22 feb. 2009

El experimento de la oración

La oración es un ritual que comparten todas las religiones con variantes escasas de unas a otras. Con ella los fieles pretenden relacionarse con la divinidad y obtener así gracia y favor. Ante la adversidad, para prevenir la desgracia, para agradecer los bienes que se suponen recibidos por la benevolencia de Dios, el recurso a la oración es universal. Sin embargo, pocas veces se ha ocupado nadie de comprobar o medir su eficacia con un método científico; un intento así parece a los creyentes casi blasfemo, pero algunos hubo.

Sir Francis Galton era primo de Darwin y científico de múltiples intereses intelectuales: empezó trabajando en la meteorología a la que aportó, entre otras cosas, el término anticiclón; se interesó por la psicología, terreno en el que se le considera el padre de la psicología diferencial; investigó sobre la inteligencia y su medición y dedicó mucho esfuerzo a la antropometría sugiriendo el análisis de las huellas digitales para la identificación personal; su obsesión por la medida le llevó al estudio de la estadística terreno en el que también aportó innovaciones. Su curiosidad universal le indujo a plantearse si la oración era realmente eficaz: realizó un estudio estadístico que mostraba que los sacerdotes no vivían más ni más sanos que los médicos o abogados, lo que le planteó las primeras dudas; también aplicó los recursos estadísticos para ver si la familia real, que recibía el beneficio de multitud de plegarias cotidianas en todas las iglesias del reino, era más longeva o sana que el resto de los ingleses, pero el resultado fue negativo; incluso comprobó personalmente que las plantas cultivadas en parcelas para las que oró abundantemente no crecían mejor que las de parcelas a las que no dedicó oración alguna. Además de curiosidad y espíritu científico Galton tenía sentido del humor.

Existe en EE.UU. una entidad, Templeton Foundation, que dedica mucho esfuerzo y recursos a compaginar ciencia y religión –su fundador J. Templeton, que hizo una inmensa fortuna con la especulación bursátil y el uso de paraísos fiscales, despreciaba la interpretación literal de la Biblia–. Recientemente la fundación dedicó 2,4 millones de dólares en un experimento que pretendía comprobar, de una vez por todas, el valor de la oración. Se encargó la experiencia al Dr. H. Benson, eminente cardiólogo de Boston que utilizó una muestra de 1802 enfermos cardiológicos, utilizando un procedimiento de doble ciego –ni los médicos encargados de los paciente, ni estos conocían la realización del experimento–; se les dividió en tres grupos: a) por los que no se rezaba ni ellos lo sabían, b) enfermos por los que se rezaba pero ellos no lo sabían y c) por los que se rezaba y ellos conocían que se estaba rezando por ellos. Se contactó con diversas congregaciones e iglesias, que se encargarían de las plegarias, proporcionándoles el nombre de pila y la inicial del apellido de cada uno de los sujetos del experimento e incluso una frase estándar que debían utilizar en la oración. El resultado obtenido –publicado en el número de abril de 2006 de la revista científica American Heart Journal– resultó sorprendente: los enfermos de los grupos a) y b) no mostraron alteración alguna sobre la normalidad; pero los del grupo c), por los que se rezó y ellos lo sabían, experimentaron un empeoramiento perfectamente detectable. Tan insólito desenlace se interpretó como consecuencia del aumento de la ansiedad que provocaba el saber que había mucha gente rezando por ellos, lo que muchos debieron interpretar como señal inequívoca de la gravedad de su dolencia.

Ni que decir tiene que el experimento fue fuertemente criticado por diversas razones, entre ellas que a las acciones de Dios no se las puede someter a prueba. Que cada cual se quede con lo que le parezca, a mí me divirtió conocer ambas experiencias.

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Ilustración: S. BOTICELLI: La oración en el huerto. 1498. Temple sobre tabla. Museo de la Capilla Real de Granada.
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19 feb. 2009

Reflexiones sobre la democracia (5). Nacionalismo

Los mitos, aun embellecidos por la literatura, no me gustan. No puedo olvidar que son el instrumento de sustitución del pensamiento racional por el pensamiento mágico; y esto nunca es una operación inocente o sin consecuencias, aunque a veces lo parezca. La revolución burguesa acabó con los mitos del Antiguo Régimen; parecía que la eclosión del flamante concepto de ciudadanía abría un horizonte virgen para la racionalización de la vida pública. De hecho así fue, pero con ella se coló un nuevo mito, candoroso al principio, la nación. Con el transcurrir del tiempo nos hemos percatado de haber sustituido a la sagrada genealogía de los soberanos por el no menos sagrado origen de la nación. Mito por mito; mal cambio, o, al menos, estúpido.

«Una nación… es un grupo de hombres que se han unido merced a un error común en lo concerniente a su origen y una inclinación gregaria contra sus vecinos»


La cita es de Christian Jäggis hallada en Diccionario del ciudadano sin miedo a saber, de F. Savater. La traigo aquí porque me parece acertadísima y hasta un punto divertida, si no fuera porque el dichoso error y esa tonta inclinación han causado tragedias descomunales.

En el siglo XIX nacieron todos los nacionalismos europeos y americanos. El hundimiento del Antiguo Régimen social –desigualdad jurídica– y político –soberanía de los monarcas– da lugar a un sistema en el que los ciudadanos, con iguales derechos, detentan la soberanía. Con ello los antiguos Estados, patrimonio de las dinastías reinantes, deben cambiar sus fundamentos. Algunos lo logran sin muchos trastornos, es el caso del Reino Unido, Francia o incluso España; otros muchos desaparecen para formar nuevas entidades: Alemania o Italia; pero los hubo también que estallaron en multitud de nuevos Estados nacionales: Austria-Hungría y Turquía.

Las nuevas naciones han surgido del espíritu de la época, conformado por las nuevas condiciones económicas –capitalismo– y sociales –dominio de la burguesía–, pero las masas seguían apegadas a valores tradicionales, que tenían que ver con antiguas fidelidades, o respiraban un anhelo revolucionario que iba más allá de los intereses burgueses. Es entonces cuando surge la necesidad de nuevos mitos –el pueblo, la nación– que sirvan de cemento en la nueva construcción. La literatura, el arte y la historia fueron las herramientas. Las antiguas crónicas de los monarcas, o las historias de la humanidad, dejan su lugar a las historias nacionales, cuyo sujeto ha sido obtenido de la literatura o de leyendas manipuladas para el caso, o simplemente haciendo un ejercicio de descarado anacronismo; pero su utilidad se ve tan clara, que todos los gobiernos la introducen en el currículo de sus planes de estudio. Al tiempo se crean los ritos del nuevo culto –fiestas nacionales, desfiles patrióticos– y sus objetos litúrgicos –soldado desconocido, bandera, himno–. El sentimiento nacional se fabrica así con tesón y notable éxito; tanto que se impuso al internacionalismo obrero, que por un momento pareció transformar el mundo; y, ante los problemas de un capitalismo convulso y caótico, respondió con el invento de los fascismos y la masacre más grande que haya vivido la humanidad. El posterior declive del colonialismo clásico contribuyó a su difusión fuera del mundo occidental.

Todo este proceso se produce paralelamente al nacimiento, consolidación y difusión de la democracia y, en algún momento, se confunden. Los héroes de la unidad –italiana o alemana–, de la independencia –griega o india–, lo son también de la democracia. Durante un tiempo pudieron parecer aliados y todavía hoy existe la confusión en la mente de muchos. Sin embargo, en este momento, no es más que un elemento que dificulta la cooperación internacional, por ejemplo en la UE, o una fuerza disgregadora en países con democracias consolidadas, donde unos fantasmagóricos derechos territoriales pretenden imponerse sobre los de ciudadanía.

En cualquier caso el nacionalismo es una manifestación más del pensamiento mágico, una ideología basada en mitos, un proyecto de unidad mística entre hombres que creen compartir un origen y un destino comunes, un sentimiento con una proyección inquietante, que en varias ocasiones ha mostrado ya su lado más oscuro. Nada que ver con la democracia.

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Ilustración: Mateo Maté, Nacionalismo doméstico.

16 feb. 2009

La naturaleza de las cosas


Poggio Bracciolini, humanista obsesionado por la recuperación de la cultura latina, rastreó todos los monasterios a su alcance en busca de vestigios de la literatura clásica. Recuperó multitud de textos, entre ellos (1417) De rerum natura, la obra de Lucrecio (s. I a.C.), que había permanecido perdida durante toda la Edad Media. El magnífico manuscrito que encabeza esta entrada es una copia realizada en 1483 por el fraile agustino Girolamo di Matteo por encargo del papa della Rovere, Sixto IV –el que inició las obras de la Capilla Sixtina–. La admiración por la cultura latina y el nuevo amor por la naturaleza explican el interés del pontífice y el primor y elegancia de su ejecución, pese a que Lucrecio había sido la bestia negra de los Padres de la Iglesia, como demuestran las noticias que de él nos dejara San Jerónimo, a todas luces calumniosas, aparte de ingenuas. Apenas si tenemos otros datos del poeta que esas calumnias, el contenido de su obra y el impacto, extraordinario, que causó entre sus contemporáneos y en los siglos siguientes.

En su tiempo despertó la animadversión del círculo aristocrático de Cicerón, que consideraba indecente que llevara a la plebe el rechazo de la superstición, con la difusión del materialismo epicúreo. Por superstición hay que entender religión, que en Roma era religión de Estado; en efecto, la oligarquía, detentadora del poder, consideraba fundamental el mantenimiento de la práctica religiosa para la tranquilidad Estado. La intención de su poema era didáctica, por eso eligió el verso para exponer todo un tratado filosófico, en el que se encuentra, perfeccionada, la teoría atómica de Demócrito, el rechazo radical de cualquier entidad no material, así como la inutilidad del temor a la muerte.

«Atiende ahora; habiéndote demostrado que las cosas no pueden nacer de la nada ni, una vez nacidas, ser devueltas de nuevo a la nada, (...) déjame citarte otros cuerpos cuya existencia material deberás admitir aun siendo invisibles. (…)»

Como en su momento Platón con Epicuro, los pensadores cristianos de la primera época consideraron a Lucrecio y su obra extraordinariamente peligrosos para el idealismo dualista en que se basaba su doctrina, por lo que rechazaron violentamente sus tesis e incluso trataron de desprestigiarlo con toda suerte de infundios como el citado de San Jerónimo. Posteriormente permaneció en el olvido durante siglos, apenas recordado por las diatribas y falsas noticias que habían dejado sus detractores, hasta que a principios del siglo XV fue redescubierto al encontrarse el poema integro.

En una situación histórica de gran fluidez por el agotamiento del viejo paradigma aristotélico, vigente desde hacía siglos, y en la que apuntaban ya las nuevas condiciones de la ciencia moderna, el redescubrimiento del atomismo comenzó en seguida a rendir frutos.

«... la Naturaleza entera, en cuanto existe por sí misma, consiste en dos sustancias: los cuerpos y el vacío en que estos están situados y se mueven de un lado a otro. Que el cuerpo existe de por sí, lo declara el testimonio de los sentidos, a todos común; (...) Por otra parte, si no existiera el lugar y el espacio que llamamos vacío, los cuerpos no podrían asentarse en ningún sitio, ni moverse en direcciones distintas...
Pues doquiera se extiende el espacio libre que llamamos vacío, no hay materia; y donde se mantiene la materia, no puede haber espacio hueco. (...)
Los átomos son, pues, sólidos y simples, formando un todo coherente de partes mínimas (...)
... es indudable que ningún reposo se ha concedido a los átomos a través del profundo vacío, sino que, agitados en continuo y vario movimiento, unos rebotan, después de chocar, hasta grandes distancias, mientras otros sufren los golpes dentro de un breveespacio. Los que, más densamente asociados, chocan y rebotan dentro de exiguos intervalos, trabados como están por la maraña de sus formas, constituyen las tenaces raíces de las peñas, la indómita sustancia del hierro y los demás cuerpos de este género».
A finales del siglo XV, Galileo no escapó a la fascinación de estos textos cuyas ideas le permitieron empezar a trabajar por fin con una alternativa viable a la física aristotélica y, a la larga, sentar las bases de la ciencia moderna. Curiosamente Lucrecio (Titus Lucrecius Carus) es uno de los hitos fundamentales en el progreso humano, pero de los más difamados y de los más ignorados.

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BIBLIOGRAFÍA:
Michel ONFRAY: Las sabidurías de la Antigüedad. Contrahistoria de la filosofía. I. Anagrama
Benjamín FARRINGTON: Ciencia y política en el mundo antiguo. Ed. Ayuso.
El enlace de Galileo conduce a la conferencia de Pietro Redondi: El atomismo de Galileo.
El texto integro de De Rerum Natura en la
Biblioteca Virtual M. de Cervantes. (La nota introductoria y biográfica contiene los prejuicios tradicionales contra Lucrecio)

11 feb. 2009

Las reglas de juego

El artículo del profesor Carlos Berzosa en El País de ayer expone dos ideas que, con las limitaciones que cabe imaginar, vienen dándome vueltas en la cabeza desde que se hizo evidente la crisis que padecemos: 1) que al contrario de lo que se dice, muchos economistas venían dando la voz de alarma desde hacía tiempo, no sólo los muy conocidos, por nobelizados, Stiglitz y Krugman; y 2) que por reprobables que hayan sido determinados comportamientos en las finanzas o en otros sectores, la verdadera causa de la crisis está en el agotamiento de un modelo.

¿Por qué se han ignorado las advertencias? Sobre la burbuja inmobiliaria nuestro país proporcionó un excelente ejemplo. El auge de esa actividad se convirtió en los últimos años en el motor de nuestra economía. Como es sabido, la construcción genera mucho empleo, lo que permitió atacar el paro estructural, nuestro cáncer histórico. Ha sido una excelente locomotora desarrollando otras muchas actividades auxiliares en la industria y los servicios. El carácter especulativo que adquirió, como es propio de cualquier burbuja, ha permitido acumular capitales como nunca antes había ocurrido en España, al menos desde el tendido de la red ferroviaria en el XIX. Para colmo, a los municipios –donde se genera el suelo–, tan mal financiados, los liberaba de la habitual penuria económica. Los bancos, que sacaban tajada de tanto movimiento de capital, favorecieron el proceso, relajando las condiciones con que trabajaban y contribuyendo al aumento de los precios, que les favorecía, habilitando técnicas y nuevos modos para el caso. Desde el poder se observaba con satisfacción que el crecimiento, por especulativo y falso que fuera, había liquidado –suceso histórico donde los haya– el déficit presupuestario, había saneado las cuentas de la Seguridad Social, que años antes estuvo en peligro, y los datos macroeconómicos nos empezaban a equiparar con nuestros vecinos, otro suceso histórico. Ninguno, ni los de arriba que toman las decisiones, ni los de abajo que los ponemos arriba, ni los que mueven el cotarro económico, quería despertar.

Es verdad que los que manejaban las altas finanzas han dado el espectáculo, como suele decirse, y que el estallido de su montaje ha servido de detonador de la crisis. Sin embargo, ¿tiene lógica culparlos de la situación por haber sido avariciosos? Es un contrasentido reclamar contención a entidades cuyo objetivo es la maximización de beneficios. La ambición y la avaricia son los motores del mercado; ya decía Smith que el interés particular coincide con el interés general. Abecé del libre mercado.
«Cada individuo en particular pone todo su cuidado en buscar el medio más oportuno de emplear con mayor ventaja el capital de que puede disponer. Lo que desde luego se propone es su propio interés, no el de la sociedad en común; pero esos mismos esfuerzos hacia su propia ventaja le inclinan a preferir, sin premeditación suya, el empleo más útil a la sociedad como tal. (...)»

Adam Smith: La riqueza de las naciones. 1776

La cuestión es hasta qué punto asumimos esta afirmación y cuanta libertad estamos dispuestos a conceder –en los últimos tiempos cualquier limitación parecía un abuso–, porque debe quedar claro que el problema no está en la catadura moral de los capitalistas sino en las reglas de juego.

Como las posibilidades y modalidades de intervención de cada uno de los actores en el mercado son casi infinitas, se puede decir que después de cada crisis hemos tenido un modelo de mercado distinto. Como todos antes, el modelo actual se ha colapsado. Da la impresión de que de las precedentes sólo se salió con chapuzas y el reciclaje de instrumentos anticuados. Es hora de aplicar correcciones duraderas, hora de replantearse el papel del sector financiero, de liquidar los paraísos fiscales, de poner límites al crecimiento, de globalizar el desarrollo, de poner cerco a la pobreza y el hambre, de poner fin a la degradación del medio y al agotamiento de los recursos. Es hora de recuperar el tiempo perdido en la desregulación de los mercados, de revitalizar las instituciones internacionales –ONU, BM, FMI OIC– saneándolas y democratizándolas. Es hora de reconducir la globalización de modo que no sea más una fiesta para los ricos, sino la esperanza de un futuro mejor para todos.

8 feb. 2009

La Biblia hoy

La Iglesia Católica mantuvo siempre alejados a los fieles de las Sagradas Escrituras, especialmente del Viejo Testamento; entre aquellos y estas interpuso siempre su magisterio y la recomendación de no leerlas con el sólo criterio del lector. Las iglesias que surgieron de la Reforma en el s. XVI se básaron en el principio de la libre interpretación: Dios habla en ellas directamente a cualquiera que las lea, para lo que será iluminado por el Espíritu sin necesidad de intermediarios. El problema es que son un conjunto variopinto de géneros diversos, desde relatos épicos a poesía erótica, pasando por libros de leyes, en un fárrago de noticias, leyendas, sentencias…, escritas a lo largo de muchos siglos, donde siempre es posible encontrar algo en un sentido y en el contrario. La Iglesia se ocupó solícita de seleccionar los textos según sus intereses, ocultando los más comprometidos y, como los feligreses no estaban acostumbrados a su lectura, las contradicciones y aberraciones que encierran han pasado desapercibidas. No así en los países de tradición protestante, donde son posibles situaciones como la que ofrezco:

«Desde hace más de una década, Laura C. Schlessinger (médica, psicóloga, autora de best sellers y consejera familiar) conduce en California uno de los talk show más oídos en Estados Unidos. Doce millones de personas la escuchan a través de 300 estaciones de radio y le formulan consultas que ella contesta. Es entrevistada de forma habitual en los principales diarios y cadenas de televisión y ha recibido todos los premios imaginables. Uno de sus diez libros se titula “Los diez mandamientos, el significado de la ley de Dios en la vida cotidiana“. En uno de sus programas dijo que la homosexualidad no podía ser consentida, apoyándose en el versículo 18:22 del Levítico: “No te echarás con varón como mujer, es abominación”. A raíz de ello un oyente le dirigió la siguiente carta:

Querida Dra. Laura:
Gracias por dedicar tantos esfuerzos a educar a la gente en la Ley de Dios. Yo mismo he aprendido muchísimo de su programa de radio e intento compartir mis conocimientos con todas las personas con las que me es posible. Por ejemplo, cuando alguien intenta defender el estilo de vida homosexual me limito tan sólo a recordarle que el Levítico, en sus versículos 18:22, establece claramente que la homosexualidad es una abominación. Punto final.

De todas formas, necesito algún consejo adicionalde su parte respecto a algunas otras leyes bíblicas en concreto y cómo cumplirlas:

1. Me gustaría vender a mi hermana como esclava, tal y como indica el Éxodo, 21:7. En los tiempos que vivimos, ¿qué precio piensa que sería el más adecuado?

2. El Levítico, 25:44, establece que puedo poseer esclavos, tanto varones como hembras, mientras sean adquiridos en naciones vecinas. Un amigo mío asegura que esto es aplicable a los mexicanos, pero no a los canadienses. ¿Me podría aclarar este punto? ¿Por qué no puedo poseer canadienses?

3. Sé que no estoy autorizado a tener contacto con ninguna mujer mientras esté en su período de impureza menstrual (Lev 15:19-24). El problema que se me plantea es el siguiente: ¿cómo puedo saber si lo están o no? He intentado preguntarlo, pero bastantes mujeres se sienten ofendidas.

4. Tengo un vecino que insiste en trabajar en el sábado. El Éxodo 35:2, claramente establece que ha de recibir la pena de muerte. ¿Estoy moralmente obligado a matarlo yo mismo? ¿Me podría apañar usted este tema de alguna manera?

5. En el Levítico 21:20, se establece que uno no puede acercarse al altar de Dios si tiene un defecto en la vista. He de confesar que necesito gafas para leer. ¿Mi agudeza visual tiene que ser del 100%? ¿Se puede relajar un poco esta condición?

6. La mayoría de mis amigos (varones) llevan el pelo arreglado y bien cortado, incluso en la zona de las sienes a pesar de que esto está expresamente prohibido por el levítico, 19:27. ¿Cómo han de morir?

7. Sé gracias al Levítico, 11:6-8, que tocar la piel de un cerdo muerto me convierte en impuro. Aún así, ¿puedo continuar jugando al fútbol si me pongo guantes?

8. Mi tío tiene una granja. Incumple lo que se dice en el Levítico 19:19, ya que planta dos cultivos distintos en el mismo campo, y también lo incumple su mujer, ya que lleva prendas hechas de dos tipos de tejido diferentes (algodón y poliéster). Él, además, se pasa el día maldiciendo y blasfemando. ¿Es realmente necesario llevar a cabo el engorroso procedimiento de reunir a todos los habitantes del pueblo para lapidarlos? (Lev 24:10-16). ¿No podríamos sencillamente quemarlos vivos en una reunión familiar privada, como se hace con la gente que duerme con sus parientes políticos? (Lev 20:14).

Sé que usted ha estudiado estos asuntos con gran profundidad, así que confío plenamente en su ayuda. Gracias de nuevo por recordarnos que la palabra de Dios es eterna e inmutable.»


Este curioso episodio lleva tiempo rodando por la red, yo lo he recogido de Valadren, pero lo he visto también en la página del escritor y periodista Pepe Rodríguez. Personalmente he verificado todas las citas bíblicas. Afortunadamente en los países de tradición cristiana hace tiempo que la legislación laica se impuso, aunque muchos se empeñen en citar la antigualla para justificar comportamientos retrógrados; pero en muchos países musulmanes es fundamento de la ley (la sharia) otro texto similar, pariente de éste.
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Ilustración: Biblia hebráica (s.XIII). Comprada en Toledo por R. Isaac y R. Abraham en 1280.

7 feb. 2009

Charles Darwin

En unos días se cumplen los doscientos años del nacimiento de Darwin creador de la teoría de la selección natural dentro de la teoría general de la evolución biológica. Merece la pena resaltar algunos aspectos de su obra.

Nunca un gran descubrimiento, un gran hallazgo científico puede separarse de una cadena de precedentes, de un ambiente histórico que lo propicie, lo que no resta mérito a los protagonistas; aunque en este, como en tantos casos, haya que abandonar la idea de héroe solitario. Diez años antes de que Darwin viniera al mundo, Lamarck, naturalista y filorevolucionario francés, formuló por vez primera la tesis de una evolución de los seres vivos, aunque explicaba su mecánica de modo incorrecto. El propio abuelo de Darwin, Erasmus, había dejado algunos escritos sobre esta cuestión, favorables a la idea de una evolución. Cuando ya tenía redactada su gran obra, El origen de las especies, pero dudaba sobre la oportunidad de su publicación, consciente del impacto que produciría, recibió un trabajo de Wallace, naturalista que investigaba en la Insulindia, en el que se introducía ya el concepto de selección natural como motor de la evolución; por ello Darwin, siguiendo el consejo de la Royal Society y después de consensuarlo con él, lo cito en su obra como codescubridor. A él mismo, fue el libro del economista Malthus, Ensayo sobre el principio de la población, en el que se hablaba de la supervivencia de los más aptos, lo que le inspiró la idea de la selección natural. Puede ser que no hubiera tenido el mismo impacto o su efecto hubiera sido más tardío y menos contundente, pero sin él habríamos llegado también a las mismas conclusiones a no tardar mucho. Lo que es aplicable a Darwin lo es también a otros grandes científicos o descubridores, a los que rendimos, no obstante, un culto merecido.

Hay una curiosa contradicción entre su vida y el efecto de su obra. Aunque en su familia existieron librepensadores, él fue hombre de moderación ideológica y de comportamiento contenido, de hecho se preparó para pastor (anglicano) y siempre participó activamente en la vida parroquial, aunque al final de su vida se declarara agnóstico. Ya he señalado que tardó veinte largos años en publicar su obra, en parte gestando su teoría, pero también porque no se atrevía a sacarla a la luz; al final se vio urgido por los trabajos de Wallace. Cuando Carlos Marx leyó su libro, convencido de que ratificaba sus ideas materialistas y extendía el método dialectico al funcionamiento de la naturaleza, le envió un manuscrito de El Capital, que escribia entonces, y le pidió su opinión a la vez que le expresaba su admiración y el deseo de conocerlo. Darwin le contestó cortés pero evasivo alegando que carecía de la preparación necesaria para enjuiciar sus escritos(1). Sin embargo, y muy en contra de lo que cabría desprenderse de su moderación, las conclusiones científicas que había alcanzado venían a corroborar las tesis del materialismo, desbancando el dualismo, el creacionismo idealista y la concepción de la inmutabilidad del ser, pensamiento que había hegemonizado a occidente durante dos milenios. De manera definitiva rompía con la tradición aristotélica y revalorizaba a los anteriores filosofos de la naturaleza, entre los que Empédocles de Agrigento (s.V a. C.)ya había sugerido la evolución biológica.

La tercera cuestión es el modo en el que cambió el papel del hombre en el universo después de la formulación de la teoría: por una parte enriquecido con el orgullo de poder explicar por primera vez su propio origen sin tener que recurrir a mitos, sino con el solo concurso de la razón; por otra, el baño de humildad que supuso el verse inscrito en el reino animal, como una especie más, despojado de la aureola de un ser especial creado a la imagen de Dios.

Hoy la teoría de la evolución de las especies por la selección natural es una de las teorías científicas mejor asentadas y sin embargo sigue existiendo una fuerte oposición a su plena aceptación. Los fundamentalismos religiosos han visto en ella un gravísimo peligro por las dos últimas razones que he expuesto y porque muestra palmariamente el retroceso de las religiones con el progreso de la ciencia.
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Ilustración: Charles Darwin, acuarela por G. Richmon, realizada después del viaje del Beagle.
(1) J. ATTALI: Karl Marx o el espíritu del Mundo. Ed. S.XXI. 2008.

3 feb. 2009

Pederastia

Valoramos los principios morales sobre muchas otras cuestiones porque son el fundamento de la convivencia. Nos inquietan los cambios en esta materia y nos cuesta comprenderlos; sin embargo, como todo, también están sujetos a mudanza. La historia nos muestra como se erosionan o cambian con el tiempo conforme las sociedades y sus fundamentos económicos e ideológicos se transforman. En un artículo anterior escribía sobre la consideración que ha tenido la infancia en el pasado y, de paso, aparecía en él el tema de la pederastia. Hoy trato de la significación que tuvo esa práctica en la antigua Grecia, por el contraste brutal con nuestros principios actuales, pese a que seguimos considerando a Grecia como la cuna de nuestra civilización occidental.
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La cultura griega era profundamente machista, se puede decir que las mujeres no existían, no tenían derechos de ciudadanía, vivían separadas de los hombres y se las casaba en la pubertad con hombres que les doblaban la edad. Pero de lo que hablo aquí es de pederastia masculina, institución chocante para la mentalidad judeo-cristiana en la que nos hemos formado.

La imagen que ilustra esta entrada es una cerámica griega ática de figuras rojas de entre 480 y 470 a C. Contra lo que pudiera parecer no es una representación obscena sino que refleja un episodio de la vida corriente, propio del gimnasio en Atenas; de la pared cuelgan algunos de los utensilios que usaban los atletas y el chico lleva una bolsa de nueces, probable obsequio de cortejo. Es una escena de pederastia, que en Grecia no tenía el carácter que tiene entre nosotros, sino que incluso era algo honorable, tanto por parte del muchacho, eromeno (amado), como del adulto, erastés (amante). Los griegos consideraban normal que un hombre adulto se sintiera atraído por un muchacho tanto o más que por una mujer. La relación erótica a que daba lugar no sólo estaba socialmente bien vista sino que se convirtió en una institución sobre la que incluso se legisló, prohibiéndolo a los esclavos o para que no se transformara en simple prostitución, dada la costumbre de obsequiar al chico amado con regalos de cortejo, a veces costosos.

La relación incluía aspectos educativos y de formación del niño que era una especie de pupilo, guiado y aconsejado por el erastés, mentor y maestro, aceptado por el padre, si el chico era muy joven, 12 0 13 años, pero elegido por él si era algo mayor. La tradición estética griega, el culto a la belleza del cuerpo masculino, el deporte y la práctica de la desnudez entre los atletas, así como el apartamiento de las mujeres de la vida de los hombres y los matrimonios tardíos para estos, junto con la formación militar de los jóvenes, son factores que pudieron favorecer esta práctica.

El tema produjo amplios debates en las escuelas filosóficas y en la literatura griega, pero la opinión que predomina es que si un hombre no había tenido nunca un eromeno se debía a algún fallo de carácter; de igual forma constituía un honor para un joven despertar el deseo y provocar el cortejo de muchos hombres adultos. Como es natural, la mitología griega, un espejo de la vida humana, refleja esta práctica en numerosos episodios, el más conocido sin duda es el rapto de Ganimedes, príncipe troyano, por Zeus, para convertirlo en su amante y copero de los dioses. Precisamente, en algunos lugares de Grecia (Creta) se practicaba un rapto ritual del niño, futuro eromeno, para inaugurar la relación.

Conviene no enredarnos con las palabras, el diccionario de la R.A.E. define la pederastia como “abuso sexual cometido con niños” y paidofilia: “atracción erótica o sexual que una persona siente hacia niños o adolescentes”. En el primer caso predomina la idea de delito, en el segundo la de desviación psíquica. Ninguno de los dos conceptos encaja en el vocablo griego en su valor original.

En la red es muy completa la entrada que Wikipedia le dedica, pero podéis encontrar un estudio serio, fundamentado y con numerosas referencias bibliográficas aquí.


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1 feb. 2009

¿Es el cristianismo monoteista?

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El hombre no se concibe solo porque la naturaleza en su tarea creadora durante millones de años lo ha configurado como un ser social. Por eso cuando los humanos imaginamos a los dioses tampoco los pensamos como seres solitarios. Las religiones son siempre politeístas, incluso aquellas que hacen gala de monoteísmo: judaísmo, cristianismo e islamismo. Por supuesto que además de sociales los dioses son siempre antropomorfos –aunque a veces se prohíba su representación– o zoomorfos, ya que si no tienen una figura humana o animal su carácter sí que lo es. Al fin y a la postre la imaginación tiene sus límites.

Siempre me pareció un error considerar al cristianismo como una religión monoteísta pese a las declaraciones expresas de sus iglesias en ese sentido y a la idea, pienso que gratuita, de que el monoteísmo es una forma superior de creencia religiosa. De hecho desde fuera no se la considera así, fijaos en este texto: “Los islamistas, luchando contra los politeístas y forzándoles a emigrar…” Se trata de la crónica de Al-Maqqari relatando la batalla de Covadonga, subrayo el calificativo que usa (politeistas) para designar a los cristianos. Nada más lógico si consideramos que el concilio de Nicea, con el de Constantinopla más tarde, había establecido el dogma de la Trinidad hacía tres siglos. La polémica surgió desde que Pablo empezó a considerar a Cristo como hijo de Dios, haciendo que la bíblica divinidad judía perdiera su soledad y obligando a buscar argumentos que mantuvieran, pese a todo, la antigua unicidad. La utilización de una jerga seudofilosófica para explicar el contrasentido de un Dios y tres personas no evita que la propia Iglesia lo considere un misterio para cuya asimilación se requiere de la revelación. En la ciencia hay conceptos nada intuitivos pero que podemos alcanzar por un razonamiento lógico, por ejemplo matemático. Este asunto, sin el concurso de la fe, no es asumible por nuestro conocimiento, así que aceptar llanamente que se habla de varios dioses está justificado.

El problema afecta al catolicismo romano, al ortodoxo y a las iglesias protestantes, es decir al cristianismo trinitario –hubo y hay otros credos cristianos no trinitarios, de hecho el Islam en su origen se puede considerar uno de ellos–; pero todos, incluyendo al Islam y al judaísmo, tienen elementos que contradicen la soledad de Dios. Todos ellos admiten la existencia de criaturas de carácter sobrenatural que, aunque no reciban el calificativo de divinos, tienen poderes y características no humanas; son entes celestiales o infernales cuyo número y variedad es enorme. Los ángeles y los demonios están presentes en todas ellas; su poder es tan grande que algunos se han rebelado contra Dios mismo; el Diablo, además, se atrevió a tentar al mismísimo Jesús, sabiendo quien era –¿hubo alguna posibilidad de que sucumbiera a la tentación?–. Los católicos aceptan también la presencia en el Cielo de la Virgen, ¡en cuerpo y alma! Y, por supuesto, una legión de santos. El Olimpo griego no estaba más poblado; en realidad los santos del cielo cristiano han venido a sustituir a los dioses del Panteón grecorromano asumiendo, por ejemplo, sus tareas de patronazgo. La diferencia reside únicamente en que el cristiano se configura como una sociedad muy jerarquizada y con un poder absoluto en la cúspide, cosa con la que Zeus o Júpiter no podían soñar. ¿No será un reflejo fiel del poder despótico del emperador en el siglo IV y siguientes, cuando se gestan estas creencias?

No conozco ninguna religión que pueda considerarse monoteísta. La católica, desde luego, está muy lejos de serlo porque, aunque no se denominen dioses a las criaturas que pueblan sus “espacios” ultraterrenos, lo cierto es que no son humanas, ni tienen una condición natural, así que si no son de este mundo serán del “otro”. Todas las argucias seudofilosóficas para encubrir esta realidad no son más que eso, artimañas, pura y simple charlatanería. Analizado desde fuera este asunto se presenta como infantil e ingenuo, pero ¿qué no lo es en una religión? A veces se quiere quitar hierro alegando que son producto de la religiosidad popular, pero no es así. De los ángeles y del Demonio se habla en los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento; de la Virgen en el Nuevo, y Roma ha creado los dogmas de la Inmaculada Concepción (Pío IX) y de la Asunción de la Virgen (Pío XII), ya en los siglos XIX y XX respectivamente. Por supuesto las discusiones teológicas a que han dado lugar estos temas han sido innumerables a lo largo de siglos y en muchos casos con consecuencias dramáticas.

He ilustrado estas reflexiones con La Trinidad de El Greco. Basta echar una ojeada a esta pintura genial para rebatir cualquier intento de defensa de la soledad del dios cristiano.



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ILUSTRACIÓN. “La Trinidad” de El Greco.