28 abr. 2011

Jesús y la historia (y 3)

Greco. El Expolio
Si leemos en los evangelios la narración de la futura destrucción del templo y de Jerusalén, un creyente deducirá de ello la potencia profética de Jesús; un historiador concluirá, en cambio, que es la prueba irrefutable de que el texto fue redactado después de ese suceso (año 70). Es la diferencia entre el pensamiento mágico y el pensamiento racional. Si lo que queremos hacer es un análisis desde la perspectiva de la historia habremos de desprendernos del pensamiento mágico y, a la luz de lo dicho en los dos post anteriores, concluir con una de las dos opciones posibles que expongo a continuación.

1.- La tesis mítica. Se basa en el silencio de las fuentes no cristianas, ya que las alusiones poco significativas en F. Josefo y Tácito son más que probables interpolaciones y, en el segundo, no probaría más que la existencia de cristianos en Roma en el siglo I; la absoluta carencia de pruebas arqueológicas; y la invalidez de las fuentes cristianas como prueba. Deducen sus seguidores que se trata de un mito, no más verosímil que el de Ulises o Zaratustra, elaborado a partir de las especulaciones desquiciadas de Pablo de Tarso, que se materializa en el invento de unos datos biográficos en el evangelio de Marcos (probable compañero de Pablo), quizá recogidos de leyendas que circulaban en la época sobre Pitágoras, Sócrates y otros personajes.

En el pensamiento mágico no se enuncia la verdad sino que la enunciación crea la verdad. Así el sacerdote, pronunciando una fórmula, crea un vínculo entre una pareja o transforma el ser de un moribundo. Así la palabra apologética de los evangelistas va creando una realidad salvífica, acumulando capas en la narración, cuyo valor no reside en la adecuación a la realidad sino en su capacidad para producir el efecto buscado. Los evangelistas, e incluso Pablo, engañan y se engañan a sí mismos, atrapados en el mecanismo del mito que ellos están construyendo inadvertidamente con elementos sobre los que no han sabido aplicar una crítica racional. Puesto en marcha el proceso, el mito se completa a lo largo de siglos con la participación de autores múltiples y variados, conocidos y anónimos, como ocurrió con las leyendas, no más fantasiosas, de Mitra, Hércules o Dionisos.

Esta tesis nacida en el siglo XVIII sigue perfectamente viva hoy. Fue revitalizada en el XIX por el filósofo alemán, maestro de Marx y de Nietzsche, Bruno Bauer; actualizada y enriquecida en el XX por Arthur Drews; rescatada y expuesta brillantemente en el XXI por el filósofo francés Michel Onfray, por citar algunos hitos más que notables.

2. Otros estudiosos del tema entre los que citaré a los españoles Gonzalo Puente Ojea, diplomático, el historiador de la antigüedad Antonio Piñero o el filósofo Jesús Mosterín entienden que los mitistas mezclan y confunden la personalidad de Jesús, santón judío que por su actitud sediciosa fue crucificado por los poderes romanos y el Cristo salvador de la tradición paulina, que merecen consideración y tratamiento diferenciados. El segundo es una figura mítica nacida de la mente enfermiza de Pablo en un contexto socio cultural y político favorable, que debe ser contemplado en la historia positiva como cualquier otro mito similar.

Pero hay un Jesús histórico cuya existencia y personalidad se puede rastrear con más o menos dificultad en los textos cristianos, evidentemente contaminados por el mito. Las técnicas del análisis de textos y la crítica filológica nos arrojarían la siguiente imagen del personaje.

En la Palestina ocupada por Roma de principios de nuestra era muchos esperaban que surgiera un mesías ( ungido, como se supone que lo estaban los reyes–guías del pueblo de Israel, en griego christos,) de entre los santones rebeldes que pululaban en la región. El galileo Yeshúa (Jesús) fue uno de tantos, ni el primero ni el último. Un predecesor fue el santón apocalíptico llamado el Bautista, del que fue discípulo; pero, hubo otros muchos que fueron sucesivamente neutralizados en sus disparatadas acciones por las autoridades romanas, hasta que, por fin, uno de ellos provocó en el 66 una revuelta generalizada que acabó en la Guerra Judía, la destrucción del templo y el saqueo y despoblación de Jerusalén. La predicación del galileo iba dirigida a las clases bajas desposeídas, en las que se apoyó, y optaba por una interpretación no rigorista de la ley pronunciándose por seguir su espíritu más que su letra, con lo que se oponía a los expertos y gentes ilustradas. Por razones oscuras, en el tercer año de su predicación decidió con sus discípulos dar un salto adelante, que podía incluir alguna acción violenta. Aprovechando la fiesta de la Pascua en la que Jerusalén rebosaba de peregrinos, se hizo recibir ruidosamente en la ciudad por sus seguidores y emprendió acciones de agitación (altercado del templo). Alarmado, el establishment judío presionó a las autoridades romanas que en vista de que sus seguidores lo consideraban mesías, descendiente de David, lo que podría respaldar una intentona independentista, lo apresaron y crucificaron, como era habitual con los rebeldes. Abandonado por los suyos, Yeshúa, muerto como un facineroso y sin liberar a Israel, había saldado su acción con un fracaso. No era el mesías. Probablemente él mismo no creyó en su misión mesiánica hasta el final; desde luego, ni de lejos pensó en ser una encarnación divina; era judío, estaba circuncidado y hablaba para los judíos, para lo que usaba el arameo, la única lengua que conocía; no cuestionó la ley judaica, aunque sí tenía ideas sobre su cumplimiento, y se hubiera sorprendido de que su actuación fuera el germen de una nueva religión. La muerte en la cruz no fue el cumplimiento de un destino sino la trágica interrupción de su carrera.

Ni más ni menos. Éstas son las dos posibilidades, si descartamos las más extravagantes que encontramos en Caballo de Troya de J. J. Benítez o en el italiano F.Carotta, que asegura que la vida de Jesús es una versión mítificada de la vida de Julio Cesar, las cuales, pese al despliegue erudito o espectacularmente probatorio, son tan difíciles de digerir como la propia versión evangélica.


Fin

26 abr. 2011

Jesús y la historia (2)

Caravagio: Entierro de Cristo
En el siglo I Roma acababa de completar su dominio de la cuenca mediterránea y se ha conservado información abundante sobre la política, la sociedad, las provincias y los protagonistas más o menos relevantes. Sin embargo, no existe mención alguna en anales o documentos de cualquier tipo que hagan referencia a Jesús en los setenta años posteriores a su presunta muerte. En el año 93 el historiador judío, pero ciudadano romano, Flavio Josefo escribió sus Antigüedades judías, en las copias que nos han llegado hay un párrafo que dice:
Por este tiempo apareció Jesús, un hombre sabio, que atrajo hacia él a muchos judíos. Y cuando Pilato, frente a las denuncias de aquellos que son los principales entre nosotros, lo había condenado a la cruz, aquellos que lo habían amado primero no lo abandonaron. La tribu de los cristianos, llamados así por él, no ha cesado de crecer hasta este día.
El tono hagiográfico de éste párrafo, impropio del carácter del autor, y su falta de coherencia con el resto de la obra, ha hecho pensar a los analistas que se trata de una o de varias interpolaciones, es decir, que la mano de un copista lo introdujo o modificó gravemente. Ya hay que esperar al siglo segundo para que el historiador romano Tácito en sus Anales haga una referencia a la persecución que Nerón emprendió contra los cristianos, de los que dice:
[…] el pueblo, que los odiaba, los llamaba “cristianos”, nombre que toman de un tal Cristo, que en época de Tiberio fue ajusticiado por Poncio Pilato.
No hay más; en todo un siglo nadie no cristiano parece haber hablado de Jesús, ni judíos ni romanos ni griegos, ni existe ningún documento público o privado que lo mencione.

El silencio de las fuentes escritas se corresponde con la falta absoluta de testimonios arqueológicos. El más notable de los presuntos restos de la época es la llamada Sábana Santa, que se conserva en Turín. El único análisis científico realizado sobre ella (1998), con la técnica del C14, indica que el tejido data del S.XIV, así que difícilmente pudo envolver el cuerpo de Jesús. Como todas las reliquias de la Pasión, es una simple falsificación. Ya en el Siglo III, Elena, madre del emperador Constantino, en un viaje que parece haber hecho a Jerusalén cuando contaba 77 años, aseguró haber encontrado el Santo Sepulcro y se llevó a Roma lo que creía, o quería hacer creer, que eran fragmentos de la cruz; la prueba esta vez no fue científica: la emperatriz se convenció de su autenticidad porque, según se cuenta, el contacto con la madera curó a una mujer enferma. Fue el principio de una industria que prosperó durante los siglos siguientes, la producción de reliquias. Todavía en 2002 apareció un osario de caliza con una inscripción: Jacobo, hijo de José y hermano de Jesús, presuntamente del siglo I, pero la policía de Israel demostró que se trataba de un fraude en gran escala que incluía otros muchos restos arqueológicos falsos. La conclusión es que la arqueología tampoco aporta nada, nada en absoluto.

Nos quedan los testimonios cristianos: Epístolas, Evangelios, Hechos de los apóstoles. De ninguno de ellos se conservan los originales, sino copias de copias, y sus autores no están identificados salvo en el caso de Pablo, que no conoció a Jesús, autor de algunas de las epístolas que se le adjudican, no de todas, y Lucas, discípulo de Pablo, autor de un evangelio y de los Hechos… Ninguno de estos textos tiene carácter historiográfico, la intención de sus autores era proselitista y buscaban profundizar y confirmar en la nueva fe a sus comunidades. Los más antiguos son las cartas de Pablo; pero, en ellas no hay datos biográficos sobre Jesús, se centra en la idea de Cristo como encarnación divina y muestra un interés casi nulo por el Jesús histórico. De hecho la idea del hijo de Dios redentor sacrificado es paulina, por eso se ha dicho que Pablo es el auténtico creador del cristianismo.

Cada uno de los evangelios fue redactado por las necesidades puntuales de comunidades concretas. El primero, el de Marcos, sirvió de base a los demás y es el que construyó un entramado biográfico que se utilizaría en lo sucesivo, modificándolo según las necesidades. Éste, junto con el de Lucas y Mateo han sido llamados sinópticos por sus coincidencias, en realidad se utilizaron sucesivamente como fuente. El de Juan es el más tardío y muestra como ninguno la influencia neoplatónica (En el principio era el logos…). Ninguno fue redactado por un discípulo directo, ni menos de 50 o 60 años después de los sucesos que narran. Todos contienen errores cronológicos, geográficos, incoherencias históricas y contradicciones, pero, por ser los más coincidentes entre sí y por no contradecir la doctrina de que se había ido dotando la iglesia, fueron seleccionados e incluidos en el canon, mientras que se desechaban otros muchos, que han sido llamados apócrifos y que en su mayor parte se han perdido, salvo los que fueron adoptados por comunidades que sobrevivieron, como heréticas según el sector dominante, durante algún tiempo. Los Hechos sólo se refieren al Jesús resucitado y a la comunidad de los discípulos.

Todos estos textos (salvo, quizá, el de Mateo) se escribieron en griego, que no era la lengua de Jesús y sus discípulos. Todos ellos se redactaron después de que se formulara la doctrina paulina y tratan de adaptar el relato a este fin y al de que los acontecimientos encuentren ratificación profética en las Escrituras. En resumen, son textos propagandísticos, contaminados por la intención proselitista, pastoral, y por la fe de las comunidades en que surgieron. Históricamente ofrecen escasa credibilidad y sólo se puede obtener de ellos información útil buceando entre líneas y mediante un difícil análisis filológico.


Continúa

25 abr. 2011

Jesús y la historia (1)

Piero della Francesca
La Semana Santa no es una efeméride, no se conmemora con ella un suceso histórico. De hecho la fecha de celebración es variable, lo que es inadmisible cuando se trata de eventos históricos. La razón de la variabilidad anual es que el calendario de la Iglesia es deudor del judío, de carácter lunar, así que al insertar una fiesta, la Pascua judía, en un calendario solar como el nuestro su situación resulta variable de un año para otro. No es pues una conmemoración histórica lo que celebramos, sino un rito cristiano. Sin embargo, cabría preguntarse qué tiene de histórica la figura central del suceso, Jesús, su mensaje y la narración de su vida y de su muerte.

Cómo conocemos la historicidad de un personaje de época tan pretérita? Lo más común a qué recurrir son las fuentes indirectas, secundarias, el testimonio hallado en los textos de los historiadores antiguos, cuanto más próximos a los sucesos, mejor. Para valorar su veracidad es preciso determinar en qué grado son objetivos: si fueron testigos de lo que narraban, si tenían capacidad de alejamiento crítico o se sentían implicados en los sucesos; si estuvieran alejados en el tiempo hay que ver cuáles son, a su vez, las fuentes y el valor que tienen. Podemos contar también con fuentes directas, primarias, es decir, documentos de la época, quizás elaborados por el mismo protagonista, sus próximos o los poderes públicos, que proporcionen noticias sobre él o su entorno; también las obras literarias del momento pueden aportarnos luz, con alusiones al personaje o sobre la sociedad, el ambiente socio político etc. Por último tenemos las fuentes arqueológicas, tanto más importantes cuanto más escaseen las escritas: monumentos, restos urbanos, utensilios, enterramientos, obra de arte, etc. Cuando hablamos de historiadores antiguos hay que tener en cuenta que difícilmente se pueden homologar a los actuales; en el caso de los romanos, aunque contrastaban sus informaciones y procuraban ser objetivos, entendían la historia como un género literario, no como disciplina científica, así que no sentían empacho en intercalar, por ejemplo, discursos de políticos o militares de su propia creación. Con todo, un historiador como Tito Livio (contemporáneo de Jesús) puede considerarse, por su escrupulosidad y buen criterio, padre de la historiografía moderna. En otros ámbitos y en otras épocas la situación es mucho peor: los cronistas musulmanes de la expansión árabe, por ejemplo, introducen en su relato tal cantidad de fantasías, exageraciones e inexactitudes que se ha llegado a poner en cuestión la propia realidad de la conquista del norte de África e Hispania, que parece, más que historia, una invención tardía a la mayor gloria del Islam; los monarcas cristianos encargaban crónicas que tenían como finalidad convertir en historia lo que no era más que propaganda política, así Isabel la Católica puede presentársenos como un personaje providencial, cercana a la santidad, cuando no era sino la ambiciosa usurpadora de los derechos de su sobrina Juana, a la que venció por la fuerza de las armas y recluyo en un convento hasta su muerte. Que estas prácticas sean posteriores en varios siglos a la época de T. Livio es una muestra más de la excelencia de la civilización romana.

Es labor de los historiadores actuales evaluar con criterios científicos las fuentes para aceptar, rechazar o relativizar las informaciones que aportan, y construir un relato ponderado y veraz. No suele ser fácil, por lo que se deduce de lo dicho anteriormente y porque los vencedores, los que se imponen, tienden a borrar las huellas de lo que perjudica su imagen y a resaltar y crear indicios y falsas pruebas de aquello que estiman beneficioso; algo relativamente fácil en una época en que los textos son manuscritos, susceptibles de ser alterados en las copias y sencillo hacerlos desaparecer. Así, la Iglesia, que se adjudicó el papel de maestra y guía de intelectos y conciencias, en su brega como transmisora del mensaje, expurgó los textos, seleccionó los que consideró oportuno, estableció el canon de los que estimó inspirados, e hizo desaparecer a los que entraban en contradicción con su doctrina, y si no consiguió ser más eficaz en la tarea fue por las discrepancias internas, duras y numerosas. Para ello contó con muchos siglos de monopolio sobre la cultura y su transmisión, lo que lograría con su asociación al poder político desde los años doscientos.
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Continúa

14 abr. 2011

Libertad, igualdad, fraternidad

La revolución francesa popularizó el simbolismo de los tres colores que incorporó a su bandera y hoy es la combinación más extendida entre las enseñas nacionales de occidente: el azul representa la libertad, el blanco la igualdad y el rojo la fraternidad, las tres palabras o conceptos del famoso eslogan revolucionario. Si el azul se convirtió en el color identificativo de los liberales que hicieron hincapié en la libertad, el rojo pasó a distinguir a la izquierda ya que su valor definitorio fue siempre la solidaridad. Si se busca la esencia de la izquierda, aquí se ha de hallar: solidaridad, fraternidad; podrá adoptar muchas formas pero si utiliza como leitmotiv la solidaridad, eso es izquierda.

Analicemos un caso concreto. La cuestión de las pensiones se ha puesto de actualidad por las cargas de profundidad y las amenazas que sobre el sistema público se lanzan desde el mundo liberal, con estudios supuestamente científicos y análisis que apuestan por su insostenibilidad a medio plazo, incluso por considerarlo intrínsecamente injusto, y por las presiones desde los mercados e instancias de poder político y económico dominadas por esa ideología.

¿Cuál es la visión del problema desde el liberalismo? Sin libertad individual no hay iniciativa ni responsabilidad, sin libertad de mercado la economía no funciona con eficiencia. Sentadas estas premisas se sigue que cada cual debería de, mediante el ahorro, ir construyendo su propio plan de pensiones; el mercado, atento a las demandas que surgen de la sociedad, ofertará productos (fondos de inversión, seguros, etc.) estructurados y elaborados por expertos cuya finalidad será maximizar los beneficios del patrimonio que se va acumulando. De esta forma se cubren varios objetivos deseables: satisfacer una demanda, producir seguridad, estimular el ahorro imprescindible para la buena marcha de la economía, premiar la previsión y responsabilidad individuales penalizando la incuria y el despilfarro y crear negocio, generando empleos, beneficios… crecimiento. El Estado debe preocuparse sólo, y nada menos, de que todo se haga dentro de las buenas prácticas mercantiles. El discurso liberal es tan hermoso y limpio que dan ganas de matar a besos a Adam Smith. El azul se justifica porque es el color del cielo y esto tiene toda la pinta de un paraíso, de donde lógicamente se han apartado los réprobos, como en todo paraíso que se precie, aunque sean mayoría.

Un sistema público es antes que nada universal, así que nadie queda fuera de cobertura; establece máximos y mínimos en las pensiones de modo que se cierra, tanto como se quiera, el abanico de rentas, reduciendo las diferencias llamativas o injustas (aquí y ahora estamos en uno a cinco, entre mínima y máxima); por último, en el caso español, los trabajadores de hoy pagan las pensiones de los de ayer y las suyas las pagarán los de mañana, asegurando la supervivencia del sistema por el crecimiento y el aumento de la productividad. En los tres casos, el fundamento es la solidaridad: entre clases en los dos primeros, entre generaciones en la última. Naturalmente en caso de una profunda y prolongada crisis el sistema puede sentirse amenazado (el nuestro, pese a la que está cayendo, se mantiene sano), pero es que al privado se la abrirían tales agujeros que quedaría en nada. Los fondos de pensiones USA, en donde no existe sistema público, además de mantener grandes bolsas de no protegidos, mueven ingentes cantidades de capital que permanentemente agitan las aguas de la especulación y han sido en buena parte actores en la catástrofe financiera que nos acosa.

Se ha puesto de moda pensar que la oposición izquierda derecha es cosa del pasado, que la actualidad ha superado esa dicotomía, que solo los carcamales que nos aproximamos al siglo seguimos apegados a tales apolilladas definiciones, que sólo se dan en el cielo de la teoría. Pues a mí me parece claro que un sistema público de pensiones como el descrito tiene el marchamo de la izquierda, y el privado, de la derecha. Que nos inclinemos por uno o por otro no querrá decir que seamos de esa cuerda, pero sí que nos habremos manifestado un poco azules o un poco rojos.

11 abr. 2011

Alguacil alguacilado

«-¿Qué es esto?- le pregunté espantado.
Respondiome:
 -Un hombre endemoniado-, y al punto, el espíritu que en él tiranizaba la posesión a Dios, respondió:
-No es hombre, sino alguacil. (...) Y se ha de advertir que los diablos en los alguaciles estamos por fuera y de mala gana; por lo cual, si queréis acertar, debéis llamarme a mí demonio alguacilado, y no a éste alguacil endemoniado.»
(F. de Quevedo: El alguacil endemoniado)

Sabía Quevedo, porque era experto conocedor de los demonios (y de los alguaciles), que ningún diablo iba a estar cómodo en el cuerpo de semejante servidor de la ley. Quizá si viviera hoy, me atrevo a pensar, su alguacil no sería tal, sino más bien banquero, o alguacil de banqueros, como lo es el inefable Fernández Ordóñez, director del Banco de España.

Endosarle el calificativo de inefable (adjetivo que se aplica a aquello que no se puede explicar con palabras), no es ironía, sino acomodo a la realidad, y por ello este breve artículo no aspira más que a una muy cautelosa aproximación, más llena de perplejidades que de certezas. Personajes tan complejos escapan a mi comprensión, y como, por iconoclasta, tampoco soy dado a la veneración de lo que no comprendo, me limito a mostrar alguno que otro de mis desconciertos ante las manifestaciones sorprendentes (por llamarles de alguna forma) de su personalidad.

Vaya por delante que la nómina del Sr. Ordóñez arroja más dígitos que la de cualquier otro servidor público (tampoco esta expresión es irónica, sino oficial o burocrática). Conocemos el record porque se hizo público el año pasado como respuesta a las insidiosas insinuaciones de cierta prensa, que al final resultó llevar razón. Sin embargo, nos la mostró (la nómina) como una benemérita penitencia, y es que las gentes de la banca manejan los billetes que da gusto verlos. Conocedor, más que nadie, de que el dinero no da la felicidad, clamó temprana y repetidamente por la moderación salarial, la congelación de pensiones y la austeridad y cautela en los subsidios cualesquiera que fueran. Lo hacía por puro patriotismo, no nos engañemos, ya que desde su puesto nada tendría que decir al respecto, y a nadie le satisface meterse en camisa de once varas, a no ser que se sea cínico, histriónico o patibulario.

Anda enredado ahora en el asunto de las cajas donde parece no dar pie con bola, aunque como mis ingresos son más o menos la décima parte que los suyos estoy por no dar ningún crédito (de confianza, no bancario) a mi apreciación. El caso es que nos vendió, con gran convicción, que nuestro sistema financiero era sólido como el acero, envidia de Europa y aledaños, hasta que se destapó que al menos las cajas estaban en situación lamentable, salvo dos o tres. Se equivocó tristemente en el caso CCM y volvió a hacerlo en el de Cajasur; impulsó las fusiones como la solución definitiva, y antes de cuajar ya están fracasando algunas de las más cacareadas; al final la solución es hacerlas desaparecer a todas convirtiéndolas en bancos. ¿Quién se atreve a cuestionar al servidor público mejor pagado? Además no es un político, sino un técnico y eso es garantía incuestionable. Tan técnico es que ni el Gobierno puede cesarlo, como tampoco puede interferir en su gestión, aunque haya mostrado una ceguera similar, pero menos justificable, a la de los políticos en la detección de la crisis y los problemas de ella derivados.

Tanta contradicción entre el sentido común y lo que nos muestra el ínclito personaje podría saldarse parafraseando al demonio que poseyera al alguacil: no es hombre, sino banquero.

4 abr. 2011

Para qué sirven los impuestos

Reconozco que el título tiene un tono didáctico que espanta y si yo mismo lo viera encabezando cualquier artículo es muy probable que no lo leyera; sin embargo, la tonta experiencia de la vida cotidiana me enseña que lo que parece obvio se convierte con frecuencia en tema de polémica, que, a su vez, es posible que acabe consagrando lo imposible por la vía de negar y condenar lo evidente. Comprobarlo no es muy difícil, sólo hay que vivir.

Dicen los fieles de la iglesia liberal que en realidad no sirven para nada bueno, porque retiran dinero del mercado restando a la sociedad capacidad de negocio y crecimiento y engordando la burocracia del Estado. Como, en definitiva, salen de nuestro bolsillo todos estamos tentados de darles la razón casi sin necesidad de más explicaciones. Además, agregan, con ellos se financian subvenciones, subsidios y servicios que interfieren en la libertad de mercado impidiendo la máxima eficiencia que se alcanzaría con la libre competencia. Esta parte puede torcer el gesto a algunos, pero si se admite lo primero habrá que conceder lo segundo. La derecha española no es precisamente liberal porque mayoritariamente es hija del franquismo (exceptuando a la derecha nacionalista, de otro ADN), que no creía en ninguna libertad, ni siquiera en la de mercado. Pero el reclamo de los tiempos es inevitable, así que, mal que bien, busca acomodo al abrigo de sus hermanos europeos, más sinceramente liberales.

La sacralización de los impuestos vino con aquel invento, ahora en vías de desmantelamiento, del Estado del bienestar, que, por cierto, tuvo un origen foráneo. Proporcionar servicios básicos gratuitos, poner las bases para que todos tengan igualdad de oportunidades cuesta una pasta, que sólo se podía obtener de los impuestos. Por este procedimiento, si son progresivos se convierten en un instrumento de igualación social transfiriendo renta de las capas altas a las bajas. Por supuesto que interfieren en el mercado y entorpecen cierta libertad de competencia, la cuestión es qué es preferible, y la conclusión es que depende, más que de unas pretendidas inalterables leyes de la economía, de un sistema de valores éticos.

La crisis nos empuja a la insolidaridad. El “sálvese quien pueda” se impone embotando las conciencias y acaba por arte de birlibirloque convirtiéndose en eslogan salvífico. El presidente murciano se ha pronunciado por el copago en la asistencia sanitaria, despertando la sospecha de que es uno de los elementos del programa oculto del PP, al unirse en nuestro oído lo anterior a la machacona cantinela de la reducción de impuestos. Como la enseñanza es el otro gran servicio por el coste al Estado, cabría pensar que se están cociendo soluciones similares para ella. De hecho ambos se han visto afectados desde hace unos años por la deserción de muchos ciudadanos, afectados por el síndrome epidémico de nuevos ricos que hemos padecido, y han sufrido un desprestigio proporcional. Es difícil no ver que llevan camino de convertirse en unos servicios mínimos de asistencia social para los que carecen de recursos, con su consiguiente degradación (la sustitución del afán de igualdad por la caridad es un gesto social recurrente que se justifica con llamadas a la realidad). Sólo la, hasta ahora, breve permanencia de la derecha en la dirección del gobierno ha frenado el proceso.

Lo que se pretende con la fórmula del copago no es estimular la responsabilidad de los usuarios sino hacer que cada cual se pague lo suyo, con lo que los derechos se reducen o se hinchan en función de la renta. Nada nuevo, por cierto, pero para este viaje no necesitábamos alforjas. Al fin y al cabo nos va a llevar al punto de partida. ¿Alguien no entendía por qué a la derecha se le aplica el calificativo de conservadora y se le niega el de progresista?