3 feb. 2009

Pederastia

Valoramos los principios morales sobre muchas otras cuestiones porque son el fundamento de la convivencia. Nos inquietan los cambios en esta materia y nos cuesta comprenderlos; sin embargo, como todo, también están sujetos a mudanza. La historia nos muestra como se erosionan o cambian con el tiempo conforme las sociedades y sus fundamentos económicos e ideológicos se transforman. En un artículo anterior escribía sobre la consideración que ha tenido la infancia en el pasado y, de paso, aparecía en él el tema de la pederastia. Hoy trato de la significación que tuvo esa práctica en la antigua Grecia, por el contraste brutal con nuestros principios actuales, pese a que seguimos considerando a Grecia como la cuna de nuestra civilización occidental.
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La cultura griega era profundamente machista, se puede decir que las mujeres no existían, no tenían derechos de ciudadanía, vivían separadas de los hombres y se las casaba en la pubertad con hombres que les doblaban la edad. Pero de lo que hablo aquí es de pederastia masculina, institución chocante para la mentalidad judeo-cristiana en la que nos hemos formado.

La imagen que ilustra esta entrada es una cerámica griega ática de figuras rojas de entre 480 y 470 a C. Contra lo que pudiera parecer no es una representación obscena sino que refleja un episodio de la vida corriente, propio del gimnasio en Atenas; de la pared cuelgan algunos de los utensilios que usaban los atletas y el chico lleva una bolsa de nueces, probable obsequio de cortejo. Es una escena de pederastia, que en Grecia no tenía el carácter que tiene entre nosotros, sino que incluso era algo honorable, tanto por parte del muchacho, eromeno (amado), como del adulto, erastés (amante). Los griegos consideraban normal que un hombre adulto se sintiera atraído por un muchacho tanto o más que por una mujer. La relación erótica a que daba lugar no sólo estaba socialmente bien vista sino que se convirtió en una institución sobre la que incluso se legisló, prohibiéndolo a los esclavos o para que no se transformara en simple prostitución, dada la costumbre de obsequiar al chico amado con regalos de cortejo, a veces costosos.

La relación incluía aspectos educativos y de formación del niño que era una especie de pupilo, guiado y aconsejado por el erastés, mentor y maestro, aceptado por el padre, si el chico era muy joven, 12 0 13 años, pero elegido por él si era algo mayor. La tradición estética griega, el culto a la belleza del cuerpo masculino, el deporte y la práctica de la desnudez entre los atletas, así como el apartamiento de las mujeres de la vida de los hombres y los matrimonios tardíos para estos, junto con la formación militar de los jóvenes, son factores que pudieron favorecer esta práctica.

El tema produjo amplios debates en las escuelas filosóficas y en la literatura griega, pero la opinión que predomina es que si un hombre no había tenido nunca un eromeno se debía a algún fallo de carácter; de igual forma constituía un honor para un joven despertar el deseo y provocar el cortejo de muchos hombres adultos. Como es natural, la mitología griega, un espejo de la vida humana, refleja esta práctica en numerosos episodios, el más conocido sin duda es el rapto de Ganimedes, príncipe troyano, por Zeus, para convertirlo en su amante y copero de los dioses. Precisamente, en algunos lugares de Grecia (Creta) se practicaba un rapto ritual del niño, futuro eromeno, para inaugurar la relación.

Conviene no enredarnos con las palabras, el diccionario de la R.A.E. define la pederastia como “abuso sexual cometido con niños” y paidofilia: “atracción erótica o sexual que una persona siente hacia niños o adolescentes”. En el primer caso predomina la idea de delito, en el segundo la de desviación psíquica. Ninguno de los dos conceptos encaja en el vocablo griego en su valor original.

En la red es muy completa la entrada que Wikipedia le dedica, pero podéis encontrar un estudio serio, fundamentado y con numerosas referencias bibliográficas aquí.


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