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11 ago 2015

Cecil

Me había prometido no escribir una línea sobre el león Cecil y el dentista que lo abatió. Me caen antipáticos los leones y los dentistas. Me encontraría igual de incómodo si tuviera un león en la planta de mi piso que si merodearan dentistas por los alrededores de mi casa de vacaciones. Vaya con la dislexia, lo dije al revés, pero no importa, el mensaje se entiende y además es reversible. Aun a riesgo de parecer un cenizo que odia a la animalidad con sus impulsos instintivos y a la humanidad con sus ancestrales y dudosos entretenimientos (esto es igualmente intercambiable) debo confesar también que si alguna actividad deportiva/recreativa/alimentaria me resulta por completo injustificable es la caza.

12 ene 2011

Sudán

Una buena parte del mundo ha permanecido ajena al concepto de nación, aún de la forma confusa en que la entendemos hoy nosotros, hasta bien entrado el siglo XX. La descolonización creó nuevas naciones-estado allí donde sólo había territorios definidos por los intereses contrapuestos de las metrópolis, poblados por gentes cuya organización social y política nada tenía que ver con occidente y en cuya mentalidad no cabían esas nociones. Las estructuras que nacieron del proceso descolonizador crearon inercias y políticas tendentes a su supervivencia y a la creación de un sentimiento nacional, que la sustentara. Sorprende el éxito relativo de las mismas, como se aprecia por la persistencia de prácticamente todas las fronteras trazadas por los colonizadores, que para nada habían tenido en cuenta la realidad indígena, ni el paisaje humano ni el natural (el fracaso de la secesión de Biafra en Nigeria o Katanga en Congo han sido sintomáticos). Los programas de uniformización que se pusieron en marcha fueron muchas veces auténticos genocidios, opresión o marginación, en el mejor caso, de minorías étnicas, religiosas, etc. Desde luego, nada que no hayamos vivido en occidente en los momentos en que se fraguaron los Estados de los que nos enorgullecemos hoy: España nació tras el genocidio cometido contra judíos, moriscos y protestantes, más la absorción compulsiva de los otros estados-nación que apuntaban en la Península; EE.UU. se asentó sobre las cenizas de los pueblos indígenas y los hispanos del norte de México; entre ambos podríamos agregar a todos y cada uno de los países occidentales de todas las latitudes y, prácticamente ninguno, estaría exento de masacres, opresiones, injusticias sobre minorías, que les permitieron crear la mínima impresión de unidad necesaria para sentirse una nación con méritos suficientes para constituirse en un Estado.

El caso de Sudán es especial porque revela una situación extrema en el absurdo mapa de la descolonización africana. Su inmenso territorio fue el punto en que chocaron los intereses británicos que avanzaban por África siguiendo una línea que pretendía unir El Cairo con El Cabo, con los franceses, que lo hacían trasversalmente de Cabo Verde a Yibuti. El triunfo fue para el Reino Unido que creó allí un condominio con Egipto. En mis tiempos de escolar los atlas lo rotulaban como Sudan angloegipcio. El territorio, que alcanzó su independencia en 1956, está dividido al menos en dos grandes áreas; el sur, un tercio aproximadamente, poblado por negros de religión no musulmana, ha sufrido los intentos de uniformizar y generalizar los valores y extender el dominio de la mayoría blanca y musulmana del norte. La confrontación generó una guerra casi permanente desde antes de la independencia con resultados trágicos. Imposible domeñar una minoría tan concentrada y numerosa, de ahí el fracaso y, por fin, el referéndum que dará la independencia al sur. Va a ser la primera ruptura significativa de las fronteras heredadas de la descolonización.

Si en países con larga tradición de convivencia interior e instrumentos democráticos bien engrasados es difícil mantener la unidad frente a la exhibición de diferencias, rastreadas en la arqueología, el folclore o la imaginación, ¿cómo va a ser fácil en situaciones como esta? Me felicito por el recurso al referéndum (ojalá no se le hubiera tenido miedo en nuestro caso cuando fue pertinente) y porque la situación alcance una cierta normalidad, aunque aflorarán otras contradicciones, hasta ahora eclipsadas, en el seno de cada una de las nuevas naciones, que, desde luego, no son uniformes. La situación de Darfur sigue siendo inquietante, por ejemplo.

24 may 2010

Brújula para occidentales. ¿Raíces afroasiáticas en nuestra civilización?

La manía (y la necesidad) de clasificar, definir, encasillar, que llega al frenesí en el natural didactismo de la escuela, nos condiciona la visión de la realidad. Con frecuencia las palabras, las herramientas conceptuales que usamos para captar y entender el entorno, crean nuevas realidades, de modo que se hace cierta la idea de que el estudio de un hecho, lo modifica. Por eso, podemos sugerir que el pasado histórico no existe, sino más bien distintas visiones del mismo.

Los que nos autodenominamos occidentales creemos en la singularidad de nuestra civilización y en que no debe nada sustancial a aquellas que clasificamos como orientales, africanas, etc. (eludamos el hecho de que la mayoría de los países europeos son, geográficamente hablando, mas orientales que el Magreb, que, por cierto, significa el Occidente). Es más, salvo en algún caso, como el de Irán, suponemos que las culturas orientales y africanas se sustentan sobre una base étnica semita o camita, mientras que la occidental es de origen ario: tres conceptos que se crearon para clasificar lenguas (uno de ellos, camita, sin otro fundamento que agrupar a las que no encajaban en los otros dos)1; sin embargo, pasaron en seguida a designar supuestas razas, lo que no es más que una estúpida falsificación, que ha tenido un éxito monumental e injustificado.

Los griegos clásicos, libres de estos prejuicios pseudocientíficos, estaban convencidos de que una buena parte de los elementos claves de su cultura habían nacido en lo que hoy llamamos oriente o en el N. de África: Herodoto escribió que el panteón griego procedía en su casi totalidad del egipcio: desde Zeus/Amón a Atenea/Neit, pasando por Apolo/Horus. El propio alfabeto griego es una adaptación del fenicio, con la aportación de los signos vocálicos; el 40% de su léxico procede del egipcio, cananeo, fenicio, etc., sumando tantos vocablos como los de raíz indoeuropea. La ciencia griega es igualmente deudora de la egipcia: conocemos de antiguo la estancia de Pitágoras en Egipto y, hoy, que su famoso teorema era conocido en Egipto porque aparece en uno de los problemas del Papiro Ahmes (Papiro Rhind); el papel central que Platón daba a la geometría en el conocimiento racional (Nadie entre que no sepa geometría, se dice que rezaba en el frontispicio de la Academia) es de origen egipcio y muchos de los logros que se atribuyen a Arquímedes, Eudoxo, etc., y que culminaron en la escuela de geometría de Euclides en Alejandría (Egipto) tienen igual presencia en el Rhind y otros papiros muchos años antes, según parece; de la medicina y de la astronomía se puede decir otro tanto.2

De los griegos se puede inferir que recopilaron este saber con el que protagonizaron un auténtico renacimiento y liberaron a la filosofía y a la ciencia (indisociables en la época) del hermetismo y el carácter esotérico que tuvo en Egipto; pero, si bien no siempre señalaron en los casos particulares la paternidad de sus logros, si que reconocieron en general el magisterio foráneo, especialmente egipcio. La observación de un mapa histórico del Mediterráneo oriental nos muestra una imbricación de las poblaciones griegas y las semíticas y egipcias; lo absurdo hubiera sido un desarrollo a espaldas unas de otras: las ciudades griegas de Asia Menor fueron las protagonistas de la eclosión del pensamiento científico (VII y VI a.C.) y Alejandría en Egipto vivió el último esplendor helenístico antes de que agonizara la antigüedad (IV y V d.C.).

La historia de Grecia nos la han explicado a golpe de invasión, cómo no: invasión de los aqueos, invasión de los dorios… siempre viniendo del Norte, nada que ver con el mundo mediterráneo. Cuando se profundiza mínimamente, nos sorprende la debilidad de los argumentos que sostienen esta hipótesis, pero salva algo fundamental, a saber: que el origen de la civilización griega, germen a su vez de la civilización occidental, nada tiene que ver con África y Oriente, que, en todo caso, fueron más o menos helenizados en algún momento. Faltaría más.
En 1987 el historiador británico Martín Bernal publicó Atenea negra. Las raíces afroasiáticas de la civilización3, levantando una monumental polémica. Sostiene que la explicación (“modelo antiguo”) que vinculaba a Grecia con África comenzó a romperse a partir del interés que Lutero puso en el griego por la nueva traducción de la Biblia; en el XVIII los alemanes se miraban ya en Grecia como en un espejo (sin unidad política pero con excelencia cultural) y W. Humboldt, fundador de la universidad de Berlín (1793), al trazar las grandes líneas del sistema educativo, colocó en su centro el estudio de la antigüedad griega; en el XIX la guerra de Grecia con Turquía por la independencia fue un revulsivo en las conciencias europeas, identificadas con los helenos frente al Islam, sentimiento reforzado por el movimiento romántico (Byron, Shelley); en seguida, este sentir se reforzaría con la eclosión racista que, por la lengua indoeuropea, vincularía a los griegos con la raza aria, como los germanos. El círculo estaba cerrado, los griegos trascenderían su condición mediterránea para constituirse en padres del mundo occidental. La historiografía acuñó desde entonces un prototipo cultural exento de contaminación semita o camita, ario puro; unos fantasmales helenos de rizos dorados y ojos claros, tal y como vivían en las mentes germánicas: la Grecia que se nos ha inculcado a todos los europeos en la escuela. El libro de Martín Bernal rompe con esta mistificación historiográfica y por eso es excelente.

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1 Racismo y pensamiento moderno: el ejemplo de la invención de los camitas. J. M. CABEZAS. Univ. Barcelona.
2 Síntesis sistemática de la filosofía africana. NKOGO ONDÓ. Barcelona, 2005.
3 La edición en castellano de Ed. Crítica está agotada.

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