26 abr. 2009

La confusión de los transgénicos


En los años 80 se consiguió la producción y comercialización de insulina humana a base de aislar y cortar el gen responsable, que se insertó en la bacteria Eschericia coli, cultivándola después para obtener muchas de ellas y extraerles la insulina producida. El avance consistió en que ya no es necesario utilizar la de las vacas y cerdos, evitando los problemas de incompatibilidad que acarreaba y, lo que no es menor ventaja, se ha producido un abaratamiento drástico del producto. Nadie desde ningún punto de vista rechazaría hoy este avance vital para millones de diabéticos, y, sin embargo, es un producto transgénico, logrado mediante la manipulación que permite la ingeniería genética, de forma idéntica a como se opera en los cultivos modificados.
Los transgénicos están presentes en otras ramas de la medicina: vacuna de la hepatitis B, hormona del crecimiento, eritoproyetina, anticuerpos monoclonales, anticoagulantes, factores de la coagulación, etc.; por no hablar de los ratones y ratas de laboratorio transgénicos para lograr una mayor semejanza con los humanos, en la lucha contra muchas enfermedades, como el cáncer.[i] No sé de nadie que esté en contra de estos procesos y logros extraordinarios por muy transgénicos que sean los productos y las cobayas.
Hace unos 10.000 años aprendió el hombre a controlar el ciclo vital de plantas y animales, es decir inventó o descubrió la agricultura y la ganadería. Desde entonces la casi totalidad de las tierras habitables han sido drásticamente modificadas, miles y miles de especies de plantas y animales han desaparecido y otras han sido modificadas hasta resultar irreconocibles. Todo ello por la mano del hombre, sin siquiera conocer los mecanismos que ponía en marcha con su acción, sólo por la necesidad de asegurarse la subsistencia. Desde los años 80 sabemos hacer lo mismo que hemos hecho a lo largo de siglos, pero con conocimiento de causa, en una sola acción y con mucha mayor eficacia y alcance, mediante las técnicas de ingeniería genética. Significa incrementar la productividad y la eficiencia de modo hasta ahora impensable. Es cierto que puede afectar a la biodiversidad, como lo hizo la agricultura y la ganadería desde siempre, pero no parece tener fundamento el temor a la ingestión de organismos modificados, que ni en la teoría ni en la práctica tiene justificación. No se ha documentado ni un solo caso de trastornos, malformación o enfermedad por causa de transgénicos, sin embargo conocemos de sobra la masacre del hambre y lo pernicioso de los pesticidas, terrenos ambos en los que aquellos pueden ayudar sustancialmente.
¿Por qué entonces el temor y la animadversión desatada contra los transgénicos? ¿Por qué las campañas y movilizaciones? ¿Por qué las prohibiciones de algunos Estados?
En primer lugar, existe hoy una desconfianza profunda hacia la ciencia, producto, sin duda, de la ignorancia: recientemente se ha hecho pública una encuesta que muestra que sólo el 53.4% de los españoles cree que la ciencia trae más beneficios que perjuicios. Los movimientos conservacionistas, que realizan una tarea insustituible, no están exentos de sectarismo, demagogia y fundamentalismo y, hoy, sustituyen a la antigua izquierda, desprestigiada y desmovilizada, en la lucha contra el sistema, movilizando a las masas, pero mezclando argumentos de la izquierda tradicional con el conservacionismo, que les es propio, creando una confusión, según parece, buscada. Las ONGs conservacionistas tienen en el espacio público y en la movilización la garantía de su subsistencia, pero los científicos sólo hablan a través de las revistas especializadas, fuera del alcance del gran público, siempre serán aquellas las que obtengan el favor popular. Para colmo, muchos gobiernos están hoy fuertemente marcados por la ola de populismo y parecen gobernar a golpe de encuesta, aceptando cualquier sugerencia que haya alcanzado suficiente popularidad, lo que, dicho sea de paso, no es más democracia sino más demagogia.
Entre la ignorancia y la confusión de objetivos nos encontramos rechazando a los transgénicos cuando en realidad lo que queremos es impedir el poder de las transnacionales gigantes (Monsanto). Pero la lucha pura y cruda contra el capitalismo (multinacionales explotadoras con fines sólo economicistas) y sus instrumentos jurídicos (derechos de propiedad) no movilizan, es mejor añadirles un toque de conservacionismo, que está de moda y queda muy bien. Sin embargo, utilizar la ignorancia y generar confusión no es revolucionario, más bien todo lo contrario. También hay ingenuidad: en los comienzos de la revolución industrial los obreros confundieron la querencia explotadora del capitalismo con los efectos de las nuevas tecnologías y emprendieron una lucha feroz contra las máquinas (ludismo) ¿No estamos en una reedición del mismo problema, ampliado por la omnipresencia de los medios?


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[i] La información sobre este párrafo, y alguna otra la obtuve de Transgénicos que salvan vidas de Esther Samper.





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