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17 may 2019

OTRA VEZ DE NACIONALISMO



Una cosa es el sentimiento nacional y otra el nacionalismo. El primero es eso, un sentimiento, una emoción cuyo origen quizás podamos rastrear en el proceso evolutivo de la especie como un arma más ante el entorno hostil; anclada en el cerebro desde Dios sabe cuándo, transformada, de un cálido sentimiento ante lo que nos es próximo, a la vez refugio y objeto de nuestros cuidados, en amor por una entidad histórica que hemos convertido desde hace muchas o pocas generaciones en marco geográfico y político de nuestra existencia. Como a todos los sentimientos, hemos de atarlo corto para que no caiga en excesos que anulen la racionalidad convirtiéndose en pernicioso y autodestructivo: las guerras europeas de los dos últimos siglos son un ejemplo recurrente. Se atribuye a Paracelso la frase: "dosis sola facit venenum" (solo la dosis hace al veneno); podemos sacarla de la farmacopea y aplicarla a la sociología política sin menoscabo de su exactitud. Es cuando el sentimiento nacional se desboca cuando el nacionalismo hace su agosto.

El nacionalismo es una ideología. Sólo tiene que ver con el sentimiento nacional porque es excitándolo como obtiene adhesiones. Como doctrina establece que la nación es un hecho originario que precede a la comunidad política, así que no hay comunidad política bien establecida si no coincide con los límites de una nación previa. Es decir, que todo poder ha de corresponderse con una nación y, sobre todo, ha de dedicarse a reinventarla a diario, creando una red de valores y obligaciones que el gobierno ha de promocionar y los ciudadanos aceptar (lo que el pujolismo llamaba crear nación). Valores y obligaciones que se sitúan fuera y por encima del debate y el consenso: se pertenece a una nación porque se ha nacido en ella, de lo que se deriva que rechazar es traicionar, como renegar de la propia familia. Por eso gusta de presentarse como algo natural, de sentido común; aunque, nada hay menos natural y más alejado del sentido común que la excitación del sentimiento nacional para imponer una ideología confundiendo a ambos (sentimiento e ideología) y enredando al personal.

Cuando a partir del XVII los monarcas soberanos empezaron a perder sus cabezas a manos de súbditos empoderados como ciudadanos, la soberanía, huérfana, encontró nuevo hogar en la “nación”, sea lo que sea lo que esto significara. Los poderes se apresuraron a llenarla de contenido, a construirla, a recrear y pulir sus orígenes situándolos en la noche de los tiempos, cuanto más de madrugada mejor, con mucha imaginación y algún pergamino que otro. A dotarla de símbolos y rituales no menos venerables, avalados por la historia recién acomodada para tal fin. El éxito fue espectacular. En cuatro oleadas sucesivas: americana (descolonización inglesa y española), unificadora (Alemania, Italia), disgregadora (Austria, Turquía) y creadora o inventora (2ª descolonización, s. XX) el Mundo se convirtió en un agregado de naciones.

Ni el liberalismo ni el marxismo se sentían felices con el nacionalismo. El primero por el ninguneo al individuo que prácticamente desaparece ante la inmensidad del colectivo nación; el marxismo porque lo considera una treta de la burguesía para minimizar a los únicos colectivos con sustancia real: “la clase”, que traspasa las fronteras («Proletarios del Mundo, uníos»). Pero unos y otros han acabado, o comenzado, transigiendo: para los liberales fue un pecadillo, por supuesto perdonable, de los hazañosos padres regicidas; la izquierda porque a la larga la nación resultó más atractiva, con más color, y porque la mejora de las condiciones económicas diluyó lentamente la conciencia de clase (¿otra artimaña burguesa?), o quizás porque si el izquierdismo es la enfermedad infantil de las gentes de izquierdas (Lenin dixit) el nacionalismo podría ser su enfermedad senil.

Así que el nacionalismo, que debería oler a rancio, está otra vez de moda. Lo han traído la reacción, ese impulso que nos empuja a dar dos pasos atrás por cada uno adelante, y la constatación, desconcertante para los ingenuos, de que la globalización no era el paraíso sino una estación más con sus pasos a nivel, sus vías muertas, sus ruidos y sus peligros. Y ya está el lío montado: la izquierda confundiendo el futuro con el pasado y leyendo progreso donde pone regreso, la derecha descubriendo pruebas de la nación en el pasaporte de Argantonios, y los otros un relicario con el retrato de Puigdemont entre las cosas de Wifredo el Belloso, perdón, de Guifré el Pilós, quise decir.

24 jun 2017

Politiqueo

Dicen los diccionarios que politiquear es hacer política con superficialidad o en beneficio propio, y también hacer política de intrigas y bajezas. Eso es lo que nos harta, el polítiqueo, no la política. La tentación es fuerte y podríamos decir que pocos, muy pocos políticos, se han mantenido siempre ajenos a las tácticas y estratagemas del polítiqueo; la carne es débil. Es decepcionante en cualquier caso, pero resulta insoportable cuando es la regla y la excepción  la política.  En esas estamos. Extraer un gramo de política de un océano de politiqueo es tarea ardua, pero es lo que nos toca cada vez que intentamos un análisis honesto de las acciones e intenciones del mundo de la cosa pública.

18 dic 2016

Rescates

Esta segunda legislatura Rajoy parece que se va a estrenar con otro sonado rescate, esta vez las autopistas. Justo aquellas ocho que diseñara Aznar y su equipo (Cascos en Fomento), las radiales que iban a servir a un super Madrid del siglo XXI, o XXII,  y a una España de anticipación que se retrasa a todas luces. Las empresas que se las quedaron ni se preocuparon de estudiar su viabilidad porque el gobierno les firmó que si la cosa no marchaba se las quedaba él. Y en esas estamos, la cosa no marchó y ahora nos las tragamos pagando el socavón financiero (¿5.000 millones?) que han generado. ¡Tres hurras a Rajoy el rescatador y a todos los que hicieron posible este pufo desde Aznar a Rajoy con sus respectivos ministros responsables de la cosa!


5 abr 2016

Neoliberalismo

Dice Vargas Llosa en El liberalismo entre dos milenios: «Me considero liberal y conozco a muchas personas que lo son y a otras muchísimas más que no lo son. Pero, a lo largo de una trayectoria que comienza a ser larga, no he conocido todavía a un solo neo-liberal. ¿Qué es, cómo es, qué defiende y qué combate un neo-liberal? A diferencia del marxismo, o de los fascismos, el liberalismo, en verdad no constituye una dogmática, una ideología cerrada y autosuficiente con respuestas prefabricadas para todos los problemas sociales, sino una doctrina que, a partir de una suma relativamente reducida de principios básicos estructurados en torno a la defensa de la libertad política y de la libertad económica —es decir, de la democracia y del mercado libre— admite en su seno gran variedad de tendencias y de matices. Lo que no ha admitido nunca hasta ahora, ni admitirá en el futuro es a esa caricatura fabricada por sus enemigos con el sobrenombre de "neo-liberal”.»

13 jun 2015

Erre que erre

De niño me daba risa cada vez que oía aquella hipérbole evangélica  recriminando a los que «ven la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio». Trataba de imaginar a alguien realmente con una viga en un ojo y me ganaba la hilaridad. Ya no me río porque cada día me encuentro con algún caso tal cual lo dicen las Escrituras. La estrambótica exageración no es del redactor evangélico sino de la vida, que nos regala o castiga a diario con esperpentos del estilo. El desparpajo con que muchos ven los problemas de los demás y, llenos de buena voluntad y una desvergüenza olímpica, aconsejan soluciones, situándose a si mismos fuera del escenario como si fueran cuerpos etéreos, sin nada que ver con este mundo salvo para lo que venga en su beneficio, es para mí un misterio que me tiene embobado. Quizás sea una cualidad de ciertas clases o individuos singulares cuya condición e idiosincrasia no se me alcanzan. La capacidad de análisis tiene su límite en cada mente y en la mía este asunto queda al otro lado.

21 abr 2015

Para no ser un idiota

Un idiota es un tonto, alguien que tiene sus facultades intelectivas disminuidas. Pero el vocablo lo heredamos de los griegos (ἰδιώτης) que lo aplicaban a aquel individuo que se desentendía de las cosas públicas, de la política, y sólo se ocupaba de sus asuntos. Ha cambiado mucho todo, hoy se la endosamos al que no se ocupa de lo suyo y, si me apuráis, al que se interesa por ella, por la política. Mantenemos la palabreja pero le dimos la vuelta a su significado. Y es que también cambiamos el modo de hacer política: sin perder el control, o eso esperamos, la ejercemos por procuración, lo que nos permite no abandonar lo propio. No contamos, como aquellos atenienses, con un ejército de esclavos o prójimos de menos derechos (mujeres, extranjeros) que se ocupen de las tareas prácticas y productivas, ni con unas minas de plata a las afueras (Laurion, Λαύριον), de explotación gratuita (esclavos otra vez), para alimentar las arcas del Estado. Los poquitos que el sistema liberaba de la penosa tarea de arreglárselas para vivir dedicaban su tiempo a la política, la filosofía, el arte y el gimnasio, donde se preparaban para la guerra, que proporcionaba más esclavos. El lado oscuro de la democracia ateniense.

14 mar 2015

Malos tiempos para la épica


El triunfo incontestable del individuo es una conquista de la modernidad. Desde el Renacimiento ha ido ganando espacio hasta alcanzar hoy cotas nunca logradas en otros momentos… y subiendo. Una mirada hacia atrás que contemple la vida gregaria que anulaba la individualidad en la tribu, la gens, el gremio, la iglesia, el estamento, la casta, o la clase nos revela un panorama deplorable según nuestros parámetros actuales. Hoy es el reino del individuo, del “yo hago lo que me da la gana”, “a mí nadie me dice lo que tengo que hacer o qué creer”. Recelamos de las iglesias, de los partidos, de los sindicatos o sociedades gremiales; damos por superado el concepto de clase, y sus connotaciones solidarias y cooperativas, mientras crece el de “emprendedor” como héroe social moderno que se abre camino y consolida su posición en solitario. Quizás ningún otro elemento revela mejor el triunfo del liberalismo. Ha calado en la conciencia de las multitudes, y parece que está aquí para quedarse.
Nada que oponer. Yo estoy en el mundo y los valores de mis contemporáneos son los míos. No podría ser de otro modo. Pero por aquello del espíritu de contradicción (otra manifestación del individualismo, pero que también puede ser la picajosa deriva de una personalidad fastidiosa, sin más) no puedo sino tratar de ver el envés de valor tan valorado… si es que lo merece.

28 abr 2014

La flauta de Bartolo

«Uno de los principales argumentos que esgrimen los enemigos de la libertad para justificar la existencia del Estado es el de garantizar la redistribución de la renta». Con esta frase lapidaria inicia su argumentación un colaborador (P. Martínez Bernal: “Capitalismo, filantropía…”) de la página web “Instituto Juan de Mariana” de corte ultra liberal y de la que mantengo un enlace permanente en este blog (a quien le sorprenda diré que a mi edad flaquea la capacidad de asombro y este sitio me la devuelve al nivel de la infancia con el leve esfuerzo de leer unas líneas de vez en cuando). El artículo, desde este comienzo alucinante hasta el último párrafo en que loa la solidaridad y altruismo de los supermillonarios, sin que medie coacción, agradecidos por su éxito, no deja de sorprender por la simpleza de los argumentos y el entusiasmo, digno de mejor causa, con que se exponen; pero no es mi objetivo entrar a analizarlo, sino utilizarlo como ejemplo de una actitud, que yo calificaría de impúdica, y testimonio de una avalancha ideológica asfixiante.

22 may 2012

El síndrome del canto del cisne


El liberalismo como toda ideología se mueve en el terreno de las ideas. Es un constructo utópico que, ni en el pasado ni en el presente se ha convertido en una realidad completa palpable. Pero sí que hemos podido sentir en determinados momentos su envite, con fuerza variable, desde el XIX. Apareció en esas fechas como una opción revolucionaria empeñada en romper las ataduras que imponía al individuo el Antiguo Régimen: las que procedían de la dictadura moral e intelectual de las iglesias; las que emanaban del ejercicio legislativo, judicial y ejecutivo de las monarquías despóticos; las que imponía la sociedad tardofeudal y gremialista.

Su momento de apogeo (segunda mitad del XIX) se quebró con las crisis de finales de siglo y principios del XX alternadas espectacularmente con las dos grandes conflagraciones mundiales. Las turbulencias de ese periodo alumbraron una sociedad más democrática en la que la hegemonía política recayó en «la coalición histórica que se construyó entre el movimiento obrero organizado y las nuevas clases medias de funcionarios, empleados de servicios y profesionales por cuenta ajena» (*). Fue el momento de la socialdemocracia,  el tiempo en que asumió la gestión del capitalismo: treinta años (1945/75) de crecimiento y redistribución de la riqueza que consolidaron los modos democráticos y los extendieron por el mundo, desacreditando a los fascismos por un lado y a los comunismos por el otro.

La erosión que en los últimos tiempos ha sufrido la base social de la socialdemocracia y la emergencia de nuevas clases: una aristocracia formada por altos gestores de empresas, una élite financiera constituida por expertos salidos de las escuelas de negocios y la burguesía tradicional reciclada que dejó de hacer ascos a las propuestas liberales que hace un siglo le parecían inaceptables (Pio IX condenó formalmente el liberalismo) produjeron un relevo en la dirección de la sociedad.

La cuestión es saber si la presente convulsión está marcando el comienzo del definitivo triunfo del neoliberalismo, que ha producido un periodo de riqueza virtual disfrutada con el embeleso del que hace un viaje al país de las maravillas (también las burbujas recién reventadas, que fueron su alimento) o si, por el contrario, es su final.

Sé, como estudioso de la historia, que las cosas se ven más claras tomando un poco de distancia, y que la consciencia tiene un cierto retardo en la percepción de la realidad; también, que los cambios nunca son completos porque se levantan utilizando el material de desecho de la construcción precedente. Todo ello dificulta el diagnóstico a los contemporáneos. Así, los socialdemócratas gobernaron con estructuras heredadas del liberalismo porque no tuvieron ocasión, ni ganas seguramente, de desmontarlas; los neoliberales lo han hecho conservando de grado o por fuerza parte del entramado del estado del bienestar. Cuando se gestó la crisis de los 70 parecía que el régimen socialdemócrata estaba en su zenit y, sin embargo, se estaba fraguando su relevo; su ocaso se ha producido en simultaneidad con el ascenso de sus sucesores. Por eso me inclino a pensar que aunque hoy parece que vivimos el triunfo definitivo del neoliberalismo puede que se trate más bien de un espejismo, de su canto de cisne. El proyecto de vertebrar la sociedad en torno al interés individual, sin más ataduras que las de la seguridad y el orden público, podría haber quedado reducido a un sueño, como tantos otros. Al fin y al cabo, ningún ideal humano ha encontrado nunca realización completa y concluyente. Esta es la esencia de la historia.

La esencia del futuro es ser una incógnita, mal que les pese a los profetas.

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29 nov 2010

Reflexiones sobre la democracia (7). Capitalismo

El pensamiento dominante, en cualquier situación y en cualquier momento, tiene la particularidad de presentar sus presupuestos ideológicos como inevitables y necesarios, debilitando las posiciones alternativas, que se perciben como radicalismos peligrosos o, en el mejor de los casos, como extravagancias ridículas. Lo que llamamos pensamiento único no es más que una fórmula de ideología dominante en el terreno económico y sociopolítico de hoy. Sus presupuestos básicos consisten en considerar que capitalismo, liberalismo y democracia son conceptos convergentes y prácticamente intercambiables. Sin embargo, sus mutuas relaciones se han mostrado, históricamente y en la actualidad, más frecuentemente como conflictivas que como concordantes.

Sobre liberalismo y democracia escribí en otro lugar(1) El capitalismo, por su parte, muestra evidentes contradicciones con el liberalismo. Adam Smith advertía de que la concentración de poder económico «es a la sociedad económica lo que el despotismo a la sociedad política»; pero, «el capital no ha cesado de concentrarse […] por el juego incesante de las fusiones y adquisiciones, bajo la presión de las finanzas»(2). Por su propia condición y por su exigencia de libre concurrencia y competencia, el liberalismo económico acelera la concentración capitalista que, a su vez, mina el liberalismo político en sus médula, deteriorando el principio de igualdad de los ciudadanos ante la ley, ya que propone un Estado mínimo, que ha de enfrentarse en la defensa de los derechos ciudadanos a un monstruo, los propietarios del capital, que crece en tamaño y poder sin cesar. Una contradicción que lo aboca a la autodestrucción y que genera, en situaciones de estrés político, latigazos de autoritarismo (medidas de orden público en Francia, USA, Rusia, hoy en Brasil, etc.).

Las crisis de los años finales del XIX y principios del XX (1929) produjeron la primera gran ruptura entre capitalismo y democracia: fascismo, nazismo, franquismo, formulas capitalistas que reniegan airadamente del liberalismo y la democracia; surgidas de un movimiento de defensa del sistema económico que se sentía amenazado por el progreso del comunismo, su coartada; en ellas el dirigismo económico y el autoritarismo político se combina con el mantenimiento del capitalismo. La geopolítica que surgió de la segunda guerra mundial y las luchas sociales, que venían de más atrás, produjeron la primera gran luna de miel del capitalismo y la democracia, bajo la fórmula keynesiana, que se prolongó algunas décadas y alumbró el Estado del bienestar, pero a la que la globalización, comandada por el neoliberalismo, y la crisis, efecto de su propia irrupción, han puesto fin en estos años.

La globalización neoliberal da la impresión de hacer triunfar por todos los rincones del mundo a la democracia, cuando en realidad sólo promueve a la democracia formal ya que a la vez que la difunde la vacía de contenido; por una parte, con la proliferación y crecimiento de instituciones supranacionales (FMI, BM, OMC, BCE, G20…, situadas fuera del control democrático directo) y, por otra, con la movilidad del capital, que los Estados son incapaces de contrarrestar con éxito; ambas herramientas minan la sustancia de las instituciones democráticas (soberanía popular), conservando sólo sus aspectos formales. La supuesta convergencia o identificación entre capitalismo (organización de la economía), liberalismo (organización del Estado) y democracia (soberanía), de la que alardea el pensamiento único, no es más que una situación en la que el capital, dotado de nuevas y poderosas armas se impondría sobre el Estado, liberal en lo económico, conservando las instituciones democráticas reducidas a su fachada. Negro panorama del que sólo se podrá salir desenmascarando y superando los presupuestos de la ideología dominante, el pensamiento único, o lo que es lo mismo, escapando de la jaula en que el capital ha metido al mundo con el señuelo de la globalización.


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1.Reflexiones sobre la democracia (1). Origen.

2.Thomas Coutrot: Capitalisme contre démocratie. En http://www.journaldumauss.net/

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La serie Reflexiones sobe la democracia:

(1). Orígenes
(2). Laicismo
(3). Economía
(4). El Estado
(5). Nacionalismo
(6). Populismo
(7). Capitalismo