26 abr. 2011

Jesús y la historia (2)

Caravagio: Entierro de Cristo
En el siglo I Roma acababa de completar su dominio de la cuenca mediterránea y se ha conservado información abundante sobre la política, la sociedad, las provincias y los protagonistas más o menos relevantes. Sin embargo, no existe mención alguna en anales o documentos de cualquier tipo que hagan referencia a Jesús en los setenta años posteriores a su presunta muerte. En el año 93 el historiador judío, pero ciudadano romano, Flavio Josefo escribió sus Antigüedades judías, en las copias que nos han llegado hay un párrafo que dice:
Por este tiempo apareció Jesús, un hombre sabio, que atrajo hacia él a muchos judíos. Y cuando Pilato, frente a las denuncias de aquellos que son los principales entre nosotros, lo había condenado a la cruz, aquellos que lo habían amado primero no lo abandonaron. La tribu de los cristianos, llamados así por él, no ha cesado de crecer hasta este día.
El tono hagiográfico de éste párrafo, impropio del carácter del autor, y su falta de coherencia con el resto de la obra, ha hecho pensar a los analistas que se trata de una o de varias interpolaciones, es decir, que la mano de un copista lo introdujo o modificó gravemente. Ya hay que esperar al siglo segundo para que el historiador romano Tácito en sus Anales haga una referencia a la persecución que Nerón emprendió contra los cristianos, de los que dice:
[…] el pueblo, que los odiaba, los llamaba “cristianos”, nombre que toman de un tal Cristo, que en época de Tiberio fue ajusticiado por Poncio Pilato.
No hay más; en todo un siglo nadie no cristiano parece haber hablado de Jesús, ni judíos ni romanos ni griegos, ni existe ningún documento público o privado que lo mencione.

El silencio de las fuentes escritas se corresponde con la falta absoluta de testimonios arqueológicos. El más notable de los presuntos restos de la época es la llamada Sábana Santa, que se conserva en Turín. El único análisis científico realizado sobre ella (1998), con la técnica del C14, indica que el tejido data del S.XIV, así que difícilmente pudo envolver el cuerpo de Jesús. Como todas las reliquias de la Pasión, es una simple falsificación. Ya en el Siglo III, Elena, madre del emperador Constantino, en un viaje que parece haber hecho a Jerusalén cuando contaba 77 años, aseguró haber encontrado el Santo Sepulcro y se llevó a Roma lo que creía, o quería hacer creer, que eran fragmentos de la cruz; la prueba esta vez no fue científica: la emperatriz se convenció de su autenticidad porque, según se cuenta, el contacto con la madera curó a una mujer enferma. Fue el principio de una industria que prosperó durante los siglos siguientes, la producción de reliquias. Todavía en 2002 apareció un osario de caliza con una inscripción: Jacobo, hijo de José y hermano de Jesús, presuntamente del siglo I, pero la policía de Israel demostró que se trataba de un fraude en gran escala que incluía otros muchos restos arqueológicos falsos. La conclusión es que la arqueología tampoco aporta nada, nada en absoluto.

Nos quedan los testimonios cristianos: Epístolas, Evangelios, Hechos de los apóstoles. De ninguno de ellos se conservan los originales, sino copias de copias, y sus autores no están identificados salvo en el caso de Pablo, que no conoció a Jesús, autor de algunas de las epístolas que se le adjudican, no de todas, y Lucas, discípulo de Pablo, autor de un evangelio y de los Hechos… Ninguno de estos textos tiene carácter historiográfico, la intención de sus autores era proselitista y buscaban profundizar y confirmar en la nueva fe a sus comunidades. Los más antiguos son las cartas de Pablo; pero, en ellas no hay datos biográficos sobre Jesús, se centra en la idea de Cristo como encarnación divina y muestra un interés casi nulo por el Jesús histórico. De hecho la idea del hijo de Dios redentor sacrificado es paulina, por eso se ha dicho que Pablo es el auténtico creador del cristianismo.

Cada uno de los evangelios fue redactado por las necesidades puntuales de comunidades concretas. El primero, el de Marcos, sirvió de base a los demás y es el que construyó un entramado biográfico que se utilizaría en lo sucesivo, modificándolo según las necesidades. Éste, junto con el de Lucas y Mateo han sido llamados sinópticos por sus coincidencias, en realidad se utilizaron sucesivamente como fuente. El de Juan es el más tardío y muestra como ninguno la influencia neoplatónica (En el principio era el logos…). Ninguno fue redactado por un discípulo directo, ni menos de 50 o 60 años después de los sucesos que narran. Todos contienen errores cronológicos, geográficos, incoherencias históricas y contradicciones, pero, por ser los más coincidentes entre sí y por no contradecir la doctrina de que se había ido dotando la iglesia, fueron seleccionados e incluidos en el canon, mientras que se desechaban otros muchos, que han sido llamados apócrifos y que en su mayor parte se han perdido, salvo los que fueron adoptados por comunidades que sobrevivieron, como heréticas según el sector dominante, durante algún tiempo. Los Hechos sólo se refieren al Jesús resucitado y a la comunidad de los discípulos.

Todos estos textos (salvo, quizá, el de Mateo) se escribieron en griego, que no era la lengua de Jesús y sus discípulos. Todos ellos se redactaron después de que se formulara la doctrina paulina y tratan de adaptar el relato a este fin y al de que los acontecimientos encuentren ratificación profética en las Escrituras. En resumen, son textos propagandísticos, contaminados por la intención proselitista, pastoral, y por la fe de las comunidades en que surgieron. Históricamente ofrecen escasa credibilidad y sólo se puede obtener de ellos información útil buceando entre líneas y mediante un difícil análisis filológico.


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