26 may. 2009

La enfermedad globalizada

La globalización universaliza lo bueno y lo malo. Hoy las epidemias se convierten rápidamente en pandemias por efecto del contacto entre poblaciones de todos los rincones del mundo, después de la revolución de los transportes. El SIDA, la gripe aviar, la gripe porcina son ejemplos elocuentes, pero no siempre fue así ni muchísimo menos.

La enfermedad es consecuencia del parasitismo que algunas especies ejercen sobre otras. Los agentes responsables son microorganismos que forman parte de los nichos ecológicos y en ellos se hallan en equilibrio con las especies que parasitan; el cambio de cualquier factor puede desencadenar el progreso espectacular de uno de esos agentes o el salto a otro nicho donde producirá una catástrofe hasta su acomodación definitiva. La especie humana, distribuida por el mundo desde hace milenios, se organizó en grupos, civilizaciones, aislados a veces por barreras geográficas que eran otros tantos obstáculos para la propagación de las enfermedades. Los contactos comerciales o de cualquier índole entre culturas han sido con frecuencia vías de penetración de las infecciones. Atentos a los acontecimientos políticos, los historiadores han descuidado siempre, salvo casos puntuales, el papel que éstas jugaron.

Sabemos que todo el primer milenio después de Cristo fue un periodo de detenimiento del crecimiento demográfico e incluso de descenso en todo el inmenso espacio eurasiático. Estudios recientes parecen indicar la aparición y repetición de sucesivas epidemias de viruela, sarampión y rubeola en la Roma de los primeros siglos del milenio, enfermedades desconocidas hasta entonces y para las que las poblaciones estaban indefensas porque carecían de los anticuerpos, biológicos y culturales, necesarios para neutralizarlas; en la época de Justiniano (S.VI) apareció la primera epidemia de peste bubónica en Bizancio, que resultó catastrófica. En el otro extremo, en China, se perciben fenómenos similares. El impacto demográfico fue inmenso, de modo que en el año 1000 había menos población en Europa y en China que en los primeros tiempos del Imperio romano (S.I). ¿El desorden y los trastornos producidos por la caída del Imperio Romano (fin de la Antigüedad) y de la dinastía Han en China produjeron estos males, o estos males contribuyeron decisivamente a desmoronar estructuras tan bien construidas? Hay más, en las zonas de contacto, el Oriente Medio, el Asia occidental y norte de la India, las enfermedades tuvieron menos impacto, seguramente porque por ser zonas de paso sus poblaciones estaban más inmunizadas. Pero entonces podemos hacer otra pregunta: ¿no se deberá a eso el nacimiento y expansión del Imperio persa Sasánida, el imperio Gupta de la India y, por supuesto, del Islam?.

Es sólo un ejemplo, pero podemos continuar hasta el infinito. En la conquista y colonización de América, los españoles, además de la lengua y el cristianismo, aportaron, entre otros, el virus de la viruela, que causó muchísimas más víctimas que la avaricia de los colonizadores, diezmó a la población indígena.

"[la viruela] desempeñó en la expansión del imperialismo blanco un papel tan importante como la polvora (...) porque los indígenas volvieron los mosquetes y luego los fusiles contra los ivasores, pero pocas veces ha combatido la viruela en el bando de los indígenas" (Alfred Crosby)

Sin ese fenómeno quizá no hubiera existido población negra en el continente porque el tráfico de esclavos hubiera tenido menos sentido. En contrapartida, se dice, que los europeos contrajeron allí la sífilis, a la que en España se llamó el mal de La Española (primer nombre de la isla de Sto. Domingo y primer asentamiento español). Tampoco hay que hacer mucho caso a esto porque en Europa, sobre todo en Inglaterra, pronto se la conoció como el mal francés, cargando el muerto a nuestros vecinos; en Francia, en cambio fue la enfermedad italiana, en Japón la enfermedad portuguesa, en Portugal mal castellano, para los rusos era el mal polaco y para estos el mal alemán, cerrando el círculo los turcos hablaban de mal cristiano o mal español. Definitivamente con la sífilis no vamos a hacer carrera en la investigación sobre el origen de las enfermedades.

Todavía hoy la enfermedad produce mucha zozobra, pero también muchos interrogantes, quizá en ella estén las claves de acontecimientos históricos que hasta hoy, con un punto de vista demasiado simplista, hemos achacado a causas políticas o, en el mejor de los casos, económicas.

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En la ilustración indígenas mexicanos afectados de viruela. Nueva España S.XVI.
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24 may. 2009

El valor de la mentira

Como homenaje a Castilla del Pino, recientemente perdido, me he descargado de internet (lícitamente) La Incomunicación; ya en el prologo (a la 11ª edición) leo que la incomunicación es imprescindible para mantener la salud mental, para generar la introspección tan necesaria en la creación de un concepto de nosotros mismos y hasta para mantener una actividad creadora:

“Debemos mucho, en orden a la creatividad, a este forzado repliegue del hombre sobre sí mismo, a la búsqueda de «diálogos» interiores, de flujos de conciencia, de autodescripciones de los propios estados. Ni la mística, ni la poesía, ni la novela moderna, ni siquiera la psicología y la filosofía en lo que tienen necesariamente de introspección, hubieran sido lo que son si la única necesidad del ser humano hubiera sido la exteriorización y esta no le hubiera resultado frustrante.”

Aparentemente es difícil encontrar un fenómeno tan negativo para la vida social como la incomunicación, en realidad se nos aparece como destructor por excelencia de la sociabilidad, una cualidad esencial de la raza humana. Pero, sin embargo, a poco que reflexionemos encontramos que prescindir por completo de ella provocaría justo la catástrofe que pensamos evitar manteniéndolo a raya.

Sin desarrollarlo, lo mismo apunta para la mentira, como elemento igualmente necesario para el buen funcionamiento de la sociedad y de una mente sana. La verdad tiene un inmenso prestigio social: a todos nos gusta, de una forma o de otra, presumir de veraces y muchos aseguran decir siempre la verdad (sin percatarse de que al hacerlo se delatan como mentirosos). Pero todo apunta a que prescindir de la verdad es con frecuencia deseable o conveniente e incluso necesario: los rituales de la cortesía, que es el aceite que engrasa las relaciones sociales, la convivencia, se alimentan de ciertas formas de mentira, disimulo y ocultación; con frecuencia recurrimos a la mentira, en cualquiera de sus formas, para preservar nuestra intimidad; es también evidente que la evitación de un mal mayor nos apremia a utilizarla más veces de las que estamos dispuestos a admitir (muchas de las mentiras casi instintivas de los niños tienen esa finalidad).

He hablado antes de su necesidad para mantener una mente sana. Pensaba en la multitud de ocasiones en que nos engañamos a nosotros mismos. Enfrentados a una conciencia, a veces demasiado exigente, el único recurso para no frustrarnos, para que nuestra vida no nos parezca un fiasco, es ocultarnos la verdad. Detectamos la estrategia en los demás y nos causa sorpresa e incredulidad por lo burdo, a veces, del artificio, pero ¿qué razón hay para pensar que a nosotros no nos ocurre aunque sea con fórmulas más sutiles?

Incluso en la naturaleza encontramos formas admirables de mentira y engaño, todos conocemos mil y un ejemplos, que no se diferencia de las humanas más que en la falta de verbalización.

En definitiva, mi punto de vista sobre esta cuestión es que verdad y mentira no son más que dos aspectos de la realidad que conviene administrar con sabiduría y prudencia al margen de absolutismos o maximalismos morales.

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21 may. 2009

Un equilibrio frágil

Vivimos en un planeta al que una portentosa serie de casualidades ha convertido en un solar apto para la vida e incluso para que nuestra especie se sienta cómoda, pero esa situación es inestable y parece frágil. En el sistema solar sólo una estrecha franja, en la que se halla la Tierra (ecósfera) reúne condiciones. Permanecer en esa zona es una condición primaria, pero no la única: hace tiempo que sabemos que el clima ha oscilado en la tierra de tal modo que se ha situado en varias ocasiones al límite de lo tolerable para la vida hasta el punto de producirse varias extinciones masivas de especies, en algún caso hasta del 95% (en el Pérmico, cuando se formó un solo continente, Pangea, mucho antes de extinguirse los dinosaurios en el Cretácico quizá por el efecto invernadero que produjo la caída de un meteorito); las oscilaciones térmicas se han hecho más frecuentes en los últimos tiempos (último millón de años), produciendo una alternancia de períodos fríos (c.10ºC) y cálidos (c.15ºC). A la especie humana le ha tocado vivir este tiempo precisamente, entre periodos glaciares e interglaciares; los últimos 10.000 años, los de la civilización, se corresponden con un periodo cálido interglaciar. Dentro de la tendencia general del planeta al enfriamiento desde hace cientos de millones de años, el fin próximo de la interglaciación que vivimos anuncia un nuevo enfriamiento y, sin embargo estamos preocupados por el calentamiento global.

Las causas de tanta inconstancia en el mantenimiento de las temperaturas parecen estar en algunas irregularidades en la inclinación del eje y en la órbita terrestre, razones astronómicas. Pero además la geología es fundamental en el clima: la distribución de los continentes y que la circulación de las aguas oceánicas tengan abierto o no el acceso a los polos determina altas o bajas temperaturas respectivamente; ya hemos visto lo ocurrido cuando todas las tierras se reunieron en un continente en el Pérmico. Sin embargo el tiempo geológico y el nuestro tienen ritmos muy dispares, por eso no podemos verlo como una amenaza.

La biota (conjunto de la flora y fauna) también es capaz de alterar las condiciones químicas y climáticas. Sabemos que el abundante oxígeno que contiene nuestra atmósfera es un producto de desecho de determinadas bacterias que lo produjeron en cantidades ingentes, pero gracias a ellas estamos aquí contando o leyendo esto. Muchas algas producen dimetilsulfuro, un gas que al reaccionar con el oxígeno permite que se condense vapor de agua haciendo el efecto de sembrador de nubes, las cuales al hacerse abundantes impiden que llegue la radiación solar al suelo, produciendo un enfriamiento y, a su vez, una reducción de las algas; pero al disminuir éstas, disminuirán también las nubes y subirán las temperaturas permitiendo que empiece un nuevo ciclo. En este caso, el bucle tiene la virtud de funcionar como un termostato que mantiene las temperaturas constantes. Este fenómeno lo utilizó Lovelock para explicar su teoría llamada Hipótesis Gaia (Gea en castellano), que pretende que los organismos vivos, sin saberlo, crean las condiciones necesarias para su permanencia neutralizando las alteraciones climáticas o químicas que les serían desfavorables.

Hay una especie, la nuestra, que ha proliferado tanto y tiene tal capacidad de adaptación que ha invadido casi todos los nichos del planeta, con la excepción de la Antártida, algunos desiertos, los restos de selvas ecuatoriales que subsisten y la alta montaña; las zonas templadas las ocupa con densidades altísimas; ha modificado de tal forma el medio que salvo en las zonas indicadas ha creado por todas partes un nuevo paisaje; ha manipulado la flora y la fauna seleccionando y modificando las especies que le son útiles y eliminando las que le estorban convirtiéndose en el principal destructor de la biodiversidad; aprendió a utilizar la energía de otras especies y recientemente a obtenerla de los recursos fósiles almacenados durante miles de millones de años de la historia terrestre, liberando a la atmosfera cantidades inmensas de CO2. La modificación del paisaje, la proliferación de los desechos y la alteración de la composición de la atmósfera son herramientas tan poderosas que están generando un cambio climático hacia un calentamiento de consecuencias imprevisibles.

La desaparición de algunas culturas o civilizaciones se produjo por una catástrofe ecológica, inducida o no por su propio desarrollo ¿Nos espera el mismo futuro pero a escala global, como corresponde a la nuestra? Desde cualquier punto de vista el impacto de la humanidad sobre la biosfera carece de precedentes

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18 may. 2009

La expulsión de los moriscos

En la primavera de 1609 un decreto de Felipe III ordenaba la expulsión de los moriscos de todos los reinos españoles, tanto de la Corona de Aragón como de Castilla. El episodio es el último acto de un proceso que hoy llamaríamos de limpieza étnica, que había comenzado en Granada con la política del Cardenal Cisneros, ratificada por los Reyes Católicos con la pragmática de 1502 que obligaba a la conversión con la alternativa de la expulsión. Desde ese momento las fuentes cambian la denominación tradicional de mudéjares por la de moriscos.

El primer problema que se plantea es encontrar una causa para una decisión tan grave. Hubiera sido explicable tras la sublevación en Granada por la represión de Cisneros, o en la de las Alpujarras en la época de Felipe II, pero en ambos casos se resolvió sólo con la dispersión de los granadinos por Andalucía y Castilla. De hecho la mayor parte de los moriscos eran los de Aragón (20% de la población) y Valencia (33%), que no planteaban problema alguno por su existencia de tres siglos largos. Económicamente era un despropósito mayor, como demuestra la resistencia de los nobles terratenientes que veían la expulsión como una catástrofe para sus tierras, sin tener en cuenta la multitud de oficios que quedarían desatendidos, en una época en que el trabajo manual era signo de villanía. No parece que haya explicación mejor que el fanatismo religioso uniformador y excluyente, que no se detiene ante el genocidio; ya existía el precedente judío.

Segunda cuestión. Todos los expulsados pertenecían más a la tierra de la que eran arrojados que los que los extrañaban, y no porque estuvieran en ella desde el S. VIII, inicio de la presencia islámica, y aquellos desde la repoblación del XIII o del XV, sino porque la idea de una invasión musulmana era una ficción gestada en la “reconquista”, hoy aceptada por la historiografía, con matices que impiden hablar de unanimidad. Las diferencias eran exclusivamente de fe y costumbres, incluida la lengua. Pero aunque ahora (en el XVII) se arguyera la imposibilidad de la asimilación como justificación, en otros momentos (Aragón S.XIII) se les había obligado a portar distintivos en las ropas para contrarrestar la absorción social que estaba borrando las diferencias externas.

El tercer punto que quiero resaltar es que hubo muchos que no salieron o que volvieron después, con los cuales se hizo la vista gorda, incluso la Inquisición que, la verdad, nunca había actuado con celo contra los moriscos, aunque por estar bautizados entraban de lleno en su jurisdicción. Naturalmente tanto los que no salieron como los que volvieron se vieron obligados a disimular su condición y acabaron por formar grupos marginales, algunas veces nómadas. La lexicóloga Elena Pezzi ha rastreado el origen de palabras como guapos, rufianes, pícaros, chulos, arrieros, qinquis o majos, para las que encuentra filiaciones moriscas, lo que da idea de las ocupaciones y medios en los que se movieron tras la expulsión y la huella que dejaron en los siglos siguientes. El abandono de denominaciones que los delatara está en el origen de la palabra maño, con la que hoy designamos coloquialmente a los aragoneses, no en balde los moriscos aragoneses fueron numerosísimos. Quizá el término murciano con la acepción de maleante (recordad la famosa y controvertida frase de las ordenanzas militares que decretara Carlos III prohibiendo que fueran abanderados “gitanos, murcianos y gentes de mal vivir”) tenga la misma explicación.

Un sano punto de vista sería atender la efeméride no para celebrarla pero sí para reflexionar sobre la maldad y estupidez que encierra el desprecio o el miedo a los otros.

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En la ilustración salida de moriscos por el puerto de Denia.
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9 may. 2009

Brevísima historia del trabajo y una pregunta final

Los antiguos despreciaban el trabajo. En la antigüedad era cosa de esclavos y de gentes incapaces de sustentarse de otro modo. Puede decirse que los trabajadores eran esclavos, desde los que agonizaban en las minas o remando en los barcos, hasta los que administraban empresas o departamentos del Estado, pasando por los que educaban a los hijos de la aristocracia, o los que cultivaban los latifundios de los terratenientes. Nuestro vocablo negocio, que designa una ocupación o trabajo productivo, procede del término latino negotium, que es la negación de otium, ocio. El ocio era considerado el estado ideal para cualquier ciudadano: permitía dedicarse al deporte, al arte, la filosofía o la política, mientras el trabajo productivo descansaba en manos de los esclavos y gentes de poca calidad. El deporte, la filosofía o la política como actividades normales de los ciudadanos construyeron la excelencia de la cultura griega, pero se sostenía sobre el trabajo forzado de los esclavos. La potencia de las legiones romanas formadas por ciudadanos, que controlaron el mundo y construyeron el primer Estado “moderno”, se basaba en el trabajo de legiones más nutridas de esclavos, logrados, precisamente mediante la guerra. Los avances científicos y técnicos de la época hubieran podido desencadenar una revolución industrial –en Alejandría en el siglo I se diseñó por primera vez una máquina de vapor– si no hubiera sido porque nadie estaba interesado en sustituir el trabajo humano. ¿Para qué, si no, los esclavos?

La caída del Imperio, más que por las invasiones, se produjo por una gran crisis sistémica: el esclavismo no era capaz de seguir manteniendo el crecimiento, a causa de unos costes crecientes y una productividad decreciente. Arruinadas y despobladas las ciudades, desaparecidos la moneda y el Estado, ruralizada la vida, los esclavos se transformaron en colonos, siervos de algún señor; habían ganado en libertad jurídica pero estaban sujetos ahora a la tierra, de la que aseguraban así su productividad. La obligación de trabajar para sí y, gratuitamente, para el señor que los protegía/explotaba seguía siendo una maldición de la que estaban libres las dos clases dominantes: nobleza y clero, la coerción armada y la ideológica.

Este punto de vista, la idea de que el trabajo era una abominación que sólo recaía sobre el pueblo, perduró más de otros mil años, hasta bien entrada la Edad Moderna; pero para entonces ya había aparecido la burguesía, clase nacida del comercio, activado con la reaparición de la moneda y el renacer de las ciudades, y pronto empezó a tener peso en la sociedad, la política y la cultura. Su poder y su origen se fundamentaban en el dinero obtenido mediante el trabajo. Conforme su éxito social se consolidaba, el trabajo productivo se transformaba en valor: empezaron a representarlo los artistas –pintura flamenca–; conquistó la nobleza –en el escudo de armas de los Medicis había unas monedas, símbolo de su actividad originaria–; escaló los altares, cambiando el discurso religioso –el calvinismo convirtió el éxito material en señal de elección divina– y las iglesias levantaron la prohibición del préstamo con interés que pesaba sobre los cristianos y que había hecho la fortuna de los judíos. Lentamente fue transformándose de vicio en virtud, de castigo en bendición. El capitalismo descubrió que funcionaba mejor usando de la libertad: la explotación del trabajo se hacía mejor a través del salario que con la coerción física o jurídica anteriores; la libre competencia, su caldo de cultivo vital, necesitaba de la libertad de comercio e industria. Con ello el trabajo acabó por conquistar cotas de dignidad impensables un siglo antes.

Nuestro concepto del trabajo como eje económico y moral de nuestra vida, la libertad que nos proporciona, la exaltación con la que nos referimos a él, el respeto y veneración por los que le dedican su vida, el desprecio que nos inspiran los que lo evitan… En fin, toda nuestra ética del trabajo tiene su origen en el capitalismo.

Si bien lo pensamos, la presunta libertad que nos proporciona el capitalismo es una ficción: existe una coerción económica, reforzada por la ideológica (ética del trabajo), que ha sustituido a las antiguas, física (esclavismo) y jurídica (servidumbre). ¿Podemos imaginar una situación en que no haya coacción, ni siquiera económica?

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ILUSTRACION: mosaico romano representando a esclavos en tareas agrícolas.

6 may. 2009

Reflexiones sobre la democracia (6). Populismo

El vocablo hace referencia al pueblo, ente abstracto más cercano al mundo de los mitos que de la realidad y cuyo origen puede estar en el XIX, como uno de los muchos conceptos que puso en circulación el romanticismo, movimiento cultural que magnificó el mundo de los sentimientos en todos los ámbitos, también el político. Pero el populismo, como actitud política, es tan antiguo como el Estado: lo encontramos en las poleis griegas, en la República romana, en los consejos de Maquiavelo a los príncipes renacentistas, en la política napoleónica (de Napoleón I y de Napoleón III), en las dictaduras del siglo XX, o en las democracias contemporáneas. Es usado por mandatarios de la derecha o de la izquierda; por tiranos, como sucedáneo de la democracia y coartada legitimadora, o por representantes democráticos para consolidar, prolongar o perpetuar su poder. Es básicamente corrupto, y siempre un fraude.

Panem et circenses (pan y circo) fue el lema que en la república tardía y los primeros tiempos del imperio expresaba la actitud de los políticos romanos halagando al populacho para lograr la elección en las magistraturas, o para mantenerlo tranquilo. Con las diferencias que exigían los siglos transcurridos, fueron un calco las políticas asistencialistas que aplicaron Bismarck por un lado, y su oponente Napoleón III, por otro, con el objetivo, no de satisfacer derechos, sino de enamorar a las masas y mantener el poder sobre ellas.

En el siglo XX, excesivo en tantas cosas, el populismo alcanzó cotas jamás logradas antes; los fascismos y otras fórmulas totalitarias lo elevaron a su máxima expresión. Los caudillos fascistas (Mussolini, Hitler, Franco) se erigieron en intérpretes de la voluntad popular mediante una especie de comunión mística que hacía posible su personalidad carismática. Todos ellos apelaban al pueblo para legitimar sus respectivas dictaduras y declaraban no tener otro objetivo que el bien de la nación, concepto tan confuso e intangible como el de pueblo, con el que es intercambiable.

En el continente americano se han dado ejemplos señeros como el peronismo,

«...arquetipo del populismo latinoamericano, responsable "orgulloso" de haber transformado una próspera república en un país del Tercer Mundo.» Marcos Aguinis.

aunque en ese ámbito geopolítico no fue ni el primero, ni el último. Desde siempre proliferaron allí múltiples casos y modalidades diversas, pero siempre con un perfil reconocible:

«…se basa en una entidad supraindividual llamada pueblo, capaz, al parecer, de tomar decisiones; le da la espalda a las instituciones y a la ley, confiando en la fuerza de la susodicha entidad; es dadivoso y asistencialista: gasta lo que no tiene; es altamente retórico y ambiguo: la claridad es su enemiga; se nutre de la polarización clasista; aunque su esencia es el pueblo, se concentra en los designios de un líder tan providente como férreo; es antimoderno: su aspiración es una utopía arcaica.» Letras libres, nº 75

En las democracias modernas y avanzadas también está presente, aunque con rasgos menos visibles porque adopta formas que nos son familiares. Gordon Brown, Sarkozy, Zapatero o Berlusconi tienen una peligrosa tendencia a gobernar atentos a la sonrisa o la mueca de sus gobernados, a golpe de encuesta, mucho más preocupados de arañar unos votos que de ejecutar su programa, elaborado ya para que soporte las contorsiones de la política del día a día. A veces hasta se enorgullecen de ello, exhibiendo un punto de vista demagógico.

Existe por otra parte, desde el liberalismo, la tendencia perversa a calificar de populista cualquier política de izquierdas, empezando por la socialdemocracia, a las que se acusa de asistencialismo, lo cual ha sido posible por el efecto combinado de la pérdida de sustancia de la izquierda y la prepotencia del liberalismo en los últimos tiempos. Afortunadamente, aún sabemos distinguir la dádiva de unos días de vacaciones de Evita Perón a una multitud enfervorecida ante la Casa Rosada de una adecuada legislación laboral; el regalo de los 400 € de Zapatero de una política fiscal progresista que no castigue las rentas del trabajo pero permita una adecuada política redistributiva; la verborrea incansable y aturdidora de Chávez de la información y necesaria explicación de la política aplicada ¿O no?

2 may. 2009

Del sueño a la pesadilla

En 1909, hace ahora un siglo, un grupo de jóvenes judíos inmigrantes se establecieron y desecaron pantanos cerca de Hedera donde fundaron el primer kibutz (en hebreo «grupo» o «agrupación», término modesto que encierra el significado más apropiado de «comuna»). Les movían dos utopías: el sionismo (creían regresar a la «tierra prometida») y el socialismo (aspiraban a crear una nueva sociedad bajo el principio: «de cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades». El kibutz Degania, ese era su nombre, fue pionero en un movimiento que creció con rapidez; hacia la Segunda Guerra Mundial había en Palestina más de 30 de estas comunidades. Fueron uno de los instrumentos más eficaces en el nacimiento de Israel, estableciéndose en lo que serían las fronteras del nuevo Estado y sirviendo de catalizadores de la inmigración sionista. Eran portadores de un sueño compartido por millones de judíos: dotarse de un nuevo hogar y una nueva sociedad construida bajo los principios de la igualdad, la cooperación y la justicia. Pero en el sueño anidaba el germen de una pesadilla: el paraíso previsto ignoraba por completo a los palestinos, entre los que se insertaban, y a cuyos terratenientes compraban las tierras con dinero procedente del sionismo internacional. No es un punto de vista, son los hechos.

Los kibutzim (plural de kibutz) eran sociedades cooperativas donde no existía la propiedad privada, sus miembros recibían igual salario independientemente de la labor que realizaran, y pretendían ser autosuficientes, dotándose de los servicios necesarios, educación , sanidad etc. El Estado de Israel, nacido en 1948, no entró en contradicción con ellos, antes bien, consciente de su deuda, apoyó y estimuló su creación y consolidación; algunos de los grandes estadistas de la primera época fueron kibutzianos, como Golda Meir o Ben Gurión; además, el socialismo era una sólida corriente política en aquellos primeros tiempos de la nueva nación.

Los kibutzim, asentados en un ambiente de agricultura tradicional de subsistencia, pero aislados de él y con un fortísimo anhelo de innovación, estimulados por la conciencia de estar creando algo nuevo, desarrollaron con rapidez técnicas modernas que se pusieron a la cabeza de la agronomía mundial en muchos aspectos. Produjeron la sensación de estar transformando un desierto en un vergel y se convirtieron en exportadores de sistemas, utensilios y productos de las nuevas técnicas y de sus campos. En el mundo de los años sesenta, consumidor de tantas utopías, ésta no fue de las menos estimulantes.

En los años ochenta la crisis económica (la inflación israelí superó el 400%) arruinó y liquidó a muchos kibutzim, pero además, el declive del socialismo con la debacle de la URSS, que, por cierto, se había alineado con los países árabes en la confrontación araboisraelí, quebró una de las patas en que se asentaba el movimiento. A la vez el Estado de Israel derivaba hacia posiciones más derechistas y conservadoras siguiendo el impulso de los tiempos y el empuje creciente de los movimientos religiosos. Los kibutzim desaparecían por docenas o se transformaban radicalmente.

Hoy el kibutz Degania es una empresa privada, otros muchos son simples asentamientos de colonos de los miles que han proliferado como hongos en tierras palestinas arrebatadas por la guerra y la expulsión violenta a sus moradores palestinos, cuyas casas (25.000) han sido voladas. En su oferta al exterior Israel también ha cambiado: los artilugios para el riego, que antes vendía, han sido sustituidos por otros de guerra o de represión policial (60% del valor de sus exportaciones); los sistemas de explotación agrícola y los métodos de industrialización local, que eran observados e imitados en medio mundo, suplantados por las tácticas de guerra en ambientes densamente poblados y procedimientos eficaces de apartheid.

Aquello fue un sueño, esto una pesadilla.

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En la ilustración los fundadores del kibutz Degania, 1910.