11 ago. 2012

Convidados de piedra


«Los grandes problemas no se resolverán con discursos y decisiones tomadas por mayoría […] sino con sangre y hierro...». Fue Bismark, el canciller prusiano, a las puertas de la unificación de Alemania el autor de estas palabras. Ciertamente el objetivo de unir a la multitud de estados alemanes en uno (con la exclusión de Austria) se produjo (1871) tras la sucesión de tres crisis bélicas preparadas y dirigidas a aquel fin. Aunque convendría decir que las guerras del XIX tenían mucho de exhibición de entorchados y ruido de sables, pero en modo alguno se parecían a las confrontaciones del XX, después de que la industrialización alcanzara a la guerra.

Por las mismas fechas en Italia, la otra gran nación en busca de un estado que acogiera a todos los italianos, el pequeño rey de Piamonte, Vittorio Emanuele, jugó también sus bazas con la guerra, la diplomacia y la fascinación que ejerció sobre los demócratas revolucionarios, pero sin someterse a ningún veredicto popular, para lograr un fin semejante en su país.

Estos son dos casos notables por la entidad de los estados creados y por ser los últimos en Europa en alcanzar el estatus de estado-nación, pero lo cierto es que la historia no registra el nacimiento de ningúno de magnitud reseñable por medio del consenso y el ejercicio democrático de las mayorías.

Hoy las riendas de la unificación de Europa no están en manos de mariscales con cascos bruñidos y repujados o monarcas cubiertos de condecoraciones, galones y penachos de plumas, pasaron esos tiempos. Más bien da la sensación de que las riendas andan sueltas, pero, si acaso, son las fuerzas anónimas (o camufladas) del capital las que marcan la dirección. Tampoco el capital es un forofo de la democracia: la tolera, la bordea, la utiliza, pero si el proceso ha de hacerse en interés del capital la democracia será sólo el convidado de piedra. Tal cual en los procesos de unificación de Italia y Alemania.

La construcción de Europa avanza en la compleja dialéctica de mil fuerzas encontradas: los que quieren una Europa democrática y unida pero que, precisamente por demócratas defienden con tacañería ínfimas partículas de soberanía nacional; los que buscan ante todo una Europa que funcione, por lo que anteponen la economía a la política, pero luego echan en falta a la política que ponga a los motores en marcha; los políticos con conciencia y sentido del futuro que no consiguen hacer valer sus propuestas en un bosque de intereses y entelequias, con aquellos que se pierden y nos pierden en el populismo; en fin, el capital en su multiforme presencia que se impone con más fuerza cada día.

Es lógico ante tal confluencia de intereses contradictorios que el  normal estado de la cuestión sea el estancamiento. Sólo las situaciones críticas permiten avanzar porque para superarlas se requieren decisiones excepcionales que ignoren miedos e intereses arraigados Es aquí donde los antiguos metieron la guerra y la diplomacia, los sables y los entorchados, algo que generara un impulso arrollador, arriesgando mucho en el envite, pero que permitiera un salto adelante. Hoy la crisis que padecemos puede hacer lo mismo, generando fuerzas y recursos superadores del inmovilismo,   pero como todas las crisis, económicas, políticas o bélicas, presenta un alto grado de incertidumbre y su solución puede ir en cualquier dirección, incluso en la más inesperada. Lo que los ciudadanos no podemos permitir es que de nuevo triunfen otras fuerzas y estemos allí solamente para aplaudir el resultado final; que en el reparto de papeles nos toque el de clac, pero habiendo pagado la entrada y costeado el espectáculo.

Los convidados de piedra también son del XIX. Estos nuevos tiempos prometían otras cosas, otros modos.