28 abr. 2014

La flauta de Bartolo

«Uno de los principales argumentos que esgrimen los enemigos de la libertad para justificar la existencia del Estado es el de garantizar la redistribución de la renta». Con esta frase lapidaria inicia su argumentación un colaborador (P. Martínez Bernal: “Capitalismo, filantropía…”) de la página web “Instituto Juan de Mariana” de corte ultra liberal y de la que mantengo un enlace permanente en este blog (a quien le sorprenda diré que a mi edad flaquea la capacidad de asombro y este sitio me la devuelve al nivel de la infancia con el leve esfuerzo de leer unas líneas de vez en cuando). El artículo, desde este comienzo alucinante hasta el último párrafo en que loa la solidaridad y altruismo de los supermillonarios, sin que medie coacción, agradecidos por su éxito, no deja de sorprender por la simpleza de los argumentos y el entusiasmo, digno de mejor causa, con que se exponen; pero no es mi objetivo entrar a analizarlo, sino utilizarlo como ejemplo de una actitud, que yo calificaría de impúdica, y testimonio de una avalancha ideológica asfixiante.


En el momento en que escribo esta nota veo de fondo y escucho a ratos en la televisión el programa de Ana Pastor en el que un individuo, con cuyo nombre no me he quedado, se declara liberal y critica a M. Thatcher, que se la han ofrecido como modelo de sus propuestas, lo que él rechaza por considerarla “estatista” y poco liberal.

La semana que termina hemos sido testigos forzados de la apoteosis de la presidenta del Círculo de Empresarios, Sra. Oriol, desbarrando sobre política laboral. A causa de mi insignificancia, hasta hace unos días  desconocía a esta figura eximia del empresariado nacional, lamentablemente en lo sucesivo no podré seguir disfrutando de ignorancia tan confortable. La empresaria considera inútiles a los que no han triunfado como ella, eso se desprende de su “no valen nada” referido a los que perciben el salario mínimo, que debería rebajarse drásticamente o desaparecer. Ya se lo está gritando el mercado, continúa: o se hacen atractivos a las empresas o desaparecen.

Analizaba Marx cómo la fuerza de trabajo, que emana del trabajador, se convierte en mercancía que adquiere el empresario y que, al utilizarla adecuadamente, le genera una plusvalía. Se han escrito ríos de tinta sobre la alienación que supone para el trabajador esta operación en la que se cosifican potencialidades humanas, lo que está en el ADN del capitalismo. La Sra. Oriol da un paso más (hacia atrás) y cosifica a las personas directamente tal y como se hacía en otros modos de producción que suponíamos, en nuestra ingenuidad, superados por siempre jamás, al menos en este rincón del mundo. Su leguaje recuerda al de un capataz de negros en las plantaciones americanas de hace doscientos años.

Los excesos verbales que se permiten prohombres y promujeres (que no se diga que tengo debilidades de género) del sistema con un escandaloso exhibicionismo ideológico que concuerda con la omnipresencia en los medios de una vociferante clac de acompañamiento, son un síntoma. Los voceros del sistema se sienten tan seguros, pese a la crisis que lo ha puesto todo en evidencia, o quizás por ello, que no ahorran ocasión para repetir la cantinela, cansina como la flauta de Bartolo, de las imaginarias virtudes salvíficas del mercado. A la vez que se desgañitan crecen en proporción geométrica y se extienden como mancha de aceite bajo el paraguas de UE y otros artilugios transnacionales favorecidos a su vez por la anemia estatal que se corresponde con ellos.

¿De dónde sale tanto partidario del libre mercado? Del mismo lugar que emergieron como marabunta tanto meapilas con el alzamiento del nacionalcatolicismo poco después de que Azaña declarase que España había dejado de ser católica (si D. Manuel levantara la cabeza); de la misma cantera que salía tanto facha nada más terminar de leerse el último “parte” (“cautivo y desarmado…”).

Dice el refranero nacional: «¿A dónde va Vicente? A donde va la gente». Pues eso, sólo que en este caso al ritmo que marca la flauta de Bartolo.


3 comentarios:

Lorenzo Garrido dijo...

Excelente artículo, muy irónico. El mal siempre ha estado ahí (junto con el bien). Para mí la diferencia está en respetar o no al otro. Luego la gente elige, y según les conviene, se quedan con más bien que mal, o más mal que bien. Lo de menos son las excusas, siempre habrá de dónde sacarlas.

Mark de Zabaleta dijo...

Interesante reflexión...
"Sentido común, algo así como salud contagiosa".... dijo Moravia


Saludos

Arcadio R. C. dijo...

LORENZO. Totalmente de acuerdo.
Gracias. Saludos.

MARK.Sí, esa rareza del sentido común.
Un abrazo.