sabrán captar, como el hecho de que su líder no ha sido político, aunque se fogueó durante años en la lucha por el medio ambiente (López de Uralde). Ecologismo de izquierdas o izquierda ecologista es su definición. La aproximación entre los ecologistas y la izquierda tiene ya historia, pero éste es un intento de fusión que se ha puesto de manifiesto en su programa y hasta en su composición humana, quizás con un poco de más peso en el ecologismo. Nítidamente de izquierdas, su programa contiene desde la reclamación de una nueva ley de la memoria histórica hasta la constitución de una banca estatal con las antiguas cajas, y, por supuesto, afrontar la crisis con una política de ingresos y de estímulo de la demanda y no con la restricción del gasto. Territorialmente, también en clara sintonía con otras izquierdas, se pronuncia por superar el Estado de las autonomías mediante el federalismo. Por supuesto reniegan del uso de la energía atómica, de la que requiere combustibles fósiles y de la construcción de nuevos embalses y prometen la elaboración de un plan que ordene el consumo y la producción energéticas sostenibles, así como la racionalización del regadío.

Ambas se pronuncian por una reforma en profundidad de la ley electoral con un nuevo texto que cambie circunscripciones, añada una estatal para la adjudicación de restos, modifique el carácter de las listas y abandone la ley d’Hont por otra más proporcional (Hare), evitando el lamentable espectáculo actual (IU requiere casi 500.000 votos para conseguir un diputado, más de 300.000 UPyD  y el PNV sólo 51.000, o en torno a 60.000 PSOE y PP). Esta última cuestión tiene además una clara repercusión en la arquitectura política del país al limitar el desorbitado poder de los nacionalismos en el Congreso de los Diputados y, por tanto, su influencia sobre el ejecutivo, abriendo la posibilidad de que trasladen al Senado parte de su acción política, con lo que esta cámara podría empezar a tener sentido.

Independientemente de la simpatía o rechazo que despierten, pienso yo que estaría muy bien que UPyD consiguiera grupo parlamentario, como le pronostican las encuestas, y que EQUO inaugurara representación en el Congreso.

No ha sido mi intención analizar exhaustivamente los programas de ambas formaciones sino dar mi opinión sobre ellas basándome en los textos publicados y en otras informaciones. Los programas se pueden consultar en los siguientes enlaces: UPyD - EQUO