19 feb. 2009

Reflexiones sobre la democracia (5). Nacionalismo

Los mitos, aun embellecidos por la literatura, no me gustan. No puedo olvidar que son el instrumento de sustitución del pensamiento racional por el pensamiento mágico; y esto nunca es una operación inocente o sin consecuencias, aunque a veces lo parezca. La revolución burguesa acabó con los mitos del Antiguo Régimen; parecía que la eclosión del flamante concepto de ciudadanía abría un horizonte virgen para la racionalización de la vida pública. De hecho así fue, pero con ella se coló un nuevo mito, candoroso al principio, la nación. Con el transcurrir del tiempo nos hemos percatado de haber sustituido a la sagrada genealogía de los soberanos por el no menos sagrado origen de la nación. Mito por mito; mal cambio, o, al menos, estúpido.

«Una nación… es un grupo de hombres que se han unido merced a un error común en lo concerniente a su origen y una inclinación gregaria contra sus vecinos»


La cita es de Christian Jäggis hallada en Diccionario del ciudadano sin miedo a saber, de F. Savater. La traigo aquí porque me parece acertadísima y hasta un punto divertida, si no fuera porque el dichoso error y esa tonta inclinación han causado tragedias descomunales.

En el siglo XIX nacieron todos los nacionalismos europeos y americanos. El hundimiento del Antiguo Régimen social –desigualdad jurídica– y político –soberanía de los monarcas– da lugar a un sistema en el que los ciudadanos, con iguales derechos, detentan la soberanía. Con ello los antiguos Estados, patrimonio de las dinastías reinantes, deben cambiar sus fundamentos. Algunos lo logran sin muchos trastornos, es el caso del Reino Unido, Francia o incluso España; otros muchos desaparecen para formar nuevas entidades: Alemania o Italia; pero los hubo también que estallaron en multitud de nuevos Estados nacionales: Austria-Hungría y Turquía.

Las nuevas naciones han surgido del espíritu de la época, conformado por las nuevas condiciones económicas –capitalismo– y sociales –dominio de la burguesía–, pero las masas seguían apegadas a valores tradicionales, que tenían que ver con antiguas fidelidades, o respiraban un anhelo revolucionario que iba más allá de los intereses burgueses. Es entonces cuando surge la necesidad de nuevos mitos –el pueblo, la nación– que sirvan de cemento en la nueva construcción. La literatura, el arte y la historia fueron las herramientas. Las antiguas crónicas de los monarcas, o las historias de la humanidad, dejan su lugar a las historias nacionales, cuyo sujeto ha sido obtenido de la literatura o de leyendas manipuladas para el caso, o simplemente haciendo un ejercicio de descarado anacronismo; pero su utilidad se ve tan clara, que todos los gobiernos la introducen en el currículo de sus planes de estudio. Al tiempo se crean los ritos del nuevo culto –fiestas nacionales, desfiles patrióticos– y sus objetos litúrgicos –soldado desconocido, bandera, himno–. El sentimiento nacional se fabrica así con tesón y notable éxito; tanto que se impuso al internacionalismo obrero, que por un momento pareció transformar el mundo; y, ante los problemas de un capitalismo convulso y caótico, respondió con el invento de los fascismos y la masacre más grande que haya vivido la humanidad. El posterior declive del colonialismo clásico contribuyó a su difusión fuera del mundo occidental.

Todo este proceso se produce paralelamente al nacimiento, consolidación y difusión de la democracia y, en algún momento, se confunden. Los héroes de la unidad –italiana o alemana–, de la independencia –griega o india–, lo son también de la democracia. Durante un tiempo pudieron parecer aliados y todavía hoy existe la confusión en la mente de muchos. Sin embargo, en este momento, no es más que un elemento que dificulta la cooperación internacional, por ejemplo en la UE, o una fuerza disgregadora en países con democracias consolidadas, donde unos fantasmagóricos derechos territoriales pretenden imponerse sobre los de ciudadanía.

En cualquier caso el nacionalismo es una manifestación más del pensamiento mágico, una ideología basada en mitos, un proyecto de unidad mística entre hombres que creen compartir un origen y un destino comunes, un sentimiento con una proyección inquietante, que en varias ocasiones ha mostrado ya su lado más oscuro. Nada que ver con la democracia.

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Ilustración: Mateo Maté, Nacionalismo doméstico.

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